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Otro actor clave en esta compleja maraña diplomática fue la diplomacia británica.  El ministro inglés en Buenos Aires y Asunción, Edward Thornton, era enemigo del gobierno paraguayo. Este último había cerrado sus ríos a la libre navegación británica y humillaba al gobierno de la reina con la llamada cuestión Canstatt, que Thornton debió negociar ante el gobierno de López. El diplomático británico estaba decidido a hostigar al régimen de Asunción. El 31 de mayo de 1864 Thornton invitó a comer al ministro de relaciones exteriores argentino Rufino de Elizalde y le sugirió un viaje a Montevideo para cerrar el conflicto oriental, entenderse con Saraiva y gestar una intervención argentino-brasileña en la Banda Oriental. Según Thornton esta acción provocaría a la vez una situación de cercamiento que aislaría y amedrentaría a López y lo obligaría a tener una actitud más abierta respecto de temas vitales para Londres, tales como libre navegación e inversiones. Al menos esto era lo que pensaba en teoría el diplomático británico. Jamás se le cruzó por la cabeza la alternativa más temperaria de todas: que López se decidiera a enfrentar a sus vecinos. (1)
   
Thornton, Elizalde y Andrés Lamas, el representante uruguayo en Buenos Aires, viajaron a Montevideo para llevar adelante la misión; allí se les sumó Saraiva. El ministro oriental Herrera aceptó la mediación conjunta y Thornton solicitó que Lamas y Florentino Castellanos representaran al gobierno oriental en las tratativas. Herrera presentó sus bases pero éstas fueron reemplazadas por otras acordadas en el campamento de Flores en las Puntas del Rosario el 18 de junio. Se firmó aquí un “compromiso” entre Flores, el jefe revolucionario, y Andrés Lamas y Florentino Castellanos en representación del gobierno oriental, ad referendum porque éstos habían sobrepasado sus instrucciones. Firmaron también como garantes Thornton, Saraiva y Elizalde. Las condiciones eran de tal índole que Thornton suponía que el gobierno de Aguirre las rechazaría. De ese rechazo saldría la intervención conjunta argentino-brasileña en favor de Flores y por consiguiente la guerra contra el gobierno de López. Pero contra los pronósticos del diplomático británico, el gobierno oriental de Aguirre, con tal de poner coto a la crisis uruguaya,  estaba dispuesto a aceptar el convenio. 
   
El gobierno de Aguirre se las ingenió para demostrar a la opinión pública oriental la inconveniencia de rechazar el convenio, que si bien otorgaba a los rebeldes colorados dinero y grados militares, tenía la ventaja de lograr una paz para el castigado Estado Oriental sellada por Inglaterra, Brasil y la Argentina. La otra alternativa era hacer la guerra contra el Imperio y el gobierno de Mitre esperando el auxilio paraguayo, que si bien era previsible, constituía una opción donde la verdadera víctima no sería el gobierno de López, sino el de Aguirre. Incluso algunos colorados se regocijaron por la paz obtenida por el gobierno blanco. Vale destacar que no todos los colorados eran floristas: el grupo intelectual de los conservadores,  que formaban buena parte de este partido, temía más al propio Flores que al gobierno responsable de Aguirre y su ministro de relaciones exteriores Juan José de Herrera.
   
Pero ante nuevas exigencias del caudillo oriental colorado Flores, el ministro argentino Elizalde y el diplomático inglés Thornton -como la organización de un nuevo gabinete en el gobierno oriental con otorgamiento de carteras a Flores y sus amigos, no explicitada en el acuerdo- dejó a Aguirre mal parado ante la prensa de Montevideo. Detrás de estas nuevas e inaceptables exigencias el revisionista José María Rosa percibe la mano de Thornton, y McLynn la de Mitre. Si se toma esta última interpretación, altamente plausible dado el compromiso que Mitre tenía con los colorados -señalado también por el revisionismo-, el presidente argentino lograba que no sólo su canciller Elizalde, sino también Thornton, Saraiva y Flores pusieran entre la espada y la pared al gobierno blanco uruguayo de Aguirre. 
   
El presidente oriental, no obstante su difícil situación, intentó un nuevo arreglo, ofreciendo a los floristas la totalidad de los ministerios, salvo el de guerra, donde se mantendría un individuo del partido blanco -Leandro Gómez-. Todo fue inútil. Los mediadores rechazaron con orgullo la alternativa presentada por el presidente oriental a través de su canciller Herrera: o un gabinete florista o la guerra. El 7 de julio de 1864, Thornton se embarcó con el uruguayo Andrés Lamas y el argentino Rufino de Elizalde de regreso a Buenos Aires. La misión de los tres mediadores había concluido. Respecto del fracaso de la mediación, Luis Alberto de Hererra comentaría la actitud de Lamas de dar la espalda al gobierno oriental y marcharse con la comitiva del enemigo, lo que le valió su destitución. (2)

  1. Archivo Mitre, II, pp. 64-65, cit. en ibid., p. 123.

  2. L.A. de Herrera, El drama del 65..., op. cit., p. 210, cit. en ibid., p. 133.

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