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Consecuencias de la guerra del Paraguay: los distintos enfoques historiográficos

Harris Gaylord Warren, en su obra sobre la Guerra del Paraguay titulada Paraguay and the Triple Alliance. The Postwar Decade, 1869-1878, aclara que cualquier intento por evaluar el costo de la guerra implica entrar en la confusión. Uno de los datos más controvertidos que dicho autor señala consiste en la evaluación del número y naturaleza de la población paraguaya, de la cual varios miles eran indios incivilizados que vivían en el Chaco y en el este del río Paraguay. La mayoría de los paraguayos, dado su origen indígena, hablaba el guaraní y no el español. (1)  George G. Petre, ministro británico en la Argentina, insistía en que la población fue "reducida de cerca de 1.000.000 de personas bajo el gobierno del viejo López, a no más de 300.000, de las cuales más de las tres cuartas partes eran mujeres". (2)  Sea cualquiera el cálculo que se acepte respecto de la población antes de la Guerra de la Triple Alianza -y 450.000 habitantes es probablemente lo más cercano a la cifra correcta según Warren-, más de la mitad perecieron durante la guerra. (3)  
   
Halperín Donghi señala los desastrosos efectos de la guerra del Paraguay en el mitrismo en su pugna con el autonomismo por el cetro del liberalismo porteño y el liderazgo del Estado nacional que se estaba construyendo con grandes dificultades: 

en la medida en que la guerra no ha de servir de punto de partida para la definitiva operación de limpieza contra los últimos reductos federales, ella pierde buena parte de su interés para el autonomismo, que se había propuesto destruirlos aun a riesgo de lanzar al país al conflicto más terrible de su nada pacífica historia.
Si el proceso que conduce a la guerra marca el triunfo más alto del estilo político de Mitre como jefe de la nación, la guerra misma va a poner fin a su eficacia. (...) A medida que el conflicto revela su verdadera estatura, y el país advierte que tiene que afrontar su primera guerra moderna, el aislamiento político del presidente se acentúa. A él contribuye la creciente resistencia federal a la participación en un conflicto cuya dimensión facciosa, si puede a ratos ser ignorada, no es por eso menos real. Pero contribuye también, de modo cada vez más decisivo, la toma de distancia frente a la empresa de un autonomismo que, antes que nadie, la había proclamado necesaria. Ahora cree posible utilizar el creciente despego por ella para comenzar un progresivo acercamiento hacia su archienemigo federal. (....)
Es el esfuerzo exorbitante que la guerra impone el que acelera la agonía del Partido de la Libertad. (...) no es sólo la erosión de su base política porteña la que provoca la vertiginosa decadencia del mitrismo; es también el hecho de que -en el contexto institucional adoptado por la nación finalmente unificada- esa base no bastaría para asegurar un predominio nacional no disputado. Hay desde luego una alternativa a largo plazo insostenible, pero que a corto plazo se esperaría válida: la utilización del gobierno nacional como base alternativa. Que Mitre pensó en esa solución lo revela su infortunada propuesta de colocar a la entera provincia de Buenos Aires bajo administración nacional. Pero en este aspecto la guerra alcanzó consecuencias no menos graves, al imponer al Estado, y sobre todo a su aparato militar, un ritmo de expansión tan rápido que hace difícil conservarle el papel de instrumento pasivo de una facción. El ejército nacional necesita ampliar su cuerpo de oficiales con una urgencia que permite el retorno a posiciones de responsabilidad e influencia de figuras políticamente poco seguras. Al mismo tiempo, las poco afortunadas vicisitudes de la guerra debilitan el vínculo entre ese cuerpo de oficiales y quien es jefe de su facción y de la nación, pero también general en jefe cuyas iniciativas sólo infrecuentemente son coronadas por el éxito. El sangriento desastre de Curupaytí no sólo revela a la nación que la guerra ha de ser mucho más larga, dura y cruenta de lo esperado; inspira entre los oficiales dudas sobre una conducción militar que impone sacrificios aparentemente tan inútiles. Es ese cuerpo de oficiales el que es solicitado desde 1867 por el coronel Lucio Mansilla para apoyar la candidatura presidencial de Sarmiento. Mansilla es sobrino de Rosas y ha sido seguidor de Urquiza hasta las vísperas mismas de Pavón; todo ello no le impide ganar la adhesión de sus camaradas, y un año después Sarmiento será presidente.... Aun los jefes de la vieja lealtad mitrista se sienten cada vez menos ligados por ella: el general Arredondo, feroz pacificador del Interior luego de Pavón, entrega los electores de varias provincias a Sarmiento.
Puede hacerlo porque gracias a la guerra civil de 1866-67, el ejército nacional ha alcanzado gravitación decisiva en el Interior (...)". (4) 

Por su parte, Luis Alberto de Herrera señala sugestivamente como consecuencias de la guerra: "Favoreció al Imperio, pero perjudicó a la monarquía. Unificó a las provincias argentinas, pero les creó una peligrosa rivalidad (...)". (5) 
   
A su vez, el historiador paraguayo Cecilio Báez sostiene que los resultados fueron desastrosos para Paraguay y favorables para los aliados: Argentina, Brasil y Uruguay. Respecto del Paraguay, afirma que la guerra consumió el ganado vacuno y la agricultura, dos de las fuentes de recursos más importantes de la economía paraguaya. Amén de ello, el conflicto trajo como consecuencias la pérdida de la mitad de la población, enfermedades de todo género y la desmembración del país. En cambio, en el caso brasileño, a pesar del esfuerzo material del Imperio que prácticamente costeó solo la guerra, 

una actividad extraordinaria se manifestó en las industrias agrícola y extractiva, tanto como en las relaciones comerciales. La importación, la exportación y las rentas públicas aumentaron, los empréstitos interiores encontraron suscriptores, y el país, que se hallaba asaz endeudado en 1865, se levantó rápidamente y pagó sin esfuerzo los impuestos de guerra. (...) Finalmente, hacia 1869 y 1870, cuando la lucha se terminó con la muerte del dictador paraguayo, el Brasil se encontró próspero, el movimiento de los cambios en el extranjero aumentó de una manera sensible (de 294 mil contos á 370 mil), la renta del Estado se duplicó (de 57 mil contos á 100 mil), y, lo que parece más extraño, el cambio ascendía á pesar de una nueva emisión de 100 millones de francos que se hizo en 1869... En suma, en lugar de arruinarse, como ello parecía inevitable con los gastos de la guerra de cinco años que le costaron 1500 millones de francos, el Brasil hasta cierto punto se había enriquecido: sus fuerzas productoras se aumentaron notablemente; la agricultura y las industrias florecieron, y el comercio realizó grandes beneficios... Es cierto que se había tomado en préstamo del Stock Exchange 8 millones de libras esterlinas, y aumentado la deuda interna con unos 500 millones de francos; pero no es menos real que más de una tercera parte de los gastos de guerra fue pagada con impuestos.

Agrega Báez que luego de la guerra de la Triple Alianza, el Imperio del Brasil
ensanchó sus fronteras con los territorios que quitó al Paraguay, le hizo reconocer una fuerte deuda por indemnización de guerra, y otra por daños causados a particulares, y aseguró definitivamente el orden interno en el Imperio. (6)
   
En el caso de Uruguay, Báez señala, utilizando a autores orientales como Julián Miranda y Eduardo Acevedo, que el conflicto trajo beneficiosas consecuencias para la economía oriental:

La guerra con el Paraguay -dice Julián Miranda, Compendio de Historia Nacional- vino á favorecer en cierto modo los intereses materiales de la nación, porque Montevideo era el punto de escala de todos los buques que se dirigían al teatro de la guerra, y de la República se enviaban abundantes artículos de consumo, sobre todo fue después de la toma de Uruguayana por los ejércitos aliados que se inició un período de gran prosperidad para Montevideo. Una verdadera fiebre de negocios se produjo entonces. A los Bancos Mauá y Comercial, fundados en tiempo de Pereira, se sucedieron el de Londres y Río de la Plata y el Montevideano, creados en 1865, y los bancos Italiano y Navia que comenzaron á funcionar el año siguiente, existiendo desde ese momento seis instituciones bancarias en la capital de la República, además de los bancos locales y de las sucursales que se habían abierto en varios departamentos de campaña. Además se fundaron la "Sociedad de Crédito Hipotecario" y la de "Fomento Territorial", que llegaron a movilizar enormes capitales estancados hasta entonces. (7) 

Báez cita también la opinión del doctor Eduardo Acevedo en Historia económica y financiera del Uruguay

Todo ese movimiento era ayudado por la construcción de caminos y empedrados de calles; por el crecimiento de la población de la ciudad de Montevideo y sus suburbios y arrabales del Cordón, Aguada, Reducto, Paso del Molino y Unión, que alcanzaba ya á cien mil almas, según cálculos de Mr. Vaillant, y por el desarrollo de la edificación, que fue considerable en los años de 1865 y 1866. Finalmente, el movimiento comercial de reembarque para los puertos que ocupaba el ejército aliado, aumentó fuertemente, después del mes de Abril en que el ejército atravesó el Paraná, á la altura del Paso de la Patria y ocupó territorio paraguayo. Al año siguiente, en 1867, se inaugura el nuevo local de la Bolsa de Comercio; se abre la comunicación telegráfica con Buenos Aires y se realizan los estudios necesarios para tirar el cable eléctrico entre Europa y el Río de la Plata; se funda un nuevo banco; se inauguran oficialmente las obras del ferrocarril Central; se aprueba el proyecto para traer aguas del río Santa Lucía para el servicio de la ciudad, y se organiza una sociedad para fundar un gran saladero en la costa del Uruguay, cerca del Salto. (8) 

Respecto de la Argentina, Báez sostiene que sus beneficios al término de la guerra de la Triple Alianza fueron aún mayores que en los casos de Brasil y Uruguay, dado el escaso esfuerzo aportado en la guerra. Añade el historiador paraguayo: 

Como el Brasil tenía que comprar en el Río de la Plata todo lo necesario para el mantenimiento de su ejército, Argentina y Uruguay se aprovecharon de esa oportunidad para venderle su ganado vacuno, caballar, mular, víveres y mercaderías, y activar su comercio exterior. Y como no hay nada que atraiga tanto á los hombres como el cebo de los negocios, tras los dineros del Brasil vinieron los inmigrantes á reponer con creces las pérdidas de vidas sufridas en los campos de batalla, y los capitalistas á fomentar la producción de la riqueza, las mejoras urbanas y los progresos de todo género, de tal suerte que en 1870, al concluir la guerra, la República Argentina encontróse con plétora de vida y en el período inicial de los grandes progresos que desde entonces ha venido realizando.
La Argentina quitó también al Paraguay extensos territorios, le impuso idénticas deudas de guerra y radicó para siempre su orden interno. (...) Tanto don Pedro II como el general Mitre se mostraron crueles con el Paraguay durante y después de la guerra. (...) Tal decisión era consecuencia de las inexorables cláusulas del tratado de la Triple Alianza, cuyo objetivo principal no era otra cosa que la desmembración del Paraguay.
El general Mitre suscribió ese pacto sin medir sus consecuencias; pues, abatido el Paraguay, se imponía la hegemonía del Brasil, el cual humilló á la Argentina en la cuestión del Chaco.(...) (9)

Finalmente, Báez distingue entre la actitud intransigente de Mitre, resuelto a llevar adelante la guerra hasta aniquilar a López, y la de Urquiza, quien intentó negociar la paz. El mitrismo se opuso tanto a la tentativa del caudillo entrerriano como a la del canciller Mariano Varela, durante el gobierno de Sarmiento, por revertir el rigor del tratado de la Triple Alianza y buscar fórmulas de acercamiento con Paraguay. (10)
   
Por su parte, el historiador brasileño Joaquín Nabuco percibe -como Halperín Donghi o McLynn- una vinculación entre la Guerra del Paraguay y el proceso de construcción del Estado nacional argentino, sosteniendo que la triple alianza le permitió a Mitre 

consolidar la unidad argentina, apresurando también la destrucción del caudillaje, de la rivalidad entrerriana y de los tratos con el extranjero. Además hizo mucho por la prosperidad de Buenos Aires y atenuó los efectos de los reveses sufridos por el ejército argentino. Es probable que jornadas como la de Curupaity, por ejemplo, habrían tenido, sin la alianza, peores consecuencias para la situación política de Mitre y de su partido. (...) (11) 

  1. Harris Gaylord Warren, Paraguay and the Triple Alliance. The Postwar Decade, 1869-1878, Institute of Latin American Studies, The University of Texas and Austin, University of Texas Press, 1978, pp. 31-32.

  2. Petre to Granville, Nº 4, Asunción, June 20, 1882, PRO/FO 59/39, cit. en H.G. Warren, op. cit., p. 32.

  3. Ibid., p. 32.

  4. T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 75 a 79.

  5. Luis Alberto de Herrera, La diplomacia oriental en el Paraguay, Montevideo, Barreiro y Ramos, 1908, p. 267.

  6. H.A. Milet, "Le Brésil pendant le guerre du Paraguay", Mémoire lu au Congrés du Hávre, París, 1877, citado en C. Baéz, op. cit., pp. 143-144.

  7. Ibid., p. 144.

  8. Ibid., pp. 144-145.

  9. Ibid., pp. 145-146.

  10. Ibid., p. 146.

  11. J. Nabuco, op. cit., pp. 73-74.

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