Capítulo 33: La consolidación de la Argentina organizada
La elección de Nicolás Avellaneda como presidente
Poco antes de terminar Sarmiento su período, el controvertido problema
de la sucesión presidencial originó un movimiento revolucionario. Los jefes de
los dos principales partidos políticos, Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina, se
disputaban la futura presidencia, pero ambos eran objeto de resistencia en el
interior del país. A su vez, Nicolás Avellaneda, ministro de justicia, culto e
instrucción pública de Sarmiento, tuvo la habilidad de constituir con los
grupos provincianos contrarios al predominio de los porteños, el Partido
Nacional, al que también se incorporaron los federales, que habían quedado sin
líder luego de la muerte de Urquiza. Con el nuevo partido el ministro tenía el
respaldo necesario para aspirar también a ganar la elección.
Las elecciones legislativas realizadas poco antes de
la presidencial demostraron que el Partido Nacional de Avellaneda contaba con
gran aceptación. Adolfo Alsina, político hábil, comprendió que el
autonomismo podía perder la elección, por lo cual decidió resignar su
candidatura y apoyar la de Avellaneda. Para formalizar la alianza, el Partido
Nacional de Avellaneda y el Partido Autonomista de Alsina se fusionaron y
constituyeron el 15 de marzo de 1874 el Partido Autonomista Nacional. Mariano
Acosta, amigo de Alsina, completó la fórmula.
Las elecciones se realizaron el 14 de abril de 1874 en medio
de gran tensión política. Como se preveía, el triunfo correspondió a la
fórmula encabezada por Avellaneda. Mitre sólo ganó en Buenos Aires, Santiago
del Estero y San Juan. Los mitristas entonces rechazaron los resultados de los
comicios, sosteniendo que habían sido fraudulentos, y apelaron a las armas. La
revolución se incubó durante algunos meses para finalmente estallar el 24 de
septiembre. Si bien Avellaneda logró asumir su cargo el 12 de octubre, la
lucha contra los rebeldes se prolongó, hasta que éstos fueron
derrotados por las fuerzas nacionales al mando de los coroneles Julio A. Roca e
Inocencio Arias en los meses de noviembre y diciembre. Desmoronada la
revolución, los consejos de guerra, siguiendo la opinión de Sarmiento,
aconsejaron el fusilamiento de los rebeldes, pero Avellaneda fue generoso con
los vencidos.
Avellaneda decidió aplicar una política de pacificación
interna, pero el partido opositor de Mitre mantuvo la situación complicada al
resolver la abstención cívica y no abandonar su posición revolucionaria. De
acuerdo con Alsina, el presidente expuso ante el Congreso su política
conciliadora en mayo de 1877 y anunció la amnistía para los cabecillas de la
revolución de 1874. El avenimiento fue aceptado por Mitre, quien entonces
dispuso abandonar toda actitud violenta. En octubre del mismo año, Avellaneda
invitó a los mitristas a formar parte de su gabinete, con lo cual ponía en
práctica su política de "conciliación". Ante el hecho, una
fracción del autonomismo, encabezada por Aristóbulo del Valle y Leandro Alem,
rechazó la mencionada política, y a la muerte de Alsina en diciembre de 1877
la disidencia se hizo definitiva al formarse el partido Republicano. Al año
siguiente en las elecciones para gobernador de la provincia de Buenos Aires, el
autonomismo disidente presentó la fórmula del Valle-Alem, pero ésta resultó
perdedora ante la de la Conciliación Carlos Tejedor-José María Moreno.
A partir de 1873 habían comenzado a manifestarse los
primeros signos de la crisis económica que habría de afligir al país durante
buena parte de la década y que afectó a casi todos los sectores de la
actividad económica. El comercio urbano y los bancos fueron en un comienzo los
más castigados, luego siguieron los productores rurales y los negocios
ferroviarios. La crisis se había incubado en el período de gobierno de
Sarmiento, debido al fuerte ingreso de metálico provocado por los flujos de
capital externo provenientes de los empréstitos contratados en Londres. La
acumulación de metálico permitió una gran expansión del crédito bancario,
lo que a su vez impulsó la actividad comercial ya dinamizada por la guerra del
Paraguay. (1)
Pero los mayores ingresos producidos por los factores
mencionados provocaron el aumento del gasto público, el de las importaciones y
una acelerada especulación en la compra-venta de tierras. Así. cuando el flujo
de capitales del exterior comenzó a decaer, disminuyó notablemente la
existencia de metálico, y las exportaciones, a pesar de su ascenso, fueron
insuficientes para equilibrar la presión importadora. La lentitud en el
desarrollo del proceso exportador se debía al atraso de los proyectos
financiados con capital extranjero, a que una parte de los empréstitos fue
destinada a financiar actividades no productivas -como la guerra del Paraguay- y
fundamentalmente a los obstáculos que evitaban la expansión del sector
agropecuario.
La crisis de la balanza comercial comenzó a
palpitarse en una contracción de la actividad crediticia de los bancos, que a
su vez provocó restricciones al comercio urbano. En 1875 y 1876 los efectos de
la crisis se extendieron rápidamente y el gobierno debió decretar la
inconversión de los billetes de los bancos Provincial y Nacional. Además,
suspendió la contratación de nuevos empréstitos en el exterior, y disminuyó
abruptamente el gasto público, paralizando obras, reduciendo el personal
administrativo y disminuyendo los sueldos de los empleados. Estas medidas, junto
con la ley de Aduanas de 1876, incidieron en el comportamiento de las
importaciones que hacia ese año ya habían sufrido una caída considerable. A
partir de esta fecha el balance comercial comenzó a arrojar saldos positivos.
Hacia 1879 la crisis estaba casi superada y pronto haría su aparición la
expansión económica que caracterizó a la década de 1880. No obstante, debe
tenerse presente que la mayor parte del período de Avellaneda transcurrió en
un contexto de crisis económica, que ponía límites a las posibles soluciones
de los problemas que se presentaron al presidente.
NOTA
Ezequiel Gallo y Roberto Cortés Conde, La república conservadora, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 19-22.
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