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Como se vio en un capítulo anterior, el acuerdo Tejedor-Blest Gana no fue ratificado antes de que terminara el período de gobierno de Sarmiento y luego de la asunción de la presidencia por Nicolás Avellaneda los problemas internos que éste debió afrontar produjeron un nuevo aplazamiento del asunto. Para tratar la cuestión pendiente con el gobierno argentino fue comisionado el propio Adolfo Ibáñez, que, luego de dejar su puesto en la cancillería chilena en manos de José Alfonso, había sido nombrado titular de la legación en Estados Unidos. En viaje a su destino, el ex canciller pasó por Buenos Aires en abril de 1875, munido de poderes especiales en caso de encontrar alguna disposición favorable en el gobierno argentino. Muchos años más tarde Ibáñez relató los resultados de la entrevista que sostuvo con el presidente Nicolás Avellaneda en estos términos: "Al término de mi exposición, se puso de pie y me contestó con firmeza, pero sin petulancia ni violencia: «No, señor, me cortaré la mano antes que suscribir un tratado que arranque a mi patria lo que le pertenece. No, no lo haré jamás»". Al día siguiente, el enviado chileno dejó una tarjeta de saludo al presidente por negarse éste a recibirlo nuevamente. (1)
  
No obstante, la Argentina alargaba las gestiones chilenas con vistas al arbitraje y no repudiaba el convenio abiertamente. El gobierno argentino temía, a pesar de las seguridades de los pacifistas, que Chile reaccionara de manera distinta a la prevista. Además, la crisis económica por la que atravesaba la Argentina aconsejaba cierta prudencia. Pero la campaña nacionalista de Frías y otros políticos y periodistas, sumada a la inestabilidad del gobierno de Avellaneda, llevó a éste a asumir una actitud firme en la cuestión de límites. En los primeros días de junio de 1875, el Congreso argentino sancionó una ley que autorizaba al ejecutivo a subvencionar una comunicación marítima entre Buenos Aires y la Patagonia hasta el sur del río Santa Cruz y a otorgar hasta diez leguas de tierra a la empresa que hiciese el servicio. El 16 de junio el ministro Blest Gana protestó, señalando que este acto significaba una infracción al statu quo existente. El gobierno argentino, desoyendo la protesta, promulgó el 26 de junio la ley aprobada por el Congreso. El 30 del mismo mes repudiaba oficialmente el arbitraje pactado por Tejedor, y negaba a Chile el derecho de discutir el dominio de la Patagonia. El gobierno chileno ordenó a su ministro suspender las comunicaciones y ausentarse para Montevideo y Río de Janeiro. (2)
   
El canciller José Alfonso daba cuenta del repudio del acuerdo Tejedor-Blest Gana al Congreso chileno en julio de 1875, diciendo:

El gobierno argentino no ha correspondido hasta aquí a nuestras prudentes y justas exigencias, manifestando poca disposición para un avenimiento y alegando, para aplazar el arbitraje, consideraciones que no son atendibles ni justificadas. (...)
Ese gobierno insiste ahora con más tenacidad que nunca en la pretensión, ya manifestada por su representante, de que se separe de la materia del arbitraje la Patagonia, sosteniendo que su dominio sólo corresponde a la República Argentina, como si la facultad que de esta suerte se atribuye no importara otra cosa, contra las nociones más obvias de la jurisprudencia universal y privada, que hacerse juez en el mismo asunto que discute como parte (...)
En presencia de esta situación indefinida y para impedir que en el espacio de tiempo más o menos largo durante el cual ella se prolongase, los incidentes que se originen produzcan consecuencias perjudiciales a su derecho perfecto, el gobierno de Chile declaró formalmente que mientras el arbitraje o una transacción aceptada por las partes no disponga otra cosa, el límite de su ocupación, en el territorio disputado, es en las costas del Atlántico la margen austral del río Santa Cruz, y que no permitiría acto alguno de nación extraña que arranque su soberanía en ese territorio. (3)

Encina atribuye el cambio de actitud de Avellaneda frente al acuerdo logrado por su antecesor en primer lugar a cuestiones de política interna: era una buena causa para obtener consenso para su debilitado gobierno. También señala otros dos factores. Uno, el cambio operado en la cancillería chilena que habría sido interpretado como auspicioso para lograr los objetivos argentinos. El otro, las dudas que en el fondo tenía el presidente Avellaneda respecto del resultado del arbitraje, que en caso de ser adverso habría significado la pérdida total de la Patagonia. (4)

  1. F.A. Encina, op. cit., pp. 141-142.

  2. Ibid., pp. 145-146.

  3. Ibid., pp. 142-143.

  4. Ibid., pp. 143-144.

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