El retorno a las negociaciones diplomáticas entre la Argentina y Chile: el tratado Fierro-Sarratea (diciembre de 1878) y las razones de un nuevo fracaso
Según
Rauch, más allá de los irritativos incidentes ocurridos con los navíos francés
Jeanne Amélie y norteamericano Devonshire, capturados por la cañonera
chilena Magallanes en aguas australes, y de algunos movimientos iniciados
por el entonces ministro de guerra y marina del gobierno de Avellaneda, Julio
Argentino Roca, como la ocupación de Santa Cruz y el envío de una flotilla de
naves de guerra a dicha zona, ninguna de las partes litigantes estaba preparada
para la guerra. Ambos países tenían demasiados problemas en su agenda. Chile,
la inminente guerra del Pacífico y la necesidad de consolidar su modelo de
desarrollo económico. La Argentina, la doble tarea de fortalecer un Estado
nacional y un modelo de desarrollo. Además, la última tenía problemas limítrofes
pendientes con Bolivia y Brasil, resabios no resueltos de la Guerra de la Triple
Alianza. En este complicado contexto externo, común a la Argentina y Chile, y más
allá del creciente nacionalismo imperante en ambos países del Cono Sur,
resultaba altamente productivo dejar una puerta abierta a la negociación diplomática.
(1)
Por
su parte, Willett sostiene que a pesar de estos incidentes y de los preparativos
militares que reflejaban un clima de creciente tensión en las relaciones diplomáticas
bilaterales, los ministros norteamericanos en la Argentina y Chile informaban al
Secretario de Estado que la posibilidad de guerra entre ambos gobiernos del Cono
Sur era remota. El transcurso del tiempo incluso permitió conocer la verdad
acerca del alejamiento de Barros Arana, motivado por su desobediencia a las
instrucciones del canciller. Lentamente, las comunicaciones diplomáticas entre
las dos naciones retornaron a la normalidad. Como consecuencia de ello, se
reanudaron las negociaciones entre Mariano de Sarratea, el cónsul argentino en
Santiago, casado con una chilena y conectado con la aristocracia trasandina, y
Alejandro Fierro, el ministro de relaciones exteriores del gobierno de Chile.
Justamente a través de sus contactos en Chile, Sarratea tuvo conocimiento del
deseo de negociar con la Argentina por parte del presidente chileno y de los
integrantes del "partido de la paz". (2)
Sarratea
y Fierro llegaron a un tratado el 6 de diciembre de 1878. A diferencia de los
acuerdos que lo precedieron, éste no contenía una definición de la línea limítrofe,
pero establecía un statu quo en la cuestión por un período de catorce
meses, con opción a un año más de prórroga. Durante ese lapso, el gobierno
de Chile ejercería la jurisdicción sobre
las aguas y costas, canales e islas adyacentes del estrecho de Magallanes y el
de la Argentina sobre las aguas, costas e islas adyacentes del Atlántico.
Mientras rigiera el statu quo, cada parte debía seleccionar dos
representantes, los cuales formarían un tribunal mixto que resolvería las
cuestiones. El tribunal debía elegir a su vez a un quinto individuo para actuar
como arbitro iuris en todos los puntos no acordados por las dos partes.
(3)
Desafortunadamente
el tratado Fierro-Sarratea fracasó en definir los límites y la cuestión no
quedó totalmente resuelta. No obstante, dicho tratado sirvió como un arreglo ad
hoc contra las ascendentes peticiones de guerra en ambos países. A los tres
días de su firma, el Senado chileno aprobó el tratado en forma abrumadora y el
14 de enero de 1879 el gobierno chileno anunciaba al argentino su conformidad
con el nuevo acuerdo. Según Rauch, el gobierno chileno era el que tenía más
necesidad de llegar a un acuerdo, dado que tenía otro frente de conflicto. Este
se derivaba de los problemas surgidos en los depósitos de nitrato explotados
por capital chileno en la provincia boliviana de Antofagasta. Hilarión Daza,
jefe del gobierno boliviano, decidió imponer una tasa de 10 centavos por
quintal sobre la producción de las minas de dicha provincia. La Compañía
de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta, de propiedad chilena, rehusó pagar
la nueva tasa y este inconveniente abrió el camino a la guerra del Pacífico.
En este contexto, el gobierno de Chile necesitaba tener a la Argentina de aliado
-o al menos de actor neutral- y no como un enemigo adicional. (4)
Por
el lado de la Argentina, el Congreso no consideró en forma inmediata el tratado
porque las sesiones ordinarias de ambas Cámaras comenzaban recién en mayo de
1879. Además, se había desarrollado en el ámbito parlamentario una facción
antichilena que se oponía a la ratificación del tratado, en concordancia con
el resentimiento popular contra Chile por los incidentes con los navíos Jeanne
Amélie y Devonshire. Dicha facción a la vez procuraba extraer
ventajas del involucramiento chileno en la guerra del Pacífico a partir de
abril de 1879, apoyándose en la prensa argentina que había adoptado una clara
posición antichilena y proboliviana. Incluso se llegó a organizar una sociedad
patriótica opositora que incluyó a varias figuras públicas como Bernardo de
Irigoyen, Félix Frías, Santiago Estrada y Miguel Goyena. (5)
Por
cierto, vale añadir que las divisiones políticas causadas por la cercanía de
las elecciones provinciales en la Argentina sugerían que el arreglo de la
cuestión patagónica dependía menos de los méritos de los negociadores que de
las diferentes personalidades de los políticos argentinos. En este sentido, el
periódico The Standard, de Buenos Aires, sostenía que las grandes
cuestiones que llegaban a consideración del Congreso siempre "perdían o
ganaban su aprobación por la mera popularidad de los individuos con los cuales
estaba identificada tal o cual cuestión". (6)
En otras palabras, y de acuerdo con la tesis de Smith, la raíz del
problema no era tanto la Patagonia o el estrecho de Magallanes en sí mismos,
sino la disputa interna generada en torno a estos temas entre los
"duros", como los senadores Félix Frías y Santiago Estrada, y los
"blandos" identificados con el presidente Avellaneda y el canciller
Manuel Montes de Oca. Este último protagonizó una verdadera guerra contra sus
opositores en torno al tema de la neutralidad en la guerra del Pacífico y la
ratificación del tratado Fierro-Sarratea, que resultó en realidad una victoria
pírrica: si bien logró la neutralidad argentina en dicha guerra y convino con
el representante chileno José Manuel Balmaceda el aplazamiento de la ratificación
del tratado, estos triunfos parciales fueron al costo de la pérdida de su
propia influencia política. (7)
En
síntesis, aunque el gobierno de Avellaneda trataba de mantener la paz interna
necesaria para consolidar el modelo económico -ya bastante perturbada por la
pugna entre los autonomistas porteños y el gobierno nacional y que terminaría
en la revolución de 1880-, el público porteño, influido por la facción
antichilena en el Congreso y por los medios de prensa, se inclinaba de manera
crecientemente hostil a cualquier arreglo con el gobierno de Chile. (8)
NOTAS
G.V. Rauch, op. cit., pp. 62-65.
Dipl. Desp., (M 10), reel 29, T.A.O. to Evarts, 15-10-1878, cit. en D.E. Willett, ibid., p. 70.
General Records of the Department of State (Record Group 59), Notes from the Argentine legation in the United States to the Department of State, 1811-1906 (M 47), reel 2, Julio Carrie to Evarts, 20-1-1879; R. Burr, op. cit., pp. 134-135; Dipl.Desp., (M 69), reel 20, T.O.O. to Evarts, 12-12-1878; (M 10), reel 29; T.A.O. to Evarts, 11-12-1878; Dipl. Instrs. (M 77), reel 36, Evarts to T.A.O., 19-1-1879; Argentine Report..., op. cit., 1900, p. 169, fuentes citadas en ibid., p. 82. Ver también F.A. Encina, op. cit., pp. 215-220; y G.V. Rauch, op.cit., pp. 66 y 314.
G.V. Rauch, op. cit., pp. 66-67.
The Standard, 28 de marzo y 1º de abril de 1879; La Nación (Buenos Aires), 28 de marzo de 1879; Francisco A. Encina, Historia de Chile: desde la prehistoria hasta 1891, Santiago, Nascimento, 1940-1952, 20 vols., volumen XVI, pp. 503 y 505; G. Bulnes, op. cit., II, p. 442; R. Burr, op. cit., p. 144; Néstor T. Auza, Santiago Estrada y el conflicto de límites con Chile, Buenos Aires, 1966, fuentes citadas en G.S. Smith, op. cit., p. 258.
The Standard, 12 de junio de 1879, cit. en ibid., p. 265.
Ibid., p. 265.
The Standard, 1º de abril de 1879, cit. en ibid., p. 258; ver también pp. 256 y 259. Asimismo, consultar G.V. Rauch, op. cit., p. 315.
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