Conclusiones del período 1861-1881
La
batalla de Pavón, en septiembre de 1861, abrió el camino para la organización
nacional en base a un orden gestado por el acuerdo entre Mitre y Urquiza,
quienes mutuamente resolvieron cerrar la guerra civil entre el Estado de Buenos
Aires y la Confederación Argentina. Este acuerdo implícito entre Mitre y
Urquiza no estuvo, sin embargo, exento de dificultades. El caudillo entrerriano
jugó -y fue tentado por el
presidente paraguayo Francisco Solano López- con la idea de segregar la
Mesopotamia e integrarla al Paraguay, proyecto que había aparecido en la mente
de Urquiza en otras oportunidades y que demostraba que si bien Pavón marcó el
comienzo del Estado nacional argentino, éste estaba lejos de estar
consolidado.
Esta
falta de consolidación del Estado argentino se veía confirmada además por
otros elementos, entre ellos la amenaza de las montoneras provinciales y la
indefinición de la cuestión capital. La última reflejaba la pugna entre
mitristas o nacionalistas y alsinistas o autonomistas y tuvo su repercusión en
la política exterior. En este sentido, la guerra del Paraguay sirvió tanto
como elemento de cohesión de las dos facciones en que se dividía el
liberalismo porteño -al inicio del conflicto- como de instrumento de descrédito
hacia el mitrismo por parte de la oposición -al final de la misma-. Debe
interpretarse en este sentido la curiosa inclusión de Mitre como negociador en
las cuestiones de límites -derivadas de la guerra- con Brasil y Paraguay
durante el gobierno de Sarmiento y bajo las órdenes de un autonomista, Carlos
Tejedor, quien paradójicamente se dedicó a desautorizar las gestiones del ex
presidente.
La
coexistencia de guardias provinciales y de un ejército nacional, al menos
durante la administración de Mitre, fue otro elemento probatorio de que el
Estado nacional argentino era todavía imperfecto. Dicho ejército nacional no
tenía aún el suficiente poder para suplir las primeras -símbolo residual de
la autonomía provincial- en la triple tarea de reprimir las montoneras,
asegurar la frontera contra el indio y enviar contingentes a la guerra del
Paraguay. Esta última constituyó el bautismo de fuego del ejército nacional y
uno de los elementos cruciales en la consolidación del Estado nacional
argentino, debido a que el gobierno paraguayo de Solano López constituía un
orden económico y político alternativo al mitrista, que, además, contaba con
la simpatía de los caudillos provinciales.
En
cuanto a la política exterior del período, como hemos visto, el gobierno de
Mitre se destacó respecto de los países vecinos por un acercamiento a Brasil
(evidenciado en el apoyo al bando colorado de Venancio Flores en Uruguay, la
hostilidad hacia el régimen de Solano López en Paraguay, y finalmente la
guerra de la Triple Alianza contra el último), y un manifiesto desinterés
hacia los países del Pacífico. Como señala Ferrari, la diplomacia mitrista
tuvo una actitud de abstención-oposición a la política de unión
hispanoamericana alentada por los países del Pacífico que contrastó con una
de intervención en los asuntos del Atlántico y del Plata. (1)
La
mayoría de los autores argentinos que han trabajado el período de Mitre
subrayan con distintos matices la tendencia atlántica y proeuropea
de la diplomacia mitrista. En el enfoque liberal de la Academia Nacional de la
Historia planteado por Ramón J. Cárcano, la política americana de Mitre se
destacó por su vocación pacífica. Como otros exponentes de la corriente
liberal, Cárcano niega responsabilidad al gobierno de Mitre en la guerra de la
Triple Alianza. (2) Desde el enfoque revisionista, autores como José María
Rosa y Miguel Angel Scenna rechazan enfáticamente este perfil neutral de la política
exterior de Mitre expuesto por la corriente liberal, señalando, por ejemplo, el
directo compromiso de los mitristas con la invasión de Venancio Flores a la
Banda Oriental en 1863. Los revisionistas interpretan la política exterior
mitrista hacia los países americanos como antiamericanista, reticente a los
intentos de concertación regional que pudieran afectar sus vitales
vinculaciones con Europa. (3)
Por
su parte, Sergio Bagú sostiene que tanto la diplomacia del gobierno de Mitre
como la de sus sucesores Sarmiento y Avellaneda tuvieron en común, como
consecuencia de compartir el hecho de ser miembros de la generación del 53, una
visión del mundo latinoamericano en que éste se presentaba
como
una nebulosa ignorada casi por completo y, en lo que no lo era, inorgánica y
antidemocrática (...) Europa les era mejor conocida, pero en el momento en que
Mitre llega a la presidencia tampoco tenían con ella intimidad en el trato, ni
estaban en condiciones de comprender la dinámica contemporánea de la política
internacional europea, ni, por lo tanto, de prever su curso futuro (...). Lo que
sí creía la generación del 53 -y en esto no parece haber existido
discrepancia entre sus integrantes- es que Argentina necesitaba brazos europeos
para sus tierras y capitales europeos para su producción.
Llegaron al poder estos hombres, por otra parte, con una convicción que, por
cierto, se desprendía de una realidad incontrastable y que compartieron otros
gobernantes argentinos hasta Yrigoyen. La de que el país estaba en condiciones
de estimular al máximo su desarrollo económico con un mínimo de compromisos
internacionales, para lo cual era menester aplicar dos normas sencillas y poco
comprometedoras: amistad hacia todas las potencias europeas y amistad hacia los
vecinos sudamericanos, sin comprometerse en coaliciones que siempre tendrían,
para el país, inciertas perspectivas. (4)
Con
la expresa excepción de Bagú, que percibe un perfil pragmático de la
política exterior argentina, común a los gobiernos de Mitre, Sarmiento y
Avellaneda, definido en clave económica por el
no compromiso con los países americanos, para la mayoría de los
autores argentinos la política exterior del mitrismo se caracterizó por una
actitud de abstención e incluso oposición a la "política
continental" o política de unión hispanoamericana impulsada por las
naciones americanas del Pacífico. (5) Este perfil quedó claramente demostrado
en la actitud negativa adoptada por la diplomacia mitrista en los tres temas de
agenda más relevantes de las relaciones exteriores de la Argentina con los países
americanos del Pacífico durante la gestión de Mitre: el Tratado Continental de
1862, el Congreso de Lima convocado entre noviembre de 1864 y marzo de 1865, y
la propuesta de alianza del gobierno de Chile de 1865.
A
su vez, la política exterior de Sarmiento con respecto a los países limítrofes
ha dado lugar también a diversas interpretaciones. En la visión de Cárcano,
la política de Sarmiento y su canciller Varela de despreciar la alianza con
Brasil a través de la fórmula "la victoria no da derechos", es
percibida como un grave error, sólo parcialmente compensado por la renuncia del
canciller y su reemplazo por Tejedor. A pesar de los valiosos esfuerzos del
nuevo canciller, la política mitrista del tratado de la Triple Alianza no pudo
ser resucitada, "herida de muerte en protocolos irreparables". La
diplomacia brasileña en virtud de la torpeza del canciller Varela pasó a
convertirse en enemiga. En palabras de Cárcano, con la llegada de Tejedor a la
cancillería argentina, Sarmiento corrigió el "extravío" de la
Doctrina Varela, "pero ya no puede librar al país de las consecuencias ni
salvar la responsabilidad de su gobierno". Sostiene que Tejedor intentó
inaugurar una nueva política de liquidación de la alianza, pero
él
sabe lo que debe exigir, pero nunca lo que debe ceder. (...) Carácter de energías
hasta la obstinación, goza del respeto y confianza del país, pero
especialmente le falta temperamento político, condiciones de negociador diplomático,
para medirse en contienda singular con Río Branco y Cotegipe, los estadistas más
completos del Imperio, de quienes se ha dicho, que el uno es fuerza y el otro
habilidad.
También
señala Cárcano que la "diplomacia especulativa" de Tejedor aniquiló
la "diplomacia experimental" de Mitre y ofreció con su obstinación
un nuevo triunfo a la diplomacia brasileña. (6)
Por
su parte, otro exponente de la Academia Nacional de la Historia, Roberto
Etchepareborda, califica a la política exterior de Sarmiento en lo referente a
la guerra paraguaya y sus
consecuencias para el equilibrio de poder regional como "desacertada,
discontinua y plena de incertidumbres", subrayando las diferencias entre
los dos cancilleres de Sarmiento, Varela y Tejedor. Coincide con Ernesto Quesada
en calificar la política exterior del canciller Tejedor como
"arbitrista", esto es, "destinada a salvar exclusivamente las
dificultades del momento, sin llegar la solución a un plan general, armónico,
previamente elaborado". A diferencia de las autoridades de Buenos Aires,
Etchepareborda sostiene que las de Río de Janeiro poseen "una sola
conducción política" y "un solo proyecto de engrandecimiento",
con objetivos de política exterior "claros y definidos". No obstante
estas críticas a la política exterior de Sarmiento, Etchepareborda rescata la
política armamentista del presidente Sarmiento, calificándola como un ejemplo
de "clarividencia política", "ya que de seguro logró impedir la
concreción de los planes imperiales". (7)
Desde
el revisionismo, José María Rosa, a diferencia de los exponentes del enfoque
liberal, rescata la Doctrina Varela como la genuina continuación de la
tendencia de la diplomacia rosista, que en su visión apuntó a la solidaridad
latinoamericana por encima de fronteras y recelos comerciales. No obstante,
coincide paradójicamente con el enfoque historiográfico liberal al
caracterizar las etapas de los cancilleres Varela y Tejedor, como diferentes
manifestaciones de un fenómeno recurrente: la falta de habilidad de la
diplomacia argentina frente a los diestros manejos de la cancillería brasileña.
Así, Rosa sustenta el concepto de la "antidiplomacia" argentina
contrastándolo con el de la "diplomacia" brasileña. (8)
Llegados
a este punto y rescatando los distintos elementos aportados por los enfoques
historiógraficos, cabe preguntarse si no habrá sido la Doctrina Varela una
estrategia que, bajo el manto del "moralismo", (9) de la comprensión
americanista, (10) o de la crónica falta de habilidad diplomática argentina,
(11) apuntó en realidad a un triple objetivo: congelar un frente de conflicto
(vale tener en cuenta que la administración de Sarmiento tuvo además de Brasil
otro frente en Chile), fortalecer internamente el poder militar (dado que el
proceso de formación del Estado argentino estaba todavía lejos de estar
consolidado), y obtener la simpatía del gobierno paraguayo (así como de otros
estados del Cono Sur). Este triple objetivo de la Doctrina Varela podría
entonces resumirse en uno: procurar para la Argentina un equilibrio de poder
subregional favorable frente a su competidor Brasil.
Por
otro lado, la paulatina consolidación del Estado nacional argentino, dos de
cuyas caras fueron la modernización económica y el aumento demográfico,
aparejó la búsqueda de nuevas zonas productoras en territorios que durante la
época colonial e independiente no habían sido colonizados efectivamente. Ello
llevó a la Argentina a chocar con sus vecinos por la posesión de los mismos y
a intentar defender sus derechos en base a una herencia de la etapa colonial
registrada en un conjunto de cédulas, mapas y documentos que se contradecían u
omitían los territorios que interesaban a las partes en litigio. Es éste el
caso de la disputa limítrofe entre la Argentina y Chile por la Patagonia y el
estrecho de Magallanes, pero puede extenderse a otros casos, tales como el de
Tarija y Chaco entre la Argentina y Bolivia, el de la región misionera, entre
Brasil y la Argentina, o el de la Puna de Atacama, entre Bolivia y Chile. La
aplicación del uti possidetis resultaba muy poco convincente en estos
casos de territorios donde el conquistador español no había logrado asentarse,
y donde, luego de 1810, distintos problemas en los países recién
independizados impidieron tomar posesión efectiva de dichas áreas no pobladas
o semipobladas en la etapa colonial.
La
nueva necesidad de poblar zonas antes despobladas generó, en todos los países
latinaomericanos, la necesidad de "crear" un pasado colonial del cual
el Estado nacional en cuestión era un perfecto heredero. Así, en el
"mito" argentino, el Estado argentino es un perfecto heredero del
Virreinato del Río de la Plata, cuando, en realidad, el virreinato fue una
creación artificial de la Corona española empeñada en defenderse de la
amenaza de portugueses y británicos. En esta creación estratégica peculiar y
de carácter tardío, el Alto Perú, hasta ese momento dependiente del Perú
administrativa y económicamente, fue "artificialmente" incorporado a
fin de proveer de metálico a la capital virreinal, Buenos Aires. Las provincias
de Cuyo, fundadas desde y conectadas económicamente con la capitanía general
de Chile, también fueron incorporadas artificialmente al Virreinato del Río de
la Plata para un mejor control administrativo. Esta estructura, nacida de una
necesidad estratégico-militar y subordinada a la autoridad española no podía
sobrevivir a la Revolución de Mayo. Tras la caída del poder colonial, se dio
un proceso de fragmentación que en realidad respondía a los intereses económicos
y culturales regionales reales que la creación del virreinato había ocultado.
Como resultaba lógico, Bolivia se conectó con Perú y no con Buenos Aires, y
las provincias norteñas hicieron lo propio, buscando recrear el viejo camino
real de los siglos XVI y XVII, al amparo del cual había crecido su industria
artesanal y su lucrativo comercio de mulas. Las provincias cuyanas por su parte
se conectaron más con Chile que con Buenos Aires.
En
la tarea de "inventar" un pasado de títulos históricos que
justificaran los respectivos derechos, se forzó el contenido de documentos,
reales cédulas, mapas, etc., que eran contradictorios y mucho menos precisos de
lo que los juristas y las autoridades hubieran querido. El caso del debate entre
Amunátegui y Quesada acerca de los títulos históricos respecto del estrecho
de Magallanes y la Patagonia es un ejemplo acabado de la tendencia apuntada.
Respecto de las falencias de Amunátegui y Quesada, vale enumerar una serie de
ellas. En primer lugar, y como se ha puntualizado oportunamente en este capítulo,
ambos juristas fallan en su punto de partida, en la creencia de que los
documentos coloniales que examinan tienen un carácter inequívoco. A la Corona
española, amenazada por las asechanzas de portugueses e ingleses en el Río de
la Plata, le interesaba más la ocupación efectiva que otorgar capitulaciones
demasiado precisas en su contenido, lo cual por otro lado era imposible en la
primera etapa del descubrimiento. Además, muchas de estas capitulaciones no
pudieron concretarse porque las expediciones que ellas mencionaban fracasaron o
no llegaron a realizarse por falta de recursos, o fueron contradichas en su
contenido por capitulaciones o reales cédulas posteriores. En segundo lugar,
Quesada y Amunátegui pretendían establecer una continuidad en la política de
ocupación de la Patagonia y el estrecho de Magallanes desde los tiempos de la
colonia hasta la época en la cual escriben que sencillamente no existió. Estas
eran regiones demasiado difíciles de ocupar: mal clima, falta de recursos y
ataques indígenas fueron factores que se combinaron para hacer fracasar muchos
intentos de colonización de uno y otro lado de los Andes.
Los
argumentos de Quesada y Amunátegui, a pesar de sus falencias, tuvieron notables
consecuencias políticas. Forjaron en la Argentina el mito de la agresividad de
Chile frente a una Argentina que, por falta de habilidad política de sus
respectivos gobiernos y cancillerías, cedía terreno frente a la expansión
chilena. En Chile el mito de la agresividad argentina frente a un Chile que sólo
quería la paz. Estas son visiones excesivamente simples de la cuestión, ya que
hubo abanderados de la paz y de la guerra en ambos países. Los pacifistas
-casos de Mitre y de Avellaneda en el lado argentino- enarbolaron el pragmatismo
económico -era más importante el comercio con Europa y el crecimiento económico
que perder energías en la guerra con Chile-. Los pacifistas chilenos contaban
entre sus filas con los llamados "americanistas" que veían en la
guerra un escándalo, pues la Argentina y Chile eran hermanos. ¿No habían
acaso San Martín y O'Higgins luchado juntos por la liberación de Chile? Este
"americanismo" chileno, estuvo presente en diplomáticos tales como
Diego Barros Arana, Benjamín Vicuña Mackenna o José Victorino Lastarria, los
dos últimos claramente críticos de los argumentos de Amunátegui sobre los
derechos chilenos en la Patagonia. Cabe preguntarse si este sentimiento
americanista que estaba a flor de piel debido a la agresión española en las
costas del Pacífico entre 1864 y 1867, y que continuó vivo unas cuantas décadas,
no constituía una de las últimas manifestaciones del sentimiento
hispanoamericano del período colonial, devenido a partir de 1810 en
americanismo antiespañol como elemento aglutinante de las naciones
latinoamericanas contra las agresiones de su ex metrópoli.
El historiador chileno Encina, evidentemente influido por los argumentos de Amunátegui, sostiene que:
Desde
que surgió la disputa por el Estrecho, la Tierra del Fuego y la Patagonia
austral, la cancillería argentina venía desarrollando una política calculada
para aplazar la solución. Cuando no podía eludir la controversia, la extremaba
hasta límites que hacían inminente la guerra y, en seguida, dejaba entrever
posibilidades de arreglo, que se traducían siempre en nuevos aplazamientos
(...). (12)
Lo
curioso de esta frase es que los autores argentinos tienen una opinión similar
respecto de las intenciones chilenas. Lo que en realidad parece desprenderse del
examen desapasionado de este controvertido tema limítrofe es que ni la
Argentina ni Chile tenían claros derechos sobre los territorios en litigio, que
intentaron forzar el pasado para defender sus reclamos, usando títulos
altamente discutibles sobre zonas no ocupadas o escasamente ocupadas, y,
descartando el extremo de ir a la guerra, demasiado costosa en términos de la
modernización económica en la que estaban embarcados, ambos Estados combinaron
la negociación con la ocupación para tratar de resolver el problema.
Tanto la Argentina como Chile utilizaron diplomáticamente los mecanismos que
consideraron más idóneos para favorecer la propia posición. En el caso de
Chile se presionó a la Argentina para que aceptara someter a arbitraje todos
los territorios en litigio. Con esto era probable que Chile obtuviera una parte
de la Patagonia, pero no era seguro que también obtuviera el dominio sobre todo
el estrecho de Magallanes que era su objetivo primordial. En tanto en el caso de
la Argentina, la estrategia fue no aceptar que la Patagonia entrara como materia
de arbitraje. En ambos casos, mientras estaban en curso las negociaciones, los
gobiernos muchas veces dilataron la posibilidad de un arreglo, al mismo tiempo
que procuraban recíprocamente ocupar la zona disputada para darle un contenido
real al criterio de uti possidetis iuris que pretendían invocar.
El
resultado final fue sin duda consecuencia de la capacidad operativa que cada
Estado había adquirido como corolario del grado de desarrollo político, económico
y militar alcanzado. La de Chile le permitió la expansión hacia el litoral
boliviano y peruano con el triunfo en la guerra del Pacífico. Hacia allí
concentró su mayor esfuerzo, evitando una dispersión que hubiera podido
arriesgar su conquista. Le permitió también conseguir el dominio del estrecho
de Magallanes en toda su extensión, que era una vía de comunicación
fundamental para la seguridad chilena en la percepción de sus diferentes
gobiernos. Es posible, como señalaron algunos observadores chilenos de la época,
que la obtención por Chile de tierras patagónicas con costas en el Atlántico
-con las necesidades defensivas que esto implicaba- hubiera debilitado en lugar
de fortalecido el país. Por su parte, la Argentina, luego de la unificación de
su territorio como consecuencia de la batalla de Pavón y su triunfo en la
guerra del Paraguay, mejoró notablemente su capacidad de acción. Esto le
permitió descontar la ventaja inicial de Chile y comenzar a ocuparse de los
territorios del sur. La fundación de algunas colonias y establecimientos, así
como sistemas de comunicación en la costa, fue complementado con la decisiva
expedición al desierto dirigida por Roca. En definitiva, fue la ocupación del
territorio uno de los factores más determinantes en la adjudicación de las
tierras a favor de un estado o del otro.
La
Conquista del Desierto fue de fundamental importancia para los intereses
argentinos porque cumplió una doble función. Sus preparativos en los primeros
meses de 1879, cuando era inminente la iniciación de la guerra del Pacífico,
produjeron en Chile el temor de que también la Argentina estuviera decidida a
declarar la guerra a Chile. La posibilidad de tener que afrontar una guerra en
dos frentes llevó a Chile a buscar la neutralidad de su vecina aun al costo de
alguna cesión territorial. Por otro lado, la expedición determinó el dominio
del Estado argentino sobre una enorme superficie territorial, lo cual además de
ser funcional al modelo económico adoptado por el país en ese momento
-incorporación de la Patagonia como zona productora de ovinos en función de la
demanda británica-, fortaleció la capacidad negociadora de la Argentina,
permitiéndole obtener sus objetivos en el tratado de julio de 1881. De alguna
manera, Roca, protagonista de la Campaña al Desierto, cosechó los frutos de
los esfuerzos de las administraciones anteriores tendientes a modernizar económica
y políticamente el Estado argentino surgido en Pavón, logrando la consolidación
del mismo concretada básicamente durante su gobierno.
Si
bien las relaciones diplomáticas entre la Argentina y Chile conocieron muchos
picos de tensión, nunca llegó a concretarse una guerra abierta por la disputa
limítrofe. El gobierno argentino pudo haber tomado la decisión de unirse a Perú
y Bolivia en la guerra del Pacífico contra Chile, y, en cambio, se declaró
neutral. Muchas son las explicaciones que pueden esbozarse en torno de por qué
no se llegó al enfrentamiento bélico, desde consideraciones de equilibrio de
poder -el temor a una alianza chileno-brasileña contra la Argentina, el temor
argentino al poder de la flota chilena-, hasta razones económicas -la opción bélica
entorpecía el lucrativo comercio con Europa que era, a fin de cuentas, un medio
más poderoso que las propias armas-. Una Argentina fortalecida económicamente
podía obtener de Chile sus derechos territoriales sin necesidad de recurrir a
los cañones.
NOTAS
Gustavo Ferrari, Esquema de la política exterior argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1981, p. 47.
En
palabras de Cárcano, el gobierno argentino
rehusa
reiteradamente participación en la contienda y renueva gestiones por la
paz. Procura conservarse en su neutralidad, que algunos llaman de forma, y
de consolidar la unidad nacional todavía incipiente y movible. Esta actitud
no le impide afirmar su consideración y simpatías por Brasil, como alta
expresión de orden y cultura americana. Está resuelto a colaborar
moralmente para terminar la guerra, en la seguridad de mantenerse intacta la
independencia e integridad de Uruguay.
Concluye Cárcano que "Argentina, empeñada en conservar la neutralidad y consolidar la unidad nacional, es arrastrada a la guerra sin excusa por la invasión de ciudades y territorios". Ramón J. Cárcano, Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza, Buenos Aires, D. Viau, 1941, vol. I, pp. 38 y 50.
Ver respecto de las vinculaciones entre mitristas y colorados J.M. Rosa, La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 93-98. También confrontar ibid., Historia Argentina, op. cit., tomo VII; Miguel Angel Scenna, Argentina-Brasil. Cuatro siglos de rivalidad, Buenos Aires, La Bastilla, 1975, p. 297; e idem, Argentina-Chile: una frontera caliente, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, pp. 29-31.
Sergio Bagú, Argentina en el mundo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1961, pp. 61-62.
G. Ferrari, op. cit., pp. 47-48.
R.J. Cárcano, op. cit., vol. I, pp. 376-379; vol. II, pp. 760-761.
R. Etchepareborda, op. cit., pp. 56-58.
J.M. Rosa, La guerra del Paraguay..., op. cit., p. 270. Consultar especialmente el capítulo 42 titulado "La diplomacia brasileña y la antidiplomacia argentina", pp. 273-280. Del mismo autor ver también Historia Argentina, op. cit., VII, pp. 274-294.
La Doctrina Varela, al renunciar en nombre de la Argentina a los derechos de la victoria como integrante del bando ganador de la Triple Alianza, demostró un halo moralizante que ha sido según Ferrari un elemento constante de la política exterior argentina. Ver G. Ferrari, op. cit., p. 15.
En opinión de José María Rosa, la Doctrina Varela fue una continuación de la inclinación americanista que caracterizó los pensamientos de Artigas, San Martín, Bolívar, Rosas y Solano López, y que había sido interrumpida durante la gestión de Mitre. Para el historiador revisionista argentino, la eliminación de las montoneras provinciales del "Chacho" Peñaloza y de Felipe Varela, la derrota del régimen paraguayo de Francisco Solano López en Paraguay, y la aniquilación del espíritu de la Doctrina Varela en la práctica de la política exterior del gobierno de Sarmiento dieron como resultado la destrucción de los ideales hispanoamericanos e hicieron imposible la construcción de una nación hispanoamericana. Ver J.M. Rosa, La Guerra del Paraguay..., op. cit., p. 270.
Miguel Angel Scenna no está de acuerdo en percibir la Doctrina Varela como un ejemplo de doctrina americanista como lo hace José María Rosa. Varela procuró descalificar al gobierno de Mitre y desautorizar la Triple Alianza, "en un plano de estricto consumo interno". Si bien marca las diferencias entre los cancilleres Varela y Tejedor, sostiene que ambos comparten una notoria falta de habilidad diplomática frente a las maniobras de expansión territorial de las autoridades de la cancillería brasileña. En este sentido, Scenna comparte la visión crítica de Cárcano hacia la política exterior de los ministros Varela y Tejedor. Incluso utiliza esta sugerente frase de Cárcano, que refiere irónicamente al contenido de la Doctrina Varela: "«La victoria no da derechos», da a Brasil todos los derechos". Ver respecto de este tema M.A. Scenna, Argentina-Brasil..., op. cit., pp. 227-236. Consultar también R.J. Cárcano, op. cit., vol. I, pp. 373-421, y vol. II, pp. 760-761.
F.A. Encina, op. cit., p. 88.
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