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La batalla de Pavón, en septiembre de 1861, abrió el camino para la organización nacional en base a un orden gestado por el acuerdo entre Mitre y Urquiza, quienes mutuamente resolvieron cerrar la guerra civil entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina. Este acuerdo implícito entre Mitre y Urquiza no estuvo, sin embargo, exento de dificultades. El caudillo entrerriano jugó  -y fue tentado por el presidente paraguayo Francisco Solano López- con la idea de segregar la Mesopotamia e integrarla al Paraguay, proyecto que había aparecido en la mente de Urquiza en otras oportunidades y que demostraba que si bien Pavón marcó el comienzo del Estado nacional argentino, éste estaba lejos de estar consolidado. 
   
Esta falta de consolidación del Estado argentino se veía confirmada además por otros elementos, entre ellos la amenaza de las montoneras provinciales y la indefinición de la cuestión capital. La última reflejaba la pugna entre mitristas o nacionalistas y alsinistas o autonomistas y tuvo su repercusión en la política exterior. En este sentido, la guerra del Paraguay sirvió tanto como elemento de cohesión de las dos facciones en que se dividía el liberalismo porteño -al inicio del conflicto- como de instrumento de descrédito hacia el mitrismo por parte de la oposición -al final de la misma-. Debe interpretarse en este sentido la curiosa inclusión de Mitre como negociador en las cuestiones de límites -derivadas de la guerra- con Brasil y Paraguay durante el gobierno de Sarmiento y bajo las órdenes de un autonomista, Carlos Tejedor, quien paradójicamente se dedicó a desautorizar las gestiones del ex presidente.  
   
La coexistencia de guardias provinciales y de un ejército nacional, al menos durante la administración de Mitre, fue otro elemento probatorio de que el Estado nacional argentino era todavía imperfecto. Dicho ejército nacional no tenía aún el suficiente poder para suplir las primeras -símbolo residual de la autonomía provincial- en la triple tarea de reprimir las montoneras, asegurar la frontera contra el indio y enviar contingentes a la guerra del Paraguay. Esta última constituyó el bautismo de fuego del ejército nacional y uno de los elementos cruciales en la consolidación del Estado nacional argentino, debido a que el gobierno paraguayo de Solano López constituía un orden económico y político alternativo al mitrista, que, además, contaba con la simpatía de los caudillos provinciales.
   
En cuanto a la política exterior del período, como hemos visto, el gobierno de Mitre se destacó respecto de los países vecinos por un acercamiento a Brasil (evidenciado en el apoyo al bando colorado de Venancio Flores en Uruguay, la hostilidad hacia el régimen de Solano López en Paraguay, y finalmente la guerra de la Triple Alianza contra el último), y un manifiesto desinterés hacia los países del Pacífico. Como señala Ferrari, la diplomacia mitrista tuvo una actitud de abstención-oposición a la política de unión hispanoamericana alentada por los países del Pacífico que contrastó con una de intervención en los asuntos del Atlántico y del Plata. (1)
   
La mayoría de los autores argentinos que han trabajado el período de Mitre subrayan con distintos matices la tendencia atlántica y proeuropea de la diplomacia mitrista. En el enfoque liberal de la Academia Nacional de la Historia planteado por Ramón J. Cárcano, la política americana de Mitre se destacó por su vocación pacífica. Como otros exponentes de la corriente liberal, Cárcano niega responsabilidad al gobierno de Mitre en la guerra de la Triple Alianza. (2) Desde el enfoque revisionista, autores como José María Rosa y Miguel Angel Scenna rechazan enfáticamente este perfil neutral de la política exterior de Mitre expuesto por la corriente liberal, señalando, por ejemplo, el directo compromiso de los mitristas con la invasión de Venancio Flores a la Banda Oriental en 1863. Los revisionistas interpretan la política exterior mitrista hacia los países americanos como antiamericanista, reticente a los intentos de concertación regional que pudieran afectar sus vitales vinculaciones con Europa. (3)
   
Por su parte, Sergio Bagú sostiene que tanto la diplomacia del gobierno de Mitre como la de sus sucesores Sarmiento y Avellaneda tuvieron en común, como consecuencia de compartir el hecho de ser miembros de la generación del 53, una visión del mundo latinoamericano en que éste se presentaba

como una nebulosa ignorada casi por completo y, en lo que no lo era, inorgánica y antidemocrática (...) Europa les era mejor conocida, pero en el momento en que Mitre llega a la presidencia tampoco tenían con ella intimidad en el trato, ni estaban en condiciones de comprender la dinámica contemporánea de la política internacional europea, ni, por lo tanto, de prever su curso futuro (...). Lo que sí creía la generación del 53 -y en esto no parece haber existido discrepancia entre sus integrantes- es que Argentina necesitaba brazos europeos para sus tierras y capitales europeos para su producción.
Llegaron al poder estos hombres, por otra parte, con una convicción que, por cierto, se desprendía de una realidad incontrastable y que compartieron otros gobernantes argentinos hasta Yrigoyen. La de que el país estaba en condiciones de estimular al máximo su desarrollo económico con un mínimo de compromisos internacionales, para lo cual era menester aplicar dos normas sencillas y poco comprometedoras: amistad hacia todas las potencias europeas y amistad hacia los vecinos sudamericanos, sin comprometerse en coaliciones que siempre tendrían, para el país, inciertas perspectivas. (4)

Con la expresa excepción de Bagú, que percibe un perfil pragmático de la política exterior argentina, común a los gobiernos de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, definido en clave económica por el  no compromiso con los países americanos, para la mayoría de los autores argentinos la política exterior del mitrismo se caracterizó por una actitud de abstención e incluso oposición a la "política continental" o política de unión hispanoamericana impulsada por las naciones americanas del Pacífico. (5) Este perfil quedó claramente demostrado en la actitud negativa adoptada por la diplomacia mitrista en los tres temas de agenda más relevantes de las relaciones exteriores de la Argentina con los países americanos del Pacífico durante la gestión de Mitre: el Tratado Continental de 1862, el Congreso de Lima convocado entre noviembre de 1864 y marzo de 1865, y  la propuesta de alianza del gobierno de Chile de 1865.
   
A su vez, la política exterior de Sarmiento con respecto a los países limítrofes ha dado lugar también a diversas interpretaciones. En la visión de Cárcano, la política de Sarmiento y su canciller Varela de despreciar la alianza con Brasil a través de la fórmula "la victoria no da derechos", es percibida como un grave error, sólo parcialmente compensado por la renuncia del canciller y su reemplazo por Tejedor. A pesar de los valiosos esfuerzos del nuevo canciller, la política mitrista del tratado de la Triple Alianza no pudo ser resucitada, "herida de muerte en protocolos irreparables". La diplomacia brasileña en virtud de la torpeza del canciller Varela pasó a convertirse en enemiga. En palabras de Cárcano, con la llegada de Tejedor a la cancillería argentina, Sarmiento corrigió el "extravío" de la Doctrina Varela, "pero ya no puede librar al país de las consecuencias ni salvar la responsabilidad de su gobierno". Sostiene que Tejedor intentó inaugurar una nueva política de liquidación de la alianza, pero

él sabe lo que debe exigir, pero nunca lo que debe ceder. (...) Carácter de energías hasta la obstinación, goza del respeto y confianza del país, pero especialmente le falta temperamento político, condiciones de negociador diplomático, para medirse en contienda singular con Río Branco y Cotegipe, los estadistas más completos del Imperio, de quienes se ha dicho, que el uno es fuerza y el otro habilidad.

 También señala Cárcano que la "diplomacia especulativa" de Tejedor aniquiló la "diplomacia experimental" de Mitre y ofreció con su obstinación un nuevo triunfo a la diplomacia brasileña. (6)
   
Por su parte, otro exponente de la Academia Nacional de la Historia, Roberto Etchepareborda, califica a la política exterior de Sarmiento en lo referente a la guerra paraguaya y  sus consecuencias para el equilibrio de poder regional como "desacertada, discontinua y plena de incertidumbres", subrayando las diferencias entre los dos cancilleres de Sarmiento, Varela y Tejedor. Coincide con Ernesto Quesada en calificar la política exterior del canciller Tejedor como "arbitrista", esto es, "destinada a salvar exclusivamente las dificultades del momento, sin llegar la solución a un plan general, armónico, previamente elaborado". A diferencia de las autoridades de Buenos Aires, Etchepareborda sostiene que las de Río de Janeiro poseen "una sola conducción política" y "un solo proyecto de engrandecimiento", con objetivos de política exterior "claros y definidos". No obstante estas críticas a la política exterior de Sarmiento, Etchepareborda rescata la política armamentista del presidente Sarmiento, calificándola como un ejemplo de "clarividencia política", "ya que de seguro logró impedir la concreción de los planes imperiales". (7)
   
Desde el revisionismo, José María Rosa, a diferencia de los exponentes del enfoque liberal, rescata la Doctrina Varela como la genuina continuación de la tendencia de la diplomacia rosista, que en su visión apuntó a la solidaridad latinoamericana por encima de fronteras y recelos comerciales. No obstante, coincide paradójicamente con el enfoque historiográfico liberal al caracterizar las etapas de los cancilleres Varela y Tejedor, como diferentes manifestaciones de un fenómeno recurrente: la falta de habilidad de la diplomacia argentina frente a los diestros manejos de la cancillería brasileña. Así, Rosa sustenta el concepto de la "antidiplomacia" argentina contrastándolo con el de la "diplomacia" brasileña. (8)
   
Llegados a este punto y rescatando los distintos elementos aportados por los enfoques historiógraficos, cabe preguntarse si no habrá sido la Doctrina Varela una estrategia que, bajo el manto del "moralismo", (9) de la comprensión americanista, (10) o de la crónica falta de habilidad diplomática argentina, (11) apuntó en realidad a un triple objetivo: congelar un frente de conflicto (vale tener en cuenta que la administración de Sarmiento tuvo además de Brasil otro frente en Chile), fortalecer internamente el poder militar (dado que el proceso de formación del Estado argentino estaba todavía lejos de estar consolidado), y obtener la simpatía del gobierno paraguayo (así como de otros estados del Cono Sur). Este triple objetivo de la Doctrina Varela podría entonces resumirse en uno: procurar para la Argentina un equilibrio de poder subregional favorable frente a su competidor Brasil.
   
Por otro lado, la paulatina consolidación del Estado nacional argentino, dos de cuyas caras fueron la modernización económica y el aumento demográfico, aparejó la búsqueda de nuevas zonas productoras en territorios que durante la época colonial e independiente no habían sido colonizados efectivamente. Ello llevó a la Argentina a chocar con sus vecinos por la posesión de los mismos y a intentar defender sus derechos en base a una herencia de la etapa colonial registrada en un conjunto de cédulas, mapas y documentos que se contradecían u omitían los territorios que interesaban a las partes en litigio. Es éste el caso de la disputa limítrofe entre la Argentina y Chile por la Patagonia y el estrecho de Magallanes, pero puede extenderse a otros casos, tales como el de Tarija y Chaco entre la Argentina y Bolivia, el de la región misionera, entre Brasil y la Argentina, o el de la Puna de Atacama, entre Bolivia y Chile. La aplicación del uti possidetis resultaba muy poco convincente en estos casos de territorios donde el conquistador español no había logrado asentarse, y donde, luego de 1810, distintos problemas en los países recién independizados impidieron tomar posesión efectiva de dichas áreas no pobladas o semipobladas en la etapa colonial.
   
La nueva necesidad de poblar zonas antes despobladas generó, en todos los países latinaomericanos, la necesidad de "crear" un pasado colonial del cual el Estado nacional en cuestión era un perfecto heredero. Así, en el "mito" argentino, el Estado argentino es un perfecto heredero del Virreinato del Río de la Plata, cuando, en realidad, el virreinato fue una creación artificial de la Corona española empeñada en defenderse de la amenaza de portugueses y británicos. En esta creación estratégica peculiar y de carácter tardío, el Alto Perú, hasta ese momento dependiente del Perú administrativa y económicamente, fue "artificialmente" incorporado a fin de proveer de metálico a la capital virreinal, Buenos Aires. Las provincias de Cuyo, fundadas desde y conectadas económicamente con la capitanía general de Chile, también fueron incorporadas artificialmente al Virreinato del Río de la Plata para un mejor control administrativo. Esta estructura, nacida de una necesidad estratégico-militar y subordinada a la autoridad española no podía sobrevivir a la Revolución de Mayo. Tras la caída del poder colonial, se dio un proceso de fragmentación que en realidad respondía a los intereses económicos y culturales regionales reales que la creación del virreinato había ocultado. Como resultaba lógico, Bolivia se conectó con Perú y no con Buenos Aires, y las provincias norteñas hicieron lo propio, buscando recrear el viejo camino real de los siglos XVI y XVII, al amparo del cual había crecido su industria artesanal y su lucrativo comercio de mulas. Las provincias cuyanas por su parte se conectaron más con Chile que con Buenos Aires.
   
En la tarea de "inventar" un pasado de títulos históricos que justificaran los respectivos derechos, se forzó el contenido de documentos, reales cédulas, mapas, etc., que eran contradictorios y mucho menos precisos de lo que los juristas y las autoridades hubieran querido. El caso del debate entre Amunátegui y Quesada acerca de los títulos históricos respecto del estrecho de Magallanes y la Patagonia es un ejemplo acabado de la tendencia apuntada.
    Respecto de las falencias de Amunátegui y Quesada, vale enumerar una serie de ellas. En primer lugar, y como se ha puntualizado oportunamente en este capítulo, ambos juristas fallan en su punto de partida, en la creencia de que los documentos coloniales que examinan tienen un carácter inequívoco. A la Corona española, amenazada por las asechanzas de portugueses e ingleses en el Río de la Plata, le interesaba más la ocupación efectiva que otorgar capitulaciones demasiado precisas en su contenido, lo cual por otro lado era imposible en la primera etapa del descubrimiento. Además, muchas de estas capitulaciones no pudieron concretarse porque las expediciones que ellas mencionaban fracasaron o no llegaron a realizarse por falta de recursos, o fueron contradichas en su contenido por capitulaciones o reales cédulas posteriores. En segundo lugar, Quesada y Amunátegui pretendían establecer una continuidad en la política de ocupación de la Patagonia y el estrecho de Magallanes desde los tiempos de la colonia hasta la época en la cual escriben que sencillamente no existió. Estas eran regiones demasiado difíciles de ocupar: mal clima, falta de recursos y ataques indígenas fueron factores que se combinaron para hacer fracasar muchos intentos de colonización de uno y otro lado de los Andes.
   
Los argumentos de Quesada y Amunátegui, a pesar de sus falencias, tuvieron notables consecuencias políticas. Forjaron en la Argentina el mito de la agresividad de Chile frente a una Argentina que, por falta de habilidad política de sus respectivos gobiernos y cancillerías, cedía terreno frente a la expansión chilena. En Chile el mito de la agresividad argentina frente a un Chile que sólo quería la paz. Estas son visiones excesivamente simples de la cuestión, ya que hubo abanderados de la paz y de la guerra en ambos países. Los pacifistas -casos de Mitre y de Avellaneda en el lado argentino- enarbolaron el pragmatismo económico -era más importante el comercio con Europa y el crecimiento económico que perder energías en la guerra con Chile-. Los pacifistas chilenos contaban entre sus filas con los llamados "americanistas" que veían en la guerra un escándalo, pues la Argentina y Chile eran hermanos. ¿No habían acaso San Martín y O'Higgins luchado juntos por la liberación de Chile? Este "americanismo" chileno, estuvo presente en diplomáticos tales como Diego Barros Arana, Benjamín Vicuña Mackenna o José Victorino Lastarria, los dos últimos claramente críticos de los argumentos de Amunátegui sobre los derechos chilenos en la Patagonia. Cabe preguntarse si este sentimiento americanista que estaba a flor de piel debido a la agresión española en las costas del Pacífico entre 1864 y 1867, y que continuó vivo unas cuantas décadas, no constituía una de las últimas manifestaciones del sentimiento hispanoamericano del período colonial, devenido a partir de 1810 en americanismo antiespañol como elemento aglutinante de las naciones latinoamericanas contra las agresiones de su ex metrópoli.

El historiador chileno Encina, evidentemente influido por los argumentos de Amunátegui, sostiene que: 

Desde que surgió la disputa por el Estrecho, la Tierra del Fuego y la Patagonia austral, la cancillería argentina venía desarrollando una política calculada para aplazar la solución. Cuando no podía eludir la controversia, la extremaba hasta límites que hacían inminente la guerra y, en seguida, dejaba entrever posibilidades de arreglo, que se traducían siempre en nuevos aplazamientos (...). (12) 

Lo curioso de esta frase es que los autores argentinos tienen una opinión similar respecto de las intenciones chilenas. Lo que en realidad parece desprenderse del examen desapasionado de este controvertido tema limítrofe es que ni la Argentina ni Chile tenían claros derechos sobre los territorios en litigio, que intentaron forzar el pasado para defender sus reclamos, usando títulos altamente discutibles sobre zonas no ocupadas o escasamente ocupadas, y, descartando el extremo de ir a la guerra, demasiado costosa en términos de la modernización económica en la que estaban embarcados, ambos Estados combinaron la negociación con la ocupación para tratar de resolver el problema. 
    Tanto la Argentina como Chile utilizaron diplomáticamente los mecanismos que consideraron más idóneos para favorecer la propia posición. En el caso de Chile se presionó a la Argentina para que aceptara someter a arbitraje todos los territorios en litigio. Con esto era probable que Chile obtuviera una parte de la Patagonia, pero no era seguro que también obtuviera el dominio sobre todo el estrecho de Magallanes que era su objetivo primordial. En tanto en el caso de la Argentina, la estrategia fue no aceptar que la Patagonia entrara como materia de arbitraje. En ambos casos, mientras estaban en curso las negociaciones, los gobiernos muchas veces dilataron la posibilidad de un arreglo, al mismo tiempo que procuraban recíprocamente ocupar la zona disputada para darle un contenido real al criterio de uti possidetis iuris que pretendían invocar. 
   
El resultado final fue sin duda consecuencia de la capacidad operativa que cada Estado había adquirido como corolario del grado de desarrollo político, económico y militar alcanzado. La de Chile le permitió la expansión hacia el litoral boliviano y peruano con el triunfo en la guerra del Pacífico. Hacia allí concentró su mayor esfuerzo, evitando una dispersión que hubiera podido arriesgar su conquista. Le permitió también conseguir el dominio del estrecho de Magallanes en toda su extensión, que era una vía de comunicación fundamental para la seguridad chilena en la percepción de sus diferentes gobiernos. Es posible, como señalaron algunos observadores chilenos de la época, que la obtención por Chile de tierras patagónicas con costas en el Atlántico -con las necesidades defensivas que esto implicaba- hubiera debilitado en lugar de fortalecido el país. Por su parte, la Argentina, luego de la unificación de su territorio como consecuencia de la batalla de Pavón y su triunfo en la guerra del Paraguay, mejoró notablemente su capacidad de acción. Esto le permitió descontar la ventaja inicial de Chile y comenzar a ocuparse de los territorios del sur. La fundación de algunas colonias y establecimientos, así como sistemas de comunicación en la costa, fue complementado con la decisiva expedición al desierto dirigida por Roca. En definitiva, fue la ocupación del territorio uno de los factores más determinantes en la adjudicación de las tierras a favor de un estado o del otro.
   
La Conquista del Desierto fue de fundamental importancia para los intereses argentinos porque cumplió una doble función. Sus preparativos en los primeros meses de 1879, cuando era inminente la iniciación de la guerra del Pacífico, produjeron en Chile el temor de que también la Argentina estuviera decidida a declarar la guerra a Chile. La posibilidad de tener que afrontar una guerra en dos frentes llevó a Chile a buscar la neutralidad de su vecina aun al costo de alguna cesión territorial. Por otro lado, la expedición determinó el dominio del Estado argentino sobre una enorme superficie territorial, lo cual además de ser funcional al modelo económico adoptado por el país en ese momento -incorporación de la Patagonia como zona productora de ovinos en función de la demanda británica-, fortaleció la capacidad negociadora de la Argentina, permitiéndole obtener sus objetivos en el tratado de julio de 1881. De alguna manera, Roca, protagonista de la Campaña al Desierto, cosechó los frutos de los esfuerzos de las administraciones anteriores tendientes a modernizar económica y políticamente el Estado argentino surgido en Pavón, logrando la consolidación del mismo concretada básicamente durante su gobierno. 
   
Si bien las relaciones diplomáticas entre la Argentina y Chile conocieron muchos picos de tensión, nunca llegó a concretarse una guerra abierta por la disputa limítrofe. El gobierno argentino pudo haber tomado la decisión de unirse a Perú y Bolivia en la guerra del Pacífico contra Chile, y, en cambio, se declaró neutral. Muchas son las explicaciones que pueden esbozarse en torno de por qué no se llegó al enfrentamiento bélico, desde consideraciones de equilibrio de poder -el temor a una alianza chileno-brasileña contra la Argentina, el temor argentino al poder de la flota chilena-, hasta razones económicas -la opción bélica entorpecía el lucrativo comercio con Europa que era, a fin de cuentas, un medio más poderoso que las propias armas-. Una Argentina fortalecida económicamente podía obtener de Chile sus derechos territoriales sin necesidad de recurrir a los cañones.  

  1. Gustavo Ferrari, Esquema de la política exterior argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1981, p. 47.

  2. En palabras de Cárcano, el gobierno argentino

    rehusa reiteradamente participación en la contienda y renueva gestiones por la paz. Procura conservarse en su neutralidad, que algunos llaman de forma, y de consolidar la unidad nacional todavía incipiente y movible. Esta actitud no le impide afirmar su consideración y simpatías por Brasil, como alta expresión de orden y cultura americana. Está resuelto a colaborar moralmente para terminar la guerra, en la seguridad de mantenerse intacta la independencia e integridad de Uruguay.

    Concluye Cárcano que "Argentina, empeñada en conservar la neutralidad y consolidar la unidad nacional, es arrastrada a la guerra sin excusa por la invasión de ciudades y territorios". Ramón J. Cárcano, Guerra del Paraguay. Acción y reacción de la Triple Alianza, Buenos Aires, D. Viau, 1941, vol. I, pp. 38 y 50.

  3. Ver respecto de las vinculaciones entre mitristas y colorados J.M. Rosa, La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 93-98. También confrontar ibid., Historia Argentina, op. cit., tomo VII; Miguel Angel Scenna, Argentina-Brasil. Cuatro siglos de rivalidad, Buenos Aires, La Bastilla, 1975, p. 297; e idem, Argentina-Chile: una frontera caliente, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, pp. 29-31.

  4. Sergio Bagú, Argentina en el mundo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1961, pp. 61-62.

  5. G. Ferrari, op. cit., pp. 47-48.

  6. R.J. Cárcano, op. cit., vol. I, pp. 376-379; vol. II, pp. 760-761.

  7. R. Etchepareborda, op. cit., pp. 56-58.

  8. J.M. Rosa, La guerra del Paraguay..., op. cit., p. 270. Consultar especialmente el capítulo 42 titulado "La diplomacia brasileña y la antidiplomacia argentina", pp. 273-280. Del mismo autor ver también Historia Argentina, op. cit., VII, pp. 274-294.

  9. La Doctrina Varela, al renunciar en nombre de la Argentina a los derechos de la victoria como integrante del bando ganador de la Triple Alianza, demostró un halo moralizante que ha sido según Ferrari un elemento constante de la política exterior argentina. Ver G. Ferrari, op. cit., p. 15.

  10. En opinión de José María Rosa, la Doctrina Varela fue una continuación de la inclinación americanista que caracterizó los pensamientos de Artigas, San Martín, Bolívar, Rosas y Solano López, y que había sido interrumpida durante la gestión de Mitre. Para el historiador revisionista argentino, la eliminación de las montoneras provinciales del "Chacho" Peñaloza y de Felipe Varela, la derrota del régimen paraguayo de Francisco Solano López en Paraguay, y la aniquilación del espíritu de la Doctrina Varela en la práctica de la política exterior del gobierno de Sarmiento dieron como resultado la destrucción de los ideales hispanoamericanos e hicieron imposible la construcción de una nación hispanoamericana. Ver J.M. Rosa, La Guerra del Paraguay..., op. cit., p. 270.

  11. Miguel Angel Scenna no está de acuerdo en percibir la Doctrina Varela como un ejemplo de doctrina americanista como lo hace José María Rosa. Varela procuró descalificar al gobierno de Mitre y desautorizar la Triple Alianza, "en un plano de estricto consumo interno". Si bien marca las diferencias entre los cancilleres Varela y Tejedor, sostiene que ambos comparten una notoria falta de habilidad diplomática frente a las maniobras de expansión territorial de las autoridades de la cancillería brasileña. En este sentido, Scenna comparte la visión crítica de Cárcano hacia la política exterior de los ministros Varela y Tejedor. Incluso utiliza esta sugerente frase de Cárcano, que refiere irónicamente al contenido de la Doctrina Varela: "«La victoria no da derechos», da a Brasil todos los derechos". Ver respecto de este tema M.A. Scenna, Argentina-Brasil..., op. cit., pp. 227-236. Consultar también R.J. Cárcano, op. cit., vol. I, pp. 373-421, y vol. II, pp. 760-761. 

  12. F.A. Encina, op. cit., p. 88.

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