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Entre 1855 y 1865 se dieron las condiciones -los problemas con la tierra en Gales- para que grupos importantes de ciudadanos empezasen a considerar la idea de emigrar. Entre ellos el reverendo Michael Jones, cuya madre fue una de las víctimas de la política de tierra que les obligó a abandonar la granja que había estado en manos de su familia durante generaciones. El reverendo Jones fue, sin duda, el alma del movimiento colonizador; junto a él, Edwin Roberts, americano de nacimiento y Lewis Jones, un impresor de Liverpool. Entre el primero y el último recorrieron el país impartiendo conferencias y animando a sus conciudadanos a emigrar. En aquel momento eran sumamente numerosas las sociedades de emigración que habían aparecido en Gales y en los Estados Unidos y que decidieron recoger fondos para respaldar este movimiento de colonos.
    Llegados a este punto quedaba por saber el lugar en el que iban a asentarse y se analizaron varias posibilidades: la isla de Vancouver en Canadá y las adyacencias del Paraná en Paraguay y Brasil. En 1850 hubo un intento de colonizar Rio Grande do Sul en Brasil bajo el liderazgo de Benbow-Phillips pero no tuvo éxito porque el empleo de mano de obra esclava degradaba el trabajo manual de los inmigrantes. En 1854 la Welsh Emigration Society de Nueva York entabló relaciones con el gobierno argentino para ver la posibilidad de establecer una colonia en la Confederación bajo las condiciones requeridas por los galeses. En respuesta se les ofreció una gran extensión de tierra cerca de Bahía Blanca con el propósito de utilizarlos como muro de contención o barrera contra las tribus indígenas que asolaban la zona.
    Después de algunas negociaciones en 1865 los galeses optaron por la Patagonia, una zona deshabitada, excepción hecha de los indígenas, que no había sido reclamada por ningún gobierno considerado como civilizado, remota y aislada, y sobre la que no se advertía la amenaza de influencias extranjeras a la colonia. La idea era asentarse allí y con el tiempo constituirse en un estado galés, con un gobierno propio y con el gaélico como lengua oficial. Tendrían escuelas, lugares de culto e instituciones propias. A pesar de los esfuerzos de este grupo, para principios de este siglo la colonia se encontraba en pésima situación, con numerosos problemas internos y con el gobierno argentino.
    Por cierto algunos de los problemas que sobrevendrían tuvieron origen en la forma como fue llevada a cabo la empresa en sus comienzos. Por aquella época, el cónsul argentino en Liverpool tenía bien informado a su gobierno del revuelo que había organizado la empresa colonizadora. Cuando la Patagonia fue el lugar elegido, el cónsul fue supuestamente instruido en la necesidad de avanzar de forma soterrada hacia la petición y el reclamo de la soberanía argentina en la zona. En una entrevista mantenida entre el cónsul argentino, el reverendo Jones y otros tres líderes galeses se mencionó de forma tangencial el deseo del gobierno argentino de reclamar los territorios, pero asegurándoles que esto no afectaría de ninguna manera a la colonia galesa en Chubut que contaría en todo momento con el apoyo del gobierno (1).
    Los galeses, por su parte, incapaces de entrever el alcance de la situación, no vieron problema alguno en aceptar el reclamo de soberanía hecho por el gobierno argentino. En esa misma reunión, se acordó mandar un petitorio al gobierno argentino para que delimitase una porción de territorio de la Patagonia en el que se establecería la colonia galesa. La respuesta del entonces ministro del interior, Guillermo Rawson, llevaba fecha del 25 de agosto de 1862. En ella animaba y apoyaba el movimiento y los urgía que enviaran representantes con objeto de llegar a un acuerdo definitivo. En otra carta del mismo mes, Rawson comunicaba a los galeses que nada de lo que pedían suponía un problema y que si los inmigrantes llegaban en grandes contingentes y se asentaban en la colonia serían muy bienvenidos.
    El capitán J. Love Jones-Parry y el reverendo Jones fueron elegidos para entrevistarse con las autoridades argentinas. A comienzos de 1863 los delegados llegaban a Buenos Aires dispuestos a negociar y reconocer el territorio de su elección. Después de una breve estadía en el valle del Chubut regresaron a la capital y firmaron un acuerdo con el ministro Rawson, fijando ese valle como el destino de la colonia. No obstante, el acuerdo debía ser ratificado por el Congreso argentino, careciendo hasta entonces de validez (2). El pacto estipulaba que se concederían a los galeses tierras para su asentamiento, a cambio de que entre dos y tres mil familias se instalasen en la zona, y que tendrían total libertad para mantener su lengua, religión y legislación local. Eventualmente podrían formar un Estado autónomo dentro de la Confederación Argentina.
    Poco después los delegados galeses volvían s su país y se concentraban en la campaña de reclutamiento de colonos a través de actividades de propaganda que daban por refrendado el acuerdo con el gobierno argentino. Se repartieron panfletos que circularon profusamente en 1864 en Gales y en los que se señalaba que se otorgarían por cada tres personas 100 acres de tierra, 10 vacas, 5 caballos, 20 ovejas, aperos de labranza, semillas y trigo suficiente para aguantar hasta la cosecha (3). Finalmente el pacto fue rechazado por el Congreso argentino (4) pero era demasiado tarde para dar marcha atrás en los preparativos de la empresa colonizadora. Una vez más, el ministro Rawson comunicó a los delegados que el acuerdo con pequeñas modificaciones sería aprobado por el Congreso. De esta manera, el primer contingente de galeses -150 personas- salía de Liverpool en el buque Mimosa el 25 de mayo de 1865 y llegaba a Puerto Madryn el 28 de julio (5). Parte de los costos de la expedición corrieron a cargo de las sociedades de emigración, pero el mayor porcentaje fue costeado por el propio reverendo Jones sin contar con ayuda alguna de parte del gobierno argentino.
    La mayoría de los primeros colonos eran artesanos y obreros sin cualificación, y sin experiencia en el trabajo agrícola. Cuando llegaron a Puerto Madryn descubrieron que era un sitio inhabitable, entre otras razones por la falta de agua potable (6) por lo que decidieron moverse hacia el valle del Chubut, unas cincuenta millas. Poco después de que se establecieran en el valle, un barco llegó al lugar con dos oficiales argentinos a bordo, el capitán Murga de la guarnición de Patagones, y el señor Díaz. En septiembre de 1865 se izó por primera vez la bandera argentina. Una vez que finalizó la ceremonia el capitán Murga se marchó y Díaz permaneció un poco más hasta que completó su trabajo de medir y parcelar la tierra.
    Según los informes de los contemporáneos pocos colonos se dieron cuenta de la trascendencia de la ceremonia. Para muchos era una cuestión formal que en nada los afectaba y en respuesta decidieron izar la bandera de Gales. Los colonos y sus líderes no quisieron dar más pábulo al asunto porque eran conscientes de los reclamos de la Argentina sobre la Patagonia y de las mismas pretensiones de parte de Chile. Si la cuestión trascendía y llamaban la atención de los vecinos, la empresa colonizadora podía fracasar. La discreción convenía al gobierno argentino -Rawson en su momento pidió que el acuerdo no fuese mencionado en la prensa-, y a los delegados y organizadores de la colonización que no hubiesen podido emprender la aventura de haberse publicado el fracaso original en la ratificación del acuerdo.
    La primera cosecha, la de 1866, fue un desastre y los colonos galeses estuvieron al borde de la inanición (7). Algunos pidieron ayuda al gobernador británico de las Malvinas y el buque de su Majestad Triton fue enviado para socorrerlos. Otros colonos pidieron auxilio al gobierno argentino quien les mandó ayuda y les prometió 140 libras mensuales para mantenerlos hasta la siguiente cosecha. Sin embargo, en abril de 1867 los colonos decidieron abandonar el lugar y se trasladaron a Puerto Madryn, con la esperanza de que algún barco los sacase de allí. Permanecieron a la espera durante tres meses, durante los cuales agotaron sus provisiones y vivieron en cuevas excavadas en la roca. Pero al fin llegó un barco proveniente de Buenos Aires en el que viajaba Lewis Jones, uno de sus líderes, y que traía provisiones, aperos de labranza, ganado vivo, etc. No sin discusiones se los convenció de que volviesen al valle y lo intentasen de nuevo. En septiembre de 1867 estaban otra vez en sus tierras.
    Todos los problemas fueron pocos comparados con los que acarreó el río Chubut. En noviembre de 1867, uno de los colonos -Aaron Jenkins-, ante la gran crecida del río, decidió abrir un canal que regaría un pedazo de tierra en que había sembrado trigo. Permitiendo que el agua corriera o no, según la necesidad, la cosecha de febrero de 1868 fue muy buena, por lo que otros copiaron la idea con buenos resultados. De esta forma, los colonos y su supervivencia pasaron a depender de las crecidas del río. Cuando éstas no se producían, la cosecha no prosperaba. Los canales se cavaron a todas las profundidades imaginables para aprovechar el agua.
    Animados por estos éxitos y convencidos de que el valle del Chubut podía convertirse en tierra de trigo, los líderes volvieron a Gales para congregar más paisanos. Entre 1874 y 1880 centenares de colonos llegaron a la zona y comenzaron la construcción de un complejo sistema de canales. El primer canal tenía 28 kilómetros de largo, 6 metros de ancho y 1,5 metros de profundidad en el centro. En 1886 el gobierno argentino publicó información oficial sobre los canales. La longitud de los tres canales principales era de 300 kilómetros con un valor total estimado en 383.000 dólares o 35.000 libras esterlinas. En 1895 el valor había ascendido a 190.000 libras.
    Pero poco duró la bonanza en la colonia. La renovación presidencial de 1868, por la cual Domingo F. Sarmiento asumió como nuevo presidente y Dalmacio Vélez Sarsfield reemplazó a Rawson, supuso un revés importante para los galeses de Chubut. El nuevo gabinete tomó distancia y se desentendió de una empresa que consideraba fallida. Toda ayuda fue retirada y los colonos fueron abandonados a su suerte. En 1872 el gobierno británico hizo un llamado para alertar a los galeses sobre los peligros de emigrar a la Patagonia. Si bien la advertencia tuvo efecto, se vio amortiguada por la visita de algunos colonos que dieron nuevo ímpetu a la cruzada colonizadora.
    En 1865 los colonos no eran más de 153, a los que se sumaron 80 más de los Estados Unidos unos meses más tarde. En 1874 la cifra se había reducido a 200 debido a las penurias de los primeros años. No obstante, en los dos años siguientes el número de colonos se prodigó de forma inesperada llegando a contabilizarse un total de 690 (8).
    El año 1874 fue importante para la colonia. Tuvieron una buena cosecha que superó sus necesidades internas por lo que decidieron vender el remanente en Buenos Aires, alcanzando excelentes precios dada la calidad del producto. Otro contingente de emigrantes galeses procedentes de su país de origen y de los Estados Unidos se unieron a los colonos. Todo ello atrajo la atención de la prensa argentina, de su gobierno y del gobierno chileno sobre el asentamiento en Chubut. Las autoridades argentinas decidieron entonces mandar representantes a la zona para reforzar su presencia y autoridad en los territorios. Por su parte, los chilenos reclamaron lo que consideraban como sus derechos en la Patagonia. El asunto se saldó por la vía del acuerdo y favoreció a la Argentina. Los nuevos colonos que llegaron a Buenos Aires iniciaron su viaje con destino a la colonia acompañados por el mayor Vivanco que había sido nombrado capitán del puerto de Rawson. Este oficial parece que inició su andadura oficial dando muestras de despotismo y crueldad. Encarceló a uno de los colonos y lo condenó sin juicio alguno, y aparentemente sin razón. En 1879, la prensa de Buenos Aires señalaba que Vivanco retornaba a Chubut munido de "una provisión de armas, con el objeto de reforzar el respeto a las autoridades argentinas en los colonos galeses establecidos allí". Este sería, según los informes británicos, el inicio de una larga lista de sucesos y humillaciones hacia los colonos (9).
    En enero de 1876 el gobierno argentino decidió nombrar a una autoridad civil en la colonia que no pareció ser del agrado de sus habitantes, entre otras razones, debido a su nacionalidad (10). Antonio Oneto, italiano de nacimiento, fue nombrado "comisionado nacional" y recibió instrucciones de Juan Dillon, del Departamento de Inmigración, en el sentido de respetar la autonomía del asentamiento -su autogobierno a través de un consejo y un magistrado, de los juicios por jurado, etc.- e informar periódicamente a las autoridades en Buenos Aires sobre el desarrollo de la colonia. Estas instrucciones fueron respetadas y escrupulosamente cumplidas por Oneto, excepto en el caso de un asesinato cuyo autor fue detenido y juzgado por los colonos y enviado -por petición del comisionado- a Buenos Aires donde debía ser juzgado por una instancia superior. En menos de tres años el homicida estaba en libertad y de vuelta en el valle del Chubut. Oneto se mantuvo en su cargo hasta abril de 1879 y fue sucedido en forma provisional por Petit Murat durante cuyo mandato se produjo el asesinato por la espalda de uno de los más populares colonos, Aaron Jenkins, a manos de un chileno. Ante la pasividad de las autoridades argentinas, los galeses decidieron capturar y matar al asesino y así, desde entonces, según los informes, nunca más volvieron a ser molestados por los "mestizos indio-argentinos" que atemorizaban la zona (11).
    La autonomía de los galeses fue prácticamente respetada durante 15 años, hasta 1881. El gobierno local estaba formado por un consejo de doce miembros elegidos anualmente por los colonos. El consejo a su vez elegía a su presidente que era el jefe local y la autoridad ejecutiva de la colonia. El consejo también nombraba un secretario, un magistrado, una especie de notario que debía registrar nacimientos, casamientos y defunciones, y un encargado de
correos (12).
    Las cuestiones sociales y religiosas eran atendidas por las iglesias y la educación primaria a través de escuelas en las que sólo se impartían clases en galés. El inglés y el español no eran tenidos en cuenta para nada en la educación de los niños. De hecho, buena parte de los adultos era monolingüe lo que suponía una desventaja, según los informes, en un país cosmopolita. También contaban con escuelas de canto, con clubes de debate, etc. Aparecen con frecuencia quejas en el sentido de las dificultades que suponía para los colonos mantener estas escuelas abiertas, habida cuenta de que los maestros que se trasladaban a la zona con ese fin pronto encontraban trabajos más rentables como el cultivo de trigo. Además la inexistencia de publicaciones y libros de texto en galés hacía aún más complicado el proporcionar una educación de cierta calidad para sus hijos (13).

  1. Datos citados en H. Gorostegui de Torres, op. cit., p. 127.

  2. El texto completo del proyecto de ley en PRO FO 420/23.

  3. PRO FO 420/23, informe de J. Jones y D. Jones, 12 de mayo de 1866.

  4. Los argumentos en contra del pacto fueron: la religión de los colonos, el hecho de que cada vez que los anglosajones se habían establecido también habían pretendido adquirir propiedades en todo el país, y el apoyo que podrían tener del establecimiento en las Islas Malvinas. Carta del representante británico en Buenos Aires Thornton a Lord Russell, 25 de mayo de 1865, en Enrique Ferrer Vieyra, Segunda Cronología Legal Anotada sobre las Islas Malvinas (Falkland Islands) Edición ampliada, Córdoba, 1993.

  5. Ibid.

  6. Sobre los problemas del agua y las condiciones sanitarias de la colonia en sus comienzos, véase PRO ADM 147. Notas sobre las condiciones sanitarias de la colonia de galeses en Chupat por el doctor Lewis Edwardes del buque de S.M. Volage, marzo de 1876. En este informe se señala la existencia de un despacho anterior enviado por el doctor Turnbull en abril de 1871. Otro informe de parecidas características para el año 1880 en PRO ADM 147, anexo firmado por S.S.O. Morris, capellán e instructor naval del Garnet, al Informe sobre las condiciones de la colonia galesa en Chupat, Sud América, del capitán del buque de S.M. Garnet, James Erskine, 21 de abril de 1880.

  7. Así lo confirmaba, entre otros, el capitán del Fairy, Henry Pain, en su visita a la colonia. PRO FO 420/23, informe de Henry Pain, 12 de mayo de 1866.

  8. PRO ADM 147, informe de H. Fairfax, capitán del buque de S. M. Volage, marzo de 1876.

  9. PRO ADM 78/101, informe del capitán del H.M.S. Flora, fechado en abril de 1901.

  10. " (...) ni inglés ni argentino de nacimiento, el nombramiento no ha satisfecho a los colonos". PRO ADM 147, informe de H. Halifax, capitán del buque de S.M. Volage, marzo de 1876.

  11. PRO ADM 78/101, informe del capitán del H.M.S. Flora, abril de 1901.

  12. Ibid.

  13. PRO ADM 147, Informe sobre las condiciones de la colonia galesa en Chupat, Sud América, del capitán del buque de S.M. Garnet, 21 de abril de 1880.

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