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La introducción de nuevas y mejores razas estuvo además acompañada por el uso extendido del alambrado, factor que hizo posible controlar las cabezas de ganado. El alambrado había sido introducido en la Argentina en 1844 y el primer toro Durham había llegado en 1848, pero la mayoría de los ganaderos argentinos carecieron por bastante tiempo posteriormente a esas fechas o bien del capital o bien de los incentivos para mejorar las razas de su ganado y alambrar sus propiedades. (1)
   
Para tener una idea de la importancia que tuvo la generalización del uso del alambrado, vale recordar que los Anales de la Sociedad Rural Argentina correspondientes al año 1883 describían así el panorama: "hasta el año 1875 nuestros ganaderos vivían poco menos que a la buena de Dios". (2) Esta frase señalaba que el abigeato o robo de ganado era cosa normal. La generalización de la cría de ovejas en la década de 1860, al valorizar el campo y exigir el cercado, comenzó a poner fin a esta situación. Como corolario, y a pesar de su alto costo inicial, se fue extendiendo el uso del alambre para cercar los campos que antes eran tierra de nadie. De 1877 a 1881, la importación de alambre llegó a una cifra de 55.645 toneladas, cantidad suficiente para alambrar casi 61.000 kilómetros. (3) Otra estimación hecha sobre un período más amplio, considera que el monto de alambre importado se multiplicó casi nueve veces, desde las 3.367 toneladas de mediados de la década de 1860 a las 30.000 toneladas de alambre correspondientes a la década de 1880. (4)
   
Paralelamente con la difusión del alambrado y del ferrocarril, el sector ganadero bonaerense sufrió otro cambio durante la década de 1870: la aparición de invernadas, es decir, lugares cercanos a la capital porteña donde el ganado descansaba y era engordado. Hasta ese momento lo habitual era que los animales provenientes de las estancias lejanas llegaran cansados por su poca mansedumbre y los pésimos caminos. La carne de un animal faenado en esas condiciones era por cierto dura. En cambio, los comentaristas de la época destacaban que en el caso de estancias y pueblos vecinos a Buenos Aires se comía carne muy superior en calidad. Esta observación incentivó la aparición de invernadas en campos próximos a los mataderos. (5)
   
A su vez, la especialidad de la invernada generó una diferenciación muy relevante dentro del gremio ganadero: la distinción entre estancieros e invernadores. Relevante porque tarde o temprano, ambas fracciones, aunque formaran parte del mismo sector ganadero, chocarían en sus intereses. El informe parlamentario del legislador Seguí del año 1898 daba acabada cuenta del fenómeno: 

El invernador es un negociante especulador sobre la mejora del artículo: en todo tiempo debe estar preparado para vender y comprar y si dispone de buen capital, como éste se mueve constantemente, aprovecha todas las circunstancias, todos los momentos, especialmente aquellos en que el estanciero se encuentra sin campo, como dicen por la seca, y la perspectiva de la pérdida de los animales por el hambre lo obliga a desprenderse de ellos por precio insignificante.
Las ganancias del invernador son variables, pero es un inmejorable empleo del capital que ha llegado a producir en muchos casos en un buen año hasta 50%. Las pérdidas de una invernada bien administrada son poco probables. (6)

  1. Ysabel Rennie, The Argentine Republic, New York, The Macmillan Co., 1945, pp. 74-76, cit. en ibid., pp. 122-123.

  2. Anales de la Sociedad Rural Argentina, 1883, p. 100, cit. en H. Giberti, op. cit., p. 154.

  3. Idem supra, cit. en ibid., p. 155.

  4. Juan C. Vedoya, La campaña del desierto y la tecnificación ganadera, Buenos Aires, Eudeba, 1981, pp. 117 y 207, cit. G.V. Rauch, op. cit., pp. 123-124.

  5. H. Giberti, op. cit., p. 164.

  6. Francisco Seguí, "Investigación parlamentaria sobre agricultura, ganadería, industrias derivadas y colonización", Informe del Comisario Sr. Ingeniero D... Anexo B, Provincia de Buenos Aires, Congreso Nacional, Buenos Aires, 1898, p. 157, cit. en ibid., p. 165.

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