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Capítulo 36: Las relaciones con Chile

La opinión pública argentina llegó a estar crecientemente polarizada en torno a la disputa limítrofe. Chile era percibido como un estado agresor por la facción "internacionalista" en expansión. Los "internacionalistas" incluían en sus filas a distinguidas personalidades tales como Roque Sáenz Peña, quien había prestado servicios en el ejército peruano durante la guerra del Pacífico, Indalecio Gómez y Estanislao Zeballos. Los dos últimos pregonaban la adopción de una línea dura hacia Chile (1). Otra facción, opuesta a la anterior, estaba formada por el ex presidente Bartolomé Mitre, Carlos Pellegrini y otros sectores estrechamente ligados a la economía de exportación-importación. Estos hombres percibían que una guerra contra Chile podría retardar el progreso económico de la Argentina y afectar su comercio exterior (2). Para estos hombres, el sendero de la Argentina hacia la grandeza estaba escrito en clave económica. A medida que pasaran los años, la Argentina crecería y se volvería cada año más rica y poderosa, hasta que la nación trasandina dejara de constituir un problema.
    Del otro lado de los Andes, los chilenos percibían a su vecino con emociones variadas, las cuales recorrían todo el espectro posible, desde la envidia hasta el desprecio y desde la complacencia presumida hasta el miedo (3). De acuerdo con Encina, la mayoría de los intelectuales chilenos -con la expresa excepción de Miguel Amunátegui, Adolfo Ibáñez, Vicente Pérez Rosales y algunos más- combatieron abierta o disimuladamente el empeño del gobierno chileno por defender sus derechos en la Patagonia. En este sentido, los casos de José Victorino Lastarria o Benjamín Vicuña Mackenna resultan evidentes. Este último desarrolló por más de diez años una tenaz campaña contra los títulos chilenos en la región patagónica, que culminó con su gran discurso en el Senado, y con su libro titulado precisamente "La Patagonia". Entre los banqueros, capitalistas y terratenientes, la idea de una ruptura con la Argentina por la Patagonia era percibida como irracional. En cuanto a la opinión pública, inicialmente ésta fue indiferente a la cuestión, para años más tarde ser captada por los argumentos a favor del enfrentamiento entre los dos países (4).
    En opinión de Rauch, la victoria de Chile sobre las naciones andinas en la guerra del Pacífico inflamó el espíritu nacionalista de la opinión pública chilena. Si antes de 1879, el progreso económico de Chile condujo a que sus habitantes se percibieran a sí mismos como "la Inglaterra de Sudamérica", su victoria sobre las naciones andinas hizo creer a los chilenos que se habían ganado el apodo de "la Prusia de Sudamérica" (5). Muchos de los que visualizaban a su nación en el rol de Prusia en 1870, percibían a su vez a la Argentina en el papel de la Francia Sudamericana, corrupta y motivada por la codicia comercial, y que podía ser abrumada por el poder chileno. Estaban también aquellos chilenos que creían a su país superior a la Argentina en virtud y poder y que deseaban ir a la guerra para comprobarlo (6). Los resultados obtenidos en la guerra del Pacífico por cierto habían acentuado la percepción de autoimportancia. Así, los diplomáticos chilenos adoptaron posturas caracterizadas por su rudeza, enraizadas en la idea de que su ejército, el mejor después del de Prusia, y su marina, la segunda después de la británica, podían derrotar fácilmente a las fuerzas argentinas (7).
    Por su parte, los argentinos revisaron sus propias percepciones respecto de Chile. Su admiración por el progreso de la nación vecina propio del pasado fue reemplazado por un sentimiento de creciente sospecha, particularmente luego de los incidentes ocurridos con los navíos Jeanne Amélie y Devonshire. Hacia 1890, la Argentina había logrado la estabilidad institucional, un prerrequisito para el desarrollo económico (8). Según Rauch, la Argentina no temía al poder militar de Chile, como sugieren los historiadores chilenos (9). Como las más elementales reglas de la prudencia aconsejaban vigilancia sobre el agresivo vecino del oeste, el gobierno argentino comenzó a regirse por un viejo proverbio, si vix pacem para bellum.

  1. Gustavo Ferrari, Conflicto y paz con Chile: 1898-1903, Buenos Aires, Eudeba, 1968, pp. 29-30, 46-47, citado en George Victor Rauch, The Argentine-Chilean Boundary Dispute and the Development of the Argentine Armed Forces: 1870-1902, Ph.D. dissertation, New York University, 1989, p. 323.

  2. G. Ferrari, op. cit., pp. 65-66, cit. en ibid., pp. 323-324.

  3. Ibid., p. 324.

  4. Francisco A. Encina, La cuestión de límites entre Chile y la Argentina desde la Independencia hasta el tratado de 1881, Santiago de Chile, Nascimento, 1959, p. 104.

  5. Frederick B. Pike, Chile and the United States, 1880-1962: The Emergence of Chile's Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy, University of Notre Dame Press, 1963, p. 34, cit. en G.V. Rauch, op. cit., p. 326.

  6. Arthur P. Whitaker, The United States and the Southern Cone: Argentina, Chile and Uruguay, Cambridge and London, Harvard University Press, 1976, p. 137, cit. en ibid., p. 326.

  7. Vicente Quesada, La política chilena en El Plata, Bueno Aires, Moen, 1895, pp. 72-73, cit. en ibid., p. 327.

  8. Oscar E. Cornblitt, Ezequiel Gallo y Alfredo A. O'Connell, "La generación del 80 y su proyecto: antecedentes y consecuencias", en Torcuato S. Di Tella (ed.), Argentina, sociedad de masas, Buenos Aires, Eudeba, 1965, pp. 48-49, cit. en ibid., p. 328.

  9. Ver, por ejemplo, los casos de Mario Barros, Historia diplomática de Chile, Barcelona, Ariel, 1971, 322-323, 353-355; Oscar Espinosa Moraga, La postguerra del Pacífico y la Puna de Atacama, Santiago, Andrés Bello, 1958, p. 180, cit. en ibid., p. 329.

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