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No obstante la creciente hostilidad entre las autoridades de Buenos Aires y Santiago en los años transcurridos desde el encuentro presidencial de febrero de 1899 y la firma de los Pactos de Mayo en 1902, hubo una serie de factores que permitieron evitar la opción bélica.
    Uno de estos factores fue la intervención británica en el litigio limítrofe. La cancillería chilena envió instrucciones a su ministro en Londres, Domingo Gana, para activar la mediación de Londres, a fin de evitar que la situación de Chile se complicara por la presencia de elementos extremistas belicistas en Buenos Aires y Santiago, que mantenían en excitación a la opinión pública y a los cuales no eran ajenos otros países limítrofes (casos de Bolivia y Perú) (1).
    Por el lado argentino, el banquero porteño Ernesto Tornquist, consciente de los enormes costos económicos del mantenimiento de la "paz armada" entre los gobiernos de la Argentina y Chile, trató de provocar la mediación inglesa a través de dos grandes casas europeas, Baring y Rothschild. El objetivo de Tornquist fue el de lograr que el Foreign Office impartiera instrucciones a sus representantes en Santiago y Buenos Aires, y por esta vía se obtuviese de los gobiernos de Chile y la Argentina la cancelación de las adquisiciones de barcos en Londres y Roma respectivamente. A pesar de la inicial negativa del Foreign Office y de Rothschild a intervenir en una cuestión tan privativa de los gobiernos argentino y chileno como la de adquirir o no barcos, la insistencia del jefe de la Baring convenció a Rothschild para que solicitara al Foreign Office su intervención. La cancillería británica aceptó intervenir, pero puso como condición el previo consentimiento de los gobiernos argentino y chileno a sus gestiones. Por su parte, Tornquist logró cumplir con la condición exigida por el Foreign Office, consiguiendo la aceptación oficial de los gobiernos argentino y chileno a la mediación británica (2).
    Por el lado británico, existió, según el especialista chileno Carrasco Domínguez, una creciente preocupación de Londres por las derivaciones de una posible guerra entre la Argentina y Chile. En particular, los miembros del Tribunal Arbitral expresaron su reconocimiento tanto respecto de la dificultad de que Chile y la Argentina resolvieran por sí mismos sus divergencias, como de la necesidad de enviar un grupo de reconocimiento británico que ejecutara la demarcación para resolver el difícil litigio (3). A su vez, Ferrari sostiene que se ha exagerado la importancia del rol británico en el arreglo entre los dos gobiernos del Cono Sur, existiendo incluso referencias a una suerte de "compensación hegemónica" de las autoridades norteamericanas a las británicas por su retiro del Caribe de acuerdo con el tratado Hay-Pauncefote; no obstante, existen indicios de que el gobierno del Reino Unido pidió permiso al presidente Theodore Roosevelt para mediar en el conflicto argentino-chileno (4).
    Un segundo factor que incidió en la firma de los Pactos de Mayo de 1902 fue la búsqueda por parte de las diplomacias argentina y chilena de una entente o política de alianza. Pero este objetivo tuvo alcances distintos para las autoridades de Buenos Aires y Santiago. La estrategia argentina fue obtener una alianza con Chile para aislar a Brasil en Sudamérica. El objetivo chileno, a diferencia del argentino, fue el de crear una alianza en la cual Chile fuese un igual entre sus dos grandes socios -Argentina y Brasil-. La idea chilena fue crear un bloque que integrase a las tres potencias subregionales. Esta coalición, en la perspectiva de las autoridades de Santiago, podría llegar a convertirse en el árbitro de las cuestiones sudamericanas y podría contrabalancear la influencia norteamericana. No obstante, la estrategia de alianza tripartita tropezó con numerosas dificultades. En 1908, las autoridades chilenas enviaron al canciller Zeballos un proyecto de tratado que hablaba de "alianza defensiva" y de "limitación de las fuerzas navales" entre la Argentina, Brasil y Chile, pero el ministro de relaciones exteriores argentino se negó a negociar un tratado de alianza en el que también fuera incluido Brasil. Recién en 1914, y por pedido norteamericano, la Argentina, Brasil y Chile actuaron de común acuerdo para mediar en el conflicto entre los gobiernos de México y Estados Unidos (5).
    Otro factor que contribuyó a la desaceleración del tenso clima generado entre los gobiernos de la Argentina y Chile fue la visita, en agosto de 1899, del presidente argentino Julio A. Roca a su colega brasileño Manuel J. Campos Salles. Según Scenna, si bien fue consciente de que no obtendría nada concreto de Itamaraty, el mandatario argentino procuró un acercamiento que cerraba un segundo frente, y podía dejar, al menos en algunos sectores del gobierno chileno, cierta duda acerca de un eventual pacto argentino-brasileño. No hubo pactos entre Buenos Aires y Río de Janeiro, pero la visita de Roca fue correspondida por el presidente brasileño en octubre de 1900, cuando Campos Salles visitó Buenos Aires. Al menos, estos mutuos contactos argentino-brasileños sirvieron para que la prensa chilena bajara sus decibeles probélicos en contra del gobierno argentino (6).
    Un cuarto factor que permitió arribar a un acuerdo entre las autoridades de Buenos Aires y Santiago fue el reemplazo de la mayoría de los actores claves en la negociación diplomática entre ambos países por figuras partidarias de un acercamiento bilateral. Hacia 1902, y en menos de dos meses, se produjeron las renuncias del ministro argentino en Santiago, Epifanio Portela (reemplazado por José Antonio Terry), y de los cancilleres argentino y chileno, Amancio Alcorta y Eliodoro Yáñez, quienes fueron sustituidos en sus cargos por Joaquín V. González y José Francisco Vergara Donoso. El único que permaneció en su cargo fue el ministro chileno en Buenos Aires. Incluso se registró un importante influjo del entonces vicepresidente Norberto Quirno Costa, quien suavizó las rígidas instrucciones impartidas antes de morir por el canciller Amancio Alcorta al ministro plenipotenciario argentino en Santiago José A. Terry. Estos cambios fueron relevantes, dado que, por el lado argentino, el ministro en Chile Portela se había caracterizado por una posición obstruccionista a cualquier acuerdo con las autoridades de Santiago. Por el lado chileno, el nuevo canciller Vergara Donoso no produjo los recelos que Yañez provocaba en Buenos Aires, desde el irritante incidente en torno a las actas de sendas y de policías (7).
    El quinto factor que hizo su aporte para lograr el entendimiento bilateral fue la influencia del general Bartolomé Mitre y su diario La Nación, dirigido hacia 1902 por Emilio Mitre, que contrarrestó las campañas belicistas de otros medios, como el caso de La Tribuna. (8) Tanto La Nación como El País adoptaron en esos días una orientación pacifista y antiintervencionista en los asuntos pendientes de la guerra del Pacífico. El 9 de abril de 1902, un editorial de La Nación, titulado "El día siguiente del fallo", rechazó los argumentos de los sectores belicistas argentinos respecto de la "necesidad" de la guerra con Chile, sosteniendo que: "la República Argentina no es parte en las cuestiones del Pacífico, ni tiene ningún negocio que hacer en ellas, a menos que su propia seguridad, ahora o más adelante, se viese amenazada". (9) Estas palabras reflejaron por cierto la tendencia proatlántica predominante en los sectores moderados de la elite argentina, encabezados por los ex presidentes Bartolomé Mitre y Carlos Pellegrini, que estuvieron mucho más preocupados por las fructíferas vinculaciones económicas con Europa que por la proyección argentina hacia las costas del Pacífico.
    En otros editoriales, La Nación intentó calmar los temores existentes acerca del poder chileno, señalando que el control de los nitratos de Perú y los puertos de Bolivia, por parte de las autoridades de Santiago desde la guerra del Pacífico, no constituía una amenaza para la Argentina. Sostuvo que Chile no podía buscar deliberadamente el desmembramiento de Perú y Bolivia, sin ser detenido en sus propósitos por la tenaz oposición de ambas naciones, y la segura intervención de Estados Unidos y Brasil. Si tal alternativa se concretara, entonces la Argentina debería adoptar la política más conveniente a sus intereses. Mientras tanto, La Nación postulaba la conveniencia de aceptar la paz con Chile sobre la base de la superioridad o al menos la paridad naval argentina, y tomar ventajas de la situación de paz para desarrollar sus propios recursos, dejando que Chile resolviera la cuestión del Pacífico.
    Los editorialistas de El País otorgaron argumentos adicionales a la tesis general pacifista sustentada por La Nación. En primer lugar, sostuvieron la dificultad de justificar una intervención argentina en el área del Pacífico, ya que la Argentina se había opuesto a la norteamericana en la guerra del Pacífico. En segundo lugar, subrayaron la idea de que la intervención argentina en el Pacífico tendría el efecto de una acción imperialista. Los columnistas de El País preguntaron a sus lectores en qué medida "Brasil consideraría con indiferencia una política imperialista que tendería a hacer de Argentina el árbitro de todas las cuestiones en América". Por último, el periódico afirmó que "(es) una obligación de honestidad política ... que Perú y Bolivia no se engañen ... en la creencia que la política argentina puede estar basada en y dirigida por consejos y pasiones irreflexivas" (10).

  1. Oficio reservado del 30 de octubre de 1900, dirigido por el canciller de Chile a don Domingo Gana, ministro plenipotenciario en Londres, cit. en O. Errázuriz Guilisasti, op. cit., p. 28.

  2. G. Ferrari, "La Argentina y sus vecinos...", op. cit., p. 681. Ver también Juan José Fernández, "Los Pactos de Mayo y la diplomacia británica", trabajo presentado a la Academia diplomática "Andrés Bello" del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, Londres, 1964, pp. 32-33, cit. en O. Errázuriz Guilisasti, op. cit., pp. 64-69.

  3. Los argumentos de Carrasco Domínguez están seguramente inspirados en las palabras expresadas por uno de los miembros del Tribunal Arbitral Británico, Mayor General Sir John C. Ardagh, quien se dirigió al Tribunal de Arbitraje Chileno-Argentino a través de un memorándum redactado en los siguientes términos:

    Los recientes sucesos en el territorio disputado vienen a confirmar la apreciación que puede recogerse de la pasada historia de la disputa fronteriza, esto es, que ambas partes han estado durante largo tiempo tratando de obtener ventajas por medios subrepticios. Sea que esto se debe a los jefes o sus subalternos es de poca importancia, pero el resultado general es que ellas sospechan y desconfían una de la otra, y que no podemos confiar en que ninguno de los litigantes se abstenga de infringir el statu quo. Debo también concluir que ni Chile ni Argentina se contentarán con un mero fallo escrito, y que ambas esperan que el Gobierno de Su Majestad no sólo dicte el laudo, sino que ejecute la demarcación por un grupo de reconocimiento británico.

    Las esperanzas que tuvo al principio el Tribunal de que los litigantes le proporcionarían reconocimientos tan completos del territorio disputado como para dar el material adecuado para un fallo, no se han realizado y es muy improbable que se realicen.

    El envío de un grupo de reconocimiento parece así casi inevitable, y en mi opinión no debemos vacilar en decidir su envío; aunque ello nos irrogue considerables gastos (...).

    Esto solo sería una gran ventaja, si se consideran los grandes intereses financieros de Gran Bretaña tanto en Chile como en Argentina. Debemos también pensar que si la guerra estallara entre esos países, no es improbable que la conflagración se extendiera a estados vecinos, y así, en su conjunto, el costo extra de un grupo de reconocimiento sería un bien gastado seguro. (...)

    Convendría recordar que la divergencia fundamental entre Chile y Argentina es en abstracto muy simple y absolutamente irreconciliable. Los chilenos pretenden que la divisoria continental de las aguas del Continente Sudamericano sea la frontera, esto es, que las hoyas de las aguas que fluyen al Pacífico sean chilenas, y que las hoyas de las aguas que fluyen al Atlántico sean argentinas. Argentina, por otra parte, pretende que la cadena principal de los Andes, definida por las más altas cumbres, sea la frontera, sin consideración al hecho que ella está cortada por muchos ríos cuyas fuentes se encuentran al oriente, esto es, en el lado atlántico de las más altas montañas. Ellos pretenden, en suma, una frontera visible en los nevados picos de los Andes. En la parte más conocida de la frontera sucede que la cadena principal es también la divisoria de aguas entre el Atlántico y el Pacífico, y no hubo allí lugar, o muy poco, para controversia, por muchos cientos de millas. El lenguaje empleado por los negociadores en su definición de la frontera, aunque aplicable a esa parte del límite, en la presente pero comparativamente rara coincidencia de la divisoria de aguas y cadena principal, es en realidad técnicamente oscuro y ambiguo cuando se trata de aplicarlo a la parte actualmente en arbitraje, donde la divisoria de aguas y las cumbres principales raramente coinciden.

    Ora que la fórmula usada en el tratado (de 1881) fue adoptada en la creencia mutua que la divisoria de aguas y la cadena principal, por la naturaleza de las cosas, debían ser idénticas en las regiones inexploradas, como habían demostrado serlo en la parte bien conocida de los Andes; ora que cada parte cerró los ojos a la absoluta incompatibilidad de la terminología usada con las diversas variedades de configuración que se encuentran en otras partes del mundo; ora que ellos realmente entendieron las frases técnicas que usaron, permanecerá probablemente incierto.

    El hecho es que ellos convinieron en una redacción ilógica y ambigua, que cada una interpreta a su manera, y que las interpretaciones extremas divergen totalmente; ninguna de ellas sería en su totalidad una solución buena y equitativa.

    Me parece que éste es el caso para una transacción. Un caso extremadamente difícil, admito, pero, no obstante uno en el cual amigos imparciales de ambos lados podrían tener éxito en descubrir una solución práctica. Pero para llegar a ella, el Tribunal Arbitral necesita mucho más información sobre la topografía del territorio disputado que la que se le ha presentado hasta ahora, y esto sólo puede ser satisfactoriamente hecho por un grupo de reconocimiento imparcial.

    Memorándum del Mayor-General Sir John C. Ardagh al Tribunal de Arbitraje Chileno-Argentino, cit en G. Carrasco Domínguez, op. cit., Anexo Nº 1, pp. 233-235.

  4. G. Ferrari, "La Argentina y sus vecinos", op. cit., p. 681.

  5. Vale aclarar que si bien durante la primera década del siglo XX, la Argentina, Brasil y Chile buscaron una alianza tripartita, la concreción de este objetivo tropezó con las dificultades derivadas de la divergencia de intereses entre las tres potencias subregionales: mientras Brasil prefirió un esquema que incluyese a Estados Unidos y Chile, procurando frenar el ascendente poder argentino, la Argentina buscó aliarse con Chile para aislar a Brasil, y Chile procuró una coalición tripartita en donde las autoridades trasandinas no se vieran eclipsadas por los dos poderosos gobiernos vecinos.
        La estrategia chilena de confomar un bloque subregional compuesto por las tres potencias más importantes (Argentina, Brasil y Chile) tropezó con una serie de dificultades. La primera fue que el mantenimiento de buenas relaciones con la Argentina enfrentó a las autoridades de Chile con el dilema de cómo preservar a la vez una amistad estrecha con Brasil. Una política de acercamiento con ambos países al mismo tiempo se presentó difícil para la diplomacia chilena por ese entonces, dada la competencia argentino-brasileña por la supremacía sobre la costa atlántica a mediados de la década de 1900. Esta competencia no fue bien vista por Chile, pues anulaba una amistad equilibrada entre los tres países, y porque el eventual ganador en esta competencia adquiriría un enorme poder en el subcontinente, el que se convertiría en una amenaza para Chile.
        Otro factor que hizo aún más difíciles las cosas para la diplomacia chilena fue el hecho de que las políticas exteriores de los gobiernos argentino y brasileño estuvieran dirigidas en la década de 1900 por dos cancilleres de fuerte personalidad e ilimitadas ambiciones de expansión, Estanislao Zeballos y el Barón de Río Branco, respectivamente. En comparación con la notoria continuidad de las cancillerías argentina y brasileña durante la primera década del siglo XX, la política exterior chilena estuvo dirigida por veinte cancilleres de estilos diferentes en el período comprendido entre mayo de 1902 y diciembre de 1912. E. Meneses C., op. cit., pp. 58-59.

  6. M.A. Scenna, Argentina-Chile. Una frontera caliente, op. cit., p. 113. Del mismo autor, Argentina-Brasil; cuatro siglos de rivalidad, Buenos Aires, La Bastilla, 1975, pp. 281-282.

  7. O. Errázuriz Guilisasti, op. cit., p. 69. Ver también G.V. Rauch, op. cit., p. 354.

  8. G. Ferrari, "La Argentina y sus vecinos", op. cit., pp. 682 y 684; R.N. Burr, op. cit., p. 250.

  9. La Nación, 9, de abril de 1902, cit. en Enrique Tagle, Los tratados de paz entre la República Argentina y Chile; la opinión argentina, Buenos Aires, Tipo-Lito Galileo, 1902, p. 49, cit. en R.N. Burr, op. cit., p. 250.

  10. Opiniones de La Nación y El País, reproducidas en E. Tagle, op. cit., pp. 50, 62 y 65, cit. en ibid., p. 251, y en O. Errázuriz Guilisasti, op. cit., p. 69.

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