La Convención sobre Limitación de Armamentos Navales, uno de los Pactos de Mayo
firmados entre los gobiernos de la Argentina y Chile, generó beneplácito en el gobierno
norteamericano. Esto quedó demostrado años más tarde, cuando, en ocasión del tratado
que sobre limitación de armamentos navales firmaron en Washington los representantes de
los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón en febrero de
1922, el secretario de Estado norteamericano, Henry L. Stimpson, pronunció un discurso
ante la comisión directiva de la Unión Panamericana, en Washington, en el cual, entre
otras cosas, tributaba a la Argentina y Chile un homenaje "por haber ofrecido al
mundo el primer gran ejemplo de una limitación naval". Stimson presentó el acuerdo
argentino-chileno de 1902 como un "precedente valioso" y "pionero" de
la limitación naval establecida por el tratado de Washington de 1922 entre las cinco
potencias victoriosas de la Primera Guerra (1).
Sin embargo, en el plano de la política interna de la Argentina y
Chile, los tratados de 1902 no fueron recibidos por todo el mundo con beneplácito. Tanto
en Chile como en la Argentina hubo sectores opuestos a los mismos. Los sectores belicistas
chilenos sostuvieron que estos pactos relegaban a su nación a la posición de
inferioridad naval respecto de la Argentina. Los legisladores chilenos opuestos al acuerdo
con la Argentina elevaron un "manifiesto al País" que sostuvo, entre otros
argumentos probélicos, que la experiencia demostraba que la Argentina no era un país
confiable; que Chile al firmar los pactos había abandonado su tradicional posición
contraria al arbitraje compulsivo, defendida en la Conferencia Panamericana de México;
que los pactos convertían a Chile en un virtual protectorado de Gran Bretaña, y que
Chile sería relegado a una posición de inferioridad naval (2). No obstante, la Cámara
de Diputados chilena aprobó los tratados con la Argentina por una amplia mayoría.
Los sectores "duros" o contrarios a los pactos de Mayo en la
Argentina, con Estanislao Zeballos a la cabeza, lamentaron desde La Prensa "el
triunfo de la diplomacia chilena", que según ellos se había asegurado carta blanca
en el Pacífico (3). Entre estos sectores opuestos a los acuerdos logrados con Chile,
figuraban una parte de la opinión pública y los jefes de la escuadra argentina,
embarcados en la carrera armamentista y por lógica reacios a poner en práctica cualquier
pacto de desarme. Un testimonio de las posturas de estos sectores internos contrarios a
los pactos de Mayo es la conversación que el presidente Julio Roca y su ministro de
relaciones exteriores Joaquín V. González mantuvieron el mismo día de la firma de los
tratados. Reunidos en casa de Roca para celebrarlos, ambos personajes trabaron el
siguiente diálogo:
Presidente- Y, ¿qué le parece todo esto que hemos hecho?
Canciller- Me parece que a usted no le satisfacen del todo los pactos.
Presidente- Ni a usted tampoco.
Canciller- Así es, en efecto; y que creo que mis razones son las mismas suyas. Una parte muy responsable de la opinión no ha quedado contenta, ni aquí ni en Chile; y como tiene cierto fundamento, hay que eliminarlo para que la paz sea sólida, insospechada, indudable y firme.
Presidente- ¿Cómo así, mi querido doctor?
Canciller- Sencillamente, porque los jefes de nuestra escuadra no ven con satisfacción los términos poco claros del pacto de desarme, y la posibilidad del arbitraje sobre él, y la desigualdad de condición en que quedamos respecto de la de Chile, con nuestro doble sistema de aguas navegables, el Océano y el Río de la Plata; y en cuanto a Chile, porque tampoco hemos sido bastante explícitos en lo del Pacífico, y no veo razón para andarnos ocultando el uno al otro lo que estamos ansiosos por decir, esto es, que nosotros nada tenemos que hacer en el Pacífico, como Chile nada tiene que hacer en el Atlántico y el río de la Plata. (Pausa larga) Pues, mi general, digámoslo claramente, así como en Chile no tendrán dificultad en aceptar la aclaración sobre el alcance del desarme, que no consistirá en vender buques, ni privar a nuestros marinos de lo que para ellos es un anhelo supremo, concordante con la naturaleza de nuestras costas y nuestra vida propia.
Presidente- Bien, eso mismo pienso yo; pero, ¿cree usted posible conseguir esas aclaraciones?
Canciller- Lo creo muy posible, mi general, siempre que me deje unos días de amplia libertad de acción. Entre tanto, podemos ir informando al Congreso, y comenzando el debate, para ganar tiempo, hasta que el nuevo protocolo venga a despejar toda desconfianza y recelo.
Presidente- Bueno, proceda entonces... (4)
C.A. Silva, op. cit., pp. 380-381.
Ver Manifiesto en Germán Riesco, Presidencia de Riesco, 1901-1906, Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1950, pp. 229-232, cit. en R.N. Burr, op. cit., p. 255.
G.V. Rauch, op. cit., p. 356.
Diálogo entre el presidente Julio Argentino Roca y el ministro de relaciones exteriores Joaquín V. González, cit. en C.A. Silva, op. cit., p. 377.
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