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Las posteriores aclaraciones a los pactos de Mayo sin embargo no consiguieron acallar las voces discordantes en ambos países. En la Argentina, aquéllos fueron el punto de partida para uno de los más apasionados debates sobre la política exterior. En él participaron las figuras políticas más encumbradas de la Argentina: Carlos Pellegrini, Indalecio Gómez, Joaquín V. González, José Figueroa Alcorta, Manuel Quintana, Luis María Drago, Miguel Cané, Rómulo S. Naón, Adolfo Mugica, Victorino de la Plaza, Estanislao S. Zeballos, Luis V. Varela, y Adolfo F. Orma, entre otros, nómina a la que cabe añadir el papel clave jugado por Bartolomé Mitre y su diario La Nación , en defensa de los pactos de Mayo, en oposición al también matutino La Prensa.
    Uno de los principales representantes de estos sectores contrarios a los pactos firmados por Terry y Vergara Donoso fue el diputado Indalecio Gómez, quien, como su colega Estanislao Severo Zeballos, era partidario de una política que otorgara a la Argentina una presencia continental. En abierta crítica a los pactos de Mayo, sostuvo que

los pactos simbolizan la decadencia de un pueblo que ha perdido sus energías y su rumbo (...) Se proclama la política de no-intervención como único principio internacional en Sudamérica... Añadiré que me parece contradictorio decir por una parte que la República Argentina debe profesar la política de su engrandecimiento político y económico y condenarla por otra a no intervenir -y si su engrandecimiento es detenido por la política hostil de un estado, ¿o debe renunciar a su engrandecimiento o debe intervenir para remover el obstáculo? Los pueblos que tienen una política internacional no pueden inhibirse de intervenir cuando la sienten justamente contrariada (1).

En una asamblea reunida en el teatro Victoria, Indalecio Gómez rechazó enfáticamente el compromiso argentino de no intervención, estipulado por los pactos de Mayo:

Intervenir por una causa justa o un interés legítimo y para un fin noble; no intervenir por motivos o pretextos injustos y para objetos menguados; tal es el principio. (...) La Argentina no puede renegar de su tradición ni desmentir su historia. Ella ha sido en América el arcángel de la independencia y está llamada a ser la fuerza justiciera, generosa y grande que haga primar en el continente los principios de la justicia y de la verdad (2).

Por cierto, estas palabras de Indalecio Gómez son un acabado ejemplo de la idea de "destino manifiesto" presente en la clase política argentina. Gómez atacó los pactos de Mayo como "lesivos a la soberanía nacional", criticando en el ítem de la limitación de armamentos la exclusiva mención de la escuadra argentina, entonces el arma principal, y "el olvido de que, en nuestra Constitución, la fijación de las fuerzas es facultad del Congreso" (3).
    Carlos Pellegrini escribió a Indalecio Gómez, objetando los ataques del último a los pactos de Mayo en la conferencia del teatro Victoria. Dijo Pellegrini en réplica a Gómez:

Usted afirma que los proyectos de tratados con Chile, que discutimos, imponen una limitación a nuestra soberanía. Es indudable, y ése es, justamente, el propósito de todo tratado; pues éstos son convenios entre pueblos soberanos, para poner condiciones o limitaciones al ejercicio de su soberanía, con propósitos de interés común. (...) Cuando dos naciones celebran un tratado o contrato, se imponen recíprocamente la obligación de hacer o no hacer algo; esta obligación que contraen es, indudablemente, una limitación a su soberanía, pero es por un acto de su espontánea voluntad que implica el ejercicio mismo de esa soberanía, en otras palabras: sólo celebran tratados los pueblos soberanos. (...) En nuestro Tratado de Límites con Chile hemos reconocido su jurisdicción y soberanía sobre el Estrecho de Magallanes y sus costas, que forman hoy parte del territorio chileno, pero Chile se ha comprometido, con nosotros, a no fortificar esas costas; lo que importa una importante limitación de su soberanía territorial. (...)

En cuanto a las cláusulas mismas que usted condena, al leerlo podría deducirse que se trata de un pacto unilateral, de algo que afecta sólo a la República, y que hay alguna declaración u obligación que no sea recíproca, pues usted no se apercibe que todos sus comentarios sobre el alcance y trascendencia de ciertas declaraciones, que usted aplica a la República Argentina, pueden aplicarse igualmente a Chile. En efecto, la República Argentina declara solemnemente que no pueden tener cabida en su ánimo propósitos de expansiones territoriales, y con esta declaración, usted afirma que la República Argentina contrae con Chile el compromiso, no simplemente moral sino jurídico, de no extender su territorio fuera de los límites de su actual posición.(...) Y bien, doctor Gómez (...) tendremos que Chile ha declarado solemnemente que no abriga tampoco propósitos de expansiones territoriales, y con esta declaración ha contraído con nosotros el compromiso, no simplemente moral sino jurídico, de no extender su territorio fuera de los límites de su actual posesión (...)

Su importancia (la de las cláusulas de los Pactos de Mayo) no está en la declaración argentina de que no abriga propósitos de expansión territorial, que no tuvo ayer, ni tiene hoy ni puede tener nunca, pues eso lo sabe Chile y el mundo entero y es una consecuencia de nuestra inmensa extensión territorial; su importancia verdadera es que haya hecho esa declaración Chile, que era acusada de tener como único objetivo de su política internacional, ese propósito de expansión territorial, que encerraba una amenaza para sus vecinos. (...)

Usted niega mi postulado, base de la política internacional que defiendo, de que la República Argentina no tiene intereses comprometidos en las costas del Pacífico y afirma que, por el contrario, tenemos en el Pacífico un gran interés político, que es detener el crecimiento de Chile, en la medida compatible con nuestra seguridad, y esto sólo lo podemos conseguir, según usted, estableciendo o mejor continuando la solidaridad con Perú y Bolivia.

No, doctor Gómez; la República Argentina jamás puede abrigar una política de horizontes tan limitados. Por el contrario, nuestro interés y nuestro deseo debe ser que todos esos pueblos que nos rodean crezcan y se engrandezcan. En medio y más alto que todos ellos, se elevará siempre la República Argentina, si su pueblo merece la herencia que ha recibido y si sabe utilizarla para triunfar en las nobles y pacíficas luchas del progreso. El poder y la grandeza de las naciones, no depende sólo de la extensión de su territorio, sino de esas grandes cualidades de raza, que han hecho de una pequeña isla el más grande imperio de la tierra.

Usted afirma que esta política de prescindencia y no intervención nos ha dejado solos en América. La verdad es todo lo contrario, doctor Gómez. Absorbidos por esta obsesión del Pacífico, preocupados por el destino de Tacna y Arica, hemos dedicado a aquellos conflictos toda nuestra atención, todas nuestras energías y todos nuestros recursos, y hemos descuidado, por completo, nuestros grandes intereses en las costas del Atlántico y así mientras nos esforzábamos por intervenir en las costas lejanas del Pacífico, buscando contactos con el Perú, dejábamos que aquí a nuestra espalda, se crearan y estrecharan vínculos que no nos eran favorables.

La verdadera política americana, la única que hará honor a Sur América, lavando su nombre del estigma que sobre él ha caído y colocándolo a tal altura que obligue el respeto y la consideración del mundo, es aquella que vincule la acción y el sentimiento de las tres repúblicas: brasileña, argentina y chilena, en el solo y supremo anhelo de su engrandecimiento. No necesitamos para ello ser aliados; nos bastará ser amigos, sinceramente amigos, sin recelos ni desconfianzas que traben nuestra acción y nuestros esfuerzos, pues como usted bien lo ha dicho, doctor Gómez, lo que consagra y garantiza la paz fecunda, no son los pactos y protocolos, sino el sentimiento y voluntad de los pueblos. Permítame, para terminar, doctor Gómez, que insista en creer que para alcanzar todos estos altísimos propósitos, nuestro país necesitaba ante todo dedicar todas sus energías a su regeneración política y económica y que esto no será jamás posible bajo las exigencias de la paz armada, que convierte a la nación en un inmenso campamento donde sólo se oyen ruidos de armas y voces de mando (4).

Asimismo, entre los integrantes de la nueva generación que adoptaron una actitud crítica hacia los pactos de Mayo, figuraron muchos jóvenes que militaron en las filas de la Unión Cívica Radical, el partido opositor al conservadurismo roquista, símbolo de la vieja generación del Ochenta. Entre estos jóvenes, que hicieron suyas las enérgicas declaraciones de Zeballos y Gómez en contra de los pactos de Mayo, podemos mencionar a Vicente C. Gallo, Tomás Le Bretón, Leopoldo Melo, Fernando Saguier, José N. Matienzo, Luis Roque Gondra, Carlos Rodríguez Larreta, Mariano Demaría, Eleodoro Lobos, Rómulo S. Naón, Adolfo Mugica y Horacio Beccar Varela, entre muchos otros (5).

  1. R. Etchepareborda, op. cit., pp. 119-120.

  2. Discurso de Indalecio Gómez a Atilio Dell' Oro Maini, Asamblea en el Teatro Victoria, cit. en Osiris Troiani, "Contra los Pactos de Mayo", Todo es Historia, Nº 138, noviembre de 1978, p. 48.

  3. Ibid.

  4. Texto de la réplica de Carlos Pellegrini a las críticas a los pactos de Mayo efectuadas por Indalecio Gómez en la conferencia del teatro Victoria, citado en C.A. Silva, op. cit., pp. 490-492.

  5. R. Etchepareborda, op. cit., p. 120.

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