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Por cierto, tanto la Revolución Bolchevique de 1917, como el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918 dieron lugar en el mundo a la acentuación de los conflictos sociales. Las masas de trabajadores, alentadas por el ejemplo de la revolución rusa y víctimas de la crisis económica propia de la primera posguerra, se decidieron a luchar contra las injusticias por ellos sufridas. En 1919 estalló la Semana Trágica en Buenos Aires.
    En el lejano sur chileno y argentino, el descontento se agravó por la caída del precio de la lana tras el fin de la Primera Guerra, que provocó una enorme desocupación. Las centrales obreras de la zona, la Federación Obrera Magallánica de Punta Arenas y la Federación Obrera Regional de Río Gallegos estuvieron en estrecho contacto. En julio de 1920 una huelga del sur chileno fue aplastada, y sus dirigentes buscaron refugio en la frontera argentina. En agosto del mismo año comenzaron a estallar huelgas en la gobernación de Santa Cruz, iniciándose el ciclo que se conoce históricamente como la "Patagonia Trágica" o la "Patagonia Rebelde".
    Ante la extensión de la huelga, el gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-1922) ordenó al teniente coronel Héctor Benigno Varela marchar con la caballería a la zona, y a las fuerzas de la marina ocupar los puertos santacruceños. Varela negoció con los huelguistas, entre quienes se contaron españoles y chilenos. El jefe militar argentino tomó algunas disposiciones, tales como la prohibición de la circulación de moneda chilena y logró un acuerdo satisfactorio para los trabajadores. En mayo de 1921 Varela dejó Santa Cruz. Pero los estancieros no cumplieron con lo pactado entre Varela y los huelguistas, y comenzó a crecer el malestar, alentado por los dirigentes anarquistas, y la huelga volvió a estallar en octubre, con mayor intensidad que el año anterior.
    En esta segunda huelga de octubre de 1921, las autoridades argentinas sospecharon desde el principio de la injerencia chilena. Contribuyó por cierto a robustecer esta impresión la presencia en el conflicto del director nacional de Carabineros, el coronel chileno Carlos Ibáñez del Campo, establecido con sus fuerzas en Puerto Natales, a escasos kilómetros de la frontera, con el objetivo de evitar que la huelga se extendiera a Chile. Otro síntoma sospechoso de la participación chilena fue la abundancia de armas de fuego en poder de los huelguistas, cuya fuente de aprovisionamiento sólo podía provenir del otro lado de la cordillera. Osvaldo Bayer y Miguel Angel Scenna citan al respecto una frase del general Anaya, al frente de una columna militar, quien sostuvo que:

La conducta de los carabineros chilenos y aun mismo la de algún destacamento militar de aquel país, que, comprometido a cerrar sus fronteras como ellos saben hacerlo, hizo la vista gorda durante la presencia de compatriotas delincuentes, faltando así al compromiso contraído y dando fundamento a que se sospechara de su complicidad (1).

Otros elementos que abonaron la sospecha de la intervención de profesionales chilenos en la huelga de Santa Cruz de 1921 fueron el ordenado desplazamiento de las masas huelguistas, sus métodos de atrincheramiento, y las maniobras efectuadas para eludir la batalla (2).
    Como en el caso de la huelga anterior, nuevamente el teniente coronel Varela tuvo en sus manos la solución del problema planteado. Pero esta vez actuó con mano dura. En opinión de Scenna, el drástico cambio en la actitud de Varela -negociadora la primera vez, represiva la segunda- se debió a que en la primera huelga las autoridades argentinas no estuvieron seguras de la injerencia extranjera, en tanto en la segunda sí. El involucramiento chileno en los conflictos de Santa Cruz se produjo entre la primera y la segunda huelga, y este factor explicaría el giro represivo en la actitud de Varela (3).

  1. Osvaldo Bayer, "Los vengadores de la Patagonia Trágica", Todo es Historia, Nº 14 y 15, junio-julio de 1968, cit. en M.A. Scenna, Argentina-Chile. Una frontera caliente, op. cit., p. 150.

  2. Ibid.

  3. M.A. Scenna, Argentina-Chile. Una frontera caliente, op. cit., pp. 151-152. Del mismo autor, "Argentina-Chile: el secular diferendo" (tercera parte), op. cit., p. 72.

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