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El éxito de Chile en la guerra del Pacífico, de la que este país parecía no salir extenuado (como pensaban que sucedería Mitre y Rawson) comenzó a preocupar a la Argentina. Chile poseía poderosas fuerzas armadas, sus habitantes compartían la conciencia colectiva del triunfo y las rentas del salitre y del guano hacían el futuro del país promisorio. Estas consideraciones llevaron a la Argentina a observar con interés la conferencia de Arica, a la que Estados Unidos había logrado llevar a los beligerantes, en octubre de 1880 (1).
    La reunión fue un fracaso, pero tuvo la virtud de hacer público el precio que Chile exigía para la paz. Acusando a los aliados de haber ocasionado la guerra, Chile pedía una indemnización, por el costo total de la misma, de 20 millones de dólares. Pedía también la cesión a Chile de todo el litoral boliviano y la provincia peruana de Tarapacá. Además demandaba el derecho a ocupar las provincias peruanas de Tacna y Arica, hasta que los derrotados aliados hubieran pagado la indemnización, y exigía la desmilitarización del puerto de Arica. Perú y Bolivia se negaron a hacer concesiones territoriales, pero se mostraron dispuestos a considerar un arbitraje respecto de la indemnización. Chile no aceptó tal arbitraje y la conferencia se levantó. Mientras Chile apuraba los preparativos para la toma de Lima, sus enemigos utilizaron los duros términos chilenos para lograr la paz, como base de una gran campaña propagandística en su contra (2).
    El fracaso de la conferencia de Arica llevó al gobierno argentino a impulsar la acción diplomática, debido a su preocupación por el poder adicional que Chile lograría si obtenía los territorios que pretendía de los vencidos. La campaña se inició el 9 de noviembre de 1880, cuando el canciller argentino Bernardo de Irigoyen inició gestiones ante el gobierno de Brasil, invitándolo a una mediación conjunta. Como las pretensiones de Chile eran para ese entonces públicas, la mediación conjunta propuesta por la Argentina constituía un apoyo a la posición de Perú y Bolivia. La aceptación por parte de Brasil hubiera sido un golpe a la posición chilena (3).
    Pero la cancillería brasileña estaba resuelta a no aceptar mediación alguna que no fuera solicitada por ambos beligerantes. No obstante, estimuló al canciller argentino para que se explayase en sus propósitos, y al mismo tiempo informó verbalmente y en forma privada al gobierno chileno de la gestión argentina, reiterándole la conveniencia de apresurar las maniobras militares para la definición de la guerra. Una tercera nota del ministro Irigoyen, presentada a la cancillería brasileña el 25 de diciembre, descontaba el éxito de la mediación en vista de la renuncia espontánea del gobierno chileno a toda exigencia territorial, que el gobierno argentino entendía podía concluirse de la circular chilena enviada a los países extranjeros (4). La Argentina propuso a Brasil que ambos gobiernos apoyaran "todas las proposiciones que tiendan a alcanzar la paz con la excepción de aquéllas que pudieran ofender el honor nacional de las partes interesadas o las privase de sus derechos de soberanía y propiedad" (5). Consecuentemente, las bases de paz que propondrían la Argentina y Brasil serían las siguientes:

1ª. Pago de los gastos originados en la guerra, que serán determinados por comisiones mixtas;

2ª. Devolución de propiedades y bienes particulares;

3ª. Indemnización de perjuicios causados por la guerra;

4ª. Garantías para la conservación de la paz y para el pago de las sumas que se adeuden;

5ª. Sometimiento al arbitraje de una potencia imparcial de todas las cuestiones que dieron lugar a la guerra y de las que se originaren con motivo de los tratados de paz (6).

El gobierno brasileño aplazó la respuesta a la nota argentina hasta el 29 de enero. En tanto, su ministro en Santiago reiteraba al presidente Pinto que apresurase la campaña a Lima (7).
    Al recibir las noticias de las victorias chilenas de Chorrillos y Miraflores, que implicaban la toma de Lima, la cancillería brasileña preparó la respuesta a la nota argentina. El 29 de enero de 1881, el canciller brasileño decía al ministro argentino en Río, Luis Domínguez:

A ser ciertas las noticias recibidas del Pacífico por el telégrafo -y parecen que lo son-, ya no hay beligerantes en condiciones de oír consejos de paz y de discutir los medios de llegar a ella de modo conveniente para ambas partes, sino vencedores que consiguieron completamente el resultado de sus esfuerzos, y vencidos llevados a la extremidad de no poder prolongar la resistencia. Aún más, no hay en el Perú gobierno con quien puedan tratar las potencias deseosas de ayudarlo en su infortunio.

Mudadas así enteramente las circunstancias, en vano discutirían los gobiernos del Brasil y de la República Argentina las bases de su humanitario procedimiento, como antes lo preparaban; y, si el gobierno argentino juzga todavía practicable algún acto semejante, sería necesario que lo adapte al caso presente. Habiendo tomado él la iniciativa, aguarda al gobierno de Brasil la manifestación de su pensamiento (8).

Considerando que la reticencia de Brasil podía derivar de la cuestión de límites pendiente entre la Argentina y Chile, la cancillería argentina ordenó a Domínguez, el 7 de febrero de 1881, que reiterara al gobierno brasileño la declaración sobre la seguridad "de que nuestra cuestión de límites con Chile sería resuelta pacíficamente, años más o menos, por el reconocimiento de nuestros claros derechos"; y el 23 de marzo lo instruyó para que insistiera en la mediación. La cancillería brasileña contestó la nota argentina tres meses después, el 15 de julio de 1881, con una nueva evasiva. El 28 de agosto, incentivado por una falsa información del ministro boliviano en Río de Janeiro, Irigoyen volvió a insistir ante la cancillería imperial con el ofrecimiento de simples buenos oficios, pero no obtuvo respuesta (9). La diplomacia brasileña evidentemente prefería la opción de que sus vecinos más inmediatos, Bolivia y Perú, salieran de la guerra del Pacífico lo más debilitados que fuera posible. Por el contrario, un Chile fortalecido era funcional a su tradicional relación con la vecina del sur. No obstante el poco éxito alcanzado, los intentos de la Argentina por lograr una mediación colectiva continuaron hasta mediados de 1883, haciéndose extensivos a otros países sudamericanos.

  1. Francisco A. Encina, La cuestión de límites entre Chile y la Argentina desde la independencia hasta el tratado de 1881, Santiago, Nascimento, 1959, pp. 233-234.

  2. Robert N. Burr, By Reason or Force, Chile and the Balancing of Power in South America, 1830-1905, Berkeley, University of California Press, 1965, pp. 152-153.

  3. Ibid., p. 153. Alicia Vidaurreta menciona erróneamente el 9 de noviembre de 1881 como fecha de la propuesta argentina de mediación conjunta. Cfr. A. Vidaurreta, op. cit., p. 48.

  4. F.A. Encina, op. cit., p. 237.

  5. Luis L. Domínguez, ministro argentino en Brasil, al ministro de relaciones exteriores de Brasil, Petrópolis, 25 de diciembre de 1880, cit. en R.N. Burr, op. cit., p. 153.

  6. F.A. Encina, op. cit., p. 237.

  7. Información del ministro de guerra Vergara a Adolfo Armanet Vergara y a José Ignacio Vergara; y del presidente Pinto a Víctor Lamas, cit. en ibid., pp. 237-238.

  8. Ibid., p. 238.

  9. Ibid., pp. 238-239.

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