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El bajo perfil de las relaciones políticas angloargentinas

Dentro del período bajo estudio, la primera fase de las relaciones políticas entre la Argentina y Gran Bretaña (1880-1914) se caracterizó por una abierta contraposición entre el relevante nivel de las relaciones económicas angloargentinas y el bajo nivel de los vínculos políticos entre Buenos Aires y Londres. Un primer factor explicativo de este contraste fue precisamente el hecho de que las inversiones británicas en la Argentina alcanzaran su punto culminante en la década de 1880 y los vínculos políticos angloargentinos trataran de acompañar esa expansión económica, procurando estimularla sin obstaculizar las fuerzas de mercado.
    Otro factor que indudablemente influyó fue la propia actitud de las autoridades británicas hacia el continente americano luego de la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), la cual apuntó a una disminución de los compromisos políticos británicos en dicha región. Como sostiene Ferns, aun en las colonias británicas de América del Norte, las autoridades de Londres adoptaron una actitud de bajo perfil político, llamando a dichas colonias a depender de sus propios recursos. De acuerdo con esta política de bajo perfil, se retiraron las tropas británicas de Canadá y en 1871 el tratado de Washington sirvió para fijar la política británica de no incurrir en acciones que pudiesen provocar un conflicto serio con el gobierno de Estados Unidos (1).
    En la Argentina, esta política británica de bajo perfil tuvo su primera prueba en 1880 cuando, en el contexto de la lucha por la sucesión del presidente Nicolás Avellaneda y la compra de armamentos por parte de la milicia bonaerense, la carga del buque británico S.S. Plato fue confiscada por naves de la armada argentina. Cuando la noticia llegó a Londres, la actitud del Foreign Office y del embajador británico en Buenos Aires Egerton fue de total prescindencia. En una carta privada a sus superiores, Egerton sostuvo que el envío de tropas contra las autoridades argentinas era un acto ilegal. Ilegal porque el gobierno argentino era una autoridad soberana que mantenía relaciones pacíficas con las autoridades británicas. Admitía que la inestabilidad política, el bloqueo del puerto de Buenos Aires por parte del gobierno nacional, y las depredaciones de la milicia de los gauchos de la campaña de Buenos Aires liderados por un desertor del ejército nacional, el coronel José Inocencio Arias (2), eran factores que perjudicaban a los súbditos británicos. Pero estas pérdidas no justificaban en la óptica de Egerton ninguna intervención del gobierno británico en la Argentina, sosteniendo que el envío de tropas era ilegal y ofendería innecesariamente el orgullo de las autoridades argentinas. En vez de la intervención directa, Egerton adoptó una política de negociaciones para aliviar las penurias de los súbditos británicos en la Argentina (3).
    Otro ejemplo cabal de la política de bajo perfil adoptada por las autoridades de Londres fue la actitud de éstas ante el estallido de la "crisis Baring" o crisis de 1890 y sus calamitosos efectos en los inversores británicos. Ferns sostiene que, contra lo que podrían sugerir las teorías marxistas o hobsonianas sobre el imperialismo -y agregamos a éstas los enfoques dependentistas latinoamericanos-, la crisis no se resolvió a través del poder político ejercido por los gobiernos de los países inversores (4). Por el contrario, desde el inicio hasta el fin de la crisis de Baring, las autoridades británicas mantuvieron una actitud de estricta prescindencia respecto de las drásticas medidas adoptadas por el gobierno de Carlos Pellegrini para solucionar la misma, algunas de las cuales afectaron a empresas británicas, tales como la adopción de un impuesto del 2% sobre los depósitos en bancos extranjeros y del 7% a los beneficios de las compañías extranjeras.
    La City londinense y otros sectores económicos descontentos con las medidas de Pellegrini presionaron al gobierno británico para que interviniera en la política interna argentina. Así, el gerente del Banco de Londres en Buenos Aires, Pritchard, viajó a Inglaterra y sostuvo una entrevista con el subsecretario del Exterior de la Corona, James Fergusson. Las expresiones de Pritchard, extraídas del informe enviado por Fergusson al canciller Robert A. Cecil, marqués de Salisbury, fueron las siguientes: "La condición de la Argentina se halla en tal estado que sólo la intervención de otras potencias puede establecer un buen gobierno y lo más efectivo de todo sería que, de acuerdo con otras, alguna potencia interviniera estableciendo un gobierno provisional". El canciller inglés, al concluir la lectura del informe que le enviara Fergusson con las expresiones de Pritchard, anotó al pie del mismo con tinta roja: "¡Sueños!". Salisbury nuevamente se encargó de desmentir los rumores de intervención oficial inglesa en la crisis argentina hacia fines de julio de 1891, a través de un discurso efectuado en Mansion House, donde sostuvo:

Hemos sido presionados, seriamente presionados (...) para que asumamos el papel de árbitro compulsivo en las disputas que se registran en América del Sur (...)
Hemos sido también seriamente presionados para que nos dediquemos a sanear las finanzas argentinas. Sobre ninguno de estos puntos el Gobierno de Su Majestad se halla dispuesto en modo alguno a asumir las funciones de la Providencia (5).

Las autoridades del Foreign Office investigaron y comprobaron que las drásticas medidas adoptadas por Pellegrini eran aplicadas por igual a todas las compañías extranjeras. Al no existir discriminación, estas disposiciones no violaban los tratados angloargentinos firmados desde 1825 en adelante, por lo cual aquéllas optaron por la actitud de prescindencia. Ferns señala que la crisis Baring no fue una crisis entre los gobiernos argentino y británico. Cada uno contribuyó a la solución dentro de su propia comunidad, sin llegar a la confrontación o la negociación recíproca en cuanto autoridades soberanas (6).

  1. H.S. Ferns, "Las relaciones angloargentinas, 1880-1910", en Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo (comp.), La Argentina del Ochenta al Centenario, Buenos Aires, Sudamericana, 1980, p. 642.

  2. El coronel José Inocencio Arias junto a otros seis jefes militares, los coroneles Hilario Lagos y Julio Campos y los tenientes coroneles Julián y Bernabé Martínez, Eliseo Acevedo y Joaquín Montaña, incitaron el 14 de febrero de 1880 "a la revolución santa al pueblo de Buenos Aires". Arias, desertor del ejército nacional, estuvo al frente de las fuerzas de milicianos gauchos de la campaña bonaerense que respondían a los políticos de dicha provincia. Ver respecto al coronel Arias el artículo titulado "Estalló la guerra civil. Se combate en Mercedes y alrededores de Buenos Aires", en Diario de la Historia Argentina, Nº 75, junio 1880, p. 1, en Jorge Perrone, Diario de la Historia Argentina, 1852-1916, tomo 2, Buenos Aires, Ediciones Latitud 34, s.f., p. 101; y los trabajos de José María Rosa, Historia Argentina, tomo VIII, El régimen (1878-1895), Buenos Aires, Oriente, 1973, pp. 43, 15 y siguientes; H.S. Ferns, "Las relaciones angloargentinas...", op. cit., p. 643, y del mismo autor, H.S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968, p. 389.

  3. H.S. Ferns, "Las relaciones angloargentinas...", op. cit., pp. 642-643.

  4. Ver ibid., pp. 646-651; también H.S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina..., op. cit., pp. 435-481.

  5. Ver detalles de la sugerencia de intervención británica del gerente del Banco de Londres al Foreign Office en los artículos "Propician la intervención inglesa. Remember: Vuelta de Obligado" y "No seremos Dios en la Argentina", sostuvo el canciller británico, ambos en Diario de la Historia Argentina, 1852-1916, op. cit., p. 130. También The Times, 30 de julio de 1891, fuente citada en H.S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina..., op. cit., p. 463, y en idem, "Las relaciones angloargentinas...", op. cit., p. 647.

  6. F.O. 6/421 contiene un registro completo de la consulta con los expertos legales de la Corona, fuente citada en H.S. Ferns, "Las relaciones angloargentinas...", op. cit., pp. 646-647; ibid., p. 648.

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