Las conferencias panamericanas o el peligroso "otro"
Los informes dan cuenta de la preocupación británica por su ámbito
de influencia en América Latina y, en concreto, en la Argentina. Desde la primera
Conferencia Panamericana, se realizaron sondeos a los representantes argentinos para saber
cuál había de ser la posición del país ante la reunión continental.
Toda vez que el gobierno le hacía saber a los representantes
británicos que las verdaderas relaciones de la Argentina estaban con Europa y no con los
países del Sur o de Centro América, ni tampoco con los EEUU, las aguas volvían a su
cauce (1).
En 1892 el temor se centraba no sólo en el potencial avance
norteamericano, sino también en una posible reordenación territorial de América del
Sur, que podía desplazar la hegemonía británica. El entonces representante británico
en Río, Hugh Wyndham, hablaba de planes para anexar Bolivia a la Argentina y Uruguay al
Brasil (2).
En vísperas del Centenario, en 1909, las instrucciones dadas al
ministro de los Estados Unidos en la Argentina generaban cierta suspicacia sobre las
verdaderas intenciones de aquel país, tal y cómo se señalaba en el informe anual:
"(...) Desde el arribo del señor Sherrill, el nuevo ministro de Estados Unidos, en
julio pasado, no faltaron señales de que ya sea él o su gobierno están ansiosos de
tratar a la Argentina como el más importante factor en Sudamérica, antes que Brasil,
como en el pasado (3)". Evidentemente la preocupación estaba relacionada
fundamentalmente con los intereses económicos, y con los presuntos planes norteamericanos
para monopolizar el intercambio comercial con la Argentina (4).
En 1910, considerado por los representantes británicos como el año
Panamericano, éstos mostraban preocupación por el desarrollo de la Conferencia
Panamericana, sobre todo por la propuesta del Sr. Nixon, uno de los delegados
norteamericanos, de crear un sistema de comercio directo entre las repúblicas del
continente y su país, y regocijo por el rechazo argentino a la sugerencia de los Estados
Unidos de reactivar la Doctrina Monroe (5).
En 1911, y a raíz de la firma por parte argentina de contratos de
compra de barcos de guerra a los Estados Unidos, el presidente Roque Sáenz Peña daba
cuenta de la importancia y trascendencia de tales operaciones, señalando que se auguraba
un aumento importante de las relaciones comerciales entre ambos países. Extremo éste que
parecía oscurecer la buena estrella de los ingleses en el país. No obstante, y ante el
avance norteamericano que parecía inevitable, el representante británico se sorprendía
de que los Estados Unidos, interesados en profundizar sus relaciones con la Argentina, no
hubiesen mostrado interés alguno por mejorar las comunicaciones con el país (6). En la
primera década de este siglo, continuaba el representante británico, la forma más
rápida de viajar entre Nueva York y Buenos Aires era vía Inglaterra.
Se preveía que los intereses ingleses concentrados en sectores
también apetecidos por los Estados Unidos, como el del negocio de la carne, iban a sufrir
un rápido y claro revés ante el avance norteamericano (7). Un año más tarde, en 1912,
las previsiones iban tomando cuerpo y los intentos de Morgan Shuster y de H.V. Cann, del National
City Bank of New York, de abrir un banco en la Argentina serían seguidos de cerca por
parte de la legación británica. Una sucursal del mismo se abriría dos años después
(8).
Pero los Estados Unidos no serían la única preocupación del gobierno
británico. También la influencia comercial y militar alemana en la Argentina concitaba
cierto nerviosismo. Los alemanes controlaban la compañía de luz y electricidad, dos
bancos, buena parte de la compañía de telégrafos y teléfonos, y en 1910, 248 barcos de
vapor alemanes había entrado en los puertos argentinos. En cuanto a la influencia
militar, ésta databa de 1900 y debía ser significativa a tenor de las cifras: de los 10
oficiales extranjeros que asistían a las Fuerzas Armadas Argentinas, ocho eran alemanes
(9).
Si la competencia comercial era uno de los motivos de preocupación de
la diplomacia británica, la hegemonía política y los intentos norteamericanos de
extender y reactivar la Doctrina Monroe constituían el otro. En 1913 se informaba
profusamente de las visitas oficiales de personalidades norteamericanas a la República y
se daba cuenta de los pronunciamientos de estas personalidades en favor del
Panamericanismo (10).
PRO FO 118/209, despacho de H.G. Edwards sobre Conferencia Panamericana, 15 de junio de 1888.
PRO FO 118/223, despacho confidencial Nº 68 del representante británico en Río, 10 de junio de 1892. Sobre el miedo al avance norteamericano, PRO FO 118/216, memorándum confidencial de sir J. Pauncefote al marqués de Salisbury del 5 de marzo de 1890.
PRO FO 371/824, República Argentina, informe anual, 1909, p. 352.
Ibid.
PRO FO 371/1045, República Argentina, informe anual, 1910, pp. 13 y 163.
Un año después Lamport y Holt habían incluido unos cuantos barcos de más de 10.000 tons. a su flota con objeto de transportar gente y carga entre Buenos Aires y Nueva York. PRO FO 371/1573, República Argentina, informe anual, 1912, p. 113.
PRO FO 371/1295, República Argentina, informe anual, 1911, pp. 114-115.
PRO FO 371/2239, República Argentina, 1914, p. 5.
PRO FO 371/1573, República Argentina, informe anual, 1912, p. 10. Una vez iniciada la guerra, la preocupación por la influencia alemana se acrecentaría, sobre todo por las supuestas tendencias germanófilas del gobierno. PRO FO 371/2239, República Argentina, informe anual, 1914, p. 3.
Tal fue el caso de la visita del ex embajador de los Estados Unidos en París, Robert Bacon, que visitó Buenos Aires como representante de la Fundación Carnegie y habló en favor de la solidaridad hemisférica. PRO FO 371/1897, República Argentina, informe anual, 1913, pp. 7-8. También se hizo un seguimiento de la visita, en noviembre de ese mismo año, de T. Roosevelt a la Argentina, donde pronunció conferencias sobre el significado de la Doctrina Monroe. Ibid.
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