La posición de neutralidad de la Argentina
La cuestión de las razones de la neutralidad adoptada por los
gobiernos argentinos durante la Primera Guerra constituye, sin lugar a dudas, una de las
más polémicas de la historia argentina. La neutralidad fue declarada el 4 de agosto de
1914, apenas comenzada la guerra en Europa, por el gobierno de Victorino de la Plaza, y
fue despectivamente definida por el líder radical Hipólito Yrigoyen como "pasiva y
claudicante", basándose para utilizar estos calificativos en la pasividad oficial
frente a graves cuestiones como el fusilamiento del cónsul argentino en Dinant, Bélgica,
en septiembre de 1914, por parte de las tropas alemanas de ocupación, y el apresamiento
del buque argentino Presidente Mitre, en noviembre de 1915, por parte de la armada
inglesa (1).
No obstante, al llegar Yrigoyen al poder en 1916 la neutralidad se
mantuvo, aunque el nuevo mandatario la calificó de "activa y altiva", a fin de
diferenciarla de la "pasiva y claudicante" de su antecesor. El nuevo presidente
definió la política internacional argentina frente a la guerra de acuerdo con dos ejes:
a) garantía de la neutralidad proclamada, y b) respeto de los derechos de libertad e
independencia de los estados neutrales, naturales a la condición de estados soberanos.
Partiendo del concepto wilsoniano de la paz como estado natural, para Yrigoyen la
neutralidad existía siempre de hecho al suscitarse un conflicto entre terceros Estados y,
por lo tanto, no debía ser declarada expresamente (2).
La actitud neutral de las autoridades argentinas pronto provocó roces
en las relaciones con Estados Unidos. En enero de 1917 Alemania declaró la guerra
submarina ilimitada, réplica a su vez de la política de listas negras impulsada por Gran
Bretaña contra las empresas alemanas o sus aliadas, a partir de marzo de 1916. En febrero
de 1917, el gobierno de Estados Unidos rompió relaciones con el de Alemania, protestando
por la guerra submarina alemana y quebrando así la neutralidad mantenida desde el inicio
de la guerra. Animado por las críticas del gobierno de Yrigoyen a su antecesor Victorino
de la Plaza como ejecutor de una política exterior "pasiva", el embajador
norteamericano en la Argentina, Frederick J. Stimson, solicitó audiencia con el entonces
ministro interino de relaciones exteriores y ministro de agricultura, Honorio Pueyrredón,
y con el presidente Yrigoyen, a fin de sumar al gobierno argentino en la ruptura de
relaciones con Alemania.
Mientras el embajador argentino en Washington, Rómulo S. Naón,
adhería fervorosamente a la propuesta estadounidense, Yrigoyen hizo un reconocimiento de
la justicia de la ruptura de relaciones con Alemania en el caso norteamericano, pero no
reconocía que existiesen razones geográficas, comerciales o políticas suficientes para
que la Argentina siguiese el mismo camino que Estados Unidos y rompiese relaciones con
Alemania, un mercado importante para el comercio exterior argentino (3).
Respecto de la guerra submarina decretada por el gobierno germano, las
autoridades argentinas se limitaron a lamentar que "Su Majestad Imperial haya creído
conveniente adoptar medidas tan extremas". La ambigüedad de los pronunciamientos del
gobierno radical irritó al secretario de Estado norteamericano Robert Lansing. Para
colmo, el gobierno de Yrigoyen evitó, no sólo en el caso de la ruptura de Estados Unidos
con Alemania, sino en los registrados con cada una de las naciones americanas, la
declaración formal de neutralidad, pues, como se dijo, consideró que el estado neutral o
de no beligerancia era el estado natural de las naciones, y por ello no era necesario
proclamarlo (4).
Ricardo M. Ortiz sostiene que la neutralidad argentina estuvo
relacionada con el hecho de que ésta no era percibida como una amenaza para los intereses
británicos, aunque sí lo fuera para los norteamericanos. De acuerdo con esta línea de
razonamiento, los gobiernos aliados europeos procuraron básicamente que la Argentina les
proveyese sus productos primarios, para lo cual la neutralidad resultaba funcional (5).
Ortiz sostiene que mientras Gran Bretaña impulsó al gobierno
argentino a mantener la neutralidad, Estados Unidos presionó para que la abandonara.
Ambas potencias, con su actitud, buscaron resolver no el problema coyuntural de la guerra,
sino preparar su desenvolvimiento futuro en el mercado argentino. En la óptica
norteamericana, si la Argentina entraba en la guerra, esta circunstancia obligaría a una
modificación de su economía que permitiría un aumento de la injerencia norteamericana
en el mercado argentino a través de créditos, armamentos, barcos y empréstitos,
abonando el terreno para que, una vez finalizada la guerra, el capital yanqui lograra
desplazar al británico. En cambio, los intereses británicos se ubicaron en el polo
opuesto de los norteamericanos. Desde el período colonial hasta los albores de la Primera
Guerra, el capital británico logró crear lenta pero inexorablemente un aparato de
dominio en el mercado argentino: casas comerciales, bancos, inversiones, ferrocarriles,
frigoríficos, etc., recursos sometidos a la competencia de otros capitales especialmente
desde principios de siglo XX. Si la Argentina entraba en la guerra, la estabilidad de ese
aparato de poder británico podía venirse abajo, abatida por sus rivales. En
consecuencia, la diplomacia británica trató por todos los medios de neutralizar el clima
bélico que en la Argentina fomentaron las agencias norteamericanas, deseosas de que este
país ingresara en la Primera Guerra.
De acuerdo con el razonamiento presentado por Ortiz, tanto Gran
Bretaña como Alemania, rivales en la guerra, coincidieron en estar a favor de la actitud
neutral adoptada por el gobierno argentino, a pesar de la presión norteamericana en
sentido contrario. No obstante el perjuicio que para la economía argentina significó la
política británica de listas negras y embargos, ésta estuvo más bien orientada a
perjudicar a las empresas alemanas como rivales de las británicas, y a asegurar a la
Argentina como país proveedor de trigo y de carne para las fuerzas aliadas y para el
mercado británico. La neutralidad argentina no implicó, entonces, un cercenamiento de la
provisión de granos y carnes argentinas para los aliados, que tuvieron el control casi
total de los embarques de estos productos. Por otro lado, si bien los imperios centrales
atacaron a la Argentina de palabra y de hecho durante la guerra, lo hicieron de manera
encubierta, pues empujar a ésta a romper la neutralidad implicaba para Alemania y
Austria-Hungría crearse un enemigo adicional, con las consiguientes dificultades para
abastecerse de materias primas en el mercado argentino (6).
Por su parte, Gravil enumera cuatro razones por las que los gobiernos
de los países latinoamericanos optaron por la neutralidad y que se aplican perfectamente
al caso argentino: a) la enorme dependencia de la economía del comercio exterior, factor
que obligaba a las autoridades a percibir como desaconsejable la alternativa de descartar
a cualquier socio comercial, y menos en un contexto de guerra en el cual se habría de dar
un panorama de escasez de productos; b) la preservación del comercio con Alemania
constituía un medio para evitar la dependencia de Gran Bretaña o la de Estados Unidos;
c) el control por parte de Alemania de importantes sectores de exportación (en el caso
argentino, del comercio de granos), el cual no podía ser eliminado inmediatamente sin
afectar ramas claves del comercio exterior; y d) la probabilidad de una mayor simpatía
hacia Alemania que hacia Estados Unidos, como producto de factores económicos (por
ejemplo, el irritante proteccionismo comercial norteamericano hacia los productos
agropecuarios argentinos), políticos (la tradicional rebeldía argentina hacia la
política panamericanista expresada por Estados Unidos desde la Conferencia de Washington
en 1889), e incluso culturales -la cosmovisión europeizante de la elite agroganadera
argentina y su profunda desconfianza hacia Estados Unidos (7)-. Podría agregarse al
último ítem un factor militar, pues el ejército argentino se había formado y
continuaba entrenándose bajo el modelo y la colaboración del ejército alemán, hecho
que llevaba a muchos de los oficiales argentinos a no desear la beligerancia con el
último. Sobre la base de documentos oficiales británicos, Gravil asevera que a Gran
Bretaña le interesaba la neutralidad de la Argentina, debido a que ésta era una de las
principales fuentes de productos primarios para el bando aliado, lo cual confirmaría la
opinión de Ortiz. Sin embargo, Ricardo Weinmann aclara que la opinión sostenida por
Ortiz, respecto de todo el transcurso de la guerra, sólo puede ser corroborada hasta
comienzos de 1917. Weinmann considera que los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos
estuvieron igualmente interesados en la ruptura de relaciones con Alemania por parte del
gobierno argentino (8). Mas allá de las razones expuestas por Gravil, autores como Ortiz
y José Bianco coinciden en asegurar que la neutralidad argentina durante el gobierno de
Victorino de la Plaza fue una neutralidad formal o pasiva, ya que en la práctica las
autoridades favorecieron a las fuerzas aliadas. No obstante la incidencia del capital
alemán en el comercio de granos argentino hasta 1914 y las divergencias ideológicas
existentes entre los partidarios argentinos de uno y otro bando durante la guerra, lo
cierto fue que poderosas razones económicas -las exportaciones e importaciones argentinas
dependieron de los barcos británicos por falta de flota mercante propia, problema al que
se sumó el aumento de las tasas de embarque por parte de las naciones aliadas
(9)-hicieron estar a las autoridades argentinas de hecho más cerca de las naciones
aliadas que de los imperios centrales (10).
El neutralismo durante el gobierno de Yrigoyen adquirió un sentido
diferente al de Victorino de la Plaza, si bien su contenido básico no difirió en forma
sustancial. Mientras el de este último respondió en parte a la hipótesis de que la
neutralidad era el mejor medio para mantener las relaciones económicas externas de la
Argentina previas a 1914 (en las que no sólo el mercado inglés, sino también el alemán
fueron importantes), el neutralismo yrigoyenista fue una combinación de los supuestos
heredados de los gobiernos conservadores anteriores -para quienes el vínculo con Gran
Bretaña y los mercados europeos debían ser mantenidos aun a pesar de la guerra (11)-,
con su particular visión de las relaciones internacionales, teñidas de convicciones
moralistas y principistas provenientes del krausismo (12). En realidad el principismo de
Yrigoyen podría considerarse como la justificación que pretendía ocultar la razón de
fondo de la neutralidad que era la conservación de los mercados europeos para la
producción argentina, pues éstos de ningún modo podían ser reemplazados por los
Estados Unidos, país cuya economía no era complementaria de la argentina. Estados Unidos
podía sustituir perfectamente a los países europeos como abastecedor de bienes
manufacturados e industriales, pero su poder de compra de los productos argentinos era
limitado. Harold Peterson asimismo atribuye la neutralidad a la importancia de los
vínculos económicos y culturales de la Argentina con los países europeos (13).
Tanto en política interna como en política internacional, la gestión
de Yrigoyen, que representó según palabras del propio líder radical "la
Causa", necesitó diferenciarse de la de los gobiernos conservadores anteriores,
englobados por Yrigoyen como "el Régimen". El líder del radicalismo planteó
una política exterior cuyo objetivo fue el de aumentar el prestigio externo de la
Argentina a través de una vocación neutral y pacifista, que insistió en la moralidad y
el derecho como las bases de las relaciones internacionales, y que intentó ejercer una
suerte de liderazgo regional en oposición a Estados Unidos. La prédica nacionalista,
latinoamericanista y neutralista que caracterizó a la política exterior de Yrigoyen tuvo
por principal móvil aumentar el prestigio externo de la Argentina, construyendo una
imagen de país con independencia de acción y munido de una postura moral, lejana de la
mezquindad de la política de poder evidenciada por los países beligerantes.
Para Joseph Tulchin, estas diferencias de forma entre el neutralismo de
de la Plaza y el de Yrigoyen en realidad ocultaron coincidentes formas de ver la
neutralidad como la mejor salida para una economía argentina que, una vez superada la impasse
provocada por la guerra, continuaría sin obstáculos el crecimiento económico
interrumpido con el estallido de las hostilidades en 1914. Así, las acciones de Yrigoyen
a fin de definir para el país un rol de líder moral se llevaron a cabo de forma tal de
no afectar los intereses primordiales de la nación, es decir aquellos elementos de sus
relaciones exteriores que estuvieran relacionados con el comercio internacional, las
inversiones, la comercialización de sus productos básicos y su posición dentro del
sistema económico mundial (14).
En el primer caso, el gobierno conservador aceptó la disculpa del gobierno alemán y cerró el caso. En el segundo, adoptó las condiciones inglesas para la liberación de la embarcación. Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 16, legajo II, b, 2; caja 17, legajo II, c, 1; caja 37, legajo IV, a, cit. en Joseph A. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos. Historia de una desconfianza, Buenos Aires, Planeta, 1990, pp. 103-104.
Horacio E. Oyhanarte, Discurso sobre la política internacional, Buenos Aires, 1918, p. 6, cit. en O.G. Usinger, op. cit., p. 41.
Conversación de Yrigoyen con Stimson y telegrama del presidente argentino a su colega norteamericano Wilson en abril de 1917, Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 13, legajo I, 1, y caja 15, legajo I, bis 4, fuentes citadas en J.A. Tulchin, op. cit., pp. 106-107, notas 30 y 28 respectivamente.
Lucio M. Moreno Quintana, La diplomacia de Yrigoyen, La Plata, 1928, pp. 445-446; Ricardo Ryan, La política internacional y la presidencia de Yrigoyen, Buenos Aires, 1921, p. 22n., cit. en Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, 2 vols., Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, II, p. 15.
Ver las posiciones divergentes de los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña respecto de la neutralidad argentina en el trabajo de Ricardo M. Ortiz, Historia económica de la Argentina, Buenos Aires, Plus Ultra, 1978, pp. 683-685.
Ibid., pp. 682-685.
Roger Gravil, The Anglo-Argentine Connection, 1900-1939, Dellplain Latin American Studies, Nº 16, Boulder, Colorado, Westview Press, 1985, p. 112; del mismo autor, "The Anglo-Argentine Connection and the War of 1914-1918", Journal of Latin American Studies, 9:1, 1977, pp. 60 y sigs., cit. también en Ricardo Weinmann, Argentina en la Primera Guerra Mundial: neutralidad, transición política y continuismo económico, Buenos Aires, Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1994, p. 54.
R. Weinmann, op. cit., pp. 53-54, n. 32, y p. 129.
El problema de los aumentos de las tasas de embarque por parte de los países aliados se intensificó tanto durante los años de la guerra que importantes sectores de la sociedad argentina comenzaron a presionar en favor de la adquisición de una flota mercante propia para garantizar la independencia económica del país. Pero la falta de embarcaciones disponibles (la Argentina poseía una pequeña flota mercante destinada en su mayor parte al comercio de cabotaje), y la ausencia de capital líquido para comprar nuevos barcos impidieron que esta alternativa se concretara. Si bien desde 1916 en adelante se registraron todos los años ante el Congreso argentino diversos proyectos de ley para crear una marina mercante nacional, los mismos no pasaron de ser proyectos. Ver J.A. Tulchin, op. cit., p. 102.
Ricardo Ortiz habla de neutralidad formal y José Bianco de neutralidad pasiva. R. Ortiz, op. cit., p. 683; José Bianco, "La doctrina radical", en Roberto Etchepareborda, "Hipólito Yrigoyen y el conflicto bélico", Mayo. Revista del Museo de la Casa de Gobierno, 1:2, 1960, p. 68, citados en R. Weinmann, op. cit., p. 55.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 111-117.
Karl Krause fue un filósofo alemán que ejerció gran influencia entre los intelectuales republicanos españoles a fines del siglo XIX. Krause creía en la presencia de Dios en todos los actos humanos, y sostenía que tanto los individuos como los pueblos estaban unidos a obligaciones morales y principios. En consecuencia, la paz internacional podía conseguirse mediante la proyección de estos valores morales presentes en los individuos a nivel de las relaciones entre los Estados. Los escasos pronunciamientos públicos de Yrigoyen sobre temas internacionales estuvieron imbuidos de estos supuestos del krausismo. Incluso sus seguidores, tanto contemporáneos como posteriores, llegaron a sostener que la llegada de Yrigoyen al poder representó en las relaciones internacionales de la Argentina una nueva forma de resolver los problemas entre los países, al insistir en que la moralidad debía ser la base de las relaciones internacionales. Para dichos seguidores del yrigoyenismo, la postura moral del líder radical representó la primera afirmación de nacionalismo argentino en rechazo de la dependencia de Estados Unidos. Pero para Tulchin, despojando a este krausismo de Yrigoyen de la retórica, su contenido resultó en la práctica muy similar al principismo de Sáenz Peña y otros dirigentes conservadores. Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, Buenos Aires, Tor, 1959; Félix Luna, Hipólito Yrigoyen, Buenos Aires, Raigal, 1957; Lucio Moreno Quintana, La diplomacia del gobierno de Yrigoyen, La Plata, Inca, 1928; y Gabriel del Mazo, "Prólogo", Pueblo y gobierno, Buenos Aires, Raigal, 1956, vol. VII, pp. 16-17, fuentes citadas en J.A. Tulchin, op. cit., pp. 109-110, n. 38.
H.F. Peterson, op. cit., II, p. 11-12.
J.A. Tulchin, op. cit., p. 114.
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