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La política de listas negras del gobierno británico

Tanto Weinmann como Peterson sostienen que las autoridades de Londres aprovecharon la guerra como una coyuntura favorable para desplazar a sus competidores -Alemania y Estados Unidos- del mercado argentino. Así, la Cámara Británica de Comercio en la Argentina y las compañías angloargentinas percibieron la guerra como una oportunidad para eliminar, con la colaboración del gobierno de Londres, a un poderoso competidor como Alemania, cuyas casas mercantiles actuaron como una parte casi integral del sistema político y militar alemán. El gobierno británico procuró evitar, o al menos restringir lo más posible, el comercio de granos entre la Argentina y Alemania a través de países europeos neutrales. Y si bien las firmas alemanas fueron en principio el blanco de la política de listas negras, cabe advertir que estas empresas sufrieron menos sus efectos que los sectores locales vinculados al comercio argentino de granos. Finalmente, la propia existencia de listas negras dirigidas contra las empresas alemanas y/o sus aliadas en la Argentina parece demostrar que en cierta manera la neutralidad argentina fue percibida desde Londres como una amenaza a los intereses británicos, en la medida que dicha neutralidad amparaba el intercambio argentino-alemán vía países neutrales (1). La principal restricción a los alcances de esta política oficial británica, dirigida a estrangular el capital alemán, no pasó por el respeto a la neutralidad argentina, sino por la desilusión de las autoridades británicas respecto de la capacidad de la comunidad angloargentina para absorber en forma íntegra el negocio de importación alemán.
    Por su parte, Joseph Tulchin sostiene que, desde el comienzo de la guerra hasta fines de 1915, las autoridades británicas permitieron el comercio con Alemania porque, como sostiene Ortiz, no formaba parte de los intereses británicos lesionar el comercio exterior argentino. La Cámara de Comercio sostuvo que la imposición de restricciones a Alemania en su comercio con países neutrales, especialmente con la Argentina, sería más dañina que beneficiosa. Pero esta opinión fue modificada sustancialmente hacia fines de 1915, momento a partir del cual tanto la cancillería británica como la Cámara de Comercio coincidieron en la percepción de que las presiones de la guerra eran de tal índole que obligaban a Londres a imponer severas restricciones, aun cuando éstas afectaran el comercio argentino (2).
    La política de listas negras, decretada por las autoridades británicas en marzo de 1916 y dirigida contra las empresas alemanas o sus aliadas en cualquier parte del mundo -incluidos los países neutrales-, apuntaba en el caso de la Argentina a obtener la exclusividad de su producción cerealera. En el crítico contexto de la Primera Guerra, el comercio de granos argentino resultaba vital para las necesidades de aprovisionamiento de los países beligerantes. En este sector, Gravil señala que la presencia alemana era superior a la del Reino Unido. Por su parte, Weinmann aclara que si bien el comercio directo argentino-alemán prácticamente desapareció después de 1915, el mismo se realizaba a través de la intermediación de países neutrales europeos como Holanda, Noruega, Suecia y Dinamarca, facilitada por la extensión de líneas de vapores entre Buenos Aires y los puertos de los países escandinavos (3). Preocupadas por esta triangulación del comercio entre la Argentina, los países neutrales europeos y Alemania, las autoridades británicas y de los demás países del bando aliado procuraron asegurarse el suministro exclusivo de la producción agropecuaria argentina a través de listas negras y embargos (4).
    Los esfuerzos del gobierno inglés por controlar las exportaciones argentinas y asegurarlas para el aprovisionamiento aliado se concentraron en dos sectores: el de las carnes y el de los cereales. En el primer caso, los objetivos británicos se cumplieron plenamente, dado que Gran Bretaña era la importadora casi exclusiva de las carnes argentinas (especialmente de la carne enfriada o chilled beef), y dominaba tanto el transporte marítimo de dicho producto como buena parte de los frigoríficos instalados en la Argentina (el resto pertenecía al capital norteamericano y minoritariamente al argentino). Incluso, el gobierno británico procuró aprovechar la coyuntura bélica para alterar a favor del capital inglés el porcentaje de participación en los frigoríficos instalados en la Argentina, pero logró hacerlo mucho más a expensas de los frigoríficos argentinos que de las ascendentes firmas norteamericanas.
    Por su parte, los esfuerzos británicos por controlar las exportaciones argentinas de granos tropezaron con mayores dificultades que en el caso de las carnes, pues en este sector la presencia alemana, holandesa, belga o francesa era tradicionalmente superior a la inglesa. Pero este inconveniente se vio parcialmente compensado por el hecho de que la dependencia británica de los granos argentinos no fue tan marcada como la de las carnes. También las exportaciones de granos fueron menores que las de carnes, debido a un problema crónico que se dio durante la guerra: la escasez de espacio de bodegas en los embarques.
    Pero a la vez que procuraron, a través de la política de listas negras, erradicar la presencia alemana en la Argentina, el gobierno y los agentes económicos británicos tropezaron con el problema de no tener la capacidad suficiente para responder a la creciente demanda argentina de productos manufacturados. Como lo señalara el embajador británico en Buenos Aires, Reginald Tower, a principios de agosto de 1918, ante las restricciones impuestas por la coyuntura bélica, el gobierno de Londres reconoció la necesidad de restringir e incluso prohibir las exportaciones británicas de ciertos productos elaborados claves para la economía argentina (principalmente materiales para construcción de ferrocarriles y construcciones navales), como una medida "inevitable" surgida del contexto de la guerra y no originada en animosidad hacia el gobierno argentino (5). De esta manera, como consecuencia de las restricciones impuestas por la guerra a los países europeos y de las limitaciones que pesaban sobre la capacidad del Reino Unido para abastecer de productos manufacturados al mercado argentino, la economía argentina se volvió crecientemente dependiente de las importaciones de dichos productos de origen norteamericano.
    Si bien marzo de 1916 fue la fecha de introducción de la política de listas negras, sus bases estatutorias descansaron en las Actas de Comercio con el enemigo de 1914 y 1915 (Trading with the Enemy Acts of 1914 and 1915). Vale recordar que ya en agosto de 1914, el encargado de negocios británico en Buenos Aires, H. Cameron Norman, reflejando el temor británico de que los alemanes utilizaran los puertos argentinos o de otros países neutrales como bases de operaciones militares, amenazó a las autoridades de Buenos Aires con que el gobierno británico haría responsable al argentino de cualquier daño al comercio británico causado por navíos "disfrazados de neutrales". Norman exigió a las autoridades de Buenos Aires la adopción de medidas de control respecto de las actividades de dichos navíos provenientes del exterior, tales como la inspección de los mismos, la prohibición del uso de equipos de radio en los barcos durante su permanencia en puerto neutral, y el uso de patrullas de control en los puertos para prevenir el movimiento de navíos sin la debida autorización oficial de la Aduana (6).
    Luego, las autoridades de Londres reforzarían sus medidas de control a través de las listas negras, y creando organismos centralizados como la Royal Commission, encargada de la adquisición de granos y harina. En diciembre de 1916, establecerían el sistema de control naviero oficial, instrumentado a través de dos organismos específicos: la Junta de Comercio (Board of Trade) y el Ministerio de Navegación (7).
    En 1915, las autoridades de Londres dispusieron la detención de valijas postales procedentes de la Argentina a bordo de buques neutrales, que estuviesen ubicados en aguas jurisdiccionales británicas o atravesando territorio francés para dirigirse a puerto neutral. Esta medida generó los reclamos de las autoridades argentinas. Como respuesta, el gobierno británico otorgó la poco convincente seguridad verbal de que la correspondencia oficial argentina no había sido ni sería violada en ningún caso (8).
    El gobierno de Hipólito Yrigoyen se opuso firmemente a la aplicación de las listas negras en varias oportunidades. El 11 de mayo de 1916, en una nota dirigida al primer ministro británico, sostuvo que la puesta en práctica de las listas negras contra empresas alemanas provocaban un clima de beligerancia en el mundo de los negocios y perjudicaban el comercio interno (9). Cuando el gobierno norteamericano se negó a suministrar carbón y repuestos a la Compañía de Electricidad Transatlántica Alemana de Buenos Aires, el gobierno argentino replicó amenazando con la no entrega de cereales a los aliados.
    A su vez, ante la negativa de la Compañía Argentina de Navegación Nicolás Mihanovich Ltda., de propiedad británica, de transportar mercancías de empresas alemanas o argentinas incluidas en las listas negras, el gobierno de Yrigoyen reaccionó a través de un comunicado del Ministerio de Agricultura, por el que se conminaba a dicha compañía a abstenerse de colocar obstáculos al comercio libre (10).

  1. Sobre la política de listas negras adoptada durante la Primera Guerra Mundial consultar R. Gravil, The Anglo-Argentine Connection..., op. cit., pp. 119-143; la tesis doctoral de James Ferrer Jr., United States-Argentine Economic Relations, 1900-1930, Ph. D. dissertation, Berkeley, University of California, 1964, pp. 118-124, y los trabajos de H.F. Peterson, op. cit., II, pp. 27-29 y R. Weinmann, op. cit., pp. 66-67.

  2. Public Record Office, Foreign Office 368/1205, Tower Nº 246, 11 de agosto de 1915, y las minutas allí incluidas, fuentes citadas en J.A. Tulchin, op. cit., p. 98.

  3. Si tomamos un índice de 100 para las importaciones de los países neutrales provenientes del mercado argentino, en 1914 llegamos a uno de 287 para Holanda, 249 para Suecia, 70 para Dinamarca, 805 para Noruega y 90 para Italia. En 1915 los índices respectivos fueron de 437 para Holanda, 675 para Suecia, 125 para Dinamarca, 1112 para Noruega y 390 de Italia, datos que contrastan sugestivamente con la desaparición de las potencias centrales como Alemania en las estadísticas de comercio exterior argentino. En 1916 Holanda tuvo un índice de 646 respecto del de 100 de 1910, Suecia uno de 1371, Dinamarca uno de 503, Noruega, uno de 1660 e Italia un índice de 262. Finalmente, en 1917, los índices fueron los siguientes: 117 para Holanda, 314 para Suecia, 310 para Dinamarca, 2979 para Noruega y 264 para Italia. Ver Otto Albrecht Krause, Argentiniens Wirtschaft wahrend des Weltkrieges, thre Bedentung für die deutsche Volswirtschaft und Auswanderung, Berlin, 1917, pp. 10-12, cit. en R. Weinmann, op. cit., p. 71.

  4. Véase al respecto ibid., pp. 67-68.

  5. Nota de la legación británica en la Argentina, Buenos Aires, 8 de agosto de 1918, cit. en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria presentada al Honorable Congreso Nacional, 1918-1919, Buenos Aires, 1921, Anexo A: Guerra Europea, pp. 24-27.

  6. Nº 60, H. Cameron Norman to Murature, 5 August 1914; Murature to Norman, 7 August 1914; Norman to Murature, 8 August 1914; Nº 67, Norman to Murature, 8 August 1914, Legajo Ie1, Caja 7, European War, Records of Political Division, MRE, fuentes citadas en la tesis doctoral de David Matthew Khazanov Sheinin, The Diplomacy of control: United States-Argentine Relations, 1910-1928, Ph.D. dissertation, The University of Connecticut, 1989, pp. 131-132.

  7. Ver R. Gravil, The Anglo-Argentine Connection, op. cit., p. 123.

  8. I. Ruiz Moreno, op. cit., pp. 338-339.

  9. Karl Wilheim Korner, Crónica de las relaciones argentino-alemanas (1810-1960), Buenos Aires, 1960, p. 10, citado en Raimundo Siepe, Yrigoyen, la Primera Guerra Mundial y las relaciones económicas, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1992, p. 16.

  10. Honorio Pueyrredón, 21 de marzo de 1918, en Hipólito Yrigoyen, Pueblo y Gobierno, Buenos Aires, 1955, tomo IX: 3, pp. 266 y sigs., citado en R. Weinmann, op. cit., p. 140.

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