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La competencia anglo-norteamericana en la Argentina

Si bien Gran Bretaña y Estados Unidos se ubicaron en el mismo bando durante la Primera Guerra, luchando contra las potencias centrales encabezadas por Alemania, respecto de la Argentina ambos trataron de aprovechar a su favor la coyuntura bélica para extender sus respectivas influencias económicas, e incluso políticas. En otras palabras, las relaciones anglo-norteamericanas fueron, a la vez y paradójicamente, de cooperación y de competencia. De cooperación, en términos de lucha contra un enemigo común, las potencias centrales, en virtud de la cual establecieron una serie de mecanismos coercitivos sobre las autoridades argentinas, a fin de obligar a la ruptura de las relaciones argentino-alemanas, y ganar el suministro de los productos agropecuarios argentinos para el bando aliado.
    A la vez, la abierta competencia entre Gran Bretaña y Estados Unidos se produjo por el control del mercado argentino. Síntoma de ésta fue la visita del crucero inglés Glasgow al puerto de Buenos Aires, como réplica al efecto de la visita de la escuadra norteamericana liderada por el almirante norteamericano Caperton. La visita del Glasgow se realizó el 21 de septiembre de 1917, y tuvo por finalidad presionar al gobierno argentino para volcarlo al campo aliado, a la vez que contrarrestar el efecto de la visita norteamericana, tratando de aumentar la simpatía del gobierno argentino por Gran Bretaña. A su vez, en mayo de 1918, una delegación comercial británica, encabezada por Maurice de Bunsen, visitó la Argentina a fin de estrechar aún más los lazos económicos bilaterales, en un nuevo esfuerzo por equilibrar la ofensiva diplomática norteamericana. La cordial recepción del gobierno argentino tanto a la visita del Glasgow como a la misión Bunsen demostró el interés de Yrigoyen por mantener buenas relaciones con Londres.
    Asimismo, otro indicio de la rivalidad anglo-norteamericana fue la instrucción del secretario de Estado, Robert Lansing, al embajador norteamericano en Buenos Aires, Frederick J. Stimson, de no concurrir a una conferencia de ministros aliados convocada por el ministro inglés, Reginald Tower, en noviembre de 1917 (1).
    Un área donde se manifestó la competencia entre los gobiernos británico y norteamericano fue la de la implementación de la política de las listas negras contra empresas alemanas o neutrales que colaborasen con éstas. Mientras el gobierno de Gran Bretaña introdujo en forma oficial la política de listas negras en marzo de 1916, las primeras listas negras norteamericanas fueron publicadas recién en diciembre de 1917. Curiosamente, el mayor crítico de la aplicación de listas negras en la Argentina fue el propio cónsul norteamericano en este país, William Henry Robertson, para quien este procedimiento no hacía más que favorecer los intereses mercantiles ingleses, que utilizaban las listas negras con la finalidad de perjudicar el comercio norteamericano. Robertson informó al secretario de Estado que los ingleses abastecían a las compañías incluidas en la lista negra y proscriptas para los comerciantes norteamericanos, e incluso utilizaban los manifiestos aduaneros de los barcos norteamericanos en provecho de los comerciantes ingleses (2).
    Un nuevo indicio de la rivalidad anglo-norteamericana se manifestó a través de una peculiar operación comercial entre la Argentina y Alemania. En diciembre de 1917, el gobierno argentino inquirió al alemán sobre la posibilidad de alquilar o comprar tres barcos alemanes anclados en el puerto de Buenos Aires: el "Bahía Blanca", el "Sevilla" y el "Nauplia". Para acceder a esta operación, las autoridades germanas pusieron como condición la prohibición de la venta de barcos argentinos a los aliados. Finalmente, el gobierno argentino sólo adquirió el "Bahía Blanca", en marzo de 1918. La operación de compra del barco alemán resultó ser sumamente complicada, pues el almirantazgo germano temió que el barco adquirido por el gobierno argentino colaborase en el abastecimiento de los aliados, no obstante lo cual la necesidad de divisas por parte de Alemania decidió la venta. Yrigoyen informó de esta adquisición al embajador norteamericano Stimson, y el gobierno de Washington aprobó la operación, a condición de que la nave no transportase personal enemigo y se limitase a navegar hacia Estados Unidos y Gran Bretaña. Pero las autoridades británicas, a diferencia de las norteamericanas, se opusieron en forma terminante a la compra del barco alemán "Bahía Blanca" por parte del gobierno argentino, condicionándola a las resoluciones de la Comisión Aliada de Reparaciones. Incluso el ministro inglés Tower amenazó al canciller argentino, Honorio Pueyrredón, con hundir el barco apenas éste abandonara el Río de la Plata. A pesar de la amenaza de Tower, las autoridades argentinas rechazaron la pretensión británica, alegando que la compra del barco ya había sido efectuada por "el gobierno de una nación soberana para sus fines propios, incorporando a los servicios públicos una nave que no se hallaba en estado de navegar y que, asilada en puerto neutral, no corría ninguno de los peligros de la guerra". Por su parte, la legación británica contestó que "si bien no renunciaba de manera alguna a sus derechos como parte en la Comisión de Reparación, el gobierno inglés, en cuanto le concernía, no se proponía adoptar medida alguna para impedir que el buque saliera de aguas territoriales argentinas (3)". 

  1. Thomas A. Bailey, The Policy of United States toward the Neutrals, 1917-1918, Baltimore, 1942, pp. 331 y sigs., cit. en ibid., p. 139.

  2. Robertson al secretario de Estado norteamericano, 15 de junio de 1917, 18 de febrero y 28 de mayo de 1918, National Archives, Department of State, 600.001/123; 763.72112/7914, 9342, cit. en H.F. Peterson, op. cit., II, p. 27.

  3. I. Ruiz Moreno, op. cit., p. 340.

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