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Los antecedentes del panamericanismo

Durante la década de 1880, un tema clave de la agenda política en las relaciones entre los gobiernos de Buenos Aires y Washington fue el esfuerzo puesto en práctica por la diplomacia norteamericana en pos de la unidad panamericana. En opinión de Connell-Smith, el hecho estuvo vinculado con el surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial, y su decisión de ejercer su hegemonía sobre la América latina (1). Según este autor

ha sido un mito cuidadosamente cultivado sostener que el sistema interamericano, establecido en toda forma como resultado de la conferencia de Washington, se basa en los ideales de Simón Bolívar, y que Bolívar es el padre del panamericanismo. Tal mito sirve de mucho a los intereses de quienes en los Estados Unidos y en la América latina ansían promover el panamericanismo (2).

Bolívar se preocupó por la unidad hispanoamericana y estuvo lejos de favorecer un sistema que comprendiera a los Estados Unidos y a la América latina y que excluyera a Europa, pues buscó el apoyo de Inglaterra para su Liga Hispanoamericana (3).
    El Congreso de Panamá de 1826 -la primera de las conferencias hispanoamericanas ocurridas durante el siglo XIX antes del establecimiento del sistema interamericano- fue propuesta por Simón Bolívar a fin de formar una confederación de estados hispanoamericanos. Luego hubo otras tres conferencias similares: el Primer Congreso de Lima (diciembre de 1847 a marzo de 1848); el Congreso Continental, celebrado en Santiago de Chile (septiembre de 1856); y el Segundo Congreso de Lima (noviembre de 1864 a marzo de 1865). Todas estas conferencias fueron esfuerzos de las naciones asistentes para hacer frente a amenazas externas. En un primer momento, éstas fueron por parte de España y sus aliados, lo que ocurrió en 1826 y 1847. Luego fue el temor a la política expansionista de Estados Unidos, demostrada en su guerra con México y por las actividades filibusteras de William Walker en la América Central, una de las causas de la reunión del Congreso Continental. Por último, nuevamente la amenaza proveniente de España, a raíz de la ocupación de las islas Chincha peruanas, llevó a la reunión del Segundo Congreso de Lima. Según Connell-Smith,

las circunstancias reinantes en la última de estas "conferencias políticas" ilustra el dilema a que se enfrentaban las naciones latinoamericanas por esos días: si los Estados Unidos eran lo bastante fuertes para hacer cumplir la Doctrina Monroe, su poderío sería una amenaza a su independencia, y si eran muy débiles, muy probablemente la amenaza vendría de Europa (4).

Una característica importante de estas conferencias fue el reducido número de países que participaron de ellas. Pocos de los estados hispanoamericanos se hacían presentes. Estados Unidos estuvo generalmente ausente pero no fue el único, ya que ninguno de los otros estados no hispánicos asistió a ellas. Haití no fue tenido en cuenta, y Brasil, aunque invitado al Congreso de Panamá, no lo fue -al igual que Estados Unidos- por Bolívar. De la misma manera, la Argentina no tomó parte en estas reuniones, iniciando un larga tradición de rechazo a vínculos internacionales interhemisféricos más estrechos (5).
    Otro rasgo de estas conferencias fue que hicieron evidente la enorme dificultad existente para alcanzar alguna concreción en la práctica del ideal de la unidad latinoamericana. A la falta de unión para hacer frente a las amenazas de agresión externa, se sumó el hecho de no poder lograr el establecimiento de un mecanismo para resolver las disputas entre ellos. Así, si bien estas reuniones no lograron hacer avanzar a las naciones latinoamericanas en el camino de la cooperación internacional, sentaron un precedente para cuando los Estados Unidos decidieran poner en ejecución su concepto, completamente diferente, del panamericanismo (6).
    El esfuerzo panamericanista encabezado por el gobierno norteamericano a fines de la década de 1880 tuvo por objeto promover el comercio hemisférico y desarrollar procedimientos para la resolución pacífica de disputas entre los países de la región. Reflejó los intereses de los hombres de negocios estadounidenses, que habían descubierto interesantes posibilidades inversoras en la región. También contribuyó a la emergencia de este intento panamericanista la idea de las autoridades de Washington de reunir a toda América latina en una sola organización bajo el liderazgo norteamericano, evitando otras influencias exteriores y procurando revitalizar el contenido de la Doctrina Monroe en un sentido acorde a los intereses del gobierno y de los actores privados norteamericanos.
    Por cierto, esta visión panamericanista norteamericana (7) albergaba serios problemas que no tardaron en generar irritación en las relaciones con las autoridades de Buenos Aires. En primer lugar, la aplicación de la Doctrina Monroe de 1823 y de la visión panamericanista en la década de 1880 por parte de las autoridades norteamericanas generó políticas contradictorias hacia América latina. Mientras la Doctrina Monroe (8), con su lema "América para los americanos", fue en la práctica una política unilateral que justificó la intervención norteamericana en el área del Caribe, el panamericanismo, al menos en el plano del discurso, estuvo basado en la idea de igualdad y cooperación entre Estados Unidos y los países de la región, integrantes del llamado "Nuevo Mundo". No obstante, aunque los delegados norteamericanos en las conferencias panamericanas entre 1889 y 1930 postularon en el discurso políticas de cooperación norteamericana con los países de la región, especialmente en lo relativo a comercio internacional, en la práctica los gobiernos norteamericanos impulsaron una tendencia hacia el intervencionismo unilateral en vez de la cooperación multilateral (9).
    Asimismo, el panamericanismo norteamericano tuvo otro inconveniente. Al excluir en su visión las vinculaciones con Europa, chocó en forma inevitable con el enfoque europeísta de la elite argentina, sector para el que la conexión con Europa era la quintaesencia de su éxito económico y su inserción en el mundo. En consecuencia, el panamericanismo norteamericano de la década de 1880 fue inaceptable para la elite argentina, opuesta a un esquema de unidad regional cuyo centro estuviera en Washington y no en Buenos Aires.
    Esta actitud de la elite argentina contraria al panamericanismo norteamericano seguía en realidad una línea de pensamiento bastante tradicional en la historia argentina, ya claramente trazada en uno de los intelectuales más importantes de la llamada etapa de la Organización Nacional (1853-1862): Juan Bautista Alberdi. En Alberdi, la idea de una unión americana fue la de una entidad de alcance regional, que no incluía a Estados Unidos y que sí incorporaba a Europa. En este sentido, el americanismo alberdiano fue, como el profesado por muchos de los hombres de gobierno de la Argentina embriónica previa a la conformación del Estado nacional, un americanismo de orientación europeísta o inspirado por un vago sentimiento hispanoamericanista. Este sentimiento reflejó, por una parte, cierto grado de nostalgia por un ya irreversible pasado virreinal. Por la otra, llevó al estado argentino, tanto en su fase embriónica como en la de estado nacional consolidado, a evadir compromisos permanentes con países americanos, que pudieran atentar contra la independencia en el margen de acción externa de dicho estado, o contra los lazos económicos, políticos y culturales existentes entre éste y las naciones europeas. En el pensamiento de Alberdi, como en el de sus predecesores Mariano Moreno o Bernardino Rivadavia, los vínculos con Europa eran la garantía de la prosperidad y de la autarquía de las naciones hispanoamericanas.
    En la percepción de Alberdi, mientras Europa era la fuente de la esperanza y el poder de América latina, Brasil y Estados Unidos eran los focos de amenaza a las naciones hispanoamericanas (10).
    Como fiel representante de una tradicional actitud autárquica, hispanoamericanista y proeuropea, Alberdi se opuso terminantemente a la Doctrina Monroe, prenunciando el camino de la confrontación con el gobierno de Estados Unidos, que siguieron los delegados argentinos ante la Primera Conferencia Panamericana en Washington en 1889 (11).

  1. Gordon Connell-Smith, Los Estados Unidos y la América Latina, México, FCE, 1977, p. 133.

  2. Ibid., p. 134.

  3. Ibid., pp. 92-93.

  4. Ibid., pp. 134-135.

  5. Ibid., p. 135. Debe recordarse que los sueños de unidad continental de Bolívar, expresados en el Congreso de Panamá de 1826, chocaron contra la cerrada oposición del gobierno de Buenos Aires, que recelaba de una marcada hegemonía de Bolívar y la Gran Colombia en el contexto regional. Tanto en el caso de la iniciativa de Bolívar como en 1889 en Washington, las autoridades de Buenos Aires se resistieron a esquemas panamericanos que pudieran ensombrecer los intereses económicos, políticos y culturales de los hombres de gobierno porteños, en el primer caso, y argentinos, en el segundo, identificados con los mercados europeos y no con los de los países de la región. Tanto la elite porteña en 1826 como la argentina en 1889 compartieron el deseo de preservar la autonomía, y expresaron desconfianza por esquemas de integración regionales, protagonizados por países latinoamericanos inestables políticamente y con intereses económicos y políticos divergentes de los del Río de la Plata. Otra confirmación de esta tendencia autárquica y a la vez europeísta se dio cuando Juan Manuel de Rosas se negó a concurrir al Congreso de Lima de 1847. Rosas había sido convocado por los gobiernos de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y Colombia, quienes buscaban medios de repeler las agresiones de potencias extrahemisféricas. Paradójicamente, Rosas puso como excusa para no asistir "las extraordinarias circunstancias por las que atraviesa la República (...) (que) no permiten ocuparme de esta cuestión, la cual, por su magnitud e importancia, requiere seria meditación y calma". Dichas "circunstancias extraordinarias" no eran otras que las vinculadas al bloqueo anglo-francés en territorio de la Confederación Argentina, un ejemplo preciso de la razón por la que se reunía la Conferencia de Lima. En 1856, en ocasión del otro frustrado intento de confederación hispanoamericana, el gobierno de la Confederación Argentina, entonces liderado por Urquiza, se negó a respaldar con su firma el tratado Continental que habían pactado los 2representantes de Chile, Perú, Ecuador, y más tarde los de Bolivia, Costa Rica, México, Nicaragua y Paraguay. Los hombres de gobierno del Río de la Plata confirmaron su vocación autárquica y proeuropea en julio de 1862, cuando el ministro peruano Seoane instó a la entonces administración de Bartolomé Mitre a reconsiderar el tratado Continental, a la luz de la invasión francesa a México y la anexión española de Santo Domingo. El canciller de Mitre, Rufino de Elizalde, replicó que

    el gobierno argentino no tenía ninguna razón para admitir la existencia de la amenaza (europea). Los intereses materiales y comerciales de Europa jamás podrían formar una liga contra América, porque aquéllos están en armonía con los de las naciones americanas (...) La República Argentina nunca ha temido la amenaza de una combinación europea, ni ninguna otra de naciones (...) La acción de Europa en la República Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora (...). Sujeta a Europa por vínculos de sangre de miles de personas (...) receptora del capital europeo que requieren nuestras industrias, y dada la existencia de un intercambio de productos, la República, se puede decir, está identificada con Europa tanto como es posible (...) Es claro que existen mayores vínculos, mayores intereses, mayor armonía entre las repúblicas americanas y ciertas naciones europeas que entre las repúblicas americanas mismas. (...) América, al contener naciones independientes, con sus propios medios y necesidades de gobierno, no puede formar una entidad política unitaria (...) El Congreso de Plenipotenciarios es completamente estéril e impropio (...) Un cuerpo político con el único objeto de intervenir en casos de guerra por las partes contratantes, o para estorbar su libertad en actos que ellas juzgan como adecuado, no es de ningún modo aceptable para el gobierno argentino.

    En 1864, en la segunda reunión de Lima, convocada para rechazar la ocupación española de las islas Chincha, el gobierno de Mitre envió a Domingo Faustino Sarmiento en calidad de observador, pero no le dio facultades para actuar como delegado. Sarmiento se incorporó a la denuncia formal contra el gobierno español efectuada en Lima, pero lo hizo "a su nombre y en el del pueblo argentino". Todos estos ejemplos muestran una constante en la política americana de los hombres de Buenos Aires: la percepción de que el futuro del Río de la Plata estaba indisolublemente ligado al de los ricos mercados europeos y que frente a los países americanos debía implementarse una política de tratados bilaterales para resolver los problemas. Respecto de las declaraciones de Juan Manuel de Rosas, Congresos americanos de Lima, recopilación de documentos, prólogo por Alberto Ulloa, 2 vols., Lima, 1938, vol. 1, pp. 181-182; respecto de la postura americana del gobierno de Bartolomé Mitre, Seoane a Costa, 18 de julio de 1862, y Elizalde a Seoane, 10 de noviembre de 1862, en Registro Oficial de la República Argentina, vol. I, Buenos Aires, 1879, y vol. IV, Buenos Aires, 1883, pp. 534-538, fuentes citadas en Thomas F. McGann, Argentina, the United States, and the Inter-American System, 1880-1914, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1957, pp. 67-71.

  6. G. Connell Smith, op. cit., pp. 135-136.

  7. La Doctrina Monroe de 1823 y la visión panamericana del gobierno de Estados Unidos durante la década de 1880 fueron dos enfoques que surgieron de un concepto común: el de Hemisferio Occidental o el de las dos esferas o mundos. Partiendo de este concepto, los norteamericanos sostuvieron la existencia de una "relación especial" entre Estados Unidos y América latina, justificada por la común pertenencia de ambas partes a un "Nuevo Mundo" o mundo americano diferente del "Viejo Mundo", identificado con Europa. Esta división entre Viejo y Nuevo Mundo se sustentó en la separación geográfica, política, económica y social de las Américas, y llegó a plantear que el "Nuevo Mundo" era moralmente superior al "Viejo", por su adhesión a los valores liberales norteamericanos de la democracia y el libre mercado. Por oposición, el continente europeo, el "Viejo Mundo" era moralmente inferior, y estaba caracterizado por la ausencia de esos valores de democracia y libre mercado y la presencia de aristocracias en permanente guerra entre sí debido a las exigencias del equilibrio de poder.
        Esta Doctrina norteamericana de las dos esferas o mundos sirvió para justificar el aislacionismo norteamericano respecto de Europa y las políticas comerciales y de seguridad norteamericanas en América, la cual debía mantenerse aislada del viejo continente para no contaminarse con sus valores negativos. Pero al mismo tiempo, esta Doctrina otorgó argumentos para una actitud de paternalismo intervencionista de Estados Unidos en la región, ya que si el Nuevo Mundo era definido en función de los valores norteamericanos de democracia y libre mercado, eran moralmente justificables tanto la difusión o "exportación" de estos valores en aquellos rincones de América donde no estuviesen presentes, como la defensa de éstos frente al posible ingreso de "otros" valores o amenazas extra-hemisféricas (europeas en el siglo XIX, nazis y comunistas en el siglo XX). Ver al respecto los trabajos de G. Pope Atkins, América Latina en el sistema político internacional, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1989, pp. 150-151 y 156-159, y Hans J. Morgenthau, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, pp. 51-53.

  8. La Doctrina Monroe fue elaborada en 1823 y surgió de la percepción de dos amenazas separadas: la posible colonización rusa de la costa norteamericana del Pacífico y el deseo español de recuperar las ex colonias hispanoamericanas con la ayuda de la Santa Alianza. Si bien logró frenar ambas amenazas, la Doctrina Monroe tuvo un contenido unilateral y limitado en la práctica de las décadas posteriores a su aparición. Justificó intervenciones norteamericanas en el área del Caribe, no mencionó nada acerca de prohibir formas de influencia europeas (de hecho se dieron intervenciones europeas en la región posteriores a 1823 sin respuesta del gobierno norteamericano) y no tuvo un alcance regional (las autoridades norteamericanas rechazaron las propuestas de tratados de alianza latinoamericanos). Paradójicamente, fue una potencia europea, Gran Bretaña, y no Estados Unidos, la nación que, luego de la enunciación de la Doctrina Monroe, asumió la responsabilidad de proteger la región de los propósitos de otras potencias europeas.

  9. Ver esta idea de tensión entre Doctrina Monroe y panamericanismo norteamericano en G.P. Atkins, op. cit., pp. 158-161.

  10. Nótese aquí nuevamente en Alberdi el resabio del hispanoamericanismo colonial, que identificó a Brasil, sede de la cultura portuguesa, como el "enemigo" del mundo hispanoamericano. Por su parte, la inclusión del "otro enemigo" -Estados Unidos- respondió al tradicional europeísmo argentino, pero también coincidió con la corriente antinorteamericana que se dio en muchos países de la región entre el último cuarto del siglo pasado y las dos primeras décadas del siglo XX. Esta corriente hispanoamericanista de perfil antinorteamericano se robusteció en el pensamiento de muchos políticos y hombres de letras latinoamericanos, como consecuencia de factores tales como el intervencionismo norteamericano en países de la región -en México durante la gestión de Porfirio Díaz (1877-1879) y en Chile durante la guerra civil de 1891-1892, el proyecto del almirante Benham para evitar la restauración monárquica en Brasil, y las negociaciones del gobierno norteamericano para dominar la zona del Canal de Panamá, ubicada entre el estratégico mar del Caribe y el océano Pacífico-. Ver al respecto la tesis doctoral de Donald Boyd Easum, The British-Argentine-United States Triangle: A Case Study in International Relations, Ph.D. dissertation, Princeton University, 1953, p. 101.

  11. Dos componentes formaron parte de la política protoargentina y argentina hacia América latina. El primero, de carácter negativo, es un intenso sentimiento de autarquía, caracterizado por el temor a cualquier compromiso externo que pudiera limitar la soberanía. Este componente autárquico, mezcla de sentimiento de orgullo propio y abierto desdén hacia el resto de las repúblicas americanas, fue el que llevó a las autoridades porteñas primero y argentinas después a rechazar cuanto intento de unidad regional se presentara. El segundo componente, de carácter positivo, fue el desarrollo de estrechas relaciones con Europa, junto con la prioridad de mecanismos bilaterales -y no multilaterales-para resolver problemas con los países de la región. En el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, ambos componentes de la peculiar política americana de los gobiernos argentinos están claramente explicitados. En su obra "Política exterior de la República Argentina", escrita en 1896, Alberdi sostiene expresamente que las naciones hispanoamericanas "deben apoyarse sobre las relaciones comerciales con Europa, así como deben defenderse contra Brasil y los Estados Unidos. Su peligro está en América; su salvaguardia en Europa". En el pensamiento alberdiano, la Doctrina Monroe era un manto que ocultaba la intervención de Estados Unidos en América latina: "¿Qué es la Doctrina Monroe?", se preguntaba Alberdi. Y respondía amargamente: "La doctrina de un egoísmo". Para muchos autores argentinos (Joaquín V. González, Alfredo L. Palacios, Isidoro Ruiz Moreno, entre otros), el pensamiento de Alberdi vertido en su Memoria sobre la conveniencia y objetos de un Congreso General Americano inspiró la posición argentina en la Primera Conferencia Panamericana de Washington en 1889. Juan Bautista Alberdi, Memoria sobre la conveniencia y objetos de un Congreso General Americano, Santiago, 1844, pp. 22-27; J.B. Alberdi, "Política exterior de la República Argentina", Escritos Póstumos, 16 vols., Buenos Aires, 1895-1901, III, 1896, pp. 7-8; J.B. Alberdi, "América", ibid., VII, 1899, p. 123; Isidoro Ruiz Moreno (h.), El pensamiento internacional de Alberdi, Buenos Aires, 1945, pp. 81 y 91-98; comentarios de Joaquín V. González en 1910 acerca de la coincidencia de las ideas alberdianas y la agenda de la Primera Conferencia Panamericana, citados en Alfredo L. Palacios, Alberdi, constructor en el desierto, Buenos Aires, 1944, p. 91; José N. Matienzo, "La política americana de Alberdi", Revista de Ciencias Políticas, I, Nº 1, octubre 12, 1910, pp. 1-42, fuentes citadas en T.F. McGann, op. cit., pp. 96-97.

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