El alejamiento de las figuras impulsoras
del panamericanismo en el gobierno argentino en términos de la doctrinas Drago y Monroe
(Julio Argentino Roca, Luis María Drago, Martín García Merou), la aparición del
secretario de estado Elihu Root en la sesión inaugural, y el mutuo acuerdo
argentino-norteamericano de transferir el tratamiento de la doctrina Drago a La Haya, como
una cuestión del derecho internacional y no de política regional, fueron las claves del
triunfo de la Conferencia de Río.
La Doctrina Monroe no ocupó oficialmente un lugar en la agenda. La
única referencia a dicha doctrina provino de la delegación de Bolivia, que instó a la
extensión de la misma no sólo a los casos de conquista territorial o intervención de
las potencias europeas, sino también de las conquistas efectuadas por estados americanos.
Por cierto, en la posición del delegado boliviano estuvo muy presente la pérdida
territorial de Bolivia en la guerra del Pacífico contra Chile. La moción boliviana y su
referencia a la Doctrina Monroe, si bien recibió un breve respaldo de los representantes
argentinos, rápidamente quedó olvidada en la Conferencia. Luego de esta mención del
delegado boliviano, nada adicional se escuchó en Río respecto de la Doctrina Monroe (1).
Como se dijo, tanto las autoridades argentinas como las norteamericanas
estuvieron de acuerdo en desactivar el panamericanismo de la propuesta de Drago. Por el
lado argentino, el presidente José Figueroa Alcorta, en su mensaje al Congreso de mayo de
1906 (la Conferencia de Río inauguró sus sesiones en julio), socavó la idea de unidad
hemisférica puntualizando que "simples razones de ubicación en una de las grandes
divisiones de la tierra no son suficientes para alterar los principios del derecho de
gentes ni las reglas del eterno comercio (2)". Por su parte, el secretario de Estado
norteamericano Root sostuvo ante los delegados de su país a la Conferencia la
"excelencia" de la declaración de Drago y la renuncia del gobierno de Estados
Unidos a recurrir a la intervención armada en casos de deuda. No obstante, Root remarcó
que el foro más adecuado para aplicar la Doctrina Drago no era Río sino la Segunda
Conferencia Internacional de La Haya, argumentando que seguir el deseo del jurista
argentino de aplicar su Doctrina en Río implicaría convertir a esta conferencia en un
acuerdo o una conspiración de deudores americanos contra sus acreedores europeos (3).
La Conferencia de Río terminó sus sesiones en agosto de 1906. En
Buenos Aires, los medios de prensa dedicaron una importante atención a sus resultados. La
Prensa adoptó una posición fuertemente crítica respecto del cónclave de Río,
señalando en su número del 25 de agosto que el voto sobre la fórmula Drago había sido
"esencialmente evasivo" y concluyendo que la Argentina no necesitaba de las
conferencias panamericanas para ver realizado su destino. Dos días después, el mismo
matutino calificó a la conferencia de "deplorable fracaso". Por su parte, en
sus editoriales correspondientes a los días 24, 27 y 30 de agosto de 1906, La Nación,
si bien continuó teniendo una posición más amistosa hacia el gobierno norteamericano
que cualquier otro diario argentino, calificó críticamente a la Conferencia de Río como
"estéril" en sus "vagas y ceremoniosas deliberaciones". Tal vez
inconscientemente, en estos comentarios editoriales también se reveló el dilema crucial
que enfrentaron los gobiernos argentinos con respecto al sistema panamericano y su propia
posición en América Latina: el elogio a la manera en que la Conferencia había evitado
los temas políticos, y el comentario al hecho de que las autoridades argentinas hubieran
ido a la reunión de Río sin planes pretenciosos de liderazgo. El Diario sostuvo
en sus columnas del 24 de agosto que la Tercera Conferencia había conseguido destinar a
la Conferencia de La Haya el arbitraje y la Doctrina Drago como "cadáveres
(4)". Vale advertir que la tendencia crítica de los medios de prensa hacia el
secretario de Estado Elihu Root se había suavizado notoriamente ni bien éste arribó al
puerto de Buenos Aires el 14 de julio de 1906. De acuerdo con la cambiante óptica de los
diarios porteños, Root pasó de ser el representante de la amenaza imperialista, a ser el
ilustre visitante que venía a disipar la atmósfera de prejuicios existentes en la
relación bilateral y a difundir en Washington la imagen de la "grandeza"
argentina (5).
No obstante la desactivación de las doctrinas Monroe y Drago en Río,
el clima de excepcional cordialidad en las relaciones argentino-norteamericanas logrado en
la Tercera Conferencia Panamericana no estaba destinado a durar, debido a la carrera
armamentista que se desarrollaría entre la Argentina y Brasil en los años venideros. Las
frecuentes manifestaciones de apoyo de la Casa Blanca y los militares norteamericanos a
Brasil exacerbaron los ancestrales temores argentinos respecto de su vecino. Por cierto,
también ayudó a alimentar estos temores y suspicacias el hecho de que por aquella época
Estados Unidos tuviera un embajador en Río y solo un ministro en Buenos Aires (6).
H. Mabragaña, Los mensajes, VI, 168, cit. en T.F. McGann, op. cit., p. 236.
Ibid., p. 248.
Editoriales de los diarios La Prensa, 25 de agosto de 1906; La Nación, 24, 27 y 30 de agosto de 1906, y El Diario 24 de agosto de 1906, fuentes citadas en ibid., pp. 252-253.
Los diarios porteños quedaron deleitados con las palabras del delegado norteamericano en Río y secretario de Estado Elihu Root. La mención del deseo de los norteamericanos de invertir en la Argentina, hábilmente efectuada por Root, agradó a muchos de los miembros de la elite argentina. Ver ibid., pp. 253-254.
Beaupré a Root, 19 y 24 de agosto de 1907; Wilson a Root, 23 de julio de 1908, NA, DS, Number File, vol. 490, Case 6047/1-5, 12-14, fuente citada en H.F. Peterson, op. cit., vol. I, pp. 341-342.
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