La mediación de la Argentina, Brasil y
Chile en el conflicto desatado entre México y Estados Unidos, durante la presidencia de
Woodrow Wilson (1913-1921), resultó, según Sheinin, otra prueba de la eficacia de la
"diplomacia de control" del gobierno norteamericano (1). El 11 de marzo de 1913,
Wilson lanzó la advertencia a todos los gobiernos latinoamericanos de que la
administración norteamericana deseaba la cooperación con las naciones del hemisferio,
pero la misma era imposible "con líderes políticos que buscaban el poder en
función de sus intereses y su ambición". El ataque de Wilson estaba por cierto
dirigido a la dictadura de Victoriano Huerta en México, llegado al poder a través de un
golpe de estado, vía aborrecida por el mandatario norteamericano. De esta manera, con el
arribo de Wilson a la Casa Blanca se ponía en práctica una variante del Corolario
Roosevelt y un nuevo capítulo de la "diplomacia de control" de Estados Unidos,
consistente en demandar estabilidad a los gobiernos de la región y colocar la adopción
de un régimen democrático como condición para el reconocimiento diplomático. En este
contexto, el régimen de Huerta representaba un serio escollo.
Muchos periódicos de América latina criticaron la política de no
reconocimiento del gobierno de Wilson a la dictadura de Huerta como una inaceptable
intervención de Washington en los asuntos internos de los estados latinoamericanos. En la
Argentina, incluso un medio en ese entonces pronorteamericano como La Prensa
rechazó la iniciativa de Wilson. Por cierto, la política de no reconocimiento del
gobierno de Wilson al régimen de Huerta tenía principalmente móviles económicos, dado
que el último había adoptado medidas que limitaban el predominio del capital
norteamericano. El gobierno de Wilson no estaba dispuesto a respaldarlo, justificando su
oposición con el argumento ético de que el gobierno de Huerta no era democrático.
El presidente Wilson intervino militarmente en México, tomando
Veracruz y amenazando llegar a la propia ciudad de México. Pero temiendo los efectos de
una prolongada aventura militar, las autoridades del Departamento de Estado tomaron en
cuenta la opinión del embajador argentino en Washington, Rómulo S. Naón, quien ofreció
como alternativa la mediación tripartita de argentinos, brasileños y chilenos (el
llamado ABC) para resolver la pugna desatada en México entre el régimen militar de
Victoriano Huerta y el jefe de los insurgentes constitucionalistas, Venustiano Carranza.
Ya se explicó en otra parte de este trabajo que, contra los deseos del embajador Naón,
la mediación del ABC pronto demostró ser tan sólo una máscara de mediación
multilateral, que en realidad ocultó los planes del gobierno norteamericano para
desestabilizar el régimen mexicano.
Las divergencias respecto de la mejor salida para la crisis interna
mexicana evidenciaron tanto las limitaciones del margen real de maniobra de los miembros
del ABC, como las diferencias existentes entre éstos y la óptica del gobierno
norteamericano. El gobierno de Wilson demostró, desde el inicio del proceso, su
preferencia por una de las partes en conflicto: la facción constitucionalista liderada
por Venustiano Carranza. Para Wilson, Carranza debía ser el reemplazante del régimen de
Huerta y la utilidad del ABC debía limitarse a la consolidación de ese objetivo. Pero en
la opinión de los miembros del ABC, este candidato no era neutral y constituía una
amenaza a la estabilidad política mexicana.
Al no lograr un respaldo efectivo ni de parte de los norteamericanos,
ni de los constitucionalistas mexicanos encabezados por Carranza -que nunca aceptaron el
cese del fuego exigido por los miembros del ABC como paso previo a la mediación- los tres
diplomáticos latinoamericanos optaron por votar un receso indefinido para unas
negociaciones que nunca tuvieron el oxígeno necesario. Por cierto, la caída de Huerta se
dio más allá de la Conferencia de Niagara Falls y fue un éxito de la "diplomacia
de control" norteamericana, ejercida en forma paralela a la conferencia. El principal
objetivo norteamericano al participar de ésta no fue mediar entre las partes en
conflicto, como quisieron los miembros del ABC, sino remover del poder a Huerta. Una vez
logrado este objetivo, las autoridades norteamericanas buscaron digitar al futuro sucesor
en el gobierno mexicano, desvirtuando la esencia del proceso mediador del ABC.
Mientras los delegados argentino, brasileño y chileno consideraron la
Conferencia de Niagara Falls como la oportunidad para un esfuerzo importante de mediación
internacional que otorgaría prestigio externo a cada uno de sus países, el gobierno
norteamericano se embarcó en una decidida política unilateral de acercamiento a los
revolucionarios mexicanos. Al convencer a las naciones del ABC de participar de esta
conferencia, el gobierno norteamericano introdujo una nueva táctica en su estrategia de
control diplomático en la región. La mediación de Niagara Falls fue la primera
conferencia interamericana donde la hostilidad norteamericana a un gobierno
latinoamericano -el régimen de Huerta en México- fue legitimada involuntariamente por la
acción mediadora de otras repúblicas latinoamericanas. A través de sus esfuerzos de
mediación, los representantes del ABC contribuyeron indirectamente a la caída de Huerta
y al fortalecimiento de Carranza como su sucesor (2).
Finalmente, en julio de 1915 y en el contexto de un México sumido por
las luchas entre Carranza y sus lugartenientes, el secretario interino de Estado
norteamericano solicitó la opinión de seis diplomáticos latinoamericanos del más alto
rango en Washington, de los embajadores de las naciones del ABC y de los ministros de
Bolivia, Guatemala y Uruguay, quienes, no sin dificultades, reconocieron el 19 de octubre
el gobierno de Carranza. En todos estos contactos, el embajador argentino en Washington,
Rómulo S. Naón, cumplió un activo rol como participante y consejero del secretario de
Estado norteamericano Robert Lansing.
El fracaso del esfuerzo mediador de los países del ABC, socavado por
la "diplomacia de control" norteamericana, demostró en forma descarnada la
falsedad de la percepción argentina respecto de su protagónico rol regional. Mientras
duró la Conferencia de Niagara Falls, tanto el embajador y participante argentino Naón,
como el propio gobierno argentino estuvieron convencidos de que esta conferencia marcaba
el más alto nivel de cooperación diplomática con Estados Unidos. Para Naón, Niagara
Falls demostró la posibilidad de plantear la relación argentino-norteamericana como una
relación de socios. Pero la "diplomacia de control" del gobierno norteamericano
no dejó espacio para tal sociedad. El secretario de Estado Lansing respondió a los
deseos de la Casa Blanca de concebir una alianza de alcance hemisférico donde Estados
Unidos fuera el líder exclusivo, sin admitir como igual a su rival sudamericana. Los
efectos negativos de la Primera Guerra Mundial sobre la vulnerable economía exportadora
argentina terminarían de disipar las ilusiones de grandeza de la elite local, vinculadas
a la búsqueda de un liderazgo político y económico de alcance regional.
A partir de la Primera Guerra Mundial, los gobiernos de la Argentina y
Estados Unidos siguieron promoviendo la paz hemisférica en el discurso. Pero en los
intentos efectivos por unificar la región frente a la amenaza europea, hubo roces tanto
entre las autoridades de Buenos Aires y Washington, como entre los países
latinoamericanos. Estos obstáculos demostraron la debilidad de un panamericanismo basado
en la armonía de intereses entre los miembros de la región. Dicha debilidad se reveló
más crudamente aún cuando el gobierno norteamericano rompió vínculos con Alemania e
ingresó en la guerra en abril de 1917, encontrando en el neutralismo y latinoamericanismo
del gobierno de Hipólito Yrigoyen un obstáculo a su política panamericanista, apuntada
a insertar la región íntegra en el bando aliado. Los intereses neutralistas del gobierno
argentino y su pretensión de ejercer en América Latina una suerte de liderazgo resultó
por cierto una doble afrenta para las autoridades de Washington.
Este choque de intereses, que nació del desacuerdo esencial entre los
dirigentes argentinos y norteamericanos sobre el concepto de hemisferio occidental y la
conveniencia de crear instrumentos regionales para protegerlo, resultó la continuación
de una tendencia confrontacionista que caracterizó históricamente a la diplomacia
argentina desde los días de la Primera Conferencia Panamericana de Washington en 1889,
cuando el secretario James Gillespie Blaine propuso una organización de Estados
americanos.
D. Sheinin, op. cit., pp. 71-72.
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