Con el estallido de la Primera Guerra, se
abrió un capítulo en las relaciones argentino norteamericanas dentro del cual podemos
diferenciar tres etapas.
La primera de ellas se inició con el estallido de las hostilidades en
1914, se extendió hasta febrero de 1917, y estuvo caracterizada por la común
declaración de neutralidad de los gobiernos argentino y norteamericano (la
administración de Woodrow Wilson lo hizo el 4 de agosto de 1914, y el gobierno de
Victorino de la Plaza el día 5 del mismo mes). La actitud neutral, común a ambos
mandatarios, se debió a que éstos percibieron inicialmente la Primera Guerra como una
guerra europea, desdichada y lamentable, pero a la vez distante y desprovista de amenazas
para la región americana. No obstante, por numerosas razones, ambos países se vieron
involucrados en la guerra. Si bien la Argentina estuvo ligada a Inglaterra por los
vínculos económicos, también lo estuvo a la economía alemana, con la cual venía
desarrollando un importante comercio desde antes del período bélico. Vale recordar que
en 1913, Alemania fue cuatro veces mejor comprador que Estados Unidos, ocupando el segundo
lugar detrás de Gran Bretaña, el principal mercado de exportación argentino. Incluso en
ese año Alemania sobrepasó como proveedor a Estados Unidos, aproximándose a Gran
Bretaña (1).
El presidente argentino Victorino de la Plaza justificó su decisión
de neutralidad en la percepción de que la Gran Guerra no implicaría un cambio abrupto
respecto de las décadas anteriores. Creyendo que los lazos comerciales argentinos con el
mercado europeo se mantendrían aun a pesar de la guerra, los principales diarios
argentinos mantuvieron una postura acorde con la del primer mandatario, pensando que los
ingleses permitirían el comercio con Alemania, porque no formaba parte de los intereses
británicos dañar el comercio exterior argentino. En realidad esto fue así durante casi
un año, hasta fines de 1915, cuando la cancillería británica y la Cámara de Comercio
convinieron en que las presiones de la guerra obligaban a imponer restricciones, aunque
esto afectara el comercio argentino (2).
Por el lado de los norteamericanos, la inicial actitud neutral -que
duró hasta febrero de 1917- respondió no sólo a la percepción de la Primera Guerra
Mundial como una guerra básicamente europea, sino también a los importantes vínculos
económico-financieros desarrollados con Gran Bretaña desde el inicio de la misma. Ya al
año de iniciada la guerra, los ingleses recurrieron al capital estadounidense para
costear el esfuerzo bélico, convirtiendo a Estados Unidos de uno de los principales
deudores del mundo en su principal acreedor. Hacia 1916, la armada británica dependía
totalmente del petróleo norteamericano. La interpretación anglo-norteamericana de la
inicial neutralidad estadounidense fue que la misma permitía la libre circulación de
capital, petróleo y productos industriales para el Reino Unido. Frente a este pacto
anglo-norteamericano que actuaba bajo la fachada de neutralidad por parte de Estados
Unidos, Alemania procuró poner en operación una flota submarina ilimitada y correr el
riesgo de una declaración de guerra por parte de Estados Unidos, antes que permitir la
continuidad de la situación (3). Tanto la Argentina como Estados Unidos se convirtieron
durante la guerra en depósitos de materias primas, de cuyo abastecimiento a un bando o al
otro dependió buena parte de la suerte del conflicto. Debido a su importancia en este
aspecto, ambos países fueron presa de la guerra política y económica desatada entre los
bandos en pugna (4).
La segunda etapa en las relaciones argentino-norteamericanas durante la
Primera Guerra estuvo marcada por el tránsito de Estados Unidos de país neutral a
beligerante, al declarar la ruptura de relaciones con Alemania en febrero de 1917, cuatro
meses después de la llegada al poder en la Argentina del líder radical Hipólito
Yrigoyen, y tres después de la reelección del presidente norteamericano Woodrow Wilson.
Esta etapa, que se extendió a lo largo del año 1917, estuvo caracterizada por la guerra
submarina decretada por el gobierno alemán como réplica a la política de listas negras
puesta en práctica por Gran Bretaña en 1916.
En esta segunda etapa, la neutralidad argentina estuvo sometida a la
intensa presión diplomática y económica de los aliados. El gobierno de Yrigoyen
intentó vanamente abstraerse de dichas presiones y jugar con la neutralidad, intentando
sacar provecho económico de la necesidad de materias primas exacerbada por el contexto
bélico. Incluso, justificando razones de consumo interno, llegó a decretar a partir del
28 de marzo de 1917 la prohibición de exportar trigo y harina de trigo, una medida que el
mismo gobierno se vio obligado a revocar numerosas veces en la práctica. Ejemplo de ello
fue la aceptación del gobierno argentino de la solicitud de Henry Brancker, de la firma
británica Sanday & Co. de Liverpool y Buenos Aires, para exportar al continente
europeo 180.000 toneladas de trigo y 20.000 toneladas de harina (23 de abril de 1917). A
cambio de esta franquicia, Brancker se comprometió a reponer en el puerto de Buenos Aires
200.000 toneladas de trigo, procedente de Canadá, Australia, u otro país extranjero (5).
Otro ejemplo fue la autorización, en mayo de dicho año, para exportar trigo y harina de
trigo a los gobiernos de Uruguay, 4000 y 6000 toneladas respectivamente; España, 20.000 y
35.000 toneladas respectivamente; Paraguay, 8000 y 1000 toneladas respectivamente y
Brasil, 25.000 y 45.000 toneladas respectivamente (6).
A pesar de la estrategia de equidistancia practicada por la
administración Yrigoyen, la presión de las naciones aliadas se hizo sentir en la
vulnerable economía argentina, poniendo a prueba su postura neutral. Pronto el optimismo
del gobierno y la prensa de los inicios de la guerra se trocó en la amarga percepción,
ya evidenciada a fines de noviembre de 1914, de que los ingleses no mitigarían los
problemas provocados por la guerra a la Argentina, pues hubo que reducir la iluminación
de las calles de Buenos Aires a causa de la decisión inglesa y aliada de reducir el
suministro de carbón a los países neutrales. Asimismo, la angustiante escasez de capital
llevó al gobierno argentino a asumir una actitud de colaboración con el gobierno
norteamericano en la Conferencia Financiera Panamericana, convocada por el gobierno de
Estados Unidos en Washington, en 1915 (7). Como lo demostró más tarde la concesión de
un crédito de 100 millones de pesos oro y de venta de trigo del gobierno de la Argentina
a los de Gran Bretaña y Francia firmado el 14 de enero de 1918, sin obtener ningún
alivio sobre los controles que restringían la importación de productos manufacturados y
combustibles, la economía argentina no pudo sacar un provecho económico tangible de la
neutralidad observada durante la guerra y terminó integrando la órbita de los países
aliados.
La tercera etapa abarcó el último año de la guerra -1918-, en el
cual la Argentina adoptó un perfil que autores como Peterson y Weinmann denominan
"neutralidad benévola", ya que si bien el gobierno de Yrigoyen mantuvo en el
discurso una actitud equidistante entre los bandos en pugna, en la práctica la diplomacia
argentina se acercó progresivamente a la causa aliada. Con la implementación del bloqueo
aliado a los puertos pertenecientes a países neutrales, se dio una ruptura de facto del
comercio argentino-alemán, lo cual contribuyó al irrefrenable ascenso de la presencia
comercial norteamericana en el mercado argentino.
Si bien continuaron percibiendo a Alemania como un mercado lucrativo y
proveedor de bienes manufacturados, las autoridades argentinas fueron incapaces de romper
la barrera naval aliada. En gran medida, los intereses comerciales alemanes pagaron el
precio del avance de la presencia norteamericana en los años de la guerra. Mientras en
1913 Alemania adquirió el 33,1% de las exportaciones de lana argentinas y el 35,2% de los
embarques de semillas de lino, ya en 1915 ninguno de estos productos argentinos eran
enviados al mercado germano. Y mientras en 1913, Estados Unidos compró sólo el 7,4% de
las exportaciones argentinas de lana, en 1915 adquirió el 44,1%. En el caso de las
semillas de lino, la participación norteamericana en las exportaciones argentinas de este
producto saltó de un 10,2% en 1913 a un 25,7% en 1915, y para fines de 1917, Estados
Unidos compró virtualmente toda la semilla de lino argentina disponible para la
exportación (8).
Entre otras cifras estadísticas que demuestran el progreso comercial
norteamericano en el mercado argentino durante los años de la Primera Guerra Mundial,
vale citar que en 1914 Estados Unidos representaba tan sólo el 12,8% del comercio
exterior argentino y en 1917 ascendía al 32,2%, representando un valor de 288.873.235
dólares en bienes intercambiados, en comparación con los 235.297.695 dólares para Gran
Bretaña. En 1918 el comercio argentino-norteamericano alcanzó un valor de 333.000.000 de
dólares, cifra que reflejó el liderazgo de Estados Unidos como mejor comprador de los
productos primarios argentinos, y como principal abastecedor de sus necesidades de
productos manufacturados (9).
Debido al ya evidente peso de la economía norteamericana en el último
año de la Gran Guerra, los miembros del gabinete de Yrigoyen y el propio presidente no se
permitieron adoptar ningún paso que pudiera afectar los vínculos con los países
aliados, aun cuando el discurso oficial permaneciese siendo neutral. Los pedidos de bienes
manufacturados (especialmente rieles y materiales de acero para los ferrocarriles
argentinos) por parte de las autoridades argentinas a la Junta de Comercio de Guerra
norteamericana (War Trade Board's Bureau of Exports) fueron incesantes durante los
años 1917, 1918 e incluso 1919, poniendo al descubierto la vulnerabilidad económica
argentina, el creciente control norteamericano sobre el comercio exterior argentino y,
como contracara, la declinación de Gran Bretaña y Alemania como países abastecedores de
bienes manufacturados a la economía argentina (10).
Memorándum del Departamento de Estado firmado por Harry G. Seltzer, 21 de julio de 1917, NA, DS, 611.35/2, citado en H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 12. Ver también datos estadísticos sobre la ubicación de Alemania entre los cinco mejores compradores y vendedores en el comercio exterior argentino en términos de valor en D.B. Easum, op. cit., pp. 61 y 63.
Victorino de la Plaza al ministro Lucas Ayarragaray, Río de Janeiro, 18 de agosto, 1914, Archivo De la Plaza, 6-3-32; diario La Prensa, 2 de noviembre de 1914, 5:2; diario La Nación, 6 de febrero de 1915, 8:1; Public Record Office, Foreign Office 368/1205, Tower Nº 246, 11 de agosto, 1915 y las minutas allí incluidas, fuentes citadas en J.A. Tulchin, op. cit., pp. 97-98.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 95-96. Ver también H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 11.
Percy Alvin Martin, Latin America and the War, Baltimore, 1925, pp. 173-186, cit. en H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 11.
Tanto Brancker como el gobierno argentino justificaron esta revocación de su propia medida planteando que las cantidades solicitadas por el comerciante-empresario británico habían sido adquiridas con anterioridad al decreto del 26 de marzo de 1917, que prohibía la exportación de cereal. Ver texto del decreto citado en República Argentina, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, Memoria de Relaciones Exteriores y Culto, presentada al Honorable Congreso Nacional, correspondiente al año 1916-1917, Buenos Aires, Imprenta y Encuadernación del Hospicio de las Mercedes, 1917, Anexo A: Guerra Europea, Medida del Poder Ejecutivo decretando en Acuerdo general de Ministros la prohibición de exportar trigo y harina, Ministerio de Hacienda de la Nación Argentina, Buenos Aires, marzo 26 de 1917, pp. 5-6; también solicitud de Henry Brancker al gobierno argentino, Buenos Aires, 23 de abril de 1917; Ministerio de Agricultura argentino a Tower, Buenos Aires, 23 de abril de 1917; Tower a Pueyrredón, Buenos Aires, 23 de abril de 1917; Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación en Acuerdo de Ministros autorizando la petición de Henry Brancker, Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 23 de abril de 1917, en Memoria...1916-1917, op. cit., pp. 66-69.
Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación en Acuerdo General de Ministros, autorizando la exportación de trigo y harina de trigo argentinos a Uruguay, España, Paraguay y Brasil, Departamento de Relaciones Exteriores y Culto, Buenos Aires, mayo 2 de 1917, cit. en Memoria... 1916-1917, op. cit., pp. 70-71.
J.A. Tulchin, op. cit., p. 100. El análisis de los problemas causados por la suspensión de las fuentes británicas normales de abastecimiento a la economía argentina se encuentra en Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 1512, carpeta 10; el material sobre la Conferencia Financiera de Washington aparece en la caja 121, expediente 120, fuentes citadas en ibid., p. 98, nota 6.
"Argentina's Production of Flax", 18 November 1917, 12005, Entry 67, Preliminary Inventory 100, Records of the War Trade Board, Record Group 182 (RG 182), NA; Department of Commerce, The Economic Position of Argentina During the War, fuentes citadas en D. Sheinin, op. cit., p. 143.
Department of Commerce, The Economic Position of Argentina During the War, cit. en D. Sheinin, op. cit., p. 140; Statistical Abstract of the United States, 1920, p. 411, cit. en H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 30.
Naón to WTB, 23 July 1918, 1724149; Naón to WTB, 24 July 1918, 1731524; Naón to WTB, 27 July 1918, 1732471; Naón to WTB, 29 July 1918, 1736999; Octavio M. Figueroa to M.M. Harper, WTB, 19 July 1918, 1724242, Records of the Bureau of Exports, RG 182, NA, fuentes citadas en D. Sheinin, op. cit., pp. 144-145.
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