Los efectos de la revolución mexicana de
1910, particularmente la guerra civil desatada entre el régimen militar de Victoriano
Huerta y los seguidores del movimiento revolucionario popular, liderados por Venustiano
Carranza, otorgaron una excelente oportunidad para el acercamiento a los gobiernos de la
Argentina y Estados Unidos.
A consecuencia de los enfrentamientos entre el general Huerta,
presidente de México desde 1913, y Carranza, quien buscó su desplazamiento del poder
para concretar las reformas agrarias planteadas en 1910, las tropas norteamericanas, en
clara señal de apoyo al último, ocuparon el puerto mexicano de Veracruz (1).
Por su parte, el entonces ministro argentino en Washington, Rómulo S.
Naón, propuso en abril de 1914 una salida a la guerra civil planteada en México: la
mediación de la Argentina, junto a Brasil y Chile, entre las partes en conflicto (la
mediación del llamado ABC). Este proyecto reveló de parte de la diplomacia argentina un
interés pasajero en fomentar la diplomacia panamericana y fue funcional al gobierno de
Washington para obtener una salida del problema en que se había involucrado. De acuerdo
con Sheinin, la participación argentina como mediador entre los candidatos mexicanos al
poder y el gobierno norteamericano respondió al deseo de la Argentina de jugar un rol de
liderazgo en el área del Caribe tanto a nivel diplomático como económico, erigiéndose
como competidor de la influencia norteamericana en dicha área. Este deseo pronto
demostró su incongruencia con la realidad, ya que el mismo gobierno de Estados Unidos se
encargó de limitar los alcances de la mediación del ABC a través de su "diplomacia
de control". Durante la Primera Guerra Mundial, los triunfos comerciales
norteamericanos en la Argentina demostraron que no tenía sentido la ambición argentina
de competir económicamente con Estados Unidos en el área del Caribe u otras de la
región (2).
El presidente norteamericano Wilson y su colega mexicano Huerta
aceptaron la mediación del ABC, mientras que Carranza, a pesar de contar con el
favoritismo del presidente norteamericano para reemplazar a Huerta en el gobierno de
México, la rechazó. No obstante la oposición del entonces nuevo líder del movimiento
revolucionario popular mexicano, las negociaciones se llevaron a cabo en la ciudad
canadiense de Niagara Falls, con el resultado esperado por la diplomacia norteamericana,
ya que se propuso la formación de un gobierno provisional. Ante el cariz que tomaron los
hechos, Huerta renunció al poder y huyó en el barco alemán Dresden. Finalmente
se logró una solución definitiva al problema mexicano cuando el secretario de Estado
Robert Lansing solicitó el consejo de los países del ABC y de Bolivia, Guatemala y
Paraguay, quienes en forma mancomunada con el gobierno norteamericano reconocieron en
octubre de 1915 al gobierno de Carranza.
Por otro lado, dentro del espíritu del proyecto de paz panamericana de
Wilson, los representantes de la Argentina, Brasil y Chile firmaron el 25 de mayo de 1915
el tratado del ABC. El mismo estableció que todos los conflictos entre las partes
firmantes que no pudiesen ser resueltos ni por la vía diplomática ni por el sistema de
arbitraje debían ser sometidos a una comisión permanente con sede en Montevideo (3).
Pero el tratado no fue ratificado ni por la Argentina ni por Chile, por lo que tampoco fue
aplicado en la práctica. Para Carlos Ibarguren, este tratado fue de neta inspiración
norteamericana, interpretación que confirmó el embajador Stimson en sus memorias, en las
que lo llama House's treaty -por el funcionario del Departamento de Estado, coronel Edward
House, empeñado en la firma del mismo (4)-.
La mediación argentina en la crisis mexicana fue criticada por los
sectores nacionalistas argentinos, que la interpretaron como "servidora de la
propaganda norteamericana". También los radicales se opusieron a la actitud
mediadora y a la firma del tratado del ABC. Un ejemplo de la posición del radicalismo fue
el pedido de interpelación del diputado radical Horacio B. Oyhanarte al ministro de
relaciones exteriores del gobierno de Victorino de la Plaza, José Luis Murature,
efectuado el 13 de septiembre de 1915. Asimismo lo fueron el contenido de dos artículos
del diario radical La Epoca, correspondientes al 17 y 22 de julio de 1915, y las
opiniones del propio Hipólito Yrigoyen al político chileno Gonzalo Bulnes, en las que
expresó su oposición personal a un tratado "que colocaba a las tres naciones de
América Latina en un plano superior a las demás, lo que iba contra la necesaria igualdad
de todas ellas, y que debía ser la expresión de "alguien que nos quiere dividir
(5)". Por su parte, entre los defensores de dicha mediación se encontró Joaquín V.
González, quien la calificó de "feliz mediación (6)".
Vale aclarar que la mediación del ABC en la guerra civil mexicana
reveló convergencias en la postura argentina y norteamericana que, en la opinión de
Sheinin, ocultaron importantes divergencias de fondo. Para la óptica del gobierno
norteamericano, la utilidad de la mediación de los representantes argentino, brasileño y
chileno estuvo vinculada a su aporte a la caída del régimen de Huerta, el principal
objetivo del presidente Wilson. Pero una vez concretado este paso, se evidenciaron serias
divergencias entre los representantes del ABC y el representante norteamericano respecto
de la sucesión política mexicana. Mientras los primeros desearon un candidato
"neutral", el representante diplomático norteamericano en México, John Lind,
mantuvo contactos secretos con la facción de Venustiano Carranza, la única aceptable
para Washington como sucesora en el gobierno mexicano. Lind incluso ofreció al líder
revolucionario mexicano armas, una actitud repulsiva para el presidente Wilson. En una
palabra, el ABC se convirtió en un instrumento de la política regional norteamericana.
La mediación del ABC fue el primer caso en donde el intervencionismo norteamericano a una
república latinaomericana fue legitimado por otras naciones del continente (7).
En la visión del presidente norteamericano Wilson, la existencia de regímenes democráticos era la condición para el reconocimiento diplomático por parte de Washington. De acuerdo con esta óptica, la presencia del régimen militar de Huerta en México representaba todo lo deplorable de los gobiernos latinoamericanos. El general mexicano había llegado al poder tras un golpe de estado, táctica profundamente aborrecida por Wilson. Ver al respecto D. Sheinin, op. cit., pp. 49-50.
Ibid., pp. 73-74.
O.G. Usinger, op. cit., p. 44. Texto del tratado del ABC en C.A. Silva, op. cit., pp. 267-269 y transcripto en las notas del capítulo 36 de este trabajo.
Los preparativos para la firma del tratado del ABC se realizaron en la casa del embajador Stimson y él mismo estuvo presente en el momento de la firma. Carlos Ibarguren, La historia que he vivido, Buenos Aires, 1955, pp. 292 y sigs.; F.J. Stimson, My United States, op. cit., pp. 344-347, fuentes citadas en R. Weinmann, op. cit., p. 76.
H. Yrigoyen Pueblo y gobierno, op. cit., tomo VIII:2, pp. 25 y sigs., pp. 74 y sigs., y opiniones de Yrigoyen a Bulnes en p. 75, fuente citada en ibid., p. 77.
Ibid., pp. 75-76.
Ver al respecto D. Sheinin, op. cit., pp. 54-72.
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