El final de la Gran Guerra generó
posiciones diferentes en las autoridades de Washignton y Buenos Aires, producto de las
divergencias en la percepción del mundo y del lugar que sus países ocupaban en él. En
el caso norteamericano, si bien existió un amplio rechazo popular al idealismo de Wilson
y a su propuesta de crear una Liga de las Naciones, la llegada de Warren G. Harding como
primer mandatario norteamericano en 1921 no implicó la vuelta al aislacionismo previo a
1917. Por el contrario, republicanos y demócratas coincidieron en aceptar la nueva
posición conquistada por Estados Unidos en el ámbito internacional a causa de la guerra.
En el caso argentino, los sectores dominantes compartieron la convicción de que con el
fin de la guerra el mercado internacional volvería al equilibrio previo a 1914. Según
esta percepción, presa del concepto de progreso unilineal y continuo propio del
positivismo, la Primera Guerra Mundial había sido tan sólo un accidentado paréntesis en
el seguro crecimiento económico argentino. Llegado el fin de las hostilidades, el
progreso argentino debía continuar, incluso hasta el punto de permitir al país la
posibilidad de aspirar a ocupar un puesto de liderazgo regional y mundial, igualando o
reemplazando a Estados Unidos.
Pero en contradicción con esta optimista percepción de la elite
argentina, la guerra no fue una simple anécdota coyuntural, sino que alteró
significativamente el triángulo comercial entre la Argentina, Gran Bretaña y Estados
Unidos a favor del último y en detrimento del segundo. Como hemos visto, la coyuntura
bélica evidenció la vulnerabilidad de la economía argentina, parcialmente disimulada
antes de 1914 por un proceso de rápido crecimiento de las exportaciones agropecuarias,
especialmente en las décadas de 1890 y 1900.
Los años de la guerra convirtieron a Estados Unidos en abastecedor
primordial de préstamos y productos manufacturados para la economía argentina,
reflejando la pérdida de competitividad internacional británica. El rol crucial jugado
por Estados Unidos en el crecimiento del sector industrial argentino durante los años de
la guerra tuvo consecuencias político-económicas, ya que los partidarios de la
industrialización lo fueron también del comercio con Estados Unidos, mientras que los
sectores vinculados a la elite agropecuaria tradicional, que siguieron controlando el
Estado y la economía argentina, mantuvieron la tradicional percepción respecto de
Estados Unidos como un competidor que atentaba contra la inserción argentina en los
"naturales" mercados europeos.
Por cierto, factores tales como las medidas sanitarias adoptadas por el
gobierno de Estados Unidos contra la carne argentina afectada por aftosa y las
restricciones arancelarias a importantes productos de exportación argentina, como el
trigo, el maíz, la alfalfa y el lino, reforzaron un sentimiento nacionalista que en
realidad tuvo mucho de resentimiento hacia Estados Unidos. Esta serie de medidas ayudaron
a potenciar este sentimiento antinorteamericano, máxime si tenemos en cuenta que Gran
Bretaña, a pesar del problema existente en las carnes argentinas, no siguió la medida
norteamericana. El frustante contexto internacional de la década de 1920 para las
exportaciones argentinas, limitadas tanto por la declinación británica como por el
crecimiento del proteccionismo en Europa y Estados Unidos, llevó a los gobiernos
radicales, y especialmente a la segunda gestión de Yrigoyen, a buscar aún más
estrechamente los vínculos comerciales con Gran Bretaña. Resultado de ello fueron el
pacto comercial de 1929 con lord D'Abernon y la Conferencia sobre Trigo de 1930, donde la
diplomacia radical buscó revitalizar la conexión anglo-argentina, política que
siguieron los gobiernos de la llamada "década infame", y que se reflejó en el
Pacto Roca-Runciman de 1933 y sus posteriores renovaciones.
La incidencia negativa del contexto internacional sobre la economía
argentina durante la década de 1920 tuvo su correlato político. El sentimiento
antinorteamericano de la elite ganadera, que se sintió herida en su orgullo por las
medidas sanitarias adoptadas por el Departamento de Estado en la segunda mitad de la
década de 1920, fue justamente canalizado por los presidentes Marcelo T. de Alvear
(1922-1928) e Hipólito Yrigoyen en su segunda presidencia (1928-1930). En las relaciones
con Estados Unidos y en las negociaciones con la Unión Panamericana, el segundo gobierno
de Yrigoyen se negó a participar en las conferencias, pero esta actitud ya no logró
tener los efectos regionales obstruccionistas del pasado. Al estar en crisis la
tradicional inserción internacional del modelo exportador argentino, los costos del
principismo superaron a los supuestos beneficios.
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