Por cierto, el resentimiento argentino
hacia el gobierno norteamericano se manifestó con fuerza en el plano de las relaciones
interamericanas. La insistencia de la Casa Blanca en aplicar en forma unilateral la
Doctrina Monroe, reflejada en sus continuas intervenciones en el Caribe, dio ocasión a
los nacionalistas argentinos para expresar su oposición a lo que consideraban una
violación del principio de igualdad soberana de los Estados. Estas actitudes del gobierno
norteamericano dieron un golpe mortal a las esperanzas de un panamericanismo donde se
respetaran de manera equitativa los intereses de los países latinoamericanos, fomentando
en éstos el sentimiento hispanoamericano, en forma aún más exacerbada que en el pasado.
Como ya se mencionara, en el caso de la Argentina, un claro exponente del
hispanoamericanismo fue el escritor y político Manuel Ugarte, embajador argentino en
México, Nicaragua y Cuba, quien clamó con insistencia por la preservación de la cultura
hispanoamericana frente a la usurpación norteamericana (1). Como predijo con acierto el
embajador Naón en los días de la Primera Guerra, el compromiso de Estados Unidos con
Europa durante y después de las hostilidades, y el resurgimiento del latinoamericanismo
como reacción de los países de la región al intervencionismo norteamericano, fueron
factores que debilitaron la no demasiado sólida vocación panamericanista.
Por el lado norteamericano, factores tales como los impredecibles
conflictos laborales del gobierno de Yrigoyen, el temor norteamericano a las agitaciones
de izquierda en la región, y la expansión del poder económico de Estados Unidos a nivel
regional llevaron, durante la década de 1920, a una desilusión de Washington respecto de
las autoridades elegidas democráticamente en América Latina (y del radicalismo en la
Argentina), percepción que a su vez provocó una menor preocupación de la diplomacia
norteamericana por fomentar las relaciones bilaterales con los países de la región. Con
el ascenso de Estados Unidos al status de gran potencia, la resolución de cuestiones
bilaterales que reclamaron las autoridades argentinas fueron subsumidas en la
preocupación de los representantes de la Casa Blanca por asegurar la supremacía
comercial y la estabilidad en América. Durante la década de 1920, se desarrolló un
nuevo capítulo de la llamada por Sheinin "diplomacia de control", donde la
interacción diplomática entre los representantes argentinos y norteamericanos tuvo lugar
dentro del paraguas de las Conferencias Panamericanas dominadas por el gobierno de Estados
Unidos (2).
Manuel Ugarte, "L'Amérique latine après la guerre", La Revue Mondiale, vol. 142, 15 de mayo de 1921, pp. 139-147, y Manuel Ugarte, The Destiny of a Continent, New York, 1925, especialmente pp. 285-286, 288-289, cit. en H.F. Peterson, op. cit., vol. II, p. 87.
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