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La vigencia de la influencia militar alemana a comienzos del siglo XX.
La oposición de los nacionalistas.

Las estrechas relaciones que se establecieron entre la Argentina y Alemania a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX continuaron vigentes durante los primeros años del siglo XX. Contribuyó por cierto a esta continuidad el enorme prestigio del modelo militar alemán entre los uniformados argentinos, la importancia de Alemania como abastecedora de barcos de guerra y armamentos, y el relevante rol del mercado alemán como lugar de colocación de las materias primas argentinas en el período inmediatamente anterior a la Primera Guerra.
    Uno de los militares argentinos partidarios de implementar la doctrina castrense alemana y uno de los primeros graduados de la Escuela Superior de Guerra fue José Félix Uriburu. Anticipando la introducción de un programa de intercambio argentino-alemán, el entonces mayor Uriburu formó parte de un grupo que realizó una larga gira de servicio con la sección de artillería de la Guardia Imperial alemana, e impresionó personalmente al emperador Guillermo II. Uriburu fue director de la Escuela Superior entre 1907 y 1913, y presidente de la Argentina a partir del golpe de estado de 1930 (1).
    En realidad, la receptividad argentina a la instrucción militar alemana respondió a una lógica racional. El comando mayor argentino en ese momento deseaba asegurar, a un costo mínimo, la supervivencia de un sistema moderno de entrenamiento militar a largo plazo. En 1906 se decidió imitar un experimento chileno asignando oficiales argentinos para su entrenamiento en Alemania. En forma gradual, éstos fueron supliendo a los 30 oficiales alemanes que enseñaron en la Argentina entre 1900 y 1914. El hecho de que muchos de los entrenados anualmente (entre 12 y 60) llegasen luego a alcanzar posiciones encumbradas en el ejército fue testimonio del éxito de este programa. En 1908, los oficiales alemanes que sirvieron en la Escuela Superior de Guerra ganaron, al menos temporariamente, una voz de control en el proceso de toma de decisiones para la promoción de los oficiales argentinos a los rangos superiores. Además Uriburu, como director de la Escuela, optó decididamente por la selección de oficiales locales para su entrenamiento en Alemania.
    La disputa argentino-brasileña entre 1906 y 1910, que tuvo como componentes el ambicioso programa de construcción naval brasileño y los reclamos argentinos a lo largo del estuario del Río de la Plata, dio a los asesores alemanes una oportunidad para ganar aún mayor influencia sobre el cuerpo de oficiales argentinos. No obstante, cuando la guerra entre la Argentina y Brasil pareció inminente en 1908, primó la actitud nacionalista local y los alemanes fueron privados de los detalles acerca de los planes de movilización de fuerzas. Hacia la primavera de 1910, una reciente y fortalecida oposición nacionalista desafiaba la infiltración de métodos y personal alemán. A pesar de esta fuerte reacción nacionalista en el seno de las fuerzas armadas argentinas, dos importantes miembros del gabinete del presidente Roque Sáenz Peña (1910-1913) siguieron defendiendo el entrenamiento militar de acuerdo con el modelo alemán. Ellos fueron el ministro del interior, Indalecio Gómez, y el de guerra, general Gregorio Vélez. Ambos cooperaron estrechamente con los instructores alemanes, a pesar de la existencia en el ejército argentino de poderosos grupos antialemanes (2).
    Por cierto, un factor de carácter externo ayudó a activar esta reacción nacionalista local. En 1912, una circunstancia bélica, la derrota en los Balcanes del ejército turco -abastecido por Krupp y entrenado por alemanes-, empañó seriamente las imágenes que el mundo poseía hasta ese momento respecto de la utilidad de la industria de armamentos y la efectividad de los programas consultivos militares alemanes.
    Este traspié estimuló una vigorosa discusión en el ejército, la prensa y el Congreso argentinos acerca de la conveniencia de la influencia alemana (3).
    Uriburu, luego de dejar la Academia de Guerra en 1913, inició con éxito parcial un programa de reformas militares desde su banca de diputado nacional, y, en una clara evidencia de su inclinación proalemana, condicionó su nombramiento como jefe de Estado Mayor al hecho de que oficiales alemanes encabezaran varias secciones del Estado Mayor General.
    De todos modos, los intereses alemanes y de otros países extranjeros vinculados a la industria bélica continuaron desarrollando sus intrigas cerca del gobierno argentino hasta las vísperas de la Primera Guerra Mundial. Mientras los a menudo poco emocionales alemanes fueron más respetados que queridos, los instructores militares alemanes y los oficiales argentinos entrenados por los primeros tuvieron gradualmente éxito en la modelación de un cuerpo de oficiales relativamente más unido, mejor disciplinado y un poco menos inclinado a la rebelión que en el pasado (4).
    Aun bajo el constante desafío de un sostenido sentimiento nacionalista argentino, continuaron generándose estrechas relaciones entre el cuerpo de aristocráticos oficiales alemanes y los jefes militares argentinos ligados a la elite terrateniente, como el caso de Uriburu. Los oficiales, provenientes de la clase media e incluso de estratos más bajos, más capaces tendieron a beneficiarse generalmente del nuevo énfasis en la habilidad profesional, tomado del modelo alemán, y tuvieron nuevas oportunidades para su promoción a cargos más elevados como consecuencia de la reforma de la legislación militar iniciada por Uriburu. Además, en sintonía con las sugerencias alemanas, se incentivó el entrenamiento práctico.
    Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, los intereses militares y navales alemanes estuvieron representados por un distinguido visitante "no oficial" a la Argentina. Fue el príncipe Enrique, hermano del emperador alemán y jefe de la marina alemana. El príncipe fue testigo de los logros alemanes en el Río de la Plata cuando, en la compañía de Uriburu, revistó tropas en camino a maniobras en gran escala (5).
    Con la motivación de los miembros del gobierno y del cuerpo de oficiales argentinos, las crecientes ventas de armas alemanas ayudaron a provocar una significativa participación alemana en el moldeado de un ejército argentino moderno. Enfrentados a los proalemanes argentinos estuvieron nacionalistas, tradicionalistas y un conjunto de actores argentinos que por una razón u otra respondían a otros intereses extranjeros distintos de los alemanes. Como respuesta a estos desafíos, el gobierno, las fuerzas armadas y la industria bélica alemanes, hacia el fin del siglo XIX, comenzaron a defender con determinación sus crecientes intereses en el mercado argentino. Las enseñanzas de los instructores alemanes, aunque controvertidas y resistidas incluso por los sectores nacionalistas dentro y fuera del ámbito castrense argentino, dejaron un profundo sello en el crecientemente influyente cuerpo de oficiales locales. En consecuencia, según Schiff, contribuyeron de manera significativa a forjar el patrimonio nacional de la Argentina (6).

  1. Ver W. Schiff, op. cit., pp. 442-444.

  2. Ibid., pp. 444-445.

  3. A.A. Maligne, "El ejército argentino en 1910", Revista de Derecho, Historia y Letras, 42, julio de 1912, 394-404 y 556-566; Severo Toranzo, "El ejército alemán. A propósito de las maniobras imperiales de 1911", Revista de Derecho, Historia y Letras, 43, octubre de 1912, 209-214; El Diario, 6 de noviembre de 1912, 10; La Nación, 8 de noviembre de 1912, 9; Congreso Nacional, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, año 1913, sesiones ordinarias, Buenos Aires, 1913, II, 822-823, 872-873, 881, 886-888, 1071-1072, 1119-1120 y 1126, fuentes citadas en W. Schiff, op. cit., p. 445.

  4. Ibid., pp. 454-455.

  5. GFM, A 19782, report by Pabst von Ohain, Buenos Aires, Aug. 20, 1913; A 4557, report by Scheven, Buenos Aires, Feb. 1, 1914; A 22702, report by German military instructors at the War Academy, Buenos Aires, Oct. 18, 1913; La Nación, 29 de marzo, 10 y 19 de abril de 1914, pp. 12, 11, 12 y 10, respectivamente. Todas estas fuentes están citadas en ibid., pp. 454-455.

  6. Ibid., p. 455.

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