El efecto de la política de listas negras y embargos de los aliados sobre el comercio argentino-alemán
El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 llevó a las naciones
europeas beligerantes a considerar a la Argentina dentro de la estrategia de guerra
económica o comercial. Gran Bretaña, dueña hasta entonces del dominio de las mares
otorgado por su superioridad naval, buscó a la vez proteger su comercio marítimo y
obstruir el de sus rivales, especialmente el de Alemania, cuya poderosa presencia en el
comercio argentino de cereales fue percibida como una amenaza para los intereses
comerciales británicos.
Tanto Alemania como Gran Bretaña contaron con estaciones en la región
latinoamericana, que se encargaron de abastecer de víveres, carbón, informaciones, etc.,
a los buques de guerra, pero Inglaterra tuvo la ventaja de poseer puertos en la región de
los que pudo entrar y salir libremente, mientras Alemania, al no poseerlos, dependió de
la ayuda que le pudiesen suministrar sus "etapas" en tierra firme. Entre otras,
las "etapas" alemanas más importantes en el Cono Sur fueron la de Buenos Aires,
a cargo del agregado naval alemán para la Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, el capitán
Augustus Moller; la de puerto Santa Elena en la costa patagónica, ubicada a los 44o
30' de latitud sur y donde existió un depósito de carbón de la firma Deutsches
Kohlendepot de Buenos Aires; Punta Arenas y Valparaíso en Chile y Pernambuco y Río
de Janeiro en Brasil. Pero Alemania tropezó en América con la desventaja provocada por
el corte del cable transoceánico extendido entre las localidades de Monrovia y Pernambuco
y por la destrucción de la estación de radio Kamina en Togo, que retransmitía a Nauen.
Ambos factores pusieron en inferioridad de condiciones a los germanos respecto de los
británicos en cuanto a las comunicaciones telegráficas (1).
Los efectos de la guerra económica no sólo afectaron a los países
beligerantes sino también a los neutrales. Cabe advertir que mientras el gobierno de
Alemania aceptó el pedido del de Estados Unidos de adherir a las resoluciones de la
llamada Declaración de Londres de 1909 (2) que regulaba el comercio marítimo de los
neutrales, las autoridades británicas -que no ratificaron dicha declaración y estuvieron
dispuestas a utilizar la guerra misma como un instrumento para desplazar a rivales
económicos de la talla de los germanos- adoptaron una serie de medidas que restringieron
los derechos de los navíos neutrales. En otras palabras, Gran Bretaña procuró impedir
la única posibilidad que tuvo Alemania para proseguir su comercio en esos años de
guerra, es decir, el uso de barcos neutrales. El 20 de agosto de 1914, el gobierno
británico dictó su primera Order in Council, por la que en teoría se sujetó a
la Declaración de Londres, pero que en la práctica alteró su espíritu original. De
acuerdo con las modificaciones introducidas por esta primera Order in Council, las
mercaderías de contrabando limitado (alimentos, carbón, ropa, alambre de cobre, etc.)
adquirieron en la práctica el mismo status que las de contrabando absoluto (armamentos,
etc.). Esta modificación implicó que las autoridades británicas se reservaran el
absoluto derecho de secuestrar tanto uno como otro tipo de mercaderías, modificando
sustantivamente lo contenido en la Declaración de Londres. Además Gran Bretaña decretó
el derecho a la inspección de buques neutrales que transportasen mercaderías hacia un
puerto neutral, factor que en la práctica afectó no sólo el comercio de los países
neutrales con los países de Europa central sino también con otros neutrales. A estas
medidas se agregaron las derivadas de la Order in Council del 29 de octubre de 1914
y una serie de listas de artículos que se agregaron a la categoría de contrabando
absoluto. Además de la presión británica sobre el comercio alemán, cabe añadir que el
gobierno francés hizo suyas las drásticas medidas adoptadas por Londres, con la
publicación de los decretos del 25 de agosto y del 6 de noviembre, además de sucesivas
listas negras. La efectividad de estas medidas quedó demostrada por el hecho de que entre
enero y julio de 1915, de 2.466 barcos llegados a los puertos neutrales del Mar del Norte,
2.132 fueron antes controlados por el War Trade Department inglés (3).
Con las medidas anteriormente señaladas, adoptadas por las autoridades
británicas y francesas, comenzó a conformarse el cerco orquestado por el gobierno
británico para arruinar el comercio alemán. El 1º de marzo de 1915 el bloqueo de
Alemania fue oficialmente decretado por el gobierno británico, el cual, dispuesto a
llevar hasta las últimas consecuencias su política de presión contra los germanos, no
vaciló en publicar nuevas Order in Council, que apuntaron a estrechar el control
sobre el comercio de los países neutrales. Además, los últimos sintieron la presión
británica, que los obligaba a comerciar sólo entre sí y con los países de la Entente.
Incluso en este comercio se fijaron cupos, debiendo ajustarse las importaciones de los
países neutrales a las necesidades propias. Esta medida apuntó a evitar reexportaciones
de dichos países a Alemania. Con la implantación de las statutory list o listas
negras y el sistema de navicerting las autoridades británicas completaron su cerco
contra el comercio alemán. Hacia el comienzo de 1917 se cortó en forma casi absoluta el
comercio entre los países neutrales y las potencias centrales (Imperio Alemán e Imperio
Austro-Húngaro).
La política de listas negras, introducida en marzo de 1916, incluía a
todas las firmas alemanas o sospechosas de tener tratos comerciales con firmas o personas
alemanas, sin importar el lugar de residencia, es decir que alcanzaba a empresas o
individuos aun residentes en países neutrales, como era el caso de la Argentina. A su
vez, todos los que desarrollaran intercambios mercantiles con los integrantes de las
listas negras pasaban automáticamente a integrarlas, es decir, pasaban a ser víctimas
del boicot de empresas y bancos ingleses, e incluso de los del país sede de las empresas
caídas en desgracia (4). A las listas negras británicas siguieron las francesas, las
italianas, las japonesas y, tras su ingreso en la guerra, las de Estados Unidos. De
acuerdo con Marion Celestia Siney, las listas negras ayudaron a suprimir casi en su
totalidad la exportación de trigo argentino a las potencias centrales, rubro que contaba
con la intermediación de firmas alemanas. Aunque en teoría la política británica de
listas negras debía ser aplicable a las firmas alemanas ubicadas en territorio enemigo,
la justificación del War Trade Department británico para la inclusión de estas
listas en países neutrales fue la de evitar la provisión de víveres, carbón e
informaciones a los buques alemanes por parte de los comerciantes de esa nacionalidad
residentes en los puertos sudamericanos. Los oficiales del War Trade Department
temían que los alemanes en la Argentina pudieran surtir a fuerzas navales germanas como
el acorazado Moewe que en ese momento estaba en operaciones en el Atlántico (5).
Las autoridades británicas adoptaron el sistema de navicerting
que consistió en la inspección de la mercadería con destino a los países vecinos de
las potencias centrales, llevada a cabo celosamente por los consulados británicos. Si no
se registraban anormalidades en el transcurso de dicha inspección, el consulado extendía
un certificado al exportador, con el que las mercancías podían seguir su rumbo sin ser
interceptadas por los organismos de control del bloqueo.
Además de las listas negras o estatutorias y el sistema de
certificados navieros, otras medidas que afectaron a los países neutrales fueron el
control del gobierno británico sobre la correspondencia y el racionamiento de entregas de
carbón inglés. Esta última decisión en particular afectó notoriamente a la economía
argentina, fuertemente dependiente del carbón de Gales.
La mayoría de los autores coincide en destacar el dañino efecto de
este conjunto de medidas tanto sobre el comercio alemán como sobre el argentino. El
primero quedó virtualmente paralizado desde el inicio mismo de la Primera Guerra. Incluso
la alternativa de que la docena de barcos de vapor alemanes en el puerto de Buenos Aires
pudiese apoyar a los acorazados de esa nacionalidad con suministros de carbón, víveres y
noticias quedó restringida por las medidas adoptadas por el propio gobierno argentino a
través del Ministerio de Marina. Entre las mismas, se destacaron: la prohibición de que
los comerciantes extranjeros equiparan o armaran en aguas argentinas barcos de guerra
auxiliares (6 de agosto de 1914), utilizaran códigos secretos en las transmisiones
telegráficas internacionales (18 de agosto), y usaran las estaciones de radio de los
barcos de países beligerantes en aguas jurisdiccionales argentinas (19 de agosto y 20 de
octubre). Además, el gobierno decretó la obligación de la nacionalidad argentina,
extensiva tanto a los radiooperadores de todos los barcos mercantes en puertos argentinos
(18 de noviembre), como a los radiooperadores de barcos de bandera argentina que navegasen
en el Río de la Plata. Además, éstos debían emitir sólo en presencia de un
funcionario argentino (8 de diciembre) (6).
Ver al respecto Ricardo Weinmann, Argentina en la Primera Guerra Mundial: neutralidad, transición política y continuismo económico, Buenos Aires, Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1994, p. 45.
La Declaración de Londres de 1909 completó las disposiciones de la Conferencia de La Haya de 1907, y reguló los siguientes ítems vinculados a la guerra económica o comercial: 1) el bloqueo en tiempo de guerra; 2) la caracterización de las mercaderías de contrabando; 3) la prohibición de ayuda por parte de neutrales; 4) la destrucción de presas neutrales; 5) el cambio de bandera; 6) el carácter de "enemigo"; 7) las escoltas; 8) la resistencia a la inspección; y 9) las indemnizaciones. Respecto de las mercancías de contrabando, la Declaración estableció tres categorías: a) contrabando absoluto (armamentos, etc.); b) contrabando relativo (alimentos, carbón, ropa, alambre de cobre, etc.); y c) mercaderías de libre comercio (algodón, lana, cueros, pieles, goma, etc.). Ver ibid., p. 46.
Marc Ferro, La Gran Guerra, Madrid, 1970, p. 195; Rudolf Lank, Der Wirtschaftskrieg und die Neutralen, 1914-1918, Berlín, 1940, p. 11, fuentes citadas en ibid., p. 47.
Gerd Hardach, Der Erste Weltkrieg, 1914-1918, Munich, 1973, pp. 23-33 y sigs.; Marion Celestia Siney, The Allied Blockade of Germany 1914-1916, Ann Arbor, 1957, pp. 144-148, fuentes citadas en ibid., pp. 47-48.
M.C. Siney, op. cit., pp. 147-148, cit. en ibid., p. 48. Ver también Roger Gravil, The Anglo-Argentine Connection, 1900-1939, Dellplain Latin American Studies, Nº 16, Boulder, Colorado, Westview Press, 1985, p. 119.
R. Weinmann, op. cit., p. 52.
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