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La ruptura de relaciones: la nota del secretario de Estado pontificio al gobierno argentino (enero de 1885)

Poco tiempo después, el nuncio en París hizo entrega al ministro argentino Balcarce la respuesta de la Santa Sede. La nota del secretario de Estado del Vaticano, cardenal Jacobini, fechada el 27 de enero de 1885, en nombre del Sumo Pontífice se dirigía al canciller argentino, anunciando la ruptura de las relaciones diplomáticas en los siguientes términos:

(...) Vuestra excelencia conoce mejor que todos los demás, los graves cambios introducidos en estos últimos tiempos en la legislación del país, en daño de la religión católica, profesada por la gran mayoría, si no por la totalidad del pueblo argentino. Conoce igualmente las medidas adoptadas por el Gobierno, con respecto del vicario capitular de Córdoba y las publicaciones no por cierto respetuosas, contra la Iglesia y la Santa Sede, que han aparecido en tales circunstancias por obra del mismo Gobierno. Conoce además los vejámenes usados con el anciano y enfermo obispo de Salta, ahora difunto; la inconsiderada deliberación de introducir en las escuelas católicas, directoras y maestras protestantes; la amplísima facultad concedida a los ministros heterodoxos de distribuir Biblias entre el pueblo con toda libertad, vilipendiando además en sus sermones dominicales las personas y las cosas sagradas, con grande escándalo de los buenos fieles. Conoce, en fin, vuestra excelencia, cómo se trató de imponer al nuevo obispo de Córdoba, una nueva fórmula de juramento. El pleno conocimiento que de todos estos hechos tiene vuestra excelencia, me dispensa de entrar en detalles minuciosos, que harían por demás sombrío el cuadro que apenas he delineado, con el solo intento de establecer cuáles eran las disposiciones de este Gobierno respecto a la Iglesia y a la Santa Sede, antes de que se produjera el hecho, de que se quiere sacar motivo para expulsar al delegado apostólico del territorio argentino. (...) Y consiéntame vuestra excelencia que le advierta, que aun cuando las divergencias habidas entre el delegado apostólico y el Gobierno de la República Argentina hubiesen sido realmente de tal naturaleza, que pudieran considerarse en el sentido deseado por la nota de vuestra excelencia, esto es, como un simple conflicto personal, el Gobierno mismo habría debido en este caso observar una línea de conducta bien diversa de aquella seguida con monseñor Mattera. Habría debido, conforme a todas las prácticas diplomáticas, hacer conocer sus quejas a la Santa Sede, y suspender entre tanto, si así lo deseaba, sus relaciones en el enviado pontificio.
En esta ocasión el Gobierno de la República, después de haber, si no permitido, al menos tolerado que el representante de la Santa Sede fuese de todos modos injuriado y vilipendiado por la prensa pública, llevó las cosas con grande precipitación, hasta el extremo de adoptar bien presto la medida de intimarle la salida del territorio argentino, acordándole veinticuatro horas para desalojar su casa, para dejar después transcurrir ocho largos días, antes de escribir a la Santa Sede para anunciarle el hecho ejecutado.
(...) Estimo inútil después de esto, repetir una vez más que mal se prestan los hechos para no ver en la expulsión del delegado apostólico un acto injurioso para el sumo pontífice.(...)

Suplico a vuestra excelencia que lleve esta mi contestación a conocimiento de su excelencia el señor presidente de la República, manifestándole la profunda amargura con que se siente afligido el espíritu del santo padre, por los hechos antes enunciados y por otros que muestran el propósito del Gobierno de continuar un sistema de siempre creciente hostilidad hacia la Iglesia. Su santidad, por lo demás, estaría contentísima en ver restablecidas aquellas relaciones amistosas que existían hasta hace pocos meses, pero, como comprenderá vuestra excelencia esto no podrá realizarse si antes no se remueven las causas de las graves y justas preocupaciones de la Santa Sede (1).

  1. Nota del secretario de Estado pontificio, cardenal Jacobini, al canciller Ortiz, 27 de enero de 1885, cit. en ibid., pp. 479-481. 
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