La relación con Gran Bretaña continúa siendo de interés vital para la Argentina
Como
se ha desarrollado ampliamente en capítulos anteriores, la gran expansión de
la economía argentina desde mediados del siglo XIX hasta 1930 fue
principalmente producto de su carácter complementario con la economía británica.
Esta complementariedad fue la causa tanto del comercio como de las cuantiosas
inversiones de capital realizadas por los británicos en la Argentina. Hacia
1890, Gran Bretaña había invertido 174,8 millones de libras; para 1913, eran
357,7 millones, y en 1934, alcanzaban un pico de 453,1 millones. (1) El caso de
Estados Unidos era muy diferente. Hasta mediados de la década de 1920, las
inversiones francesas y alemanas representaban más que el total norteamericano.
En la década siguiente, las inversiones norteamericanas ocuparon el segundo
lugar, pero muy lejos de las británicas y apenas por encima de las francesas.
(2)
Por
otra parte, los saldos del comercio con Gran Bretaña eran favorables para la
Argentina, al contrario de lo que sucedía con Estados Unidos. En 1929, el superávit
comercial con Gran Bretaña fue de 352 millones de pesos y el déficit con
Estados Unidos fue de 367 millones de pesos oro. El desequilibrio con el último
se debía a que las economías eran competitivas. (3)
Si
bien la Primera Guerra había permitido cierta sustitución de industrias y había
promovido el debate sobre la necesidad del control nacional de los pozos de petróleo,
de la creación de una marina mercante, del establecimiento de tarifas para
promover la industrialización y del control sobre las exportaciones más
importantes, la prosperidad de los años ´20 provocó que fueran pocos los que
se manifestaran en contra de la dependencia del mercado inglés. La política
exterior del gobierno argentino estaba, desde las últimas décadas del siglo
XIX, orientada a mantener el conjunto de relaciones que determinaban para la
Argentina un tipo de inserción en la economía mundial y permitían su
crecimiento. Como, debido a los factores explicitados arriba, la relación más
importante era la que se mantenía con Gran Bretaña, la labor de la cancillería
argentina estaba dirigida a evitar interferencias en la misma. Consecuentemente,
sólo eran consideradas de interés vital para el país aquellas cuestiones que
tenían que ver con el comercio, las facilidades a la exportación y las
relaciones en general con Gran Bretaña. Esto
se tradujo incluso en la oposición a cualquier organización hemisférica que
pudiera colocar a la Argentina en situación de subordinación a otra nación o
conjunto de naciones, lesionando de esa manera la relación con Gran Bretaña.
Dicha oposición llevó al gobierno argentino a impugnar las iniciativas de
Estados Unidos en las cuestiones panamericanas.
La
situación cambiaría dramáticamente a partir de la crisis de 1929-1930. Esta
provocó un cese en el flujo de capital británico hacia la Argentina y
un cambio de posición en los dominios de Gran Bretaña, que comenzaron a
demandar un acceso privilegiado a los mercados británicos en detrimento de los
intereses argentinos. A la vez, la crisis produjo un cambio en el pensamiento
económico argentino, propugnándose la necesidad de atemperar la dependencia
argentina respecto de Gran Bretaña, y de explorar la posibilidad de otras
relaciones comerciales. Así, la política exterior argentina posterior a 1930
estaría apuntada a tratar de diseñar un modelo de desarrollo independiente del
imperio. No obstante, como ésta era una tarea a largo plazo y no exenta de
grandes dificultades, la necesidad de conservar el mercado británico para las
exportaciones argentinas siguió siendo primordial, incluso a costa de
concesiones que a muchos parecieron excesivas.
Pero
el desequilibrio que se había producido en el intercambio comercial
argentino-británico a partir de la guerra provocó que el mercado argentino no
fuera tan importante para los británicos como había sido hasta ese momento, lo
cual a su vez hizo a los últimos menos sensibles a las necesidades argentinas.
A fines de 1931, el embajador argentino en Londres, Manuel Malbrán, solicitó
al secretario de relaciones exteriores que le anticipara cuál sería la cuota
del trigo. Al mismo tiempo, la Sociedad Rural Argentina postulaba que se
concedieran tarifas especiales a Gran Bretaña a fin de proteger la industria de
la carne. (4) Pero éstos intentos no tuvieron éxito. El Foreign Office postergó
toda discusión al respecto hasta después de la Conferencia Imperial que debía
reunirse en Ottawa, en julio de 1932. Los cambios en la economía británica ya
no permitían privilegiar las exportaciones argentinas, y la influencia que
estaban adquiriendo los dominios en las decisiones políticas del Imperio
disminuía el poder de decisión del Foreign Office.
En
un primer momento, el movimiento proteccionista dentro del Commonwealth no pareció demostrar que afectaría a la Argentina.
Malcolm Robertson, quien había sido embajador en la Argentina, señaló que
“la Argentina debía ser considerada como parte esencial del Imperio Británico.
No podemos pasar sin ella, ni ella sin nosotros”. (5) A la vez, una señal de
que los argentinos no esperaban consecuencias demasiado funestas de todo el
asunto fue la advertencia que el diario La Prensa hizo en febrero de 1932
a Gran Bretaña, señalando que si se producía alguna discriminación, la
Argentina exportaría menos alimentos a Gran Bretaña y vendería más a otros
países. (6) Pero, a medida que se acercaba la reunión de Ottawa, se tornaba
evidente que los dominios consideraban a la Argentina como un país extranjero,
y que Gran Bretaña no tendría otra salida que confirmar su compromiso con los
primeros. Estando en uso de licencia, el embajador Malbrán ofreció al
embajador británico en Buenos Aires Macleay adoptar el mismo o mejor trato
preferencial que se otorgara a cualquiera de los dominios, que además era lo
que el Foreign Office había estado buscando. Macleay dio su opinión al
respecto:
(...) me parece que, a la luz de esta declaración nuestra delegación en Ottawa puede argumentar lógicamente que, si el Gobierno de Su Majestad en el Reino Unido decidiera imponer tarifas sobre carne importada y posiblemente sobre otros productos alimenticios, y al mismo tiempo conceder a los Dominios, ya sea una completa exención o importantes rebajas en los impuestos de aduana, en retribución de preferencias existentes a favor de nuestros productos manufacturados, éstas sólo podrían esperarse en el entendimiento de que a cada país extranjero que quiera y pueda conceder un trato preferencial igual o mejor, a los productos del Reino Unido, se les deberá hacer, por lo tanto, la misma excepción o rebaja.
La
respuesta de Ottawa fue tajante, significando la derrota de la posición del
Foreign Office y un serio golpe al comercio argentino:
(...) la sugerencia de que cualquier país extranjero pueda obtener las mismas ventajas que los Dominios, violaría toda la cuestión de la Imperial Preference link of Empire. Cualquier insinuación de que la Argentina podría participar en ella, jamás debería ser tomada en consideración por las delegaciones de los Dominios, y el proponerlo, destruiría toda tentativa de acuerdo. Comuníquenlo al embajador en Buenos Aires para evitar falsas esperanzas. (7)
Aunque
el embajador británico cumplió con sus instrucciones, el gobierno argentino no
pareció tomar plenamente conciencia de la situación, a tal punto que el
ministro de agricultura aseguró en un discurso pronunciado en la Exposición
Rural que Gran Bretaña sería renuente a elevar las tarifas debido a sus
grandes inversiones en la Argentina, la calidad de los productos argentinos que
aquella recibía, los intereses navieros involucrados y los lazos morales que unían
a ambas naciones. En el Foreign Office se juzgó al ministro más optimista de
lo que los hechos lo permitían.
El
embajador Malbrán regresó a Londres para lograr algún entendimiento formal a
fin de atenuar las consecuencias de la competencia de los dominios británicos.
No consiguió nada. Además no ayudó a sus negociaciones el hecho de que el
Comité Anglo-Argentino y el Foreign Office adoptaran oficialmente la línea
dura triunfante en Ottawa. Al gobierno argentino se le comunicó que ya no
gozaba del libre acceso al mercado británico por haberse adoptado una nueva política.
Evidentemente las opiniones contrarias a la última, que quedaron registradas en
los documentos diplomáticos internos, no alcanzaron para evitar su implementación.
Ciertos
temas puntuales muy conflictivos impedían iniciar las conversaciones formales
que el gobierno argentino deseaba con urgencia. Estos eran: el control sobre la
cuota de exportación de carne, las tarifas preferenciales que se otorgarían a
Gran Bretaña, las garantías de acceso al cambio que tendrían los comerciantes
británicos y las limitaciones a las restricciones que se impondrían al
comercio con la Argentina. (8) A fines de 1932, amargado por la situación a que
se había llegado entre los dos países, el embajador Malbrán estaba decidido a
renunciar. El gobierno argentino no estaba dispuesto a hacer más concesiones.
En
febrero de 1933, el Foreign Office propuso el tema en una reunión de gabinete,
logrando que el Departamento de Agricultura y el Board
of Trade aceptaran una limitación en las restricciones que afectarían las
importaciones de carne argentina. Por su parte, Malbrán debió pasar por alto
el hecho de que el control de la cuota de carne de exportación estuviera en
manos de empresas extranjeras. Allanado así el camino para iniciar
negociaciones, el vicepresidente Julio A. Roca (h.) se dirigió a Londres, donde
debía encontrarse con sir Walter Runciman, presidente del Board
of Trade. (9)
Roca
pretendía establecer formalmente en un tratado las pautas mínimas recíprocas
que habían existido entre ambos países hasta ese momento. Entre ellas
figuraban un nivel mínimo de exportaciones argentinas y la creación de un vínculo
tal entre ambos países que las empresas británicas radicadas en la Argentina
quedaran ligadas a la prosperidad del país y fueran un freno al proteccionismo
británico. No obstante, algunos ministros del gobierno argentino no estaban de
acuerdo en que Roca consiguiera su objetivo a cualquier precio. El ministro de
hacienda, Alberto Hueyo, no era partidario del ofrecimiento de concesiones en
tarifas y divisas, porque quería mantener un control estricto sobre el cambio;
y el ministro de agricultura, Antonio de Tomaso, consideraba que el gobierno
argentino debía obtener el derecho de distribuir la cuota de carne entre los
frigoríficos. A su vez, el canciller Carlos Saavedra Lamas procuraba fortalecer
la posición de su enviado a Londres, tratando de obtener nuevos mercados
especialmente en Estados Unidos.
Runciman,
convencido de que su aceptación de la limitación en las restricciones de las
importaciones de carne argentina era suficiente concesión, consideraba que era
el gobierno argentino el que debía ceder. Señalaba además el desequilibrio en
el balance del comercio anglo-argentino, pues las exportaciones británicas
representaban un 4% del total, en tanto las exportaciones argentinas a Gran
Bretaña representaban un 37% de todas las exportaciones del país. (10)
En
abril de 1933, las negociaciones estaban al borde de la ruptura. Finalmente, la
opinión de Roca se impuso sobre la de Hueyo y Saavedra Lamas y los argentinos
aprobaron las condiciones británicas, quedando la distribución de la cuota de
carne en manos de las empresas extranjeras y obteniendo los británicos una última
concesión en materia de emisión de valores de cambio. Como contrapartida al
gobierno argentino se le garantizaba el acceso al mercado británico. En opinión
de algunos autores, sin medios para conseguir otras concesiones de Gran Bretaña,
la Argentina no tenía otra opción. No existían en ese momento otros mercados
para la exportación de carne y cereales. Con el tratado se lograba una
estabilidad de mercado, hasta tanto pudiera diversificarse la economía
argentina. (11) Sin embargo, no todos en la Argentina lo percibieron así. El
ministro de hacienda Hueyo renunció por su discrepancia con las concesiones
sobre tarifas y cambios. Los grupos nacionalistas atacaron el pacto porque en su
opinión perpetuaba la dependencia de la economía argentina respecto del
imperio británico.
Por
cierto, los problemas reaparecieron cuando se conocieron los embarques
experimentales de carne congelada provenientes de los dominios, que violaban el
pacto Roca-Runciman, y al demorarse la investigación bilateral que debía
realizarse a los frigoríficos en la Argentina. El conflicto burocrático
suscitado sobre la cuestión en el gobierno británico quedó registrado en una
minuta del Foreign Office:
(...) con respecto a las exportaciones de carne congelada por parte de los Dominios, el Board of Trade considera que no podemos seguir admitiendo que nuestros compromisos en los Art. 1 y 2 se cumplen, y que el Dominions Office está de acuerdo en que preguntemos al gobierno argentino si nos puede relevar de estos compromisos. Esto último parece bastante difícil si consideramos que estamos en tratativas para conseguir una exención de impuestos. Desde el punto de vista del Foreign Office, estima que con igual urgencia debe comunicarse, total y francamente, a los Dominios, nuestros compromisos con la Argentina, puesto que no hay razón para no hacerlo. (12)
A su
vez, el embajador Henderson daba su
percepción del problema a sus superiores:
(...)
El problema se resuelve inevitablemente por sí mismo en dos alternativas: o
proteger el vasto capital e intereses del Reino Unido en este país, o
sacrificar estos intereses, a favor del productor y el comercio imperial.
Aunque no estoy en condiciones, obviamente, de asegurar donde están las
ventajas y desventajas, creo que es mi deber destacar la imposibilidad de
negociar en condiciones satisfactorias para los intereses locales del Reino
Unido, sin dar a los intereses argentinos un trato generoso al trazar una línea
para protegerla de futuros abusos en su comercio, abusos como el que ha tenido
lugar en forma de “embarques experimentales” desde los Dominios, y el
aumento sin restricciones, de la producción del país. (...)
En general, yo pediría al gobierno de Su Majestad que considerara, si, en
atención al monto del capital invertido aquí, de hecho, mucho mayor que el
invertido en los Dominios, no convendría tratar a la Argentina, con propósitos
económicos, como parte del Imperio Británico. (13)
Obviamente
los dominios insistieron en su posición. El gobierno australiano afirmó que a
pesar de la existencia del tratado debía permitirse a los dominios enviar a la
metrópoli toda la carne y terneros que fuera posible. El representante
australiano advirtió personalmente al embajador Malbrán “que la
responsabilidad de cualquier ruptura del mercado en 1936, debida a excesivas
importaciones de carne congelada, sería totalmente de la Argentina”. (14)
Malbrán buscó ayuda en el Foreign Office, pero el secretario para asuntos
exteriores había recibido instrucciones de sacrificar los derechos del tratado
a fin de asegurar las ganancias de los australianos. La posición del Foreign
Office frente a otras agencias gubernamentales británicas no era demasiado sólida.
En cuestiones de finanzas y comercio, el Dominions Office tenía más peso y el Board of Trade contaba con acceso directo al gabinete. Runciman poseía
suficiente fuerza política como para intimidar incluso al Primer Ministro. De
esta manera, para el Foreign Office resultaba sumamente incómodo tener que señalar
a los miembros del gobierno o a los representantes de los dominios que los
compromisos con el gobierno argentino no estaban siendo respetados y que los
reclamos británicos no eran justos. Según Tulchin, los intereses de otro país
y el jugar limpio tenían poco atractivo en la Cámara de los Comunes.
Repetidamente se sacrificaba a los argentinos en beneficio de la política
imperial, entre otras razones porque una ofensa al gobierno argentino tenía un
menor costo político que las otras alternativas. (15)
Con
todo, en diciembre de 1936, se firmó una renovación del pacto de 1933,
estipulando que, en caso de regularse cuantitativamente las importaciones británicas
de carne, la cuota argentina sería sujeta sólo a reducciones graduales y su
proporción sobre el total de las importaciones británicas se mantendría
estable. Iniciada la guerra, la Argentina mantuvo una posición de privilegio en
la provisión de carnes británica. El 6 de septiembre de 1939 comenzó la
primera de una serie de reuniones entre importadores, países productores y el
gobierno británico, y sólo se invitó al representante argentino. Pero al
gobierno argentino también le preocupaba el flujo de productos británicos. Así,
el 9 de octubre tuvo lugar una reunión interdepartamental en Londres para
estudiar la política británica de exportaciones hacia la Argentina. Se decidió
otorgar a la Argentina la oferta más firme posible sobre el mantenimiento de la
provisión de goma, productos de metal terminados, productos de química
industrial, motores eléctricos, carbón, asbestos, material para empaquetar, y
té, en los niveles prevalecientes. Lo mismo no podía garantizarse, sin
embargo, para textiles, hierro, acero y cobre. (16)
NOTAS
La cifra para 1890 ha sido tomada de H.S. Ferns, The Development of British Enterprise in Argentina, 1806-1895, tesis de Ph.D., Universidad de Cambridge, 1950; las otras son de Mauricio E. Greffier, La acción del capital extranjero en el desarrollo de la economía de la América latina, Buenos Aires, 1945, cit. en C. Escudé, op. cit., pp. 28-29.
V.L. Phelps, The International Economic Position of Argentina, Philadelphia, 1938, p. 105, cit. en ibid., p. 29.
M. Rapoport, “El triángulo argentino...”, op. cit., p. 259.
Carlos Tornquist, “El Balance del Año Comercial”, Revista de Economía Argentina, vol. XXVIII, 1931; conversaciones de Malbrán con Sir John Simon, FO A7013/7013/2 y A7022/7013/2; Times (Londres), diciembre 4, 1931, 13b, y marzo 24, 1932, 7b; Archivos del Departamento de Estado, Archivo Nacional, Record Group 59 (RG 59), 611.3531/105, de Bliss, julio 6, 1932; La Fronda, diciembre 16, 1931, 4:6; Daniel Drosdoff, El gobierno de las vacas (1933-1956). El Tratado Roca-Runciman, Buenos Aires, La Bastilla, 1972, pp. 14-15, citados en Joseph A. Tulchin, “Argentina, Gran Bretaña y Estados Unidos, 1930-1943, Revista Argentina de Relaciones Internacionales, Buenos Aires, CEINAR, Año II, Nº 5, mayo-agosto 1976, pp. 62-63.
FO A4751/52/2, junio 17, 1929. Los mismos sentimientos luego expresados por Robertson en 1932, Times (Londres), enero 27, 1932, 12c; y por Sir William Morris, Presidente del National Council of Industry and Commerce, Times (Londres), abril 10, 1931, 7c. El Times simpatizaba con los puntos de vista del Comité Anglo-Argentino y publicó algunos artículos apoyando su posición en 1930, 1931, y primeros meses del 32. Por ejemplo, diciembre 23, 1930, 15c; febrero 18, 1931, 11b, y marzo 16, 1932, 9b, fuentes citadas en ibid., p. 63.
La Prensa, febrero 13, 1932, 8:4; también enero 29, 1932, 9:2; RG 59, 611.3631 105 y 106, julio 6 y 25, 1932; FO A4814/4453/2, julio 22, 1932, cit. en ibid., p. 63.
Ofrecimiento de Malbrán, informe de Macleay, política del Foreign Office y su rechazo, en FO A4565/1040/2, cit. en ibid., pp. 63-64.
FO 371/15789 y 16531, fichas 48/2 y 1050/2, cit. en ibid., p. 64.
La depresión de Malbrán está en: FO A110/48/2, minuta de Craigie, enero 2, 1933. La misma desesperación está reflejada en RG 59, 635.4131/65, de Bliss, noviembre 4, 1932. El enojo de la Argentina contra Gran Bretaña está en La Fronda, diciembre 29, 1932, 1:3-5; Times (Londres), noviembre 3, 1932, 11a; La Prensa, noviembre 29, 1932, 8:6 y 1; Informe Anual de la Embajada Británica del año 1932, FO A1713/1713/2, febrero 6, 1933. El último compromiso y la simpatía del Foreign Office por la Argentina, en FO A7192/1040/2, de Macleay, octubre 15, 1932 con Minutas, y A1033/48/2, Minuta, febrero 9, 1933, cit. en ibid., p. 64.
D. Drosdoff, op. cit., pp. 24-36, cit. en ibid., p. 65.
J.A. Tulchin, op. cit., pp. 66 y 68; R.A. Potash, op. cit., p. 127.
Minuta del Foreign Office, FO A838/27/2, enero 21, 1935, cit. en J.A. Tulchin, op. cit., p. 67.
FO 10328/111/2, diciembre 5, 1935, cit. en ibid., pp. 74-75. Los esfuerzos argentinos para beneficiarse con esto en FO A3772/359/2, abril 27, 1934; A4961/111/2, mayo 28, 1935.
Minuta del Foreign Office, FO A9720/27/2, noviembre 15, 1935. Sobre la composición de fuerzas dentro del gobierno británico, FO A376/359/2, minuta, enero 11, 1934, y A760/359/2, enero 23, 1934, cit. en ibid., p. 67.
Ibid., p. 67.
AS 995/142/2, FO 371/22708; minuta de Perowne, 3/10/39, A 6775/29/2, FO 371/22704; A 6955/, A 7067/, y A 7080/29/2, FO 371/22705, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 81.
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