La búsqueda de una política comercial más fluida con Estados Unidos como camino alternativo
A
comienzos de la década de 1930 las inversiones norteamericanas en la Argentina
habían crecido considerablemente, pero el intercambio comercial entre ambos países
se veía afectado por las barreras aduaneras. En septiembre de 1926, el
Departamento de Agricultura norteamericano había establecido ciertas
restricciones sobre la alfalfa y la fruta, y la prohibición de importar carne
fresca o congelada de regiones afectadas por la aftosa. A esto se añadieron las
tarifas de la ley Smoot-Hawley de 1930, todo lo cual afectó seriamente las
exportaciones argentinas al mercado norteamericano. Como contrapartida, en
febrero de 1931, el gobierno del general Uriburu decretó aumentos de tarifas
sobre una serie de productos norteamericanos. (1) El intercambio bilateral llegó
así a su punto más bajo en 1932, cuando su valor representó apenas la séptima
parte del alcanzado en 1929, siendo el más bajo registrado desde 1908. (2)
Por
cierto, el problema comercial más serio entre los dos países fue la
controversia desatada respecto de la aftosa en la carne argentina. El gobierno
argentino y los medios de prensa interpretaron la prohibición sanitaria como
una medida discriminatoria motivada por los intereses económicos de los
productores norteamericanos. La cuestión se vio agravada porque el gobierno
británico no asumió la misma actitud que las autoridades norteamericanas. (3)
La diferencia de actitudes de los gobiernos británico y norteamericano impulsó
una actitud antinorteamericana en la opinión pública que se vio reflejada en
el comportamiento abiertamente confrontacionista que adoptaron en las décadas
de 1930 y 1940 algunos sectores de la clase política argentina hacia los
intentos panamericanistas norteamericanos.
No
obstante, mientras el sistema multilateral de comercio estuvo en vigencia, el
gobierno argentino podía compensar el déficit de su comercio con Estados
Unidos con el superávit del intercambio con Gran Bretaña. Pero, previendo las
dificultades en el comercio con el último país, el gobierno argentino comenzó
a tantear la posibilidad de alcanzar un acuerdo con el gobierno norteamericano.
El gobierno de Justo no ocultó la aplicación de la discriminación cambiaria
para lograr su objetivo. (4)
El embajador argentino en Washington, Felipe A. Espil, reabrió
la cuestión de la carne en una nota enviada al Departamento de Estado el 22 de
junio de 1933. En esta ocasión, el Departamento de Estado, el secretario de
agricultura, Henry Wallace, y su secretario asistente Tugwell apoyaron la admisión
de la carne patagónica (según el gobierno argentino, ésta estaba libre de
aftosa), pero chocaron con la firme oposición del Bureau of Animal Industry y
del asesor legal del Departamento de Agricultura, con cuya interpretación
coincidió además el fiscal general. (5)
Espil no se desanimó y al mes siguiente –julio de 1933-
presentó la cuestión de alcanzar un entendimiento con vistas a un tratado
comercial al presidente Roosevelt, obteniendo el compromiso de que la Argentina
sería incluida en la nómina de países con los cuales Estados Unidos tenía
previsto negociaciones. El 5 de octubre, el embajador entregó un memorándum
que señalaba la disposición de las autoridades argentinas a entablar
negociaciones a cambio de que el gobierno de Washington se aviniera a
restablecer los índices aduaneros de las tarifas Underwood-Simmons de 1913, a
modificar las restricciones sanitarias y de otro tipo, y a otorgar mayores
seguridades contra futuras medidas discriminatorias. (6) Pero, a pesar de la
promesa del presidente norteamericano, el Departamento de Estado demoró el
tratamiento del asunto, argumentando que así evitaría roces con el Congreso y
podría preparar políticamente el campo, si bien aceptó recibir a técnicos
argentinos para unas conversaciones preliminares. A fines de 1936, Cordell Hull
le expresó a Saavedra Lamas que temía que el propósito de ambos pudiera ser
impedido por el Congreso. (7)
Desde un comienzo, el Departamento de Estado planteó que el
control de cambios era una cuestión política entre los países y que éste debía
terminar antes de comenzar las negociaciones formales. Los argentinos señalaron
que el control de cambios constituía una forma de tarifa y que debía ser
tratado con los demás asuntos en el curso de las conversaciones. Como no hubo
acuerdo al respecto, el asunto se estancó. Según Tulchin, un acuerdo comercial
con la Argentina figuraba como posible en la política comercial norteamericana
de ese momento. Los funcionarios del Departamento de Estado a cargo de los
asuntos de la región bajo la dirección de Sumner Welles coincidían en que las
disposiciones tarifarias no eran justas con los productos argentinos. Pero el
obstáculo principal radicaba en la desfavorable repercusión que la admisión
de productos argentinos en el mercado norteamericano provocaría en todo el
programa agrícola. A pesar de su inicial decisión favorable, le sería muy difícil
al presidente continuar apoyando los intereses argentinos, cuando esto podía
provocar la destrucción de la coalición que le permitiría llevar adelante su
programa rural, enemistar a su Departamento de Agricultura y producir una
conmoción en el Congreso. (8)
La consulta al secretario de agricultura, Henry Wallace, dio
como resultado un informe negativo. En diciembre de 1933, éste respondió que
hacer concesiones a la Argentina redundaría en una pérdida para la economía
doméstica y que un tratado con este país podría tener justificación únicamente
como parte de un amplio programa de acuerdos bilaterales con otros países, por
los cuales fuera previsible que éstos aumentaran sus importaciones de productos
agrícolas norteamericanos. (9)
El Departamento de Estado consultó también con el Comité
Asesor Interdepartamental sobre Tratados Recíprocos (Interdepartmental Advisory Board on Reciprocal Treaties), que estaba
más de acuerdo con las demandas del sistema político internacional. El
Departamento obligó entonces a acordar una rebaja en los derechos de aduana,
especialmente sobre el lino, al que los argentinos atribuían gran importancia.
Wallace no cumplió con la decisión, pues consideraba que el éxito en el plan
para reducir la superficie cultivada con trigo radicaría en darles a los
agricultores todas las alternativas posibles. El secretario de estado adjunto,
Francis B. Sayre, se dirigió entonces a Roosevelt para que zanjara la cuestión.
Sayre advertía que el lino no era fundamental para Estados Unidos y sí lo era
para la Argentina, por lo cual, desde una perspectiva económica, rebajando el
impuesto a este producto se podrían obtener concesiones del país sudamericano.
En cuanto al aspecto político, la cuestión quedaba abierta para la discusión.
(10) El presidente resolvió demorar la decisión hasta consultar con los
legisladores, evitando así presionar a Wallace a llevar a cabo algo que éste
consideraba poco prudente. El Departamento de Estado entretanto se ocuparía de
otros tratados comerciales. Con el correr del tiempo, el éxito obtenido por el
programa comercial de Hull pospondría las negociaciones con la Argentina, pues
no interesaba al gobierno norteamericano iniciar tratativas simultáneas con
muchos países agrícolas.
De todas maneras los estudios técnicos continuaron. El
Departamento de Estado consideraba que el punto principal de las conversaciones
debía ser cómo importar el lino de la Argentina, tratando de beneficiar al
agricultor norteamericano sin modificar la ley de Adjudicación Agrícola (Agricultural
Allotment Act).
(11) El comité interdepartamental con la intervención de Espil continuó
las negociaciones preparatorias y, a fines de 1934, la posición norteamericana
había quedado establecida: una quita de 10% en el impuesto sobre los ítems
protegidos y de 50% en el lino. El Departamento de Estado obtuvo el visto bueno
de Wallace y volvió a llevar el asunto a Roosevelt, señalando que era una
“cuestión política fundamental”, un asunto de “vital y urgente
importancia para la totalidad de nuestro programa de acuerdos comerciales
(...).” (12) El Departamento de Estado ganó el caso pero a un alto costo político,
pues no era factible llevar a decisión del presidente todos los desacuerdos con
el secretario de agricultura.
Durante las agudas sequías de 1935 y 1936, el embajador
Espil trató de vender maíz a Estados Unidos. Los Departamentos de Estado y de
Comercio estuvieron de acuerdo en aceptarlo y las discusiones progresaron.
Aparentemente, como se menciona en el capítulo correspondiente dedicado al
aspecto económico de la relación bilateral, y según datos de Sweet, entre
1935 y 1937 se registraron importaciones de maíz argentino en el mercado
norteamericano. Pero el secretario Wallace no estaba de acuerdo y era manifiesta
la hostilidad de los funcionarios del Departamento de Agricultura hacia
cualquier negociación con la Argentina. Por cierto, un funcionario del
Departamento de Comercio consideró que en dicha actitud residía un
“verdadero peligro”, pues podría acarrear represalias que arruinarían el
comercio norteamericano-argentino. (13) Más aún, algunos intereses agrícolas,
muchos consejos comerciales y representantes de intereses bancarios se oponían
a las restricciones en las importaciones de maíz, a fin de que una liberalización
del comercio permitiera a la Argentina saldar su deuda externa, si bien estos
intereses no regían para el sólido bloque del medio oeste agrícola. (14) Con
todo, Herbert Feis, el consejero económico, y Hull decidieron en 1938 que no
tenía sentido seguir presionando, si se carecía del apoyo del Departamento de
Agricultura. Además, debieron considerar la posibilidad de repercusiones
internas por cualquier baja en los precios o problemas laborales relacionados
con las importaciones agrícolas. De esta manera, si bien continuaron
sustentando la posición argentina, no tuvieron éxito.
El tema del lino terminó en lo mismo. Varios senadores
decidieron proteger su producción, bajo amenaza de no apoyar la cuota del azúcar
si los impuestos sobre los aceites recibían alguna reducción. En realidad, el
único apoyo del Departamento de Estado para oponerse a los legisladores eran
los industriales de la pintura, y éstos afirmaban que no habían intentado
llegar hasta el Congreso porque la “combinación de los intereses del azúcar,
lino y aceite comestible serían muy duros de vencer”. (15) El Departamento
comunicó entonces al gobierno argentino que habría que esperar hasta que el
agricultor norteamericano se convenciera de la conveniencia de aplicar una política
comercial liberal, lo cual nunca llegó a producirse. De esta manera, una serie
de obstáculos, como la tarifa Smoot-Hawley, el control de cambios, las
dificultades económicas norteamericanas y el poder político de los estados agrícolas
frustró los intentos por resolver los problemas comerciales
argentino-norteamericanos.
Recién en agosto de 1939, unos días antes de que estallara
la Segunda Guerra Mundial, el Departamento de Estado hizo el anuncio formal de
su intención de negociar un acuerdo bilateral con el gobierno argentino. La
propuesta de Washington incluía concesiones comerciales respecto de una
variedad de productos argentinos pero excluía de las mismas las carnes
enfriadas. Las negociaciones prosiguieron hasta enero de 1940, pero sin éxito.
En el comunicado conjunto explicando la suspensión de las mismas, las
autoridades norteamericanas subrayaron la falta de disposición argentina para
aceptar la proposición de Estados Unidos de cupos aduaneros para productos
tales como la semilla de lino y las carnes envasadas. (16) Finalmente, los
gobiernos de la Argentina y Estados Unidos cerraron un tratado comercial en
octubre de 1941, que no constituyó un logro demasiado relevante porque el
problema sanitario siguió sin resolverse.
Por
cierto, el descontento interno por el pacto Roca-Runciman con Gran Bretaña, y
la imposibilidad, durante muchos años, de alcanzar una solución alternativa a
través de un tratado comercial con Estados Unidos generaron un nacionalismo
argentino apuntado a una mayor independencia de acción en asuntos
internacionales y a reforzar el control gubernamental sobre la economía. Esto
dificultó la búsqueda de bases políticas para la seguridad hemisférica y,
cuando se produjo el enfrentamiento entre los países del Eje y los aliados,
llevó al gobierno argentino a adoptar una posición de neutralidad como forma
de preservar sus intereses políticos y económicos.
NOTAS
A. M. Warren, cónsul en Buenos Aires, al Secretario de Estado, 5 de marzo de 1931, RSC, Department of State, 635.113 / 17, cit. en Harold F. Peterson, La Argentina y los Estados Unidos, 2 vols., Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, vol. II, p. 76.
Dana Royden Sweet, A History of United States-Argentine Commercial Relations, 1918-1933: A Study of Competitive Farm Economies, Ph.D. dissertation, Syracuse University, 1972, pp. 193 y 195.
Ibid., pp. 259-260 y 263; Arturo A. O’Connell, “La fiebre aftosa, el embargo sanitario norteamericano contra las importaciones de carne y el triángulo Argentina-Gran Bretaña-Estados Unidos en el período entre las dos guerras mundiales”, Desarrollo Económico, vol. 26, Nº 101, Buenos Aires, abril-junio 1986, p. 26.
“Papers Relating to the Foreign Relations of the United States” (FRUS), 1933, vol. V, pp. 650-51; FRUS, 1934, vol. IV, pp. 329-422; FRUS, 1935, vol. IV, 278-80; RG 59m 611.3631/285, noviembre 2, 1934, cit. en J.A. Tulchin, op. cit., p. 68.
D.R. Sweet, op. cit., pp. 248-251.
FRUS, 1933, IV, pp. 510-511, 642-643, 650, 661-681; Memorándum del Secretario de Estado interino, 12 de julio de 1933, FRUS, 1933, IV, p. 646, fuentes citadas en H.F. Peterson, op. cit., II, pp. 79-80.
RG 59, 611.3531/270, Welles, memorándum, septiembre 6, 1934; FRUS, 1936, V, cit. en J.A. Tulchin, op. cit., p. 69.
Ibid.
RG 59, 611.3531 221, Wallace al secretario de Estado, diciembre 1º, 1933, cit. en ibid., p. 70.
RG 59, 611.3531 229, Sayre a Roosevelt, diciembre 27, 1933, y el Latin American Division Memorandum, sin fecha, cit. en ibid.
RG 59, 611.353 Linseed 23, Economic Adviser’s Memorandum, agosto 9, 1934, cit. en ibid.
Ibid.
RG 59, 611.353 Trigo/33, Memorándum sin fecha, cit. en ibid., p. 71; D.R. Sweet, op. cit., pp. 193 y 195.
RG 59, 611.353 Linseed/73, Trade Agreements Division Memorandum, febrero 18, 1937, cit. en J.A. Tulchin, op. cit., p. 75.
Idem supra, cit. en ibid., p. 71.
H.F. Peterson, op. cit., II, pp. 82-83. Peterson cita las siguientes fuentes: Departamento de Estado, Bulletin, II, 13 de enero de 1940, 42; para las observaciones efectuadas por el embajador Armour, el despacho que éste envió al Secretario de Estado, 29 de enero de 1940, FRUS, 1939, V, 294-302; para la declaración oficial argentina acerca de la terminación de las negociaciones, The New York Times, 14 de enero de 1940. Ibid., II, p. 82.
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