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Los argentinos se habían sentido a lo largo de su historia más europeos que americanos Exceptuando Estados Unidos, la Argentina fue el país que más inmigrantes europeos recibió. Esto, sumado a su inserción en la estructura económica del Imperio Británico y su comercio con otras potencias europeas, a su grado de desarrollo socio-económico relativo, y a su propia percepción, coadyuvó a que la Argentina fuera considerada una “potencia europea” hasta mediados de 1950. También era percibida así por el gobierno norteamericano. En un memorándum del Departamento de Estado de 1925, se señalaba que “la Argentina se considera a sí misma más europea que americana”. Incluso se la acusaba de albergar sentimientos racistas hacia otros países latinoamericanos, y de aspirar al dominio económico del sur de Sudamérica. Estas características conducían, a juicio de los observadores norteamericanos, a una política exterior antinorteamericana y a la neutralización del poderío de Estados Unidos merced al apoyo de potencias europeas. (1) Los documentos producidos en el mencionado Departamento sobre la Argentina siempre traducían la conciencia de un choque de “destinos manifiestos” opuestos.
   
Por cierto, uno de los motivos de mayor preocupación en América latina respecto de la política exterior de Estados Unidos era el intervencionismo de este país en el área del Caribe. Entre 1898 y 1920, los marines norteamericanos habían invadido el territorio de los estados del área del Caribe en veintiún oportunidades. Tales acciones, realizadas en la supuesta defensa de los derechos de propiedad de ciudadanos extranjeros, eran considerados legales según la ley internacional por Estados Unidos, Gran Bretaña y algunos otros estados; no obstante, existía el temor de que alguna potencia europea llevara a cabo una acción similar. Luego de la Primera Guerra Mundial, las posibilidades de que esto se produjera disminuyeron, y las intervenciones militares norteamericanas fueron evaluadas como demasiado costosas para la protección de los ciudadanos norteamericanos y sus propiedades, y muy poco efectivas para la promoción de la democracia. De esta manera, se desarrolló una teoría que sostenía que, a través de lo que Dean Acheson llamaba “la renuncia a la dominación”, los intereses nortamericanos estarían mejor servidos, siempre y cuando América latina respondiera con cierto grado de reciprocidad. La “anticipación de la reciprocidad”, expresión acuñada por Sumner Welles, era esencial para lo que luego se convertiría en la política del Buen Vecino. (2)
   
En su primera fase, desarrollada entre 1921 y 1936, y afianzada hacia 1928, la nueva política apuntó a defender los intereses norteamericanos por medios más sutiles, pero igualmente eficaces. No obstante, en 1936 los objetivos políticos del gobierno norteamericano cambiaron radicalmente, buscando éste a partir de entonces convencer a los gobiernos latinoamericanos de que sus intereses de política exterior eran los mismos que los de Estados Unidos. (3) Muchos estadistas norteamericanos consideraron que era tiempo de que los que se beneficiaran con la política del Buen Vecino demostraran reciprocidad por la “renuncia a la dominación”.
   
Sin embargo, las expectativas norteamericanas fracasaron respecto de la Argentina, por varios motivos: a) la renuncia a la dominación no significaba nada para la Argentina, pues este país nunca había sido dominado por Estados Unidos; b) los intereses de la política exterior de la Argentina no eran idénticos a los de Estados Unidos sino opuestos; c) a pesar de que Estados Unidos había adoptado una política importadora más liberal para acompañar la política de Buena Vecindad, ningún acuerdo era posible con la Argentina debido a la oposición de los intereses de los productores agropecuarios del medio oeste norteamericano; y d) la misma expresión “política del Buen Vecino” era ofensiva hacia la Argentina, en razón de la situación geográfica de ambos países. Aquélla parecía más bien hacer referencia a la “órbita de influencia”, que era un estándar imperialista. Todos estos factores incidirían pues en el rechazo de las pretensiones norteamericanas por el gobierno argentino. Al no tomar conciencia de que la política del Buen Vecino no era aplicable a la Argentina, algunos de los principales estadistas norteamericanos, entre ellos Cordell Hull, calificaron al país sudamericano como “mal vecino”. (4)
   
Por otra parte, el fracaso en establecer una relación comercial satisfactoria para ambas partes dejó a los gobiernos argentino y norteamericano poco espacio y voluntad para buscar posiciones concertadas en otros ámbitos. Las negociaciones en torno a la paz entre Bolivia y Paraguay, contendientes en la guerra del Chaco, mostraron una competencia por el liderazgo en las mismas entre la Comisión de Neutrales impulsada por Estados Unidos y el ABCP, grupo mediador encabezado por la Argentina e integrado además por Brasil, Chile y Perú. Incluso el canciller argentino Carlos Saavedra Lamas respaldó la gestión negociadora de la Sociedad de las Naciones en la guerra del Chaco como un medio adicional de obstaculizar los esfuerzos de Estados Unidos.
   
Asimismo, permanecieron las tradicionales diferencias entre las delegaciones argentina y norteamericana en  cuestiones sensibles de la agenda bilateral tales como el alcance real de la Doctrina Monroe, la reciprocidad comercial, el derecho de intervención y la legítima jurisdicción de la Sociedad de las Naciones. Por cierto estas diferencias se manifestaron tanto en el ámbito multilateral como en el bilateral, y obstaculizaron el acercamiento entre ambos gobiernos.

  1. 835.00/7-14-25, Memo on the Argentine Situation, RG 59, DOS, cit. en C. Escudé, op. cit., p. 41.

  2. B.M. Wood, The Making of the Good Neighbor Policy, New York, 1961, pp. 5-7, cit. en ibid., p. 74.

  3. R.B. Woods, The Roosevelt Foreign-Policy Establishment and the “Good Neighbor”, Kansas, 1979, p. 7, cit. en ibid.

  4. Ibid., pp. 75-76.

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