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El 24 de mayo de 1940, la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires entregó a la cancillería argentina un memorándum en el que expresaba la inquietud norteamericana por el avance de las fuerzas del Eje en Europa y su interés de que todas las repúblicas americanas iniciaran conversaciones secretas con el objetivo de coordinar esfuerzos en el caso de que se concretara alguna agresión extra-hemisférica. El memo agregaba que esta sugestión 

no implicaba ninguna alianza militar, ningún compromiso militar o naval (...) sólo implica que el gobierno de los Estados Unidos cree que la situación mundial se ha vuelto más y más peligrosa, y que por eso parece prudente que las Repúblicas Americanas determinen qué parte podrían desempeñar cada una de ellas en caso de verse obligadas a resistir la agresión contra la paz del Nuevo Mundo, evitando así la duplicidad de sus esfuerzos en caso de ocurrir tal emergencia. (1) 

Otro memorándum del 31 de mayo aclaraba que las medidas defensivas a cargo del gobierno argentino “se limitarían especialmente a la fuerza naval que el gobierno argentino podría utilizar para la protección de sus costas propias y quizá la costa uruguaya contra una agresión extranjera”. (2) 
    Pero las autoridades de la marina norteamericana dieron un paso que iba más allá de estas declaraciones del gobierno. Procuraron contactarse con los oficiales de la armada argentina, y lo hicieron a través del capitán de navío William O. Spears. A su vez, los capitanes de navío Francisco Clarissa y Francisco Renta -el último, segundo jefe del Estado Mayor General-, junto con Pablo Santos Muñoz, en representación de la cancillería argentina, fueron los encargados de entrevistarse con Spears. En la primera entrevista, el delegado norteamericano formuló las siguientes preguntas: a) si, en caso de agresión al continente de origen externo, el gobierno argentino estaba o no dispuesto a cooperar militarmente con los países americanos y, especialmente, con Estados Unidos; b) si, en caso de que decidiera cooperar, el gobierno argentino confeccionaría planes de defensa e indicaría las bases navales y aéreas necesarias para cumplirlos, y c) en caso de que las autoridades argentinas accedieran a cumplir los puntos a) y b), cuáles serían las necesidades y la ayuda de la Argentina. Estos tres interrogantes apuntaban a saber si el gobierno argentino permitiría o no el uso de sus aguas, puertos y bases navales y aéreas, para contrarrestar una amenaza contra países vecinos como Uruguay y Brasil.
    En respuesta a las preguntas del capitán Spears, el capitán Renta sostuvo que la marina argentina no tenía facultades para contestarlas, y que agradecía el ofrecimiento de ayuda, pero no lo creía necesario, dado que la Argentina podría defenderse por sí sola caso de agresión externa. Spears insistió en su oferta, ya que no quería volver a Washington con las manos vacías, pero no pudo obtener nada concreto.
   
No obstante el fracaso de la misión Spears, el gobierno norteamericano siguió explorando para averiguar el grado de voluntad de las autoridades argentinas respecto de una coordinación defensiva regional. Un nuevo intento en este sentido tuvo lugar el 17 de junio de 1940, cuando el embajador de los Estados Unidos envió a la cancillería un memorándum confidencial en el cual se preguntaba si, en caso de agresión a Uruguay, el gobierno argentino prestaría ayuda y cooperaría con el país vecino para resistir dicha agresión. Asimismo se preguntaba si se mantendría igual actitud ante la agresión a cualquier república americana por parte de un Estado no americano. Finalmente, en caso de que se estableciera una base en la costa atlántica que amenazara a la Argentina, se preguntaba si el gobierno argentino desearía la ayuda de Estados Unidos, y si dicha ayuda contaría con facilidades en los puertos, aeródromos y campos de aviación argentinos. Para concretar planes en esta dirección, el memorándum confidencial de la embajada norteamericana sugería conversaciones dentro de un breve plazo entre miembros de los estados mayores de las marinas de ambos países.
   
Antes de responder, la cancillería argentina consultó con los ministros de guerra y marina. El general Carlos Márquez aceptaba la propuesta norteamericana, considerando como grave toda agresión a Uruguay y Brasil. A su vez, el ministro de marina León Scasso, a diferencia de Márquez, contestó negativamente al cuestionario del memo, especialmente en lo que se refería a la colaboración de elementos y bases, opinando que el gobierno argentino debía renunciar a todo intento de negociación. Para justificar su negativa, Scasso recordaba la política de engrandecimiento territorial adoptada por los gobiernos norteamericanos, haciendo también una crítica referencia a la llamada "política del dólar".
   
La negativa del ministro de marina a la propuesta del memorándum de la embajada norteamericana influyó en la respuesta del canciller Cantilo al embajador norteamericano el 28 de junio de 1940:

La  Argentina no ha necesitado en ningún momento de pactos especiales para acudir en defensa de un país americano injustamente agraviado. Es indudable también que, si otra república americana, cuya vecindad a la Argentina hiciera factible la ayuda y la solicitara, el Congreso la autorizaría. Si la Argentina fuera objeto de una agresión, habría de agradecer la ayuda que quisieran ofrecerle las otras repúblicas americanas.
La verdadera colaboración interamericana debe ser permanente y abrazar el terreno comercial y cultural; estas Repúblicas han de progresar y podrán dedicar a su defensa nacional las sumas necesarias para hacer de una agresión al continente americano una empresa tan arriesgada que, ninguna potencia del mundo se atreva a intentarla.

Por último afirmaba que si desgraciadamente llegaba a producirse una situación de peligro, se la examinaría no sólo con el gobierno de los Estados Unidos, sino también con todos los demás gobiernos americanos. (3)  
    Estas gestiones del alto mando norteamericano se reanudaron, aunque con igual resultado, después de la conferencia de cancilleres de La Habana, a través de una visita del teniente coronel R.L. Christian a Buenos Aires en septiembre del mismo año.

  1. A. Conil Paz y G. Ferrari, op. cit.,  p. 86.

  2. Ibid., p. 87.

  3. Ibid., p. 89.

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