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Capítulo 45: Las relaciones con Alemania

El proceso económico expansivo basado en el desarrollo industrial y apuntado a las exportaciones, iniciado luego de la guerra franco-prusiana de 1870-71 y del establecimiento del II Reich, llevó a Alemania a constituirse, en los primeros años del siglo, en uno de los socios comerciales de la Argentina, aunque de mucha menor importancia que Gran Bretaña. La Primera Guerra Mundial puso a prueba la continuidad de la relación bilateral. Si bien el gobierno argentino asumió una posición de neutralidad, lo cual le generó importantes presiones internas y externas, los intereses alemanes se vieron muy perjudicados. El comercio entre ambos países prácticamente se detuvo, multiplicando los problemas financieros. La derrota de Alemania y los acuerdos de Versalles, que castigaron al vencido con reparaciones de guerra y el control de sus fuentes productivas, empeoraron la situación. (1)  
    Con todo, a mediados de la década de 1920, diversas empresas alemanas comenzaron a instalarse en la Argentina. La corriente de inversiones se reanudó y las relaciones comerciales se reactivaron. Pero la presencia del capital alemán no alcanzó grandes proporciones y el inicio de la Segunda Guerra Mundial volvió a detener el comercio. El grado de penetración económica alemana alcanzado hasta ese momento en realidad no sería suficiente para explicar la influencia del nazismo en algunos sectores de la sociedad argentina. Por cierto, fue en los ámbitos militar e ideológico, donde los vínculos adquirieron mayor relevancia. (2)  
    La importancia que se atribuyó al profesionalismo, a partir de 1900, llevó a la difusión de la influencia militar alemana en la Argentina, que se tradujo en el envío de asesores, el entrenamiento de oficiales argentinos en Alemania y la adquisición de armamento germano. Una serie de convenios, suscriptos a fines del siglo XIX, habían dispuesto que el ejército argentino fuera abastecido de equipo militar por fábricas alemanas. Incluso, la Academia de Guerra, inaugurada en abril de 1900, designó a oficiales alemanes para los cargos de director y de cuatro de sus diez profesores. En los años que siguieron, militares alemanes, que vestían uniforme militar argentino, estuvieron a cargo de los cursos más importantes para la formación de los oficiales argentinos. La aceptación de los conceptos militares germanos se incentivó con el entrenamiento de oficiales argentinos en Alemania. (3)  
    Los vínculos militares interrumpidos por la Primera Guerra fueron reanudados en 1921, cuando se volvió a contratar el asesoramiento de una comisión militar germana. A partir de 1930, los gobiernos conservadores permitieron nuevamente el entrenamiento en Alemania. Esta circunstancia sería causa de gran cantidad de adhesiones proalemanas o pronazis durante la Segunda Guerra y la inclinación a recurrir a Alemania para obtener el armamento necesario. (4)
   
Desde el punto de vista ideológico, el fascismo, el nazismo y otros autoritarismos de derecha tuvieron gran influencia en sectores nacionalistas de las clases altas argentinas. La eclosión de gobiernos de signo autoritario, en general tradicionalistas, pero que imitaban rasgos de la Italia de Mussolini, parecía testimoniar la “universalidad del fascismo” entre 1933 y 1935. Mussolini, jefe del “nuevo orden”, declaraba que “la revolución fascista se ha convertido en la consigna y la esperanza del mundo”. La proyección de este “renacimiento latino” agradaba a aquellos descendientes de italianos en la Argentina, cuyas convicciones democráticas no fueran sólidas. A su vez, el arribo al poder de los nazis en 1933, el éxito de las políticas expansivas en Etiopía y Renania en 1936, el levantamiento franquista en España y la firma del pacto Anti-Komintern, a fines de noviembre de ese año, fueron otros acontecimientos que respaldaron a los partidarios de ideas autoritarias y antidemocráticas. Por fin la historia parecía tomar el camino de sus convicciones. (5)  
    En este contexto, la derecha ultra-nacionalista argentina comenzó a sentirse menos aislada. En los años treinta se produjo una renovación católica basada en un pensamiento tradicionalista europeo. Ante el “peligro comunista” y la inoperancia de las democracias para evitar la lucha de clases, los pensadores y militantes católicos comenzaron a trabajar por el establecimiento de un “orden cristiano”. La reimplantación de las jerarquías como consecuencia de una revolución nacional les parecía fundamental, frente a la supuesta tendencia de la democracia y el liberalismo de corromper a las masas. De esta manera, los partidarios civiles y militares de un autoritarismo de derecha encontrarían favorable recepción en los círculos católicos argentinos. La convergencia se vería propiciada por la crisis económica mundial y el aparente fracaso de las democracias; la quiebra del esquema liberal de comercio parecía traer también el fin del liberalismo político. (6)  
    Al mismo tiempo, un conjunto de factores –entre ellos los problemas planteados por la industrialización, la prédica en pro del proteccionismo y de la industria nacional, y la necesidad de equipar de armamento al ejército- propició la aceptación de la ideología autoritaria por miembros del ejército. Era natural, por otra parte, que las invectivas de los nacionalistas contra el imperialismo británico tuvieran recepción en militares formados en la admiración de Alemania y del modelo prusiano. Las ventajas otorgadas a Gran Bretaña por el pacto Roca-Runciman fueron vistas como una excesiva concesión al interés extranjero y un obstáculo a la industrialización del país. Además, luego de la revolución de Uriburu, las fuerzas armadas tomarían conciencia de su poder y del supuesto rol que les correspondía desempeñar en la sociedad argentina. Frente a los problemas sociales acarreados por la crisis de comienzos de la década, el fraude flagrante y los casos de corrupción, los militares “puritanos del honor” comenzaron a sentirse depositarios de las reservas morales y a experimentar un fuerte sentimiento de superioridad frente a los civiles. Esto se tradujo en una expansión de la tendencia antidemocrática y en un aumento de los vínculos entre los militares y los nacionalistas. (7)  
    Por último, irrumpió el nacionalsocialismo, el cual comenzó a difundirse en la comunidad germana residente en el país y en algunos sectores militares y de la derecha argentina. La penetración ideológica llevada a cabo por el nazismo se materializó a través de la cooptación de políticos y militares argentinos, la propaganda por medio de agencias noticiosas, la subvención de periódicos afines, la difusión de la ideología nazi en las escuelas alemanas y la presión ejercida sobre las empresas germanas y sus empleados a fin de recaudar recursos. Todas estas actividades fueron dirigidas y financiadas desde la embajada alemana en la Argentina. Luego de iniciada la guerra, los agentes alemanes distribuirían importantes sumas de dinero para tratar de mantener la neutralidad argentina. Incluso montaron una red de espionaje, con propiedades en distintas zonas de la Argentina para albergar equipos transmisores de radio y llevar adelante tareas de inteligencia. No obstante, en qué medida esto constituyó una amenaza para la seguridad del hemisferio occidental continúa siendo hoy objeto de debate. (8)
   
La cuestión de la amenaza nazi en la Argentina adquirió entidad suficiente como para provocar la preocupación de tres gobiernos, aparte del alemán. En primer lugar, el gobierno argentino, que se vio fracturado entre aquellos sectores que exigieron la toma de medidas en contra de las actividades del nacionalsocialismo y los miembros del poder ejecutivo, sobre todo en época del conservador Castillo, que se mostraron tolerantes con dichas actividades. Los británicos, por su parte, tomaron nota de las actividades que los nazis desarrollaban en la Argentina, así como de su ofensiva económica y propagandística, pero, al igual que para el gobierno argentino, la amenaza nazi no pareció convertirse en una obsesión para ellos. La mayoría de los ingleses consideraron la tesis de las metas alemanas en América como algo sin sentido. Finalmente, el gobierno norteamericano, el cual, cuando en 1937 la amenaza nazi fue conocida públicamente, consideró que los nazis podían subvertir a las clases políticas argentinas a fin de convertir a la Argentina en un estado cliente del Tercer Reich. Una Argentina nazificada sería una “cabeza de puente” para posteriormente subvertir a los países vecinos. La supuesta convicción de que la influencia nazi había alcanzado a las altas esferas políticas en la Argentina, llevó al gobierno norteamericano a una confrontación directa con los sucesivos gobiernos argentinos -Castillo, la junta militar de 1943, y Perón-, tratando de hacerlos cambiar de rumbo. Todavía pareciera no verse con claridad qué se jugaba en la competencia entre Alemania y Estados Unidos por la Argentina. Lo que se inició en la década de 1930 como una competencia por mercados y recursos naturales terminó siendo una preocupación fundamentalmente política y estratégica. Se ha sugerido que la apuesta residía en cuál de los dos estados se convertía en el sucesor de Gran Bretaña como socio principal de la Argentina y en el orientador de su futura industrialización. No obstante, con la derrota de Alemania y la declinación de Gran Bretaña luego de la guerra, fue Estados Unidos el que prevaleció. Pero, debido a la competitividad de las economías norteamericana y argentina, Estados Unidos no pudo constituirse en el mercado que la Argentina deseaba para sus productos. Finalmente, al poner sus objetivos en la reconstrucción de Europa, Estados Unidos abandonó su interés por América latina. Habiendo desalojado a otros competidores y habiendo conservado su hegemonía en la región, ya no hacía falta preocuparse por los países del continente.

  1. Mario Rapoport, ¿Aliados o neutrales? La Argentina frente a la Segunda Guerra Mundial, Buenos Aires, EUDEBA, 1988, pp. 13-14.

  2. Ibid., p. 14.

  3. Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945., Buenos Aires, Sudamericana, 1994, pp. 18-19.

  4. M. Rapoport, op. cit., p. 15.

  5. Ibid.; Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina. I: hasta 1943, Buenos Aires, Emecé, 1987, pp. 274-275.

  6. A. Rouquié, op. cit., pp. 275-276.

  7. Ibid., pp. 278-279.

  8. Ronald C. Newton, El cuarto lado del triángulo. La “amenaza nazi” en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1995; Uki Goñi, Perón y los alemanes. La verdad sobre el espionaje nazi y los fugitivos del Reich, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.

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