Relaciones Argentino-Norteamericanas 1950-1955
Por Carlos Escudé
Este es un artículo sobre las relaciones entre la Argentina y
los EE.UU. entre 1950 y 1955, en el que intentaré subrayar y analizar
la dimensión "democratizante" o " liberadora"
de la política norteamericana hacia nuestro país en esos años,
incluyendo el uso de la causa de los derechos humanos para la
consecución de objetivos menos idealistas por parte de los
Estados Unidos, y lo que viene a ser en última instancia el precio
de esta altruista arma norteamericana. Está basado en los
propios archivos de gobierno de los Estados Unidos, más algunos
documentos de los archivos británicos. No es un artículo fácil
de escribir, porque requiere varios introitos. Por el lado de
las relaciones bilaterales, el período 1950-55 está inexorablemente
vinculado al pasado de boicot que se había registrado entre 1942-1949.
No puedo presuponer que el lector recuerde estos hechos y me veo
forzado a resumirlos brevemente, subrayando la mencionada dimensión
" democratizadora" de la política norteamericana también
en este telón de fondo histórico: esto es tanto un servicio al
lector como una necesidad estructural de un artículo que
requiere un anclaje en el pasado para su cohesión y autonomía.
Consideraciones prácticas me llevaron a dividir este trasfondo,
a su vez, en dos partes, una dedicada al período 1942-45, y la
otra al período 1946-49, debido a las significativas diferencias
entre estos dos subperíodos en materia de política norteamericana
hacia la Argentina y en términos de la situación interna argentina.
Hasta aquí, la dificultad de los introitos es relativamente menor.
Pero hay un tercer introito que se hace imperativo en este contexto.
He hablado de la dimensión "democratizante" o "liberadora"
de la política norteamericana hacia la Argentina durante
un período en el que este país era administrado por un gobierno
electo por el pueblo.¿A qué venía ese afán "democratizador"?
¿De dónde la pretensión liberadora?
El autor de este artículo no es antiperonista. Por el contrario,
en La declinación Argentina (libro cuyo contenido
fue parcialmente adelantado a través de estas mismas páginas)
documentó lo que es sin duda una exención de gran parte de la
culpa del fracaso económico de Perón: la responsabilidad principal
(aunque no total) de la aguda declinación argentina de la década
de 1940 no se debió tanto a la mala política peronista sino más
bien al contexto internacional y, específicamente a la política
de boicot del gobierno de los Estados Unidos. Nadie que le haga
este servicio al peronismo puede considerarse antiperonista
ciego o fanático. Pero la historia es la historia, y lo que pasó,
pasó: ocultarlo no es de gente seria y objetiva, ni por cierto
de buenos argentinos. Y hay una cosa -dolorosa- que la memoria
colectiva de los argentinos ha olvidado casi totalmente
(quizá porque fue neutralizada por los dieciocho años posteriores
de nefasta proscripción), y ésto es la permanente flagrante y
abusiva manera en que se violaron los derechos humanos
y cívicos durante el gobierno de Perón del período 1946-55. Este
artículo no debiera concentrarse en la dimensión "democratizante"
o "liberadora" de la política exterior norteamericana
y lo que es sin duda su esencial hipocresía, si antes no nos recuerda,
documentalmente, que la Argentina necesitaba "democratización"
y "liberalización" en el contexto de aquel gobierno
elegido por el pueblo pero convertido en una dictadura de
mayorías. Y ésto desgraciadamente es imposible de hacer aquí sin
afear la estructura del artículo y desviar la atención del lector
respecto del tema central.
Los argentinos, comprensiblemente y con justicia obsesionados
por los gobiernos de facto que subversivamente han usurpado el
poder tantas veces, solemos olvidar que un gobierno elegido por
el pueblo no es siempre garantía de libertad y que no hay legitimidad
cuando se violan los derechos cívicos o humanos de las minorías,
aún si esa violación goza de popularidad masiva y es perpetrada
por un gobierno constitucional. Para extremar el caso, un gobierno
elegido por el pueblo podría, hipotéticamente alentar el
linchamiento popular de todos los opositores, pero esta
anulación de la libertad de oponerse al gobierno sería
dictadura y de las más viles. Como dije, lamentablemente no puedo
entrar aquí en detalles respecto de la violación de los derechos
humanos durante la dictadura popular de Perón: en todo caso
postergó el tratamiento de ese tema para una nota en el próximo
número de Todo es Historia, que según entiendo estará dedicado
a la intolerancia. Pero para tratar científicamente la dimensión
"democratizante" o "liberadora" de la política
norteamericana hacia la Argentina es preciso partir del
sobreentendido de que, durante este período, se violaron sistemáticamente
los derechos individuales.
Otra pregunta que intentaré responder brevemente en esta introducción
es la de qué pitos tocaban los norteamericanos en esta cuestión.
Aceptando que había violaciones de derechos humanos en la Argentina,
¿qué derechos a intervenir tenían? O para usar la frase
popular ¿quién les dio vela en este entierro? La respuesta brevemente
expresada, es que nadie, salvo ellos mismos. La exportación de
la democracia fue, casi desde el origen de esa nación , una de
las obsesiones norteamericanas, así como la exportación del comunismo
lo fue de la Unión Soviética y la exportación del cristianismo
lo fue de España. El "imperialismo moral", esto es,
el intento de universalizar la validez de un sistema político,
una moral política , una religión del Estado, ha estado presente
en casi todos los imperialismos exitosos, y el que nos atañe no
es sino una de las versiones más recientes y afortunadas.
Es un imperialismo moral que es parte esencial de la identidad
norteamericana :la razón-de-ser de los Estados Unidos es, para
la ideología generalizada y prácticamente institucionalizada en
ese país, el progreso moral del mundo a través de la exportación
de la democracia. La Segunda Guerra Mundial fue, en este contexto
ideológico, una santa cruzada de las fuerzas del bien, las de
la democracia, contra las del mal, o sea las del nazi-fascismo.
Luego llegó la Guerra Fría. Los norteamericanos comprendieron
que el próximo rival sería la unión Soviética, cuyo poder se había
incrementado mucho, que no era menos imperialista que ellos y
que poseía también una "causa", bastante seductora
para muchos, que intentaba exportar y le ayudaba a expandirse:
el comunismo que en lugar de priorizar las libertades individuales
y el voto, enaltecía la igualdad económica y la lucha de la clase
trabajadora. Pero quedaban restos de Nazi-fascismo con los que
le resultaba difícil convivir: en España por ejemplo. Y- según
la percepción norteamericana de esa época, al menos- en la Argentina
de Perón. ¿Hasta dónde combatirlos? ¿Hasta dónde contemporarizar?
¿Era posible destruir a Perón? ¿Era posible reformarlo? ¿Utilizarlo?
¿hasta dónde era prudente llevar la causa de los derechos humanos
y la democracia liberal? ¿Qué costos eran aceptables y cuáles
inaceptables? ¿Qué concesiones en materia económica o de seguridad
se percibían como suficientemente tentadoras como para perdonarles
a los dictadores sus violaciones de derechos humanos? ¿ A qué
precio estaban los norteamericanos dispuestos a traicionar a su
proclamado idealismo? Ninguna de estas preguntas podía contestarse
dogmáticamente, sino que, para cada caso particular (Franco, Perón
etc.) surgía lentamente una respuesta específica que era el producto
de un proceso de disputas burocráticas y de cálculos de costos
y beneficios . Pero el presupuesto ideológico era que el
fascismo y las violaciones a los derechos humanos y/o cívicos
eran cosas execrables que debían eventualmente eliminarse del
mundo. Y la disposición a negociar, esto es, a reconocer que ese
presupuesto ideológico no era el interés supremo de los
Estados Unidos frente a otros estados, sino un interés relativo
cuyo costo debía moderarse y que podía eventualmente tener
un precio, también estaba siempre allí. De eso trata este artículo,
frente al caso específico de la Argentina entre 1950 y 1955.
Pasemos entonces al telón de fondo de las relaciones bilaterales
durante el período anterior al que va a ocuparnos primordialmente
.
Introito I-EL telón de fondo histórico 1942-45
La elección del período 1950-55 para este artículo no es caprichosa,
en tanto el año 1950 marca el comienzo de un subperíodo de gobierno
de Perón caracterizado por la ausencia del boicot que había
impregnado a las relaciones norteamericano-argentinas en
el período 1942-49. El gobierno de Perón, pues, transitó por un
período entre 1946 y 1949, durante el que sufrió duros embates
políticos y económicos por parte de los Estados Unidos, para luego
ingresar una etapa en la que los norteamericanos, agotado el boicot
y sus causas, perdidas las ilusiones a contribuir al derrocamiento
de Perón, comenzaron a intentar amigarse con éste (sin perder
aún la esperanza de transformarlo en un líder auténticamente democrático),
primero infructuosamente hasta 1953 y luego con éxito (desde todo
punto de vista excepto el democrático), desde ese año hasta la
caída del régimen argentino en 1955, muy lamentada en Washington.
El boicot de 1942-49 fue desencadenado por la negativa argentina
a plegarse a los EE.UU. cuando éstos ingresaron a la Segunda Guerra
Mundial . Cuando el boicot comenzó, en 1942, la Argentina tenía
un gobierno constitucional (aunque manchado por el fraude electoral),
y la agresión norteamericana se llevó a cabo no en nombre
de la democratización de la Argentina sino en el de la Santa Cruzada
que los EE.UU. habían comenzado a librar contra el nazi-fascismo,
y de la cual, según su perspectiva, no era lícito abstenerse.
Es digno recordar que, si bien la decisión argentina de permanecer
neutral puede considerarse de consecuencias devastadoramente
negativas para el interés nacional (ya que desató la agresión
económica y política de un Estado inmensamente más poderoso que
el nuestro) y éticamente insatisfactoria desde un punto de vista
democrático, la ira justiciera de los EE.UU. descargaron
sobre nosotros estuvo, desde el principio, teñida de hipocresía
y una mal disfrazada voluntad de dominación, ya que ellos esperaron
hasta ser atacados directamente por el Eje para plegarse al esfuerzo
de los Aliados. Más aún, siempre que se describe este contexto
histórico debe subrayarse también que casi dos años antes
de aquel ataque a Pearl Harbour, el gobierno argentino había propuesto
al de los Estados Unidos que ambos abandonasen la neutralidad
para apoyar a los Aliados. La respuesta norteamericana fue que
eso era impensable, que los Estados Unidos eran auténticamente
neutrales, que la opinión pública norteamericana desaprobaría
el abandono de la neutralidad y que una medida tal requeriría
una ley del Congreso. El gobierno argentino fue aconsejado
a no abandonar la neutralidad en aras de la "unidad
hemisférica" .Noticias de la propuesta argentina se filtraron
a la prensa, y éste fue un duro golpe para la facción democrática
y aliadófila del gobierno de Ortiz, que comenzó a perder
poder
[1]
. Cuando llegó el momento en los EE.UU. buscaron apoyo
contra el Eje, ese apoyo ya no estaba disponible, por razones
vinculadas al tradicional neutralismo del país, al ya entonces
modificado balance de poder dentro del gobierno (que había sido
parcialmente obra del previo desaire norteamericano) y una actitud
orientada hacia el prestigio y la apariencia de independencia
que era y sigue siendo característica de la política exterior
argentina
[2]
. Y a su vez, la negativa argentina de romper relaciones con
el Eje desató un intenso ataque diplomático y boicot económico
contra el país, por parte del gobierno norteamericano
[3]
.La actitud argentina fue sin duda autodestructiva e intínsecamente
inepta desde el punto de vista de la defensa del interés nacional.
Pero el hecho objetivo de que este país intentó plegarse a los
aliados mucho antes que los norteamericanos, demuestra que para
éstos la causa de la lucha contra el nazi-fascismo se convirtió
en "santa" sólo cuando fueron atacados.
En Junio de 1943 el gobierno constitucional de la Argentina fue
derrocado, en parte (aunque sólo en parte) como consecuencia de
la política norteamericana. Según fuentes diplomáticas británicas,
la embajada de los Estados Unidos celebró el golpe como un éxito
propio, en la creencia de que llevaría a la Argentina a una ruptura
de relaciones con el Eje
[4]
. Sin embargo, habrían de ser desilusionados muy pronto. Las
consecuencias de las subsiguientes medidas norteamericanas fueron
igualmente deplorables. En las elocuentes palabras de Sir David
Kelly, que pronto habría de ser embajador británico en la Argentina:
"EN cuanto se hizo evidente que la revuelta del ejército
contra Castillo no se había debido en modo alguno a la política
de neutralidad de éste, el gobierno y la prensa de los Estados
Unidos se volvieron violentamente en su contra, y en particular
(...) Cordell Hull se obsesionó con la convicción de que eran
agentes nazis que buscaban la nazificación de toda América del
Sur. Durante los dos años siguientes, la continua guerra de palabras
y provocaciones librada contra el régimen militar desde los Estados
Unidos condujo primero a la sucesiva exoneración de los elementos
más moderados del gobierno, y finalmente, a la elección del Cnel
Perón con un cuantioso caudal electoral."
[5]
O para ponerlo en los términos más académicos de R.B. Woods,
el autor de quizás la más importante obra sobre las relaciones
norteamericano-argentinas durante el período 1942-45:
"(...) la no alineación argentina representó para los intereses
norteamericanos una amenaza que no fue mayor que la de las políticas
neutralistas de Irlanda, Suiza y España. Sin embargo, la actitud
de Washington hacia esos estados difirió ampliamente en
su línea dura hacia Buenos Aires. A pesar de que la Argentina
era un proveedor principal de carnes, trigo, cueros, tungsteno
y otras materias primas vitales para los Aliados a lo largo de
la guerra, el establishment de asuntos exteriores
de los Estados Unidos usó, desde 1942 hasta 1944, prácticamente
todas las tácticas conocidas a la comunidad internacional, con
la excepción de asalto militar, para desestabilizar a tres gobiernos
argentinos y forzar a la nación a aceptar incondicionalmente el
liderazgo norteamericano en asuntos extra hemisféricos."
[6]
Y como también lo señala Woods, desde ese momento el departamento
de Estado operó sobre la base de la suposición de que había
recibido un mandato del pueblo argentino a seguir sus directivas
de política exterior
[7]
. En otras palabras, desde ese momento el Departamento de
Estado actuó en nombre de la democracia (un concepto que
incluía a su cruzada contra el nazifascismo, pero que abarcaba
más), mientras antes del golpe había actuado exclusivamente en
nombre de la susodicha cruzada: más aún, actuó en nombre de la
democracia a pesar del hecho de que el gobierno constitucional
había sido volteado en parte, como consecuencia de la política
de los Estados Unidos. Se hicieron las afirmaciones más extravagantes
para justificar la línea dura contra la Argentina, al punto de
que, en 1943, el vice presidente norteamericano Henry Wallace
declaró que Alemania consideraba perdida a la Segunda Guerra Mundial
y estaba preparando a la Argentina para la Tercera Guerra de esa
escala
[8]
. La idea tomó vuelo, y en fecha tan tardía como 1945 una
"Sociedad para la prevención de la Tercera Guerra Mundial"
abogaba por medidas extremas contra la Argentina
[9]
.
Por lo tanto, este proceso se puede resumir diciendo que
en la primera etapa del conflicto el gobierno argentino fue políticamente
desestabilizado y económicamente boicoteado porque no respondía
a las directivas norteamericanas de política exterior, mientras
que durante la segunda etapa del mismo, el hecho de que el gobierno
era una dictadura militar (en parte producto de la política de
los Estados Unidos) fue usado como una razón adicional para justificar
la desestabilización y el boicot. La actitud del gobierno norteamericano
durante el breve período (apenas unas semanas) en que pensó que
la dictadura militar cooperaría con su política exterior, , que
fue de celebración, de prepararse para cooperar con el régimen
y de levantamiento de sanciones económicas por parte de
la por parte de la Junta de Guerra Económica
[10]
, demuestra que si la dictadura hubiese accedido a las
exigencias del Departamento de Estado, la naturaleza militar
del régimen no hubiera sido un obstáculo para las buenas relaciones
. Como se verá más adelante, esta conducta sería idéntica a la
que encontraremos en circunstancias mucho menos extremas
y peligrosas, el período de 1950-55, en que una guerra "fría"
había reemplazado a esta otra, tan caliente.
Introito II- El telón de fondo histórico 1946-49
El final de la guerra no fue el fin de la "persecución"
norteamericana de la Argentina (como la llama J.S.Tulchin
en un próximo libro). Ni tampoco lo fue la elección democrática
del no tan democrático Cnel. Perón. La primera mitad de este período
se caracterizó primero por la cruzada personal del embajador
norteamericano, Spruille Braden, contra Perón, y después del éxito
electoral del último y del ascenso del primero al rango de
secretario asistente de Estado para asuntos latinoamericanos,
por la batalla interna entre Braden y el nuevo embajador norteamericano,
George Messersmith, Braden argüía que la elección de Perón no
podía considerarse verdaderamente democrática, debido a las severas
limitaciones a que estaba sujeta la campaña de oposición : tenía
muy escaso acceso a la radio, su prensa era censurada, sus mitines
eran frecuentemente atacados por vándalos o la misma policía.
En su "Memorándum sobre la situación argentina" de mediados
de 1946, dice que existe evidencia de conceptos nazi-fascistas
y militaristas en los "arbitrarios decretos que amenazan
las inversiones extranjeras y que en grado variado ponen
bajo control gubernamental al comercio, las finanzas, los partidos
políticos e incluso al culto". Hasta aquí no es difícil estar
de acuerdo: Perón no era un demócrata. Pero de allí en adelante,
entraba en un delirio que sólo puede entenderse como las exageraciones
que él pensaba necesarias para continuar vendiendo su política
de boicot a sus superiores en el Departamento de Estado y en la
Casa Blanca. Escribió:
"(...) Un Estado Corporativo está, por cierto desarrollándose
en la argentina de hoy, para el peligro cada vez mayor de las
repúblicas vecinas , el sistema inter-americano y nuestra propia
seguridad. Un bloque austral de naciones conducido por un Estado
argentino totalitario no sólo dividiría al sistema inter-americano,
sino que a través de su control de recursos estratégicos
en Bolivia, Perú , Chile e incluso el sur de Brasil, probablemente
constituiría una peligrosa amenaza a nuestra seguridad en caso
de guerra".
[11]
Este memorándum fue presentado al Presidente Truman el 12 de
julio de 1946, y tuvo un impacto importante en la decisión norteamericana
de posponer la Conferencia de Río de Janeiro sobre la defensa
hemisférica, y en la exigencia de "hechos, no palabras"
si es que iba a firmarse un tratado militar con la Argentina.
Esta decisión también implicó continuar con las medidas de discriminación
económica contra este país.
Por otro lado, la opinión de Messersmith sobre la Argentina no
podría haber sido más opuesta a la de Braden. En un memorándum
al secretario de Estado James Byrnes de fines de 1946, titulado
"Colaboración inter-americana", se quejaba amargamente
sobre la política de Braden. Messersmith afirmaba que el gobierno
era constitucional y que la adhesión a principios constitucionales
hacía a su tarea más difícil de lo que era para el previo régimen
militar. Atacaba a la prensa norteamericana por crear una atmósfera
hostil hacia la Argentina y alinear a Perón, alegando que describía
injustamente a este país como "un Estado fascista y autoritario,
inamistoso hacia los Estados Unidos y con designios siniestros
para sus vecinos". Continuaba :" Algunos de nuestros
diarios editorialistas hablan de la Argentina como si estuviésemos
en algún tipo de guerra contra ella y (como si) ella (fuese) un
país enemigo y esto sólo en un momento en que estamos haciendo
la paz con nuestros mortales enemigos (que) durante la última
guerra (...) infligieron un grave daño (a los EE.UU.)en
vidas y en propiedades, y a quienes ahora ayudamos con préstamos
y suministros y alimentos"
[12]
.
Un aspecto importante del conflicto Braden-Messersmith residía
en si la Argentina había o no cumplido con sus "obligaciones
intramericanas" tal como estaban definidas por las conferencias
de Chapultepec y San Francisco. Esto incluía la deportación de
ciertos extranjeros enemigos, la confiscación de propiedad enemiga
y la toma de medidas adecuadas respecto de escuelas y otras instituciones
del Eje. Messersmith presionaba fuertemente a Perón para que éste
cumpliese, y obrara con la misma energía frente a su propio gobierno
para obtener su desganado reconocimiento de este cumplimiento.
En el curso de este proceso, un episodio curioso, anómalo y sin
embargo esclarecedor tuvo lugar cuando el gobierno argentino primero
arrestó ilegalmente y luego liberó, bajo vigilancia, a unos cuarenta
extranjeros de nacionalidad enemiga que debía deportar. La liberación
de los prisioneros suscitó la ira del gobierno norteamericano,
y Messersmith se vio forzado a salir en defensa del gobierno argentino
[13]
. La situación se vio así extrañamente invertida, con un gobierno
de los Estados Unidos que estaba disgustado con los escrúpulos
legalistas de un gobierno argentino cuyas frecuentes violaciones
de derechos humanos cívicos con tanta frecuencia criticaba: de
repente, los funcionarios del Departamento de Estado exigían el
uso de métodos dictatoriales que, por una vez, Perón no estaba
dispuesto a aplicar. En una carta de fuerte tenor al secretario
de Estado Byrnes, Messersmith escribía:
"Estaríamos cometiendo un grave error si alentáramos a los
argentinos a tomar medidas arbitrarias contra la propiedad
y los nacionales del enemigo para obtener este objetivo
inmediato, y al mismo tiempo correr el riesgo de crear precedentes
que pudieran afectar desfavorablemente los intereses norteamericanos,
británicos y de otros países extranjeros. (...) Personalmente,
estoy completamente convencido de la buena fe del gobierno argentino
en esta cuestión y no hay dudas de que en los Estados Unidos,
en circunstancias parecidas, hubiéramos hecho exactamente lo mismo
que el gobierno de aquí al regresar a los procedimientos constitucionales.
Por cierto me enteré que las medidas arbitrarias que se tomaron
al principio, que no son justificables bajo la Constitución y
las leyes de la Argentina, fueron estimuladas por sugerencias
de esta Embajada. "(...) No hay dudas de que las medidas
fueron arbitrarias, y una invasión del poder judicial por parte
del Ejecutivo. Este es el punto de vista que debemos tomar al
respecto porque lo último que debemos hacer es pedirle
a otro gobierno que pisoteé sus procedimientos constitucionales,
judiciales y estatutarios, lo que podría fácilmente sentar
un indeseable precedente contra los intereses norteamericanos
y otros extranjeros aquí residentes".
[14]
(el subrayado es mío).
Messersmith finalmente se impuso, en tanto las relaciones entre
la Argentina y los Estados Unidos fueron oficialmente normalizadas
a principios de 1947, abriendo el camino para la Conferencia de
Río de Janeiro y su producto, el Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca. Braden renunció y la misión de Messersmith en la Argentina
se declaró "exitosamente terminada" Sin embargo, como
puede comprobarse en las minutas de la Comisión Argentina del
Departamento de Estado, el gobierno de los Estados Unidos no olvidó
de la noche a la mañana las transgresiones del régimen
de Perón. En las palabras de la Comisión:
"Como se habrá notado, los métodos usados por Perón son
reminiscentes de los procedimientos fascistas-falangistas. Su
énfasis, por ejemplo, en su posición de Primer Trabajador, no
difiere de los estridentes alardes que caracterizaban a Hitler.
El movimiento sindical estaba sometido a los caprichos del dictador
en todos los países nazis (...).
[15]
.
La minuta continuaba, mencionando la oposición de la Confederación
de Trabajadores de América Latina a los sindicatos dominados
por Perón, su condena del gobierno argentino y su admisión de
delegados sindicales argentinos clandestinos a sus sesiones. También
negaba a las elecciones de 1946 el carácter de libres debido a
la supresión de la prensa y de las organizaciones de oposición.
Y tampoco se interrumpió el boicot económico, aunque la política
del Departamento de Estado supuestamente ponía fin a todo tratamiento
discriminatorio contra la Argentina. La poderosa Administración
para la Cooperación Económica (ECA), que estaba a cargo
de la implementación del Plan Marshall, se lanzó desde la
iniciación de sus actividades a obstruir el comercio de exportación
de la Argentina con Europa, intencional y discriminatoriamente.
Este último episodio del boicot económico se perpetró a
espaldas del nuevo embajador, James Bruce, que quedó azorado cuando
funcionarios secundarios de la ECA hicieron públicamente declaraciones
anti-argentinas. Ordenó entonces una investigación del Departamento
de Estado sobre la política de la ECA hacia la Argentina, que
documentó más de treinta casos de discriminación directa contra
ese país
[16]
. Aunque el embajador Bruce nada sabía sobre esta política
aparentemente ilegal (ya que era contraria a las órdenes
del Departamento de Estado), los archivos británicos demuestran
que tanto ellos como los europeos continentales estaban al tanto
de la misma. Más aún, el presidente Truman no siguió el consejo
del embajador, de despedir al principal culpable del asunto
un Dr.A. Fitzgerald de la ECA
[17]
. Cabe preguntarse, pues, si la política discriminatoria de
la ECA no había sido en los hechos aprobada por círculos
más altos de funcionarios norteamericanos: la mención en 1952
de la posibilidad de aplicar "sanciones secretas" contra
la Argentina que el embajador de los EE.UU. podría desconocer
sugiere la posibilidad que éste podría haber sido el caso del
episodio de la ECA
[18]
.
No obstante, a pesar de estas sanciones ya sea ilegales
o ultra-secretas, la afirmación de derechos y libertades cívicas
en la Argentina dejó de ser una política prioritaria para el Departamento
de Estado. Por ejemplo, en un memorándum titulado "Comentarios
sobre nuestras relaciones con la Argentina", enviado por
el encargado de negocios ad interim, Guy W. Ray, al Secretario
de Estado George Marshall el 5 de enero de 1948 (un típico texto
del períodico), la embajada norteamericana parece estar haciendo
una apología del crimen. En el subtítulo "Perón y su administración",
el encargado escribe:
"Perón está lejos de ser el dictador absoluto que con frecuencia
se supone que es. Las libertades cívicas y la Constitución han
sufrido golpes fuertes. (Sin embargo), aunque el partido de Perón
tiene una mayoría avasallante en el Congreso, hay disenso dentro
del partido, y el Congreso no puede ser descripto como totalmente
sometido a la voluntad del presidente. Perón necesita del
respaldo del Ejército, cuyos líderes están opuestos al presidente
del Banco Central Miguel Miranda y muchas de sus obras (...) Perón
tiene que emplear gran parte de su tiempo como árbitro y apaciguador
dentro de su gabinete."
[19]
.
En éste y otros documentos del período 1947-50, los principales
problemas analizados con respecto a las relaciones norteamericano-argentinas
son, claramente, económicos, en adición a la ratificación del
Pacto de Río de 1947 (el TIAR). Las violaciones de derechos cívicos
son reconocidas pero tienen un sólo impacto secundario en las
relaciones. El siguiente párrafo extraído del memorándum arriba
citado, es típico de la actitud que entonces prevalecía:
"En todas las conferencias y reuniones interamericanas debiéramos
enfatizar la libertad de prensa, la libre empresa y las elecciones
libres. Nuestra mejor esperanza es usar todos los esfuerzos posibles
para convertir a Perón y reclutar el apoyo de Bramuglia, y posiblemente
hasta del Ejército, para hacerlo. Si jugamos bien nuestras cartas,
podemos fortalecer a Perón para que se defienda contra los nacionalistas
más extremistas. Hagamos lo que hagamos, necesitaremos paciencia
y tacto y la tarea será larga y difícil. La mentalidad de la mayor
parte de la gente del actual gobierno es tal que perderíamos
nuestro tiempo predicando principios . Si realmente queremos lograr
algo, debemos hacerles ver que ciertas ventajas alcanzarán a la
Argentina bajo ciertas condiciones. Este es el tipo de lenguaje
que entienden, y en estas circunstancias estaríamos enteramente
justificados si cualquier concesión o ventaja que otorguemos a
la Argentina se confiere bajo ciertas condiciones".
[20]
Como se verá más adelante (y como los lectores de Todo es
Historia que hayan leído mi nota de noviembre saben) esas
"ciertas condiciones" no se vincularían a los derechos
cívicos sino a la ratificación del TIAR. Y por otra parte, aunque
hacia fines de 1948 el clima de las relaciones norteamericano-argentinas
tendía a deteriorarse, esto no se debía tanto al estado de los
derechos cívicos en la Argentina como a la actitud general del
régimen de Perón hacia los EE.UU., que era poco cooperativa
y por momentos agresiva. Esta actitud incluía intervención en
los asuntos internos de otros estados latinoamericanos, una intensa
propaganda anti norteamericana que, con cada vez más entusiasmo,
comenzaba a diseminar tanto en la Argentina como en el exterior
a través de sus agregados laborales, y la llamada Tercera Posición
de Perón, esto es, una política de neutralismo o ambigüedad frente
a la guerra fría. En un memorándum del Departamento de Estado
en el que se presenta una lista de asuntos a ser discutidos con
el canciller argentino, Atilio Bramuglia, de fecha 9 de diciembre
de 1948, las acusaciones de intervención argentina en los asuntos
internos de estados vecinos es el primer punto. Otros puntos prioritarios
incluyen el problema del comunismo, el TIAR (que la Argentina
aún no había ratificado) y la Antártida. El quinto punto se refería
a un derecho cívico, y allí se aplica un lenguaje muy conservador:
"Los Estados Unidos comprenden que las relaciones entre
la prensa argentina y el gobierno argentino son una cuestión interna.
Al mismo tiempo, deseamos señalar de una manera amistosa que algunas
medidas tomadas por el gobierno argentino que afectan a la prensa
han contribuido a crear publicidad desfavorable para el gobierno
argentino en este país, y así crean dificultades en nuestras relaciones
amistosas".
Los puntos nueve y diez de la lista, por otra parte, se convertirían
en los años siguientes en elementos cada vez más importantes en
una relación que se deterioraría. Allí el memorándum afirmaba:
"9. Gran parte de la propaganda oficial argentina ha sido
inamistosa a los Estados Unidos. Esta propaganda es un irritante
constante en las relaciones norteamericano-argentinas y se espera
que no se considerará necesario continuar con ella.
10. Es la opinión de este gobierno que la "Tercera Posición"
de la Argentina tiende a debilitar la unidad hemisférica
y la cooperación mundial contra el comunismo. Aunque se nos ha
dicho que es para consumo doméstico, recibe mucha publicidad a
través de funcionarios argentinos y sus repercusiones no son enteramente
domésticas"
[21]
.
Apenas unos días más tarde se redactó otro memorándum con
una lista de quejas más importantes que tenía el gobierno norteamericano
contra el argentino. Aquí la propaganda anti norteamericana
fue elevada al primer punto, seguida de los intentos argentinos
de crear un bloque sindicalista latinoamericano subordinado
al gobierno argentino y de la propuesta argentinas a otros estados,
invitándolos a conformar un grupo neutral. La falta de libertad
de prensa ocupa el cuarto lugar en la lista, tan sólo como un
factor de embarazo en las relaciones bilaterales: la cuestión
no parece haber sido considerada de interés sustantivo,
sino relevante tan sólo debido a sus inevitables repercusiones
en la sociedad norteamericana a través de la prensa de ese
país. Los puntos cinco y seis se refieren a la Antártida
y a la pretensión argentina de soberanía de la plataforma continental
y el mar epicontinental. El punto siete, finalmente, incluye
un nuevo problema de derechos civiles, hasta entonces no mencionado
en estas listas, y tratado en términos igualmente conservadores.
Dice así:
" La interferencia argentina en la distribución de correspondencia
privada ha tenido desafortunadas repercusiones recientes
en las relaciones norteamericano-argentinas. La prensa de los
EE.UU. le dio a la cuestión gran publicidad, haciendo así aún
menos popular el gobierno argentino en la mente del público norteamericano"
[22]
.
Y una similar incluida en un despacho de la embajada fechado
el 10 de febrero de 1949 muestra casi el mismo orden de asuntos
conflictivos que en el memorándum previo del Departamento de Estado,
con la única diferencia de que el punto referido a
la correspondencia había sido excluido, seguramente porque la
prensa norteamericana ya se había aburrido del asunto
[23]
. Esta actitud permaneció sin alteraciones durante el resto
del año.
Puede asumirse sin temor a error, por consiguiente, que al menos
en el nivel del Departamento de Estado, el impulso "democratizador"
o "liberador" había sido básicamente desactivado una
vez que el conflicto Braden Messersmith concluyó. Incluyo el matiz
"al menos en el nivel de Departamento de Estado", porque
sigo intrigado, respecto de cómo y por qué la ECA pudo salirse
con la suya en lo que fue una política discriminatoria contra
la Argentina que era presumiblemente ilegal y por qué el
Dr. D.A. Fitzgerald no fue despedido, y cómo es que los británicos
supieron todo el tiempo que la ECA estaba discriminando activamente
contra la Argentina mientras el embajador norteamericano
en Buenos Aires no lo sabía. ¿Fue una sanción aprobada pero secreta,
diseñada a los efectos de debilitar a Perón, un vestigio de los
días de Hull y Braden? Si lo fue fracasó rotundamente. Sólo le
hizo daño a la Argentina.
El año 1950, o la compra de la ratificación del TIAR
El pronunciamiento (secreto) de política hacia la Argentina del
Departamento de Estado del 21 de marzo de 1950 delinea los objetivos
del gobierno de los EE.UU frente a ese país como:
"(1) Obtener la cooperación argentina en la defensa del
hemisferio occidental; (2) inducir a la Argentina a adoptar políticas
que fortalezcan las fuerzas que apuntalaban la paz y un modo de
vida democrático; (3) crear y mantener un clima favorable de opinión
entre los argentinos respecto de los EE.UU. y sus políticas
y (4) alentar y ayudar a la Argentina a establecer una economía
bien balanceada, como fuerza de estabilidad hemisférica capaz
de cooperar económicamente, interesada en dicha cooperación y
fértil para el desarrollo de principios democráticos."
[24]
Sin embargo, aunque ese objetivo importante, "democrático",
se usa dos veces en esta enunciación secreta de objetivos norteamericanos,
con sólo leer los párrafos aclaratorios de este pronunciamiento
se tiene una conciencia cabal de los límites establecidos por
la política norteamericana a esta causa, que en la realidad era
una política sólo a nivel de una retórica para el consumo propio
(ya que era secreta). Por cierto, bajo el subtítulo "Actitud
hacia las instituciones democráticas", el documento dice:
"Ningún objetivo en nuestras relaciones con la Argentina
es más difícil de realizar que el de inducir al gobierno a adoptar
políticas que fortalezcan las instituciones democráticas. De una
u otra manera, el gobierno de Perón ha sofocado casi completamente
a las críticas de la prensa, y hay pocas dudas de que eventualmente
aspira a no permitir crítica alguna. La radio en la Argentina
está, sin excepciones subordinada al gobierno. El derecho
a la libertad de expresión está aún más limitado por una ley que
establece penas de prisión por escribir o hablar en términos irrespetuosos
sobre funcionarios gubernamentales, por severas restricciones
al derecho de asamblea. Aunque las elecciones han permanecido
limpias en los comicios mismos, para la oposición es casi imposible
llegar a una audiencia de cualquier tamaño, y existen trabas legales
para la formación de nuevos Partidos Políticos. El sindicalismo
está básicamente bajo la férula del partido peronista. Los pocos
sindicatos que han intentado mantener su independencia encuentran
que la supervivencia es un problema. La justicia y la educación
se han convertido en instrumentos del peronismo. Las cartas que
pasan por el sistema postal argentino suelen ser abiertas y se
escuchan las conversaciones telefónicas.
"(...) Aunque es nuestra política intentar persuardir al
gobierno argentino por todos los medios apropiados de que abandone
sus restricciones a las libertades cívicas, las medidas que los
EE.UU. pueden tomar para alcanzar este objetivo están limitadas
por su política y su compromiso internacional de no interferir
en los asuntos de otros estados. A través de canales diplomáticos
hemos intentado señalarle a Perón las ventajas de una prensa libre.
No comparte nuestro punto de vista. Los EE.UU. han protestado
en varias instancias de censura argentina a corresponsales de
prensa norteamericanos, pero nunca hemos recibido las seguridades
de que no habrá reincidencias. Los EE.UU. también han protestado
por la imposibilidad de transmitir desde la Argentina que encuentran
los corresponsales de radio. En respuesta, se nos ha dicho que
la radio en la Argentina está bajo control privado y que
el gobierno no puede interferir en cuestiones de distribución
de tiempo de transmisión.
[25]
La verdad es que de lejos la más importante prioridad de la política
norteamericana hacia la Argentina en 1950 era la de sobornarla
para que ratifique el TIAR, objetivo éste que era enteramente
realista dada la urgente necesidad de dólares del país (consecuencia
de la crisis de balanza-de-pagos que era parcialmente el
resultado del boicot de la ECA)
[26]
. Los militares argentinos, además, estaban muy preocupados
por el balance del poder sudamericano, que había sido alterado
durante la Segunda Guerra Mundial a favor de Brasil gracias a
equipos norteamericanos del programa de préstamos y arriendos
[27]
. La ratificación del TIAR significaba calificar para ventas
de armas norteamericanas, como también recibir un muy necesitado
crédito del Eximbank por valor de U$S 125 millones, para el pago
de deudas comerciales
[28]
. Cuando se tuvieron noticias del crédito del Exim Bank, el
Departamento de Estado comenzó a recibir fuertes quejas, tanto
de latinoamericanos como de norteamericanos. El presidente de
asuntos latinoamericanos del Congreso de Organizaciones Industriales,
Jacob S. Potofsky, le escribió al secretario asistente de Estado,
Edward G. Miller, protestando amargamente:
"La dictadura de Perón está opuesta a todo lo que consideramos
sagrado. Se ha burlado y se sigue burlando de las Cuatro Libertades
y constantemente viola la Carta de las Naciones Unidas. Ha impuesto
una atmósfera de miedo, terror y sospechas en una de las grandes
naciones de América del Sur. Los líderes de la oposición son cazados,
perseguidos y forzados a abandonar el país por ninguna otra razón
que su amor a la libertad, y el sindicalismo libre, libra una
batalla desigual contra el objetivo final del gobierno de
Perón de destruirlo. Irónicamente el crédito propuesto de
nuestra gran democracia va ayudar a consolidar el férreo
dominio que Perón ejerce sobre el pueblo de la Argentina.
[29]
La respuesta de Miller es esclarecedora:
"No puedo imaginarme ninguna acción que daría más confort
y placer a nuestros enemigos en otras partes del mundo que el
que los EE.UU., debido a un exceso de escrúpulos respecto de la
pureza política de los gobiernos de otros países del hemisferio
occidental, se privaran del contacto con ellos o de ejercer influencia
en las vidas de los pueblos de nuestras naciones hermanas. Yo
no creo que la fuerza y la vitalidad de esta nación deban ser
desviadas a canales tan estériles y negativos. Si nosotros, como
gobierno, podemos aprender a trabajar con el gobierno de la Argentina,
entonces el pueblo de los EE.UU. y el de la Argentina podrán aprender
a trabajar juntos y con los pueblos del hemisferio y del mundo
occidental. La fuerza de este gran movimiento de pueblos con seguridad
llevará a todos nuestros gobiernos a propiciar las más altas aspiraciones
de sus pueblos. Nosotros creemos que las instituciones democráticas
son la verdadera manifestación de estas aspiraciones."
[30]
El mismo tipo de reacción se produjo en América Latina. Durante
años, la propaganda norteamericana había enfatizado que
la Argentina representaba una grave amenaza para el hemisferio,
y ahora era necesario contrarestarla
[31]
. Además era necesario encontrar alguna manera de hacer al
préstamo compatible con la previa y muy difundida teoría propagandística
de los Estados Unidos., respecto de que la seguridad y la democracia
iban de la mano, y que por lo tanto era contradictorio pretender
asociarse con la dictadura en pos de la seguridad colectiva. Es
por ello que el embajador norteamericano en Brasil, Herschel V.
Johnson, escribía al Departamento de Estado en estos términos:
"Ya hemos hecho tan buen trabajo vinculando a la defensa
continental con la solidaridad hacia la democracia en la mente
popular y oficial, el hecho de que quizás éstas no estén inexorablemente
unidas, y que la primera pueda alcanzarse a veces aún en
ausencia de la segunda, es digno de ser explicado"
[32]
.
Esto en efecto se hizo, y el Departamento de Estado mandó instrucciones
detalladas a todas sus embajadas en el hemisferio respecto del
nuevo adoctrinamiento que las circunstancias exigían
[33]
.
El período 1951-53:
el intento por salvaguardar la libertad de prensa y el sindicalismo
libre.
El TIAR fue ratificado y el crédito autorizado, pero Perón desilusionó
al gobierno norteamericano, ya que no estuvo dispuesto a mandar
soldados a Corea, continuó predicando su "tercera posición"
(que en teoría era contradictoria con las obligaciones recién
adquiridas por la Argentina a través del TIAR) y agudizando el
tenor de su propaganda antinorteamericana. Durante 1951 y 1952,
de lejos la primera prioridad norteamericana frente a la Argentina
fue obtener la colaboración de Perón con los "objetivos mundiales
de los EE.UU." Por otro lado las actitudes de Perón
eran caprichosas y estaban en gran medida determinadas por su
resentimiento frente a los frecuentes ataques que la prensa y
el sindicalismo norteamericano lo sometían: a tal punto
eran caprichosas que una de sus campañas anti-norteamericanas
más intensas fue desatada porque Eva Perón no conseguía que su
autobiografía La razón de mi Vida, se publicase en los EE.UU
[34]
. Sin embargo a pesar y a pesar de todo, el gobierno de los
EE.UU. era siempre apaciguador y conciliatorio: del mismo modo
en que antes de 1947 no había habido manera de apaciguarlo y de
moderar las extravagantes denuncias de una amenaza argentina
para su propia seguridad, ahora parecía no existir forma de provocar
su reacción frente a un gobierno que no solamente violaba los
derechos civiles groseramente, sino que además gastaba millones
de dólares en una campaña internacional diseñada para denigrar
a los Estados Unidos de todas las maneras concebibles. A tal punto
era conciliatoria la actitud de los Estados Unidos que a
principios de 1951, en las vísperas de una conferencia interamericana
de ministros de Relaciones Exteriores para poner a la Argentina
en una posición embarazosa, sino que por el contrario, espera
facilitar por todos los medios a su disposición la más completa
cooperación por parte del gobierno argentino."
[35]
Este estado de cosas no sería inteligible si no se subrayara
que la política de Perón era muy ambigua. Por ejemplo, en un momento
de 1952 Perón hizo una enfática afirmación pública a los efectos
de ningún soldado argentino dejaría su tierra, y que el país no
había firmado ni firmaría ningún tratado que lo requiriera (lo
que no era cierto, ya que había eventualidades contempladas por
el TIAR que podrían requerirlo) a la vez que un alto funcionario
del Ministerio de Defensa sugería la posibilidad de conversaciones
militares argentina norteamericanas y el canciller declaraba
que estaba encantado de que la Argentina hubiese aceptado el Plan
Militar de la Junta Interamericana de Defensa (que contemplaba
eventualidades que requerían el traslado de tropas)
[36]
. El Departamento de Estado debía elegir entre alienar definitivamente
a Perón o apostar a aquella dimensión de sus actitudes que daba
lugar a la esperanza de que podría ser seducido, y eligió el segundo
curso de acción. Por otra parte, tampoco estaba siendo excesivamente
generoso: después del crédito del Exim Bank de 1950, no se desembolsaron
más créditos importantes a la Argentina hasta 1958
[37]
, y este país no fue considerado elegible para las donaciones
de armamentos que otros países latinoamericanos recibían,
incluyendo Brasil, Chile y Uruguay
[38]
.
Sin embargo, había dos temas de derechos cívicos que molestaban
de manera creciente al gobierno norteamericano, y éstos eran la
ausencia de libertad de prensa y la manipulación a Perón sometía
al sindicalismo y (en grado menor) sus intentos de crear un movimiento
sindicalista peronista de alcance latinoamericano. Particularmente,
la clausura y posterior expropiación de La Prensa provocó un tembladeral
en la prensa norteamericana y por ende, en el Departamento de
Estado. El problema de una prensa libre fue incluido por primera
vez en una lista de promesas argentinas incumplidas preparada
por el Departamento el 4 de febrero de 1951, y específicamente
la clausura de La Prensa fue ubicado en el tercer lugar entre
los "problemas actuales", inmediatamente después de
la falta de cooperación argentina frente a la agresión comunista
y los muy frecuentes ataques a los EE.UU. por parte de la prensa
oficial de la Argentina
[39]
. Por otra parte, en una lista de recientes medidas argentinas
desaprobadas por los EE.UU. redactadas pocos días más tarde, la
clausura de La Prensa fue ubicada en el segundo lugar
[40]
. El ex-embajador norteamericano, George Messersmith, que
viajó a Buenos Aires en febrero de 1951, predicó el principio
de una prensa libre directamente a Perón, con quien sostuvo una
larga conversación el 9 de ese mes
[41]
.
Las repercusiones que tuvo el caso de La Prensa en los
EE.UU. desataron ciertas discusiones internas respecto de cuál
debía ser la política norteamericana frente al régimen de Perón.
Este fue el caso, no tanto a un nivel gubernamental, como en el
de influyentes instituciones como el Council on Foreign
Relations, que tenían un Grupo de Discusión sobre la Argentina
que se reunía periódicamente y contaba con Spruille Braden
entre sus miembros. Durante una reunión realizada el 2 de enero
de 1951, el secretario asistente de Estado Miller debió defender
su política hacia Argentina. Dijo que era imposible determinar
la política norteamericana sobre la única base de la "falta
de pureza" de otros estados. Enfatizó que las libertades
cívicas eran una cuestión de gran importancia y preocupación
para el Departamento de Estado, pero no surgía la pregunta respecto
de si esa cuestión debía conducir a una política de hostilidad
o si los Estados Unidos debieran contemporarizar con la Argentina
y trabajar sobre estos problemas con una actitud cooperativa.
Miller enfatizó que la situación de las libertades cívicas en
la Argentina no se vería favorecida por una política de hostilidad
hacia ese país . Dijo que ésto había sido demostrado por las relaciones
de los EE.UU. con Nicaragua y España: las restricciones a las
libertades cívicas nunca habían sido levantadas mediante el enfrentamiento.
Observó que este problema había sido discutido exhaustivamente
por la reunión regional de embajadores de marzo de 1950. Los principios
norteamericanos, dijo, sólo podían ser impuestos en países donde
los EE.UU. disfrutaban de soberanía parcial, tales como
Alemania y Japón. "Carecemos de poder en los estados independientes",
agregó y " para bien o para mal Perón ganaría entre el 65
y el 70 % de los votos en elecciones libres".
Miller entonces recordó una reunión privada que había tenido
con Perón en la residencia de éste. En esa ocasión, Miller había
expresado el deseo norteamericano respecto de una pronta ratificación
del TIAR por parte de la Argentina. Perón estaba de acuerdo
en ratificarlo, siempre y cuando se pudiese encontrar una solución
a su problema con los EE.UU. Miller replicó que su país estaría
dispuesto a encontrase con él a mitad de camino de esta
cuestión, pero que la violación de las libertades cívicas era
un obstáculo para las buenas relaciones entre los dos países.
De esta manera ambigua Miller sugirió, sin decirlo con todas las
letras, que se había llegado a una transacción con Perón,
cambiando la ratificación por una política de no intervención
en los asuntos internos de la Argentina. Más tarde, durante el
debate, Miller defendió a la Argentina, enfatizando su convicción
de que la prensa norteamericana estaba mucho más sintonizada al
problema de la prensa en la Argentina que ningún otro lugar
(una queja fuertemente voceada por el mismo Perón ). Observó que
tanto en Brasil como en el Reino Unido había habido casos de discriminación
gubernamental en la distribución de papel prensa (que escaseaba),
pero que la prensa de los Estados Unidos sólo armaba un escándalo
cuando ésto ocurría en la Argentina
[42]
.
Miller estuvo ausente de la siguiente reunión del Grupo de Discusión
sobre la Argentina del Council realizada el 15 de febrero
de 1951, y la Argentina se quedó así sin defensor. El sentimiento
general era que el gobierno de Perón había vuelto a mostrar su
verdadera naturaleza en las últimas semanas. Considerando al TIAR
como la única evidencia de una voluntad de convivir con el mundo
occidental hubo un acuerdo en que los ataques a la política exterior
de los EE.UU. y la clausura de La Prensa indicaban que
el gobierno de Perón no tenía intenciones de seguir a occidente
a no ser que llegara a la conclusión de que de esa manera
serviría a sus propios intereses. Un hombre de negocios presente
en la discusión expresó la opinión de que el próximo paso de Perón
sería tomar Bolivia y el ex embajador Braden aprovechó
la oportunidad, como había hecho tantas otras veces en el
pasado para sembrar la alarma, diciendo que él tenía información
a los efectos de que Gonzálvez sería el próximo presidente de
Bolivia, que éste recibía apoyo peronista, que sería poco más
que un esbirro de Perón y que ésto transformaría a Bolivia en
un satélite de la Argentina. Más aún Braden estaba seguro (junto
con varios otros) de que "la Argentina haría un juego pendular
entre Rusia y los EE.UU.". EL funcionario del Departamento
de Estado que presenció esta reunión terminaba así su memorándum:
"Anticipando estos acontecimientos, era la opinión general
que la política norteamericana hacia la argentina debería ser
más dura(...) Los objetivos de largo y corto plazo alcanzados
por los Estados Unidos durante el último año fueron posibilitados
por nuestra fuerte posición negociadora frente a la casi bancarrota
argentina(...). La mayoría de los presentes pensaban que nuestra
política ahora debiera dirigirse a principios fundamentales más
que a intentar alcanzar objetivos limitados para favorecer o socorrer
a algunos segmentos de los intereses económicos norteamericanos
en la Argentina"
[43]
.
En menor grado este tipo de discusión tenía lugar en el seno
del gobierno norteamericano. Uno de los secretarios de la embajada,
por ejemplo, envió despachos muy fuertes al Departamento de Estado,
alentando indirectamente una línea política más dura. Otros como
T.R. Martin, estaban consternados ante la posibilidad de
que los esfuerzos desplegados para conseguir la cooperación de
Perón fueran desperdiciados por la adopción de una línea dura.
En una carta al secretario asistente adjunto de Estado, Thomas
Mann, fechada el 12 de marzo de 1951. Martin manifestaba su alarma:
"No puedo creer que vayamos a revertir en este momento crítico
una política de colaboración que ha sido tan fructífera (...)
Para mí, el logro eventual de la colaboración argentina sería
uno de los éxitos más constructivos que podríamos alcanzar
en nuestras relaciones interamericanas. ¿Qué es lo que queremos
de la Argentina cuando regresamos a una economía de defensa y
enfrentamos la perspectiva de guerra? Usted y yo reflexionamos
sobre esta cuestión durante muchas horas hace varios años y no
veo que la respuesta haya cambiado. Queremos la colaboración argentina
en tres planos diferentes (...) que podríamos denominar colaboración
general, colaboración específica y suministro de bienes.
Considerando a estos tipos de colaboración en orden inverso,
Jack (Pool) efectivamente demuestra que probablemente podríamos
conseguir los suministros de cualquier manera. Las leyes económicas
dirigen al comercio en nuestra dirección . Esta fue la conclusión
del Sr. Braden en 1946 (...) Pero Jack está otra vez hablando
de (un escenario de ) hostilidades abiertas e ignora, creo yo,
que aún en relación con el suministro de bienes podemos querer
más, tanto en la paz como en la guerra, de lo que las leyes económicas
nos van a proveer".
Martin continuaba desarrollando el punto que sólo a través de
relaciones relativamente buenas podrían los EE. UU. esperar la
colaboración argentina en "emprendimientos específicos"
y que aún en un clima favorable de relaciones la Argentina podría
pretender quid pro quos en algunas instancias: la única
forma de no negociar, enfatizaba, era recurriendo a la coerción
a través de la negativa de cantidades mínimas de bienes esenciales
para la Argentina. Pero esto impediría lo que él llamaba "colaboración
general" y transformaría cada "emprendimiento
específico" en una dolorosa pulseada, generando disenso en
los EE.UU. y en las demás repúblicas americanas. Luego arguye:
"Jack (John C) Pool ha hablado de la necesidad argentina
de los EE.UU. Muy apropiadamente, no intento evaluar la necesidad
norteamericana de la Argentina, pero al fin y al cabo es esta
última la que debe determinar nuestra política. No la Argentina
sino los Estados Unidos enfrentan la guerra. No la Argentina sino
los Estados Unidos pueden estar luchando pronto por su supervivencia
nacional (...). No pretendo predecir que un cultivo continuado
de la Argentina va a materializar todas nuestras esperanzas, pero
hesito en arriesgar la pérdida de las ganancias de los últimos
dos años en un momento de crisis nacional,
ganancias alcanzadas con tan alto sacrificio de los altos
principios morales y políticos tanto por parte de la nación como
de los individuos (...). Nuestra política de cultivo del gobierno
argentino a pesar de la aberración de la ECA de 1948 y 1949,
ha sido eminentemente exitosa, particularmente bajo el Sr.
Miller (...) Hemos fracasado sólo en algunos casos en que el gobierno
argentino no ha estado dispuesto o no le ha sido posible
alterar su política. Nosotros mismos no hemos podido cambiar nuestras
políticas para satisfacer las demandas argentinas.
Cuando un gobierno totalitario suprime a la prensa, se puede
sentir simpatía y brindar toda la asistencia que se pueda, con
sentido práctico y sin apartarse de lo que es apropiado, pero
no tiene por qué haber sorpresa. Cuando en 1947 nuestro gobierno
decidió aceptar a Perón en su cama, deliberadamente aceptó la
posibilidad de ciertas consecuencias. Según recuerdo, Ud.
personalmente delineó estas consecuencias al Secretario Marshall.
Cuando uno acepta a una puta con los brazos abiertos, no debe
sorprenderse si después extiende la mano para pedir una retribución
ni si su conducta posterior demuestra ser embarazosa. Estos
eran los riesgos que aceptó cuando abrió sus brazos." (El
subrayado es mío)
Y es así que este funcionario de la embajada no sólo defendía
una política pragmática, sino que también hacía una apología de
Perón. La siguiente oración de su carta era una pregunta:"¿Y
qué acerca de las dificultades que enfrenta Perón al elegir una
política de colaboración con nosotros?", y así continúa justificando
a la Argentina:"El pueblo en su conjunto, individualista,
testarudo y orgulloso, parece decidido a la neutralidad, tal como
lo estaba el pueblo norteamericano entre 1914 y 1917 y entre 1939
y 1941 (...). A pesar de toda la ridícula charla sobre la independencia
argentina, ella es ciertamente independiente en por lo menos un
sentido: piensa independientemente. Lo extraordinario es que Perón
haya llegado tan lejos como lo ha hecho (en su colaboración con
los Estados Unidos)." Martin finaliza:
"Ud. observó en 1946 (...) que el gran peligro de la política
de los EE.UU. hacia la Argentina residía no tanto en la
elección de una política de coerción o una colaboración (...)
como en la posibilidad de que al mezclar coerción con colaboración
destruyéramos los efectos de (ambas). En 1948 y 1949 la ECA nos
puso (en esa posición). (...) (Así) que no hablemos de quién necesita
más a quién sino de asistencia mutua: no hablemos
de privarnos el uno a otro sino de proveernos mutuamente: no sugiramos
un cambio hacia una política que sería anatema en la Argentina,
y en cambio afirmemos la continuación de una política que ya ha
ganado el favor argentino; no arriesguemos nuestras ganancias,
conservémoslas; no recurramos a la coerción, negándonos bienes
esenciales el uno al otro, y en lugar de ello negociemos favores
especiales. Si nuestras necesidades actuales no son urgentes,
finjamos indiferencia para fortalecer nuestra posición negociadora,
pero no adoptemos a la indiferencia como base para nuestra política.
Por sobre todo, seamos pacientes mientras vamos obteniendo resultados,
y cultivemos relaciones amistosas con este pueblo difícil e imposible
(...)"
[44]
He transcripto largos párrafos de esta carta porque encuentro
en su contenido esclarecedor con respecto a discusiones previas,
no registradas, sobre la política a seguir sobre la Argentina,
y8/on respecto a los argumentos usados por estos hombres, para
no mencionar un sentido del drama que aunque frecuentemente subestimado
por los académicos, en mi opinión agrega mucho a nuestra comprensión
de estos procesos. Más allá de muchos argumentos racionales, Martin
y otros como él (por ejemplo Messersmith) habían sido claramente
seducidos por Perón y por la Argentina, y estaban dispuestos a
perdonar muchas cosas y a justificar otras, mientras hombres como
Braden y (previamente) Hull odiaban intensamente tanto al dictador
como al país: la afirmación de Summer Wells, en sus memorias,
de que Cordell Hull tenía un prejuicio anti argentino casi psicopático
[45]
, es otro dato relevante que subraya este elemento personal
y por cierto visceral de la política de los EE.UU hacia países
que, como la Argentina, son irrelevantes para sus intereses básicos
[46]
. La Argentina fue y es un país con respecto al cual los EE.UU.
pueden darse el lujo de gruesos errores políticos, irracionalidad
extrema y contradicciones flagrantes. La Argentina también fue
y es un país con respecto al cual los EE.UU. podrían, en principio
darse el lujo de adoptar una política no pragmática, orientada
exclusivamente por su ideología de defensa de la democracia y/o
derechos y libertades cívicas. Sin embargo, a pesar de esta peculiaridad
(que es en sí misma una oportunidad), los objetivos pragmáticos
siempre han competido con objetivos simbólico-ideológicos en el
diseño de la política norteamericana hacia la Argentina: la mayor
libertad de acción de los EE.UU. frente a un país de estas características
no ha significado mayor coherencia sino, por el contrario, mayores
contradicciones en su política. Así desde 1942 hasta 1947 se aplicó
coerción por razones que eran básicamente ideológicas (contra
regímenes tanto constitucionales como militares), en 1948 y 1949
una política de colaboración del Departamento de Estado fue contradecida
por una política de coerción de la ECA, y posteriormente,
hasta la caída de Perón, se adoptó una línea enteramente pragmática,
que no permaneció sin embargo, sin cuestionamientos, tanto desde
el seno del gobierno de los Estados Unidos como desde la sociedad
misma, su prensa y otros grupos de presión. Eran estos cuestionamientos
los que desvelaban al autor de la carta.
Martin no necesitaba preocuparse tanto. El secretario asistente
adjunto Mann pronto contestó su carta, declarando que en su opinión
la gran pregunta respecto de la Argentina no estaba vinculada
a los objetivos, que era conseguir su cooperación con los Estados
Unidos como socios plenos del sistema interamericano (es decir,
un objetivo pragmático), sino más bien una cuestión de qué
técnicas tenían más posibilidades de generar los resultados deseados.
Agregaba que no había habido cambios en la estrategia norteamericana
frente a la Argentina como consecuencia del episodio de La
Prensa y que dudaba que los hubiese. En general, el Departamento
de Estado trataba de evitar involucrarse en polémicas oficiales
con el gobierno argentino, y la única salvaguardia que debía agregarse
a este principio operativo era que, en una democracia como los
Estados Unidos, ciertas presiones ajenas al gobierno a veces se
generaban y acumulaban, y el silencio se volvía muy difícil de
mantener aún cuando fuera lo que más conviniera a los intereses
norteamericanos.
[47]
Esto era coherente con el previo Resumen Mensual (Montlhy Summery)
de la embajada, donde se había afirmaba que se había llegado a
la decisión de no entrometerse con el asunto de La Prensa
ni apoyar críticas a Perón provenientes de otros estados
como consecuencia del episodio: se limitarían a participar en
una declaración general a favor de la libertad de prensa
[48]
. Pero el Secretario Asistente Miller había llegado un poco
más lejos, declarando públicamente que su gobierno estaba llegando
a la conclusión de que sería necesario " restringir su política
de cooperación con la Argentina", como "el efecto posible
de la situación del diario La Prensa", y ésto
fue lo que encendió la fuerte y preocupada reacción de Martin.
Esta declaración también desencadenó una virulenta ola de ataques
a los Estados Unidos por parte de la prensa argentina (en gran
medida controlada por el gobierno). Como consecuencia un vocero
del Departamento de Estado mitigó los comentarios de Miller, afirmando
que lo único que había intentado decir era que los Estados Unidos
deseaban la cooperación, pero sin por ello sacrificar los ideales
norteamericanos, a pesar de lo cual los EE.UU. no adoptarían una
política de crítica hacia la Argentina, ya que ello, "la
privaría de la posibilidad de retroceso". La Epoca,
un diario peronista, replicó que uno de los ideales norteamericanos,
solemnemente expresado por uno de los presidentes de los Estados
Unidos, era ver a la bandera de la barra y estrellas flamante
en toda la extensión que va desde el río San Laureanda hasta el
Cabo de Hornos, y que a esto no lo lograrían en parte porque los
diarios apedreadas dirigidos por traidores vendepatria estaban
siendo neutralizados...
[49]
Fue un gran alboroto, sin duda, para la clausura y expropiación
de un diario, si consideramos el contexto en el que estaba teniendo
lugar, de gruesas violaciones cotidianas de los derechos humanos,
e incluso de clausura de muchos otros diarios menores, que pasaron
casi totalmente desapercibidas. Según las palabras de un memorándum
de embajada preparado para informar al nuevo embajador, el Sr.
Bunker sobre la situación:
"La represión de las libertades cívicas y las restricciones
a la libertad de prensa que tienen lugar en la Argentina de 1943,
en sí misma escandalosas desviaciones de los principios políticos
de la civilización occidental en nuestros tiempos, se encuentran
hoy entre los más serios problemas que afectan las relaciones
argentino-norteamericanas(...) Dado nuestro esfuerzo por obtener
la colaboración argentina en el sistema interamericano, (estas
transgresiones) causan embarazo moral y político a nuestro gobierno
frente al mundo libre (...) Se encarcela a los hombres sin someterlos
a juicio, y se los tortura hasta la locura para que confiesen
crímenes que pueden no haber cometido. La oposición periódicamente
lee una larga lista de supuestos asesinatos políticos. Diarios
y Revistas han sido clausurados incluyendo publicaciones no sólo
comunistas, socialistas e independientes, sino también uno de
los grandes diarios del mundo, La Prensa, que ha sido perseguido
y suprimido. Hace ya mucho que no se permite la entrada de Time
y Newsweek. Todos los programas de radio se censuran en
busca de su contenido político. Ciudadanos norteamericanos-incluyendo
corresponsales de prensa-han sido encarcelados por acusaciones
falsas. El gobierno ha censurado informes de corresponsales extranjeros,
y algunos corresponsales han sido expulsados. Escribir o hablar
en forma poco respetuosa de funcionarios públicos es un delito
(llamado desacato) que está sujeto a una pena de tres años. Representantes
de la oposición han sido expulsados han sido expulsados del Congreso
argentino por faltarle el respeto al presidente Perón. A veces
el derecho de asamblea se niega a grupos de la oposición (...).
Jueces antiperonistas han sido removidos, las líneas telefónicas
son espiadas. Todos los maestros deben propagar la fe peronista
o arriesgarse a un despido casi seguro (...) Cuando los ataques
a las libertades cívicas son claramente una cuestión interna argentina,
nosotros no intervenimos. Cuando están involucrados intereses
o ciudadanos de los Estados Unidos, intentamos proteger a las
personas y defender los derechos existentes bajo la ley municipal
y la práctica internacional (...)
[50]
. (el subrayado es mío)
¿Por qué, entonces, tanto lío con La Prensa, si violaciones
tanto más graves de los derechos individuales estaban produciéndose"
La cuestión es muy simple. La Prensa ("uno de los
grandes diarios del mundo") era el cliente extranjero más
importante de la United Press-y, según una afirmación hecha por
Perón al embajador Nufer que aún no he podido verificar, sus dueños
estaban entre los principales accionistas de la agencia
de noticias. Dos años después de la expropiación de La Prensa,
el embajador Alfred F. Nufer envió un despacho al Departamento
de Estado en el que cuenta de una conferencia de prensa en la
debió enfrentar a Thomas Curran, vice presidente de la United
Press y corresponsal de esa agencia en América del Sur. Curran
le preguntó al embajador si Perón se había quejado acerca
de la actitud de la prensa norteamericana a su persona y gobierno.
El embajador le contestó que podía llegar a sus propias conclusiones,
y Curran replicó que el embajador le haría un favor a Perón si
le dijera que la única manera de en que podía esperar ser mejor
tratado por la prensa en los EE.UU. era si antes permitía que
los juzgados locales tomaran medidas acerca del caso de La Prensa
y si como consecuencia este diario era restituido a sus dueños
legítimos. Más aún predijo o amenazó con que si Perón alguna vez
visitaba los EE.UU. sería crucificado por la prensa, como lo sería
también cualquiera que tuviera que ver con la organización del
viaje. Nufer quedó consternado ante la perspectiva de que un acercamiento
argentino-norteamericano pudiera verse frustrado por este factor
[51]
. Por otra parte, Nufer le reconoció al mismo Perón que otros
dictadores, como Franco y Tito, eran mucho mejor tratados por
la prensa norteamericana, aunque atribuyó este hecho a que el
pueblo de los Estados Unidos se había convencido de que esos gobiernos
eran sólidos aliados de los estados Unidos contra la agresión
comunista, y habían dado amplias muestras de que deseaban ser
amigos de los EE.UU. Si el pueblo de los EE.UU. había aceptado
a España y Yugoslavia, dijo el embajador, sin duda estaría igualmente
dispuesto a aceptar a la Argentina: lo que se necesitaba era una
demostración directa y vi a esta vigorosa de parte del gobierno
argentino respecto de que no sólo se oponía fuertemente al comunismo,
sino que se alineaba con el mismo entusiasmo con los EE.UU.
[52]
Es así que un interés material muy específico y un grupo de presión
muy poderoso subyacía a esta insistencia en una cuestión
aparentemente ideológica que se centraba en el caso de La Prensa:
la retórica sobre las libertades cívicas y los principios de la
civilización occidental-proclamados en un contexto en el que se
perpetraban violaciones mucho más graves que desde el punto de
vista de las relaciones argentino-norteamericanas pasaban
desapercibidas -era más fachada que otra cosa, y lo que verdaderamente
motivaba las limitadas reacciones oficiales norteamericanas era
el hecho de que, en casos como el de La Prensa, a ellos se les
creaba un problema interno. Aunque en un grado menor, lo mismo
era cierto respecto del único otro asunto vinculado a los
derechos cívicos que ingresó a la agenda norteamericana desde
el punto de vista de sus objetivos frente a la Argentina, que
era el dominio que Perón ejercía sobre el movimiento sindical.
El interés del Departamento de Estado por este asunto se despertó
a raíz del amargo antagonismo que se había desarrollado entre
el sindicalismo norteamericano y el argentino. Sindicatos norteamericanos
habían creado con éxito una federación interamericana del trabajo,
la ORIT para neutralizar a la federación comunista latinoamericana
(la OTAL) dirigida por Lombardo Toledano, de México. La Argentina
no se asoció a ninguna de estas organizaciones, sino que se dedicó
a hacer proselitismo con el objetivo de crear una tercera una
tercera federación de orientación peronista, la Agrupación de
Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS), finalmente
creada en México en 1952
[53]
. La posición del sindicalismo norteamericano era que Perón,
como el dictador de un estado totalitario, representaba todo lo
opuesto que las democracias; que el trabajo organizado en la Argentina
estaba completamente dominado por el gobierno; que las libertades
democráticas del sindicalismo habían sido arrasadas y que los
derechos cívicos en general habían sido suprimidos. Los sindicatos
norteamericanos habían impedido con éxito la asociación argentina
en la ORIT y a su predecesora, la CIT, que había sido organizada
en Lima en 1948. La Argentina había contraatacado condenando a
la CIT y a la ORIT como instrumentos del "imperialismo de
Wall Street". Había organizado un cuerpo de agregados laborales
asignados a sus embajadas y los usaba para diseminar propaganda
peronista, y había tenido cierto éxito limitado en la creación
de grupos de orientación peronista en varios países, que el sindicalismo
norteamericano consideraba peligrosos.
[54]
La guerra subsiguiente no podía sino tener un fuerte impacto
sobre el Departamento de Estado: este segundo y último asunto
vinculado a los derechos cívicos que sistemáticamente se incluía
en las listas del Departamento de Estado como un objetivo de su
política hacia la Argentina (liberar el movimiento sindical de
la interferencia y el dominio gubernamental, restaurando las libertades
sindicales) también estaba ligado a un poderoso grupo de presión
norteamericano, al igual que en el caso de la libertad de prensa
y el affaire específico del diario La Prensa. Más aún,
el caso del sindicalismo estaba vinculado directamente a los intereses
políticos de los EE.UU en esta parte del mundo, en tanto los mismos
agregados laborales argentinos se dedicaban activamente a la propagación
de propaganda anti norteamericana en todo el hemisferio y aún
en Europa y el Medio Oriente.
Por lo tanto, ni uno sólo de los asuntos vinculados a la violación
de los derechos y libertades cívicas en la Argentina que
entraron en la Agenda de las relaciones bilaterales era "puro"
o desinteresado. Fueron más un instrumento ideológico que se usaba
para apuntalar intereses materiales en el contexto de una política
que era en esencia pragmática, o la inevitable reacción a grupos
de presión (lo que se conoce con el nombre, ya universalizado,
de lobbies), que hacían sentir su peso sobre el gobierno
de los EE.UU.que los verdaderos objetivos en sí mismos de ese
gobierno.
El cambio de política de 1952
Fue el carácter tercamente anti norteamericano de la política
de Perón, que era irracional en tanto ese anti nortemericanismo
no generaba beneficios para la Argentina, lo que llevó al deterioro
de las relaciones y a un cambio en la política norteamericana
de apaciguamiento de Perón, hacia 1952. Ya en 1951 había señales
de conflictos burocráticos, algunos de los cuales fueron registrados
arriba. Un memorándum del secretario asistente Miller, por ejemplo,
criticaba a un borrador de pronunciamiento político hacia la Argentina
porque daba la impresión de que el Departamento estaba haciendo
la apología de Perón. El alto funcionario propuso que los EE.UU.
le hicieran menos la corte a la Argentina que hasta ese momento,
y que adoptaran actitudes que hicieran comprender a los argentinos
que la Argentina necesitaba más a los EE.UU. que éstos a la Argentina
[55]
. Esta idea fue adoptada en el Pronunciamiento (secreto) del
26 de octubre de 1951. Hasta aquí los cambios de política frente
al pronunciamiento de 1950 eran menores: era una diferencia de
énfasis y matices. Y por otro lado, el nuevo Pronunciamiento decía
explícitamente que "ha sido demostrado en forma bastante
terminante que la democracia no pude ser exportada"(...)
[56]
Sin embargo, a medida que los ataques de Perón contra los Estados
Unidos se intensificaron, la opinión de la embajada y el Departamento
comenzó a evolucionar hacia un cambio moderado de
su política hacia nuestro país. El 11 de marzo de 1952 se elaboró
un memorándum que proponía algunos cambios
[57]
. El 5 de mayo, John C. Pool envió un despacho al Departamento
sobre el tema "El elemento de respeto en nuestras relaciones
con las Argentina", sugiriendo reacciones norteamericanas
a los ataques peronistas:
"Cuando uno trata con gente decente existe cierta ventaja
en pasar por alto sus exentricidades y en ponerse por encima de
sus aberraciones respecto de las normas de conducta normales y
aceptables. Pero esto no se aplica al régimen de Perón, que en
su inmensa mayoría está compuesto por individuos que serían totalmente
incapaces de elevarse a posiciones de autoridad y actuación pública
sobre la base del mérito. Esto no se dice con espíritu inamistoso.
Es un hecho. Estas son gentes pequeñas . No comprenden uno podría
tener una reacción diferente que la que tiene, e interpretan la
magnanimidad con una señal de debilidad."
[58]
Pool no sugería una política agresiva ni recurso coercitivo alguno,
sino tan sólo mostrar señales tangibles de desagrado frente a
las agresiones peronistas. Finalmente, el 23 de junio de 1952
tuvo lugar una reunión en el Departamento de Estado para informar
al recién nombrado embajador, Alfred Nufer, y señalarle los cambios
aceptados frente al Pronunciamiento de política hacia la Argentina
de octubre de 1951. En esta reunión se estudió el previamente
nombrado memorándum del 11 de marzo. El cambio de política aceptado
fue, como se dijo, moderado: no implicaba un regreso a la coerción
previa a 1947. No era, sin embargo, un cambio insignificante.
Se decidió continuar con una política"en términos generales,
correcta" hacia la Argentina, pero al mismo tiempo usar todas
las oportunidades disponibles para contrarrestar la propaganda
anti norteamericana de ese país y frenar "la penetración
política argentina" en América Latina. Se señaló que debía
intentarse despertar el interés de los otros países latinoamericanos
respecto del "peligro a ellos mismos y a la unidad latinoamericana"
representado por la Argentina, y que "cada país debía ser
alentado a adoptar sus propias medidas para oponerse a la penetración
argentina". No debía haber actividades encubiertas dentro
de la Argentina, pero fuera de ella, por el contrario, la propaganda
anti argentina debía realizarse de manera encubierta y/o privada.
En otras palabras no se regresaba a la política coercitiva, sí
se volvía a la actitud imperante antes de 1947, de discretamente
enfatizar a los líderes de otros países que la "penetración
argentina" era peligrosa para América Latina. Tanto en ese
memorándum de conversación como en el documento de marzo que se
estudió durante esta reunión hay un punto misterioso, el
noveno y último, que era para presentación verbal únicamente:
esto es, en el contexto de una lista de cambios de política sugeridos,
el punto nueve dice textualmente "para presentación verbal
al embajador únicamente" y no aclara nada. Es posible que
este punto se haya referido a la posibilidad de sanciones económicas
secretas como un último recurso porque en el memorándum de conversación,
éste es el tema de la siguiente pregunta del embajador.
[59]
ATLAS era el principal ejemplo de penetración argentina. Otro
caso importante eran las uniones económicas con países vecinos
proyectadas por Perón. Seguramente no es ninguna coincidencia
que no mucho después de la adopción de los cambios en la línea
política del Departamento de Estado que aquí comentamos, en ocasión
de la firma del "Acta de Santiago" entre Chile y Argentina,
el canciller brasileño declaró que dicha Acta era una amenaza
a la unidad hemisférica, a pesar del hecho que Perón había enrolado
previamente a Vargas en su proyecto integrativo, en el que deseaba
incluir a Brasil
[60]
: el canciller brasileño usó el mismísimo concepto y casi
las mismas palabras que el Departamento de Estado había
utilizado respecto del peligro de la penetración argentina.
Por cierto, el 26 de agosto de 1952 el Departamento envió instrucciones
precisas a sus diplomáticos en las otras repúblicas americanas,
con la línea argumental que debía adoptarse en conversaciones
con nativos de los países en que estaban destinados. Este
fascinante documento atribuye los ataques norteamericanos de Perón
a su necesidad de construir una "máquina de ficciones"
para ocultar su fracaso económico tanto en la Argentina como en
el extranjero, y aconseja a los diplomáticos recalcar sutilmente
el carácter ridículo de los alardes y delirios argentinos ("
la Argentina es, ciertamente, mucho menos importante económica,
política y militarmente de lo que su ego le permite creer"),
señalando que mientras ese país objetaba todos los proyectos
cooperativos nacidos de la iniciativa de otros, nunca tenía nada
verdadero para ofrecer en su reemplazo, y que nada había salido
de su grandilocuente propuesta de lanzar un Plan Marshall propio
para América Latina. La línea argumental que debían emplear los
diplomáticos norteamericanos quedaba así definida en términos
precisos:
"La prioridad dada a los EE.UU. como blanco de sus insultos
puede oscurecer el hecho de que la propaganda peronista es un
problema para los países que está penetrando. No es en los EE.UU.
donde Perón se está presentando como un redentor del pueblo, ni
son los trabajadores norteamericanos quienes están siendo organizados
por agregados laborales argentinos".
Así los diplomáticos de los EE.UU. debían señalar como,
uno a uno, los gobiernos de la región se encontraban ante la necesidad
de reaccionar contra el peronismo: un gobierno (Ecuador) recientemente
había declarado al embajador argentino persona non grata
por interferir en asuntos internos ; otro (Panamá) había forzado
el retiro del agregado laboral; y otros aún habían puesto a los
diplomáticos argentinos bajo vigilancia.
En este contexto, parte de la línea sugerida contra la Argentina
consistía en enfatizar los principios democráticos, especialmente
la libertad de prensa: "Es imperativo para los hombres libres
- y especialmente para editores y periodista, ya que su supervivencia
está directamente involucrada - defender las bases de la libertad
de información, repudiando la falsificación de noticias y denunciando
a sus autores". La diseminación de noticias falsas, el uso
fraudulento de fuentes de noticias, el subsidio a la inescrupulosa
agencia de noticias, Agencia Latina, que difundía mentiras por
todo el continente, eran según esta línea argumental una
amenaza más grave que la censura y la persecución de hombres de
prensa, porque socavaban la ética del periodismo, y así "refuerzan
en nuestras playas el ataque librado desde el otro lado de la
Cortina de Hierro contra nuestra gran institución occidental de
la libertad de prensa".
[61]
Claramente pues, en esta instancia, los principios estaban al
servicio de una política norteamericana cuya inspiración era pragmática
:el discurso ideológico, de defensa de la democracia y las libertades
y derechos cívicos, habían sido activados una vez más porque el
Departamento de Estado estaba perdiendo esperanzas de conseguir
la cooperación de Perón y, más aún, había llegado a la conclusión
de que éste seguiría dedicado activamente a atacar esos objetivos.
Aquellos principios (la democracia, las libertades, los derechos
humanos) no eran el verdadero objetivo, sino básicamente
un instrumento al servicio de fines más interesados.
En 1950 los principios habían sido sacrificados en aras de la
ratificación del TIAR y un intento de acercamiento diplomático
general. Pero ese acercamiento había fracasado debido a los caprichos
y estados anímicos variables del dictador. Como consecuencia,
se adoptó una política para frustrar a la "penetración argentina"
de América Latina, y en este contexto los principios fueron introducidos
nuevamente en el discurso, como parte de una estrategia pragmática.
La seducción final del dictador
Lo que ocurrió casi inmediatamente después es algo que ningún
"cientista social" hubiera predecido jamás, pero que
quizás podría haber sido vislumbrado por un sabio y anticuado
conocedor de hombres. El general Dwight Eisenhower fue elegido
presidente de los EE.UU. Perón según la percepción registrada
de la mayor parte de los diplomáticos extranjeros que lo trataron,
era un hombre muy sensible que se ofendía con mucha facilidad,
tomaba todo en forma personal y confundía su función de gobernante
con sus asuntos personales
[62]
. Perón aún no se había sentido ofendido por Eisenhower, y
mientras este fuera el caso todo era posible. Y Eisenhower decidió
halagarlo.
Primero hubo un mensaje para Perón del nuevo Secretario de Estado,
John Foster Dulles. Era una declaración rutinaria con una frase
clave: "La Argentina y los EE.UU. son ambos líderes reconocidos
de la comunidad americana"
[63]
. Perón se derritió. Según el memorándum de conversación de
Nufer, le resultó imposible ocultar su agrado: "Se ruborizó
de orgullo, se volvió hacia (el canciller)Remorino y le comentó
`¡Mire lo que piensan de nosotros!'
[64]
. Y tres meses más tarde, Eisenhower envió a su hermano Milton
en un viaje de buena voluntad por América Latina. Juan y
Milton se hicieron amigotes. Y esta fue la clausura de la enemistad
de Perón con los EE.UU. y de sus políticas anti norteamericanas.
El memorándum de conversación de Nufer inmediatamente posterior
a la visita de Milton Eisenhower nos dice:
"Comprendí que el motivo principal por el que Perón me quería
ver era el de rememorar la visita del Dr. EIsenhower. Todavía
estaba bajo el hechizo de la personalidad del Dr. Eisenhower ,
y literalmente burbujeante de buena voluntad y entusiasmo. Preguntó
reiteradamente si al Dr. Eisenhower le había agradado la visita,
y dejó muy en claro que él personalmente estaba encantado de que
todo hubiera salido tan bien, sin nada que empañara la estadía.
"Dijo que ahora tenía, por primera vez, la impresión definida
de que el gobierno de los EE.UU. no estaba mal dispuesto hacia
el suyo y que existía por ende, una verdadera oportunidad para
mejorar las relaciones (...) Dijo que comprendía que no podía
haber un cambio drástico e inmediato en la actitud de la prensa
norteamericana, pero que ésto ya no era importante porque él estaba
convencido de que el gobierno de los EE.UU. compartía su creencia
en que el mejoramiento de las relaciones entre la Argentina y
los EE.UU. era altamente deseable".
[65]
Para el Departamento de Estado, no hubiera podido haber mejores
noticias provenientes de la Argentina. Ya con aquel primer mensaje
de Dulles a Perón se habían incluido instrucciones para el embajador
en el que los obstáculos a las relaciones amistosas entre los
EE.UU. y la Argentina habían sido enumerados como:1. La neutralidad
de la Argentina (tercera posición); 2. los ataques oficiales u
oficialmente inspirados del peronismo a los EE.UU; 3. la aprensión
de otros países latinoamericanos de que un eventual acercamiento
entre los EE.UU. y la Argentina pueda afectar a sus propias relaciones
con los EE.UU.; 4. Medidas peronistas contra la libertad de prensa
y de radio; 5. control gubernamental del sindicalismo en la Argentina.
Pero el telegrama decía claramente que los puntos (4) y (5) eran
cuestiones internas de la Argentina y que los EE.UU. no estaban
en condiciones de insistir en que haya cambios al respecto
como la base para un acercamiento oficial
[66]
. Similarmente un despacho de la embajada fechado el 31 de
julio de 1953 declara que " el sistema de gobierno de la
Argentina es de importancia secundaria para nuestros objetivos".
El despacho iba más allá, describiendo el carácter de Perón después
de la visita del Dr. Eisenhower parece confirmar el diagnóstico
que la Embajada realizara de su personalidad. Ansía reconocimiento".
Sin embargo el éxito de la seducción de Perón todavía no podía
ser garantizado. Algunos riesgos para el rapprochement,
señalaba el despacho aún permanecían:
"Aunque no fuese tan sensible como es, esta aproximación
hacia nosotros pondría a Perón en una posición de vulnerabilidad.
Tanto en la Argentina como en el extranjero, un rechazo por parte
de la opinión pública norteamericana heriría su orgullo; en la
Argentina se expone una pérdida de prestigio entre su propia gente.
Su abierto y no disimulado entusiasmo es el producto de un sentimiento
que ha sido liberado por la perspectiva de realización de
un largamente deseo de reconocimiento. Su emoción en esta situación
es más fuerte que su juicio político".
Según el punto de vista de la embajada, existía el riesgo de
que la continuación de los ataques a Perón de la prensa
norteamericana favorecían a los grupos antinorteamericanos
que operaban en la Argentina. Para frustrar sus designios, se
dijo, los EE.UU. deberían retener la confianza de Perón
en los deseos de mejores relaciones por parte del gobierno, de
manera de:
"(...) superar la etapa de peligro que comenzó cuando expuso
sus intenciones amistosas y terminará sólo cuando la opinión pública
norteamericana acepte a la Argentina del mismo en que aceptó a
Franco o Trujillo, y por la misma razón : la cooperación contra
el enemigo común, el comunismo".
[67]
De esta manera, está claro una vez más que la existencia de una
dictadura era un asunto secundario, y no solamente respecto de
la Argentina sino en el mundo en general. Además la actitud del