Estudios
 
  La traición a los derechos humanos:
 
 

Relaciones Argentino-Norteamericanas 1950-1955

Por Carlos Escudé

Este es un artículo sobre las relaciones entre la Argentina y los EE.UU. entre 1950 y 1955, en el que intentaré subrayar y analizar la dimensión "democratizante" o " liberadora" de la política norteamericana hacia nuestro país en esos años, incluyendo el uso de la causa de los derechos humanos para la consecución de objetivos  menos idealistas por parte de los Estados Unidos, y lo que viene a ser en última instancia el precio de esta altruista arma norteamericana. Está basado en los propios archivos de gobierno de los Estados Unidos, más algunos documentos de los archivos británicos. No es un artículo fácil de escribir, porque requiere varios introitos. Por el lado de las relaciones bilaterales, el período 1950-55 está inexorablemente vinculado al pasado de boicot que se había registrado entre 1942-1949. No puedo presuponer que el lector recuerde estos hechos y me veo forzado a resumirlos brevemente, subrayando la mencionada dimensión " democratizadora" de la política norteamericana también en este telón de fondo histórico: esto es tanto un servicio al lector como una necesidad estructural  de un artículo que requiere un anclaje en el pasado para su cohesión y autonomía. Consideraciones prácticas me llevaron a dividir este trasfondo, a su vez, en dos partes, una dedicada al período 1942-45, y la otra al período 1946-49, debido a las significativas diferencias entre estos dos subperíodos en materia de política norteamericana hacia la Argentina y en términos de la situación interna argentina. Hasta aquí, la dificultad de los introitos es relativamente menor. Pero hay un tercer introito que se hace imperativo en este contexto. He hablado de la dimensión "democratizante" o "liberadora" de la política norteamericana  hacia la Argentina durante un período en el que este país era administrado por un gobierno electo por el pueblo.¿A qué venía ese afán "democratizador"? ¿De dónde la pretensión liberadora?  

El autor de este artículo no es antiperonista. Por el contrario, en La declinación Argentina (libro cuyo  contenido fue parcialmente adelantado a través de estas mismas páginas) documentó lo que es sin duda una exención de gran parte de la culpa del fracaso económico de Perón: la responsabilidad principal (aunque no total) de la aguda declinación argentina de la década de 1940 no se debió tanto a la mala política peronista sino más bien al contexto internacional y, específicamente a la política de boicot del gobierno de los Estados Unidos. Nadie que le haga este servicio al peronismo puede considerarse antiperonista  ciego o fanático. Pero la historia es la historia, y lo que pasó, pasó: ocultarlo no es de gente seria y objetiva, ni por cierto de buenos argentinos. Y hay una cosa -dolorosa- que la memoria colectiva  de los argentinos ha olvidado casi totalmente  (quizá porque fue neutralizada por los dieciocho años posteriores de nefasta proscripción), y ésto es la permanente flagrante y abusiva manera  en  que se violaron los derechos humanos  y cívicos durante el gobierno de Perón del período 1946-55. Este artículo no debiera  concentrarse en la dimensión "democratizante" o "liberadora"  de la política exterior norteamericana y lo que es sin duda su esencial hipocresía, si antes no nos recuerda, documentalmente, que la Argentina necesitaba "democratización" y "liberalización" en el contexto de aquel gobierno elegido  por el pueblo pero convertido en una dictadura de mayorías. Y ésto desgraciadamente es imposible de hacer aquí sin afear la estructura del artículo y desviar la atención del lector respecto del tema central.  

Los argentinos, comprensiblemente y con justicia obsesionados por los gobiernos de facto que subversivamente han usurpado el poder tantas veces, solemos olvidar que un gobierno elegido por el pueblo no es siempre garantía de libertad y que no hay legitimidad cuando se violan los derechos cívicos o humanos de las minorías, aún si esa violación goza de popularidad masiva y es perpetrada  por un gobierno constitucional. Para extremar el caso, un gobierno elegido por el pueblo podría, hipotéticamente  alentar el linchamiento popular  de todos los opositores, pero esta anulación de la libertad  de oponerse al gobierno  sería dictadura y de las más viles. Como dije, lamentablemente no puedo entrar aquí en detalles respecto de la violación de los derechos humanos  durante la dictadura popular de Perón: en todo caso postergó el tratamiento de ese tema para una nota en el próximo número de Todo es Historia, que según entiendo estará dedicado  a la intolerancia. Pero para tratar científicamente la dimensión  "democratizante" o "liberadora" de la política norteamericana hacia la Argentina  es preciso partir del sobreentendido de que, durante este período, se violaron sistemáticamente los derechos individuales.  

Otra pregunta que intentaré responder brevemente en esta introducción es la de qué pitos tocaban los norteamericanos en esta cuestión. Aceptando que había violaciones de derechos humanos en la Argentina, ¿qué derechos a intervenir  tenían? O para usar la frase popular ¿quién les dio vela en este entierro? La respuesta brevemente expresada, es que nadie, salvo ellos mismos. La exportación de la democracia fue, casi desde el origen de esa nación , una de las obsesiones norteamericanas, así como la exportación del comunismo lo fue de la Unión Soviética y la exportación del cristianismo lo fue de España. El "imperialismo moral", esto es, el intento de universalizar la validez de un sistema político, una moral política , una religión del Estado, ha estado presente en casi todos los imperialismos exitosos, y el que nos atañe no es sino una de las versiones  más recientes y afortunadas. Es un imperialismo moral que es parte esencial de la identidad norteamericana :la razón-de-ser de los Estados Unidos es, para la ideología generalizada y prácticamente institucionalizada en ese país, el progreso moral  del mundo a través de la exportación de la democracia. La Segunda Guerra Mundial fue, en este contexto ideológico, una santa cruzada de las fuerzas del bien, las de la democracia, contra las del mal, o sea las del nazi-fascismo. Luego llegó la Guerra Fría. Los norteamericanos comprendieron que el próximo rival sería la unión Soviética, cuyo poder se había incrementado mucho, que no era menos imperialista que ellos y que poseía también una "causa", bastante seductora  para muchos, que intentaba exportar y le ayudaba a expandirse: el comunismo que en lugar de priorizar las libertades individuales y el voto, enaltecía la igualdad económica y la lucha de la clase trabajadora. Pero quedaban restos de Nazi-fascismo con los que le resultaba difícil convivir: en España por ejemplo. Y- según la percepción norteamericana de esa época, al menos- en la Argentina de Perón. ¿Hasta dónde combatirlos? ¿Hasta dónde contemporarizar? ¿Era posible destruir a Perón? ¿Era posible reformarlo? ¿Utilizarlo? ¿hasta dónde era prudente llevar la causa de los derechos humanos y la democracia liberal? ¿Qué costos eran aceptables y cuáles inaceptables? ¿Qué concesiones en materia económica o de seguridad se percibían como suficientemente tentadoras como para perdonarles  a los dictadores sus violaciones de derechos humanos? ¿ A qué precio estaban los norteamericanos dispuestos a traicionar a su proclamado idealismo? Ninguna de estas preguntas podía contestarse dogmáticamente, sino que, para cada caso particular (Franco, Perón etc.) surgía lentamente una respuesta específica que era el producto de un proceso de disputas burocráticas y de cálculos de costos y beneficios . Pero el presupuesto ideológico  era que el fascismo y las violaciones a los derechos humanos y/o cívicos eran cosas execrables que debían eventualmente eliminarse del mundo. Y la disposición a negociar, esto es, a reconocer que ese presupuesto ideológico no era el interés supremo  de los Estados Unidos  frente a otros estados, sino un interés relativo cuyo costo debía moderarse  y que podía eventualmente tener un precio, también estaba siempre allí. De eso trata este artículo, frente al caso específico  de la Argentina entre 1950 y 1955. Pasemos entonces al telón de fondo de las relaciones bilaterales durante el período anterior al que va a ocuparnos primordialmente .  

Introito I-EL telón de fondo histórico 1942-45   

La elección del período 1950-55 para este artículo no es caprichosa, en tanto el año 1950 marca el comienzo de un subperíodo de gobierno de Perón caracterizado por la ausencia del boicot que había impregnado a las relaciones  norteamericano-argentinas en el período 1942-49. El gobierno de Perón, pues, transitó por un período entre 1946 y 1949, durante el que sufrió duros embates políticos y económicos por parte de los Estados Unidos, para luego ingresar una etapa en la que los norteamericanos, agotado el boicot y sus causas, perdidas las ilusiones a contribuir al derrocamiento de Perón, comenzaron a intentar amigarse con éste (sin perder aún la esperanza de transformarlo en un líder auténticamente democrático), primero infructuosamente hasta 1953 y luego con éxito (desde todo punto de vista excepto el democrático), desde ese año hasta la caída del régimen argentino en 1955, muy lamentada en Washington.  

El boicot de 1942-49 fue desencadenado por la negativa argentina a plegarse a los EE.UU. cuando éstos ingresaron a la Segunda Guerra Mundial . Cuando el boicot comenzó, en 1942, la Argentina tenía un gobierno constitucional (aunque manchado por el fraude electoral), y la agresión norteamericana  se llevó a cabo no en nombre de la democratización de la Argentina sino en el de la Santa Cruzada  que los EE.UU. habían comenzado a librar contra el nazi-fascismo, y de la cual, según su perspectiva, no era lícito abstenerse. Es digno recordar que, si bien la decisión argentina de permanecer  neutral puede considerarse de consecuencias devastadoramente  negativas para el interés nacional (ya que desató la agresión económica y política de un Estado inmensamente más poderoso que el nuestro) y éticamente insatisfactoria desde un punto de vista democrático, la ira justiciera de los EE.UU.  descargaron sobre nosotros estuvo, desde el principio, teñida de hipocresía y una mal disfrazada voluntad de dominación, ya que ellos esperaron hasta ser atacados directamente por el Eje para plegarse al esfuerzo de los Aliados. Más aún, siempre que se describe este contexto histórico debe subrayarse también  que casi dos años antes de aquel ataque a Pearl Harbour, el gobierno argentino había propuesto al de los Estados Unidos  que ambos abandonasen la neutralidad para apoyar a los Aliados. La respuesta norteamericana fue que eso era impensable, que los Estados Unidos eran auténticamente neutrales, que la opinión pública norteamericana desaprobaría el abandono de la neutralidad y que una medida tal requeriría una ley del Congreso. El gobierno argentino fue aconsejado  a no abandonar la neutralidad  en aras de la "unidad hemisférica" .Noticias de la propuesta argentina se filtraron a la prensa, y éste fue un duro golpe para la facción  democrática y aliadófila  del gobierno de Ortiz, que comenzó a perder poder [1] .  Cuando llegó el momento en los EE.UU. buscaron apoyo contra el Eje, ese apoyo ya no estaba disponible, por razones vinculadas al tradicional neutralismo del país, al ya entonces modificado balance de poder dentro del gobierno (que había sido parcialmente obra del previo desaire norteamericano) y una actitud orientada hacia el prestigio y la apariencia de independencia  que era y sigue siendo característica  de la política exterior argentina [2] . Y a su vez, la negativa argentina de romper relaciones con el Eje desató un intenso ataque diplomático y boicot económico contra el país, por parte del gobierno norteamericano [3] .La actitud argentina fue sin duda autodestructiva e intínsecamente inepta desde el punto de vista de la defensa del interés nacional. Pero el hecho objetivo de que este país intentó plegarse a los aliados mucho antes que los norteamericanos, demuestra que para éstos la causa de la lucha contra el nazi-fascismo se convirtió en "santa" sólo cuando fueron atacados.  

En Junio de 1943 el gobierno constitucional de la Argentina fue derrocado, en parte (aunque sólo en parte) como consecuencia de la política norteamericana. Según fuentes diplomáticas británicas, la embajada de los Estados Unidos celebró el golpe como un éxito propio, en la creencia de que llevaría a la Argentina a una ruptura de relaciones con el Eje [4] . Sin embargo, habrían de ser desilusionados muy pronto. Las consecuencias de las subsiguientes medidas norteamericanas fueron igualmente deplorables. En las elocuentes palabras de Sir David Kelly, que pronto habría de ser embajador británico en la Argentina:

"EN cuanto se hizo evidente que la revuelta del ejército contra Castillo no se había debido en modo alguno a la política de neutralidad de éste, el gobierno y la prensa de los Estados Unidos se volvieron violentamente en su contra, y en particular (...) Cordell Hull se obsesionó con la convicción de que eran agentes nazis que buscaban la nazificación de toda América del Sur. Durante los dos años siguientes, la continua guerra de palabras y provocaciones librada contra el régimen militar desde los Estados Unidos condujo primero a la sucesiva exoneración de los elementos más moderados del gobierno, y finalmente, a la elección del Cnel Perón con un cuantioso caudal electoral." [5]  

O para ponerlo en los términos más académicos de R.B. Woods, el autor de quizás la más importante obra sobre las relaciones norteamericano-argentinas durante el período 1942-45:

"(...) la no alineación argentina representó para los intereses norteamericanos una amenaza que no fue mayor que la de las políticas neutralistas de Irlanda, Suiza y España. Sin embargo, la actitud de Washington  hacia esos estados difirió ampliamente en su línea dura hacia Buenos Aires. A pesar de que la Argentina era un proveedor principal de carnes, trigo, cueros, tungsteno y otras materias primas vitales para los Aliados a lo largo de la  guerra, el establishment de asuntos exteriores de los Estados Unidos usó, desde 1942 hasta 1944, prácticamente todas las tácticas conocidas a la comunidad internacional, con la excepción de asalto militar, para desestabilizar a tres gobiernos argentinos y forzar a la nación a aceptar incondicionalmente el liderazgo norteamericano en asuntos extra hemisféricos." [6]  

Y como también lo señala Woods, desde ese momento el departamento de Estado  operó sobre la base de la suposición de que había recibido un mandato del pueblo argentino a seguir sus directivas de política exterior [7] . En otras palabras, desde ese momento el Departamento de Estado actuó en nombre de la democracia  (un concepto que incluía a su cruzada contra el nazifascismo, pero que abarcaba más), mientras antes del golpe había actuado exclusivamente en nombre de la susodicha cruzada: más aún, actuó en nombre de la democracia a pesar del hecho de que el gobierno constitucional había sido volteado en parte, como consecuencia de la política de los Estados Unidos. Se hicieron las afirmaciones más extravagantes para justificar la línea dura contra la Argentina, al punto de que, en 1943, el vice presidente norteamericano Henry Wallace declaró que Alemania consideraba perdida a la Segunda Guerra Mundial y estaba preparando a la Argentina para la Tercera Guerra de esa escala [8] . La idea tomó vuelo, y en fecha tan tardía como 1945 una "Sociedad para la prevención de la Tercera Guerra Mundial" abogaba  por medidas extremas contra la Argentina [9] .  

Por lo tanto, este proceso se puede resumir  diciendo que en la primera etapa del conflicto el gobierno argentino fue políticamente desestabilizado y económicamente boicoteado  porque no respondía a las directivas norteamericanas de política exterior, mientras que durante la segunda etapa del mismo, el hecho de que el gobierno era una dictadura militar (en parte producto de la política de los Estados Unidos) fue usado como una razón adicional para justificar la desestabilización y el boicot. La actitud del gobierno norteamericano durante el breve período (apenas unas semanas) en que pensó que la dictadura militar cooperaría con su política exterior, , que fue de celebración, de prepararse  para cooperar con el régimen y de levantamiento de sanciones económicas  por parte de la  por parte de la Junta de Guerra Económica [10] , demuestra  que si la dictadura hubiese accedido a las exigencias  del Departamento de Estado, la naturaleza militar del régimen no hubiera sido un obstáculo para las buenas relaciones . Como se verá más adelante, esta conducta sería idéntica a la que encontraremos en circunstancias  mucho menos extremas y peligrosas, el período de 1950-55, en que una guerra "fría" había reemplazado a esta otra, tan caliente.  

Introito II- El telón de fondo histórico 1946-49  

El final de la guerra no fue el fin de la "persecución" norteamericana de la Argentina (como la llama  J.S.Tulchin en un próximo libro). Ni tampoco lo fue la elección democrática del no tan democrático Cnel. Perón. La primera mitad de este período se caracterizó primero por la cruzada personal  del embajador norteamericano, Spruille Braden, contra Perón, y después del éxito electoral del último y del ascenso del primero al rango de  secretario asistente de Estado para asuntos latinoamericanos, por la batalla interna entre Braden y el nuevo embajador norteamericano, George Messersmith, Braden argüía que la elección de Perón no podía considerarse verdaderamente democrática, debido a las severas limitaciones a que estaba sujeta la campaña de oposición : tenía muy escaso acceso a la radio, su prensa era censurada, sus mitines eran frecuentemente atacados por vándalos o la misma policía. En su "Memorándum sobre la situación argentina" de mediados de 1946, dice que existe evidencia de conceptos nazi-fascistas y militaristas en los "arbitrarios decretos que amenazan las inversiones extranjeras  y que en grado variado ponen bajo control gubernamental al comercio, las finanzas, los partidos políticos e incluso al culto". Hasta aquí no es difícil estar de acuerdo: Perón no era un demócrata. Pero de allí en adelante, entraba en un delirio que sólo puede entenderse como las exageraciones que él pensaba necesarias para continuar vendiendo su política de boicot a sus superiores en el Departamento de Estado y en la Casa Blanca. Escribió:

"(...) Un Estado Corporativo está, por cierto desarrollándose en la argentina de hoy, para el peligro cada vez mayor de las repúblicas vecinas , el sistema inter-americano y nuestra propia seguridad. Un bloque austral de naciones conducido por un Estado argentino totalitario no sólo dividiría al sistema inter-americano, sino que a través de su control  de recursos estratégicos  en Bolivia, Perú , Chile e incluso el sur de Brasil, probablemente constituiría una peligrosa amenaza a nuestra seguridad en caso de guerra". [11]  

Este memorándum fue presentado al Presidente Truman el 12 de julio de 1946, y tuvo un impacto importante en la decisión norteamericana de posponer la Conferencia de Río de Janeiro sobre la defensa hemisférica, y en la exigencia de "hechos, no palabras" si es que iba a firmarse un tratado militar con la Argentina. Esta decisión también implicó continuar con las medidas de discriminación económica contra este país.  

Por otro lado, la opinión de Messersmith sobre la Argentina no podría haber sido más opuesta a la de Braden. En un memorándum al secretario de Estado James Byrnes de fines de 1946, titulado "Colaboración inter-americana", se quejaba amargamente sobre la política de Braden. Messersmith afirmaba que el gobierno era constitucional y que la adhesión a principios constitucionales hacía a su tarea más difícil de lo que era para el previo régimen militar. Atacaba a la prensa norteamericana por crear una atmósfera hostil hacia la Argentina y alinear a Perón, alegando que describía injustamente a este país como "un Estado fascista y autoritario, inamistoso hacia los Estados Unidos y con designios siniestros para sus vecinos". Continuaba :" Algunos de nuestros diarios editorialistas hablan de la Argentina como si estuviésemos en algún tipo de guerra contra ella y (como si) ella (fuese) un país enemigo y esto sólo en un momento en que estamos haciendo la paz con nuestros mortales enemigos (que) durante la última guerra (...) infligieron un grave daño  (a los EE.UU.)en vidas y en propiedades, y a quienes ahora ayudamos con préstamos  y suministros y alimentos" [12] .  

Un aspecto importante del conflicto Braden-Messersmith residía en si la Argentina había o no cumplido con sus "obligaciones intramericanas" tal como estaban definidas por las conferencias de Chapultepec y San Francisco. Esto incluía la deportación de ciertos extranjeros enemigos, la confiscación de propiedad enemiga y la toma de medidas adecuadas respecto de escuelas y otras instituciones del Eje. Messersmith presionaba fuertemente a Perón para que éste cumpliese, y obrara con la misma energía frente a su propio gobierno para obtener su desganado reconocimiento de este cumplimiento. En el curso de este proceso, un episodio curioso, anómalo y sin embargo esclarecedor tuvo lugar cuando el gobierno argentino primero arrestó ilegalmente y luego liberó, bajo vigilancia, a unos cuarenta extranjeros de nacionalidad enemiga que debía deportar. La liberación de los prisioneros suscitó la ira del gobierno norteamericano, y Messersmith se vio forzado a salir en defensa del gobierno argentino [13] . La situación se vio así extrañamente invertida, con un gobierno de los Estados Unidos que estaba disgustado con los escrúpulos legalistas de un gobierno argentino cuyas frecuentes violaciones de derechos humanos cívicos con tanta frecuencia criticaba: de repente, los funcionarios del Departamento de Estado exigían el uso de métodos dictatoriales que, por una vez, Perón no estaba dispuesto a aplicar. En una carta de fuerte tenor al secretario de Estado Byrnes, Messersmith escribía:  

"Estaríamos cometiendo un grave error si alentáramos a los argentinos a tomar medidas  arbitrarias contra la propiedad y los nacionales del enemigo  para obtener este objetivo inmediato, y al mismo tiempo correr el riesgo de crear precedentes que pudieran afectar desfavorablemente los intereses norteamericanos, británicos y de otros países extranjeros. (...) Personalmente, estoy completamente convencido de la buena fe del gobierno argentino en esta cuestión y no hay dudas de que en los Estados Unidos, en circunstancias parecidas, hubiéramos hecho exactamente lo mismo que el gobierno de aquí al regresar a los procedimientos constitucionales. Por cierto me enteré que las medidas arbitrarias que se tomaron al principio, que no son justificables bajo la Constitución y las leyes de la Argentina, fueron estimuladas por sugerencias de esta Embajada. "(...) No hay dudas de que las medidas fueron arbitrarias, y una invasión del poder judicial por parte del Ejecutivo. Este es el punto de vista que debemos tomar al respecto porque  lo último que debemos hacer es pedirle a otro gobierno que pisoteé sus procedimientos constitucionales, judiciales y estatutarios, lo que podría fácilmente sentar un indeseable precedente contra los intereses norteamericanos y otros extranjeros aquí residentes". [14] (el subrayado es mío).  

Messersmith finalmente se impuso, en tanto las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos fueron oficialmente normalizadas a principios de 1947, abriendo el camino para la Conferencia de Río de Janeiro y su producto, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Braden renunció y la misión de Messersmith en la Argentina se declaró "exitosamente terminada" Sin embargo, como puede comprobarse en las minutas de la Comisión Argentina del Departamento de Estado, el gobierno de los Estados Unidos no olvidó de la noche a la mañana  las transgresiones  del régimen de Perón. En las palabras de la Comisión:  

"Como se habrá notado, los métodos usados por Perón son reminiscentes de los procedimientos fascistas-falangistas. Su énfasis, por ejemplo, en su posición de Primer Trabajador, no difiere de los estridentes alardes que caracterizaban a Hitler. El movimiento sindical estaba sometido a los caprichos del dictador en todos los países nazis (...). [15] .  

La minuta continuaba, mencionando la oposición de la Confederación de Trabajadores de América Latina  a los sindicatos dominados por Perón, su condena del gobierno argentino y su admisión de delegados sindicales argentinos clandestinos a sus sesiones. También negaba a las elecciones de 1946 el carácter de libres debido a la supresión de la prensa y de las organizaciones de oposición.  

Y tampoco se interrumpió el boicot económico, aunque la política del Departamento de Estado supuestamente ponía fin a todo tratamiento discriminatorio contra la Argentina. La poderosa Administración para la Cooperación Económica  (ECA), que estaba a cargo de la implementación  del Plan Marshall, se lanzó desde la iniciación de sus actividades a obstruir el comercio de exportación de la Argentina con Europa, intencional y discriminatoriamente. Este último episodio del boicot económico  se perpetró a espaldas del nuevo embajador, James Bruce, que quedó azorado cuando funcionarios secundarios de la ECA hicieron públicamente declaraciones anti-argentinas. Ordenó entonces una investigación del Departamento de Estado sobre la política de la ECA hacia la Argentina, que documentó más de treinta casos de discriminación directa contra ese país [16] . Aunque  el embajador Bruce nada sabía sobre esta política aparentemente ilegal  (ya que era contraria a las órdenes del Departamento de Estado), los archivos británicos demuestran que tanto ellos como los europeos continentales estaban al tanto de la misma. Más aún, el presidente Truman no siguió el consejo del embajador, de despedir al principal culpable  del asunto un Dr.A. Fitzgerald de la ECA [17] . Cabe preguntarse, pues, si la política discriminatoria de la ECA no había sido en los hechos aprobada  por círculos más altos de funcionarios norteamericanos: la mención en 1952 de la posibilidad de aplicar "sanciones secretas" contra la Argentina que el embajador de los EE.UU. podría desconocer sugiere la posibilidad que éste podría haber sido el caso del episodio de la ECA [18] .  

No obstante, a pesar de estas sanciones  ya sea ilegales o ultra-secretas, la afirmación de derechos y libertades cívicas en la Argentina dejó de ser una política prioritaria para el Departamento de Estado. Por ejemplo, en un memorándum titulado "Comentarios sobre nuestras relaciones con la Argentina", enviado por el encargado de negocios ad interim, Guy W. Ray, al Secretario de Estado George Marshall el 5 de enero de 1948 (un típico texto del períodico), la embajada norteamericana parece estar haciendo una apología del crimen. En el subtítulo "Perón y su administración", el encargado escribe:  

"Perón está lejos de ser el dictador absoluto que con frecuencia se supone que es. Las libertades cívicas y la Constitución han sufrido golpes fuertes. (Sin embargo), aunque el partido de Perón tiene una mayoría avasallante en el Congreso, hay disenso dentro del partido, y el Congreso no puede ser descripto como totalmente sometido  a la voluntad del presidente. Perón necesita del respaldo del Ejército, cuyos líderes están opuestos al presidente del Banco Central Miguel Miranda y muchas de sus obras (...) Perón tiene que emplear gran parte de su tiempo como árbitro y apaciguador dentro de su gabinete." [19] .  

En éste y otros documentos del período 1947-50, los principales problemas analizados con respecto a las relaciones norteamericano-argentinas son, claramente, económicos, en adición a la ratificación del Pacto de Río de 1947 (el TIAR). Las violaciones de derechos cívicos son reconocidas pero tienen un sólo impacto secundario en las relaciones. El siguiente párrafo extraído del memorándum arriba citado, es típico de la actitud que entonces prevalecía:  

"En todas las conferencias y reuniones interamericanas debiéramos enfatizar la libertad de prensa, la libre empresa y las elecciones libres. Nuestra mejor esperanza es usar todos los esfuerzos posibles para convertir a Perón y reclutar el apoyo de Bramuglia, y posiblemente hasta del Ejército, para hacerlo. Si jugamos bien nuestras cartas, podemos fortalecer a Perón para que se defienda contra los nacionalistas más extremistas. Hagamos lo que hagamos, necesitaremos paciencia y tacto y la tarea será larga y difícil. La mentalidad de la mayor parte de la gente del actual gobierno es tal que perderíamos  nuestro tiempo predicando principios . Si realmente queremos lograr algo, debemos hacerles ver que ciertas ventajas alcanzarán a la Argentina bajo ciertas condiciones. Este es el tipo de lenguaje que entienden, y en estas circunstancias estaríamos enteramente justificados si cualquier concesión o ventaja que otorguemos a la Argentina se confiere bajo ciertas condiciones". [20]  

Como se verá más adelante (y como los lectores de Todo es Historia que hayan leído mi nota de noviembre saben) esas "ciertas condiciones" no se vincularían a los derechos cívicos sino a la ratificación del TIAR. Y por otra parte, aunque hacia fines de 1948 el clima de las relaciones norteamericano-argentinas tendía a deteriorarse, esto no se debía tanto al estado de los derechos cívicos en la Argentina como a la actitud general del régimen de Perón  hacia los EE.UU., que era poco cooperativa y por momentos agresiva. Esta actitud incluía intervención en los asuntos internos de otros estados latinoamericanos, una intensa propaganda anti norteamericana que, con cada vez más entusiasmo, comenzaba a diseminar tanto en la Argentina como en el exterior a través de sus agregados laborales, y la llamada Tercera Posición de Perón, esto es, una política de neutralismo o ambigüedad frente a la guerra fría. En un memorándum del Departamento de Estado en el que se presenta una lista de asuntos a ser discutidos con el canciller argentino, Atilio Bramuglia, de fecha 9 de diciembre de 1948, las acusaciones de intervención argentina en los asuntos internos de estados vecinos es el primer punto. Otros puntos prioritarios incluyen el problema del comunismo, el TIAR (que la Argentina aún no había ratificado) y la Antártida. El quinto punto se refería a un derecho cívico, y allí se aplica un lenguaje muy conservador:  

"Los Estados Unidos comprenden que las relaciones entre la prensa argentina y el gobierno argentino son una cuestión interna. Al mismo tiempo, deseamos señalar de una manera amistosa que algunas medidas tomadas por el gobierno argentino que afectan a la prensa han contribuido a crear publicidad desfavorable para el gobierno argentino en este país, y así crean dificultades en nuestras relaciones amistosas".  

Los puntos nueve y diez de la lista, por otra parte, se convertirían en los años siguientes en elementos cada vez más importantes en una relación que se deterioraría. Allí el memorándum afirmaba:  

"9. Gran parte de la propaganda oficial argentina ha sido inamistosa a los Estados Unidos. Esta propaganda es un irritante constante en las relaciones norteamericano-argentinas y se espera que no se considerará necesario continuar con ella.  

10. Es la opinión de este gobierno que la "Tercera Posición" de la Argentina  tiende a debilitar la unidad hemisférica  y la cooperación mundial contra el comunismo. Aunque se nos ha dicho que es para consumo doméstico, recibe mucha publicidad a través de funcionarios argentinos y sus repercusiones no son enteramente domésticas" [21] .  

Apenas unos días más tarde se redactó otro memorándum  con una lista de quejas más importantes que tenía el gobierno norteamericano contra el argentino. Aquí la propaganda anti norteamericana  fue elevada al primer punto, seguida de los intentos argentinos de crear un bloque sindicalista  latinoamericano subordinado al gobierno argentino y de la propuesta argentinas a otros estados, invitándolos a conformar un grupo neutral. La falta de libertad de prensa ocupa el cuarto lugar en la lista, tan sólo como un factor de embarazo  en las relaciones bilaterales: la cuestión no parece haber sido  considerada de interés sustantivo, sino relevante tan sólo debido a sus inevitables  repercusiones en la sociedad  norteamericana a través de la prensa de ese país. Los puntos cinco y seis  se refieren a la Antártida y a la pretensión argentina de soberanía de la plataforma continental y el mar epicontinental. El punto siete, finalmente, incluye  un nuevo problema de derechos civiles, hasta entonces no mencionado en estas listas, y tratado en términos igualmente conservadores. Dice así:  

" La interferencia argentina en la distribución de correspondencia privada ha tenido desafortunadas  repercusiones recientes  en las relaciones norteamericano-argentinas. La prensa de los EE.UU. le dio a la cuestión gran publicidad, haciendo así aún menos popular el gobierno argentino en la mente del público norteamericano" [22] .  

Y una similar incluida en un despacho de la embajada fechado el 10 de febrero de 1949 muestra casi el mismo orden de asuntos conflictivos que en el memorándum previo del Departamento de Estado, con la única diferencia  de que el punto referido  a la correspondencia había sido excluido, seguramente porque la prensa norteamericana  ya se había aburrido del asunto [23] . Esta actitud permaneció sin alteraciones durante el resto del año.  

Puede asumirse sin temor a error, por consiguiente, que al menos en el nivel del Departamento de Estado, el impulso "democratizador" o "liberador" había sido básicamente desactivado una vez que el conflicto Braden Messersmith concluyó. Incluyo el matiz "al menos en el nivel de Departamento de Estado", porque sigo intrigado, respecto de cómo y por qué la ECA pudo salirse con la suya en lo que fue una política discriminatoria contra la Argentina que era presumiblemente ilegal  y por qué el Dr. D.A. Fitzgerald no fue despedido, y cómo es que los británicos supieron todo el tiempo que la ECA estaba discriminando activamente contra la Argentina  mientras el embajador norteamericano en Buenos Aires no lo sabía. ¿Fue una sanción aprobada pero secreta, diseñada a los efectos de debilitar a Perón, un vestigio de los días de Hull y Braden? Si lo fue fracasó rotundamente. Sólo le hizo daño a la Argentina.  

El año 1950, o la compra de la ratificación del TIAR  

El pronunciamiento (secreto) de política hacia la Argentina del Departamento de Estado del 21 de marzo de 1950 delinea los objetivos del gobierno de los EE.UU frente a ese país como:  

"(1) Obtener la cooperación argentina en la defensa del hemisferio occidental; (2) inducir a la Argentina a adoptar políticas que fortalezcan las fuerzas que apuntalaban la paz y un modo de vida democrático; (3) crear y mantener un clima favorable de opinión entre  los argentinos respecto de los EE.UU. y sus políticas y (4) alentar y ayudar a la Argentina a establecer una economía bien balanceada, como fuerza de estabilidad hemisférica capaz de cooperar económicamente, interesada en dicha cooperación y fértil para el desarrollo de principios democráticos." [24]  

Sin embargo, aunque ese objetivo importante, "democrático", se usa dos veces en esta enunciación secreta de objetivos norteamericanos, con sólo leer los párrafos aclaratorios de este pronunciamiento se tiene una conciencia cabal de los límites establecidos por la política norteamericana a esta causa, que en la realidad era una política sólo a nivel de una retórica para el consumo propio (ya que era secreta). Por cierto, bajo el subtítulo "Actitud hacia las instituciones democráticas", el documento dice:  

"Ningún objetivo en nuestras relaciones con la Argentina es más difícil de realizar que el de inducir al gobierno a adoptar políticas que fortalezcan las instituciones democráticas. De una u otra manera, el gobierno de Perón ha sofocado casi completamente a las críticas de la prensa, y hay pocas dudas de que eventualmente  aspira a no permitir crítica alguna. La radio en la Argentina está, sin excepciones subordinada  al gobierno. El derecho a la libertad de expresión está aún más limitado por una ley que establece penas de prisión por escribir o hablar en términos irrespetuosos sobre funcionarios gubernamentales, por severas restricciones al derecho de asamblea. Aunque las elecciones han permanecido limpias en los comicios mismos, para la oposición es casi imposible llegar a una audiencia de cualquier tamaño, y existen trabas legales para la formación de nuevos Partidos Políticos. El sindicalismo está básicamente bajo la férula del partido peronista. Los pocos sindicatos que han intentado mantener su independencia encuentran que la supervivencia es un problema. La justicia y la educación se han convertido en instrumentos del peronismo. Las cartas que pasan por el sistema postal argentino suelen ser abiertas y se escuchan las conversaciones telefónicas.  

"(...) Aunque es nuestra política intentar persuardir al gobierno argentino por todos los medios apropiados de que abandone sus restricciones a las libertades cívicas, las medidas que los EE.UU. pueden tomar para alcanzar este objetivo  están limitadas por su política y su compromiso internacional de no interferir en los asuntos de otros estados. A través de canales diplomáticos hemos intentado señalarle a Perón las ventajas de una prensa libre. No comparte nuestro punto de vista. Los EE.UU. han protestado en varias instancias de censura argentina a corresponsales de prensa norteamericanos, pero nunca hemos recibido las seguridades de que no habrá reincidencias. Los EE.UU. también han protestado por la imposibilidad de transmitir desde la Argentina que encuentran los corresponsales de radio. En respuesta, se nos ha dicho que la radio en la Argentina está bajo control privado  y que el gobierno no puede interferir en cuestiones de distribución de tiempo de transmisión. [25]  

La verdad es que de lejos la más importante prioridad de la política norteamericana  hacia la Argentina en 1950 era la de sobornarla para que ratifique el TIAR, objetivo éste que era enteramente realista dada la urgente necesidad de dólares del país (consecuencia de la crisis de balanza-de-pagos  que era parcialmente el resultado del boicot de la ECA) [26] . Los militares argentinos, además, estaban muy preocupados por el balance del poder sudamericano, que había sido alterado durante la Segunda Guerra Mundial a favor de Brasil gracias a equipos norteamericanos  del programa de préstamos y arriendos [27] . La ratificación del TIAR significaba calificar para ventas de armas norteamericanas, como también recibir un muy necesitado crédito del Eximbank por valor de U$S 125 millones, para el pago de deudas comerciales [28] . Cuando se tuvieron noticias del crédito del Exim Bank, el Departamento de Estado comenzó a recibir fuertes quejas, tanto de latinoamericanos como de norteamericanos. El presidente de asuntos latinoamericanos del Congreso de Organizaciones Industriales, Jacob S. Potofsky, le escribió al secretario asistente de Estado, Edward G. Miller, protestando amargamente:  

"La dictadura de Perón está opuesta a todo lo que consideramos sagrado. Se ha burlado y se sigue burlando de las Cuatro Libertades y constantemente viola la Carta de las Naciones Unidas. Ha impuesto una atmósfera de miedo, terror y sospechas en una de las grandes naciones de América del Sur. Los líderes de la oposición son cazados, perseguidos y forzados a abandonar el país por ninguna otra razón que su amor a la libertad, y el sindicalismo libre, libra una batalla desigual contra el objetivo final  del gobierno de Perón  de destruirlo. Irónicamente el crédito propuesto de nuestra gran democracia  va ayudar a consolidar el férreo dominio que Perón ejerce sobre el pueblo de la Argentina. [29]

La respuesta de Miller es esclarecedora:

"No puedo imaginarme ninguna acción que daría más confort y placer a nuestros enemigos en otras partes del mundo que el que los EE.UU., debido a un exceso de escrúpulos respecto de la pureza política de los gobiernos de otros países del hemisferio occidental, se privaran del contacto con ellos o de ejercer influencia en las vidas de los pueblos de nuestras naciones hermanas. Yo no creo que la fuerza y la vitalidad de esta nación deban ser desviadas a canales tan estériles y negativos. Si nosotros, como gobierno, podemos aprender a trabajar con el gobierno de la Argentina, entonces el pueblo de los EE.UU. y el de la Argentina podrán aprender a trabajar juntos y con los pueblos del hemisferio y del mundo occidental. La fuerza de este gran movimiento de pueblos con seguridad llevará a todos nuestros gobiernos a propiciar las más altas aspiraciones de sus pueblos. Nosotros creemos que las instituciones democráticas son la verdadera manifestación de estas aspiraciones." [30]  

El mismo tipo de reacción se produjo en América Latina. Durante años, la propaganda norteamericana  había enfatizado que la Argentina  representaba una grave amenaza para el hemisferio, y ahora era necesario contrarestarla [31] . Además era necesario encontrar alguna manera de hacer al préstamo compatible con la previa y muy difundida teoría propagandística de los Estados Unidos., respecto de que la seguridad y la democracia iban de la mano, y que por lo tanto era contradictorio pretender asociarse con la dictadura en pos de la seguridad colectiva. Es por ello que el embajador norteamericano en Brasil, Herschel V. Johnson, escribía al Departamento de Estado en estos términos:  

"Ya hemos hecho tan buen trabajo vinculando a la defensa continental con la solidaridad hacia la democracia en la mente popular y oficial, el hecho de que quizás éstas no estén inexorablemente unidas, y que la primera pueda alcanzarse a veces  aún en ausencia de la segunda, es digno de ser explicado" [32] .  

Esto en efecto se hizo, y el Departamento de Estado mandó instrucciones detalladas a todas sus embajadas en el hemisferio respecto del nuevo adoctrinamiento que las circunstancias exigían  [33] .  

        El período 1951-53: el intento por salvaguardar la libertad de prensa y el sindicalismo libre.  

El TIAR fue ratificado y el crédito autorizado, pero Perón desilusionó al gobierno norteamericano, ya que no estuvo dispuesto a mandar soldados a Corea, continuó predicando su "tercera posición" (que en teoría era contradictoria con las obligaciones recién adquiridas por la Argentina a través del TIAR) y agudizando el tenor de su propaganda antinorteamericana. Durante 1951 y 1952, de lejos la primera prioridad norteamericana frente a la Argentina fue obtener la colaboración de Perón con los "objetivos mundiales de los EE.UU."  Por otro lado las actitudes de Perón eran caprichosas y estaban en gran medida determinadas por su resentimiento frente a los frecuentes ataques que la prensa y el sindicalismo norteamericano lo sometían: a tal  punto eran caprichosas que una de sus campañas anti-norteamericanas más intensas fue desatada porque Eva Perón no conseguía que su autobiografía La razón de mi Vida, se publicase en los EE.UU [34] . Sin embargo a pesar y a pesar de todo, el gobierno de los EE.UU. era siempre apaciguador y conciliatorio: del mismo modo en que antes de 1947 no había habido manera de apaciguarlo y de moderar las extravagantes  denuncias de una amenaza argentina para su propia seguridad, ahora parecía no existir forma de provocar su reacción frente a un gobierno que no solamente violaba los derechos civiles groseramente, sino que además gastaba millones de dólares en una campaña internacional diseñada para denigrar a los Estados Unidos de todas las maneras concebibles. A tal punto era conciliatoria la actitud  de los Estados Unidos que a principios de 1951, en las vísperas de una conferencia interamericana de ministros de Relaciones Exteriores para poner a la Argentina en una posición embarazosa, sino que por el contrario, espera facilitar por todos los medios a su disposición la más completa cooperación por parte del gobierno argentino." [35]  

Este estado de cosas no sería inteligible si no se subrayara que la política de Perón era muy ambigua. Por ejemplo, en un momento de 1952 Perón hizo una enfática afirmación pública a los efectos de ningún soldado argentino dejaría su tierra, y que el país no había firmado ni firmaría ningún tratado que lo requiriera (lo que no era cierto, ya que había eventualidades contempladas por el TIAR que podrían requerirlo) a la vez que un alto funcionario del Ministerio de Defensa sugería la posibilidad de conversaciones militares argentina norteamericanas  y el canciller declaraba que estaba encantado de que la Argentina hubiese aceptado el Plan Militar de la Junta Interamericana de Defensa (que contemplaba eventualidades que requerían el traslado de tropas) [36] . El Departamento de Estado debía elegir entre alienar definitivamente a Perón o apostar a aquella dimensión de sus actitudes que daba lugar a la esperanza de que podría ser seducido, y eligió el segundo curso de acción. Por otra parte, tampoco estaba siendo excesivamente generoso: después del crédito del Exim Bank de 1950, no se desembolsaron  más créditos importantes a la Argentina hasta 1958 [37] , y este país no fue considerado elegible para las donaciones de armamentos  que otros países latinoamericanos recibían, incluyendo Brasil, Chile y Uruguay [38] .  

Sin embargo, había dos temas de derechos cívicos que molestaban de manera creciente al gobierno norteamericano, y éstos eran la ausencia de libertad de prensa y la manipulación a Perón sometía al sindicalismo y (en grado menor) sus intentos de crear un movimiento sindicalista peronista de alcance latinoamericano. Particularmente, la clausura y posterior expropiación de La Prensa provocó un tembladeral en la prensa norteamericana y por ende, en el Departamento de Estado. El problema de una prensa libre fue incluido por primera vez en una lista de promesas argentinas incumplidas preparada por el Departamento el 4 de febrero de 1951, y específicamente la clausura de La Prensa fue ubicado en el tercer lugar entre los "problemas actuales", inmediatamente después de la falta de cooperación argentina frente a la agresión comunista y los muy frecuentes ataques a los EE.UU. por parte de la prensa oficial de la Argentina [39] . Por otra parte, en una lista de recientes medidas argentinas desaprobadas por los EE.UU. redactadas pocos días más tarde, la clausura de La Prensa fue ubicada en el segundo lugar [40] . El ex-embajador norteamericano, George Messersmith, que viajó a Buenos Aires en febrero de 1951, predicó el principio de una prensa libre directamente a Perón, con quien sostuvo una larga conversación el 9 de ese mes [41] .

Las repercusiones que tuvo el caso de La Prensa  en los EE.UU. desataron ciertas discusiones internas respecto de cuál debía ser la política norteamericana frente al régimen de Perón.  Este fue el caso, no tanto a un nivel gubernamental, como en el de influyentes instituciones  como el Council on Foreign Relations, que tenían un Grupo de Discusión sobre la Argentina que se reunía periódicamente  y contaba con Spruille Braden entre sus miembros. Durante una reunión realizada el 2 de enero de 1951, el secretario asistente de Estado Miller debió defender su política hacia Argentina. Dijo que era imposible determinar la política norteamericana sobre la única base  de la "falta de pureza" de otros estados. Enfatizó que las libertades cívicas eran una cuestión de gran importancia y  preocupación para el Departamento de Estado, pero no surgía la pregunta respecto de si esa cuestión debía conducir  a una política de hostilidad  o si los Estados Unidos debieran contemporarizar con la Argentina y trabajar  sobre estos problemas con una actitud cooperativa. Miller enfatizó que la situación de las libertades cívicas en la Argentina no se vería favorecida por una política de hostilidad hacia ese país . Dijo que ésto había sido demostrado por las relaciones de los EE.UU. con Nicaragua y España: las restricciones a las libertades cívicas nunca habían sido levantadas mediante el enfrentamiento. Observó que este problema había sido discutido exhaustivamente por la reunión regional de embajadores de marzo de 1950. Los principios norteamericanos, dijo, sólo podían ser impuestos en países donde los EE.UU. disfrutaban  de soberanía parcial, tales como Alemania y Japón. "Carecemos de poder en los estados independientes", agregó y " para bien o para mal Perón ganaría entre el 65 y el 70 % de los votos en elecciones libres".  

Miller entonces recordó una reunión privada que había tenido con Perón en la residencia de éste. En esa ocasión, Miller había expresado el deseo norteamericano respecto de una pronta ratificación del TIAR por parte de la Argentina. Perón estaba de acuerdo en ratificarlo, siempre y cuando se pudiese encontrar una solución a su problema con los EE.UU. Miller replicó que su país estaría dispuesto  a encontrase con él a mitad de camino de esta cuestión, pero que la violación de las libertades cívicas era un obstáculo  para las buenas relaciones entre los dos países. De esta manera ambigua Miller sugirió, sin decirlo con todas las letras, que se había llegado a una transacción  con Perón, cambiando la ratificación por una política de no intervención  en los asuntos internos de la Argentina. Más tarde, durante el debate, Miller defendió a la Argentina, enfatizando su convicción de que la prensa norteamericana estaba mucho más sintonizada al problema de la prensa en la Argentina que ningún otro lugar  (una queja fuertemente voceada por el mismo Perón ). Observó que tanto en Brasil como en el Reino Unido había habido casos de discriminación  gubernamental en la distribución de papel prensa (que escaseaba), pero que la prensa de los Estados Unidos sólo armaba un escándalo cuando ésto ocurría en la Argentina [42] .  

Miller estuvo ausente de la siguiente reunión del Grupo de Discusión  sobre la Argentina del Council realizada el 15 de febrero de 1951, y la Argentina se quedó así sin defensor. El sentimiento general era que el gobierno de Perón había vuelto a mostrar su verdadera naturaleza en las últimas semanas. Considerando al TIAR como la única evidencia de una voluntad de convivir con el mundo occidental hubo un acuerdo en que los ataques a la política exterior de los EE.UU. y la clausura de La Prensa indicaban que el gobierno de Perón  no tenía intenciones de seguir a occidente  a no ser que llegara a la conclusión  de que de esa manera  serviría a sus propios intereses. Un hombre de negocios presente en la discusión expresó la opinión de que el próximo paso de Perón sería tomar Bolivia  y el ex embajador Braden  aprovechó la oportunidad, como había hecho tantas otras veces  en el pasado para sembrar la alarma, diciendo que él tenía información  a los efectos de que Gonzálvez sería el próximo presidente de Bolivia, que éste recibía apoyo peronista, que sería poco más que un esbirro de Perón y que ésto transformaría a Bolivia en un satélite de la Argentina. Más aún Braden estaba seguro (junto con varios otros) de que "la Argentina haría un juego pendular entre Rusia y los EE.UU.". EL funcionario del Departamento de Estado que presenció esta reunión terminaba así su memorándum:  

"Anticipando estos acontecimientos, era la opinión general que la política norteamericana hacia la argentina debería ser más dura(...) Los objetivos de largo y corto plazo alcanzados por los Estados Unidos durante el último año fueron posibilitados por nuestra fuerte posición negociadora frente a la casi bancarrota argentina(...). La mayoría de los presentes pensaban que nuestra política ahora debiera dirigirse a principios fundamentales más que a intentar alcanzar objetivos limitados para favorecer o socorrer a algunos segmentos de los intereses económicos norteamericanos en la Argentina" [43] .  

En menor grado este tipo de discusión tenía lugar en el seno del gobierno norteamericano. Uno de los secretarios de la embajada, por ejemplo, envió despachos muy fuertes al Departamento de Estado, alentando indirectamente una línea política más dura. Otros como T.R. Martin, estaban consternados  ante la posibilidad de que los esfuerzos desplegados para conseguir la cooperación de Perón fueran desperdiciados por la adopción de una línea dura. En una carta al secretario asistente adjunto de Estado, Thomas Mann, fechada el 12 de marzo de 1951. Martin manifestaba su alarma:  

"No puedo creer que vayamos a revertir en este momento crítico una política de colaboración que ha sido tan fructífera (...) Para mí, el logro eventual de la colaboración argentina sería uno de los éxitos más constructivos  que podríamos alcanzar en nuestras relaciones interamericanas. ¿Qué es lo que queremos de la Argentina cuando regresamos a una economía de defensa y enfrentamos la perspectiva de guerra? Usted y yo reflexionamos sobre esta cuestión durante muchas horas hace varios años y no veo que la respuesta haya cambiado. Queremos la colaboración argentina en tres planos diferentes (...) que podríamos denominar colaboración general, colaboración específica y suministro de bienes.

Considerando a estos tipos de colaboración en orden inverso, Jack (Pool) efectivamente demuestra que probablemente podríamos conseguir los suministros de cualquier manera. Las leyes económicas dirigen al comercio en nuestra dirección . Esta fue la conclusión del Sr. Braden en 1946 (...) Pero Jack está otra vez hablando de (un escenario de ) hostilidades abiertas e ignora, creo yo, que aún en relación con el suministro de bienes podemos querer más, tanto en la paz como en la guerra, de lo que las leyes económicas nos van a proveer".  

Martin continuaba desarrollando el punto que sólo a través de  relaciones relativamente buenas podrían los EE. UU. esperar la colaboración argentina  en  "emprendimientos específicos" y que aún en un clima favorable de relaciones la Argentina podría pretender quid pro quos en algunas instancias: la única forma de no negociar, enfatizaba, era recurriendo a la coerción a través de la negativa de cantidades mínimas de bienes esenciales para la Argentina. Pero esto impediría lo que él llamaba "colaboración general" y transformaría cada "emprendimiento  específico" en una dolorosa pulseada, generando disenso en los EE.UU. y en las demás repúblicas americanas. Luego arguye:  

"Jack (John C) Pool ha hablado de la necesidad argentina de los EE.UU. Muy apropiadamente, no intento evaluar la necesidad norteamericana de la Argentina, pero al fin y al cabo es esta última la que debe determinar nuestra política. No la Argentina sino los Estados Unidos enfrentan la guerra. No la Argentina sino los Estados Unidos pueden estar luchando pronto por su supervivencia nacional (...). No pretendo predecir que un cultivo continuado de la Argentina va a materializar todas nuestras esperanzas, pero hesito en arriesgar la pérdida de las ganancias de los últimos dos años en un momento de crisis nacional,

ganancias alcanzadas con tan alto sacrificio de los altos principios morales y políticos tanto por parte de la nación como de los individuos (...). Nuestra política de cultivo del gobierno argentino a pesar de la aberración de la ECA de 1948 y 1949, ha sido eminentemente exitosa, particularmente bajo  el Sr. Miller (...) Hemos fracasado sólo en algunos casos en que el gobierno argentino no ha estado  dispuesto o no le ha sido posible alterar su política. Nosotros mismos no hemos podido cambiar nuestras políticas para satisfacer las demandas argentinas.  

Cuando un gobierno totalitario suprime a la prensa, se puede sentir simpatía y brindar toda la asistencia que se pueda, con sentido práctico y sin apartarse de lo que es apropiado, pero no tiene por qué haber sorpresa. Cuando en 1947 nuestro gobierno decidió aceptar a Perón en su cama, deliberadamente aceptó la posibilidad de ciertas consecuencias. Según recuerdo, Ud. personalmente delineó estas consecuencias al Secretario Marshall. Cuando uno acepta a una puta con los brazos abiertos, no debe sorprenderse si después extiende la mano para pedir una retribución  ni si su conducta posterior demuestra ser embarazosa. Estos eran los riesgos que aceptó cuando abrió sus brazos." (El subrayado es mío)  

Y es así que este funcionario de la embajada no sólo defendía una política pragmática, sino que también hacía una apología de Perón. La siguiente oración de su carta era una pregunta:"¿Y qué acerca de las dificultades que enfrenta Perón al elegir una política de colaboración con nosotros?", y así continúa justificando a la Argentina:"El pueblo en su conjunto, individualista, testarudo y orgulloso, parece decidido a la neutralidad, tal como lo estaba el pueblo norteamericano entre 1914 y 1917 y entre 1939 y 1941 (...). A pesar de toda la ridícula charla sobre la independencia argentina, ella es ciertamente independiente en por lo menos un sentido: piensa independientemente. Lo extraordinario es que Perón haya llegado tan lejos como lo ha hecho (en su colaboración con los Estados Unidos)." Martin finaliza:  

"Ud. observó en 1946 (...) que el gran peligro de la política de los EE.UU. hacia la Argentina  residía no tanto en la elección de una política de coerción o una colaboración (...) como en la posibilidad de que al mezclar coerción con colaboración destruyéramos los efectos de (ambas). En 1948 y 1949 la ECA nos puso (en esa posición). (...) (Así) que no hablemos de quién necesita  más a quién  sino de asistencia  mutua: no hablemos de privarnos el uno a otro sino de proveernos mutuamente: no sugiramos un cambio hacia una política que sería anatema en la Argentina, y en cambio afirmemos la continuación de una política que ya ha ganado el favor argentino; no arriesguemos nuestras ganancias, conservémoslas; no recurramos a la coerción, negándonos bienes esenciales el uno al otro, y en lugar de ello negociemos favores especiales. Si nuestras necesidades actuales no son urgentes, finjamos indiferencia para fortalecer nuestra posición negociadora, pero no adoptemos a la indiferencia como base para nuestra política. Por sobre todo, seamos pacientes mientras vamos obteniendo resultados, y cultivemos relaciones amistosas con este pueblo difícil e imposible (...)" [44]  

He transcripto largos párrafos de esta carta porque encuentro en su contenido esclarecedor con respecto a discusiones previas, no registradas, sobre la política a seguir sobre la Argentina, y8/on respecto a los argumentos usados por estos hombres, para no mencionar un sentido del drama que aunque frecuentemente subestimado por los académicos, en mi opinión agrega mucho a nuestra comprensión de estos procesos. Más allá de muchos argumentos racionales, Martin y otros como él (por ejemplo Messersmith) habían sido claramente seducidos por Perón y por la Argentina, y estaban dispuestos a perdonar muchas cosas y a justificar otras, mientras hombres como Braden y (previamente) Hull odiaban intensamente tanto al dictador como al país: la afirmación de Summer Wells, en sus memorias, de que Cordell Hull tenía un prejuicio anti argentino casi psicopático [45] , es otro dato relevante que subraya este elemento personal y por cierto visceral de la política de los EE.UU hacia países que, como la Argentina, son irrelevantes para sus intereses básicos [46] . La Argentina fue y es un país con respecto al cual los EE.UU. pueden darse el lujo de gruesos errores políticos, irracionalidad extrema y contradicciones flagrantes. La Argentina también fue y es un país con respecto al cual los EE.UU. podrían, en principio darse el lujo de adoptar una política no pragmática, orientada exclusivamente por su ideología de defensa de la democracia y/o  derechos y libertades cívicas. Sin embargo, a pesar de esta peculiaridad (que es en sí misma una oportunidad), los objetivos pragmáticos siempre han competido con objetivos simbólico-ideológicos en el diseño de la política norteamericana hacia la Argentina: la mayor libertad de acción de los EE.UU. frente a un país de estas características no ha significado mayor coherencia sino, por el contrario, mayores contradicciones en su política. Así desde 1942 hasta 1947 se aplicó coerción por razones que eran básicamente ideológicas (contra regímenes tanto constitucionales como militares), en 1948 y 1949 una política de colaboración del Departamento de Estado fue contradecida por una política de coerción  de la ECA, y posteriormente, hasta la caída de Perón, se adoptó una línea enteramente pragmática, que no permaneció sin embargo, sin cuestionamientos, tanto desde el seno del gobierno de los Estados Unidos como desde la sociedad misma, su prensa y otros grupos  de presión. Eran estos cuestionamientos los que desvelaban al autor de la carta.  

Martin no necesitaba preocuparse tanto. El secretario asistente adjunto Mann pronto contestó su carta, declarando que en su opinión la gran pregunta respecto de la Argentina no estaba vinculada a los objetivos, que era conseguir su cooperación con los Estados Unidos como socios plenos del sistema interamericano (es decir, un objetivo pragmático), sino más bien una cuestión  de qué técnicas tenían más posibilidades de generar los resultados deseados. Agregaba que no había habido cambios en la estrategia  norteamericana frente a la Argentina como consecuencia del episodio de La Prensa y que dudaba que los hubiese. En general, el Departamento de Estado trataba de evitar involucrarse en polémicas oficiales con el gobierno argentino, y la única salvaguardia que debía agregarse a este principio operativo era que, en una democracia como los Estados Unidos, ciertas presiones ajenas al gobierno a veces se generaban y acumulaban, y el silencio se volvía muy difícil de mantener aún cuando fuera lo que más conviniera a los intereses norteamericanos. [47]  

Esto era coherente con el previo Resumen Mensual (Montlhy Summery) de la embajada, donde se había afirmaba que se había llegado a la decisión  de no entrometerse con el asunto de La Prensa ni apoyar críticas a Perón  provenientes de otros estados como consecuencia del episodio: se limitarían a participar en una declaración general a favor de la libertad de prensa [48] . Pero el Secretario Asistente Miller había llegado un poco más lejos, declarando públicamente que su gobierno estaba llegando a la conclusión de que sería necesario " restringir su política de cooperación con la Argentina", como "el efecto posible de la situación  del diario La Prensa", y ésto fue lo que encendió la fuerte y preocupada reacción de Martin. Esta declaración también desencadenó una virulenta ola de ataques a los Estados Unidos por parte de la prensa argentina (en gran medida controlada por el gobierno). Como consecuencia un vocero del Departamento de Estado mitigó los comentarios de Miller, afirmando que lo único que había intentado decir era que los Estados Unidos  deseaban la cooperación, pero sin por ello sacrificar los ideales norteamericanos, a pesar de lo cual los EE.UU. no adoptarían una política de crítica hacia la Argentina, ya que ello, "la privaría de la posibilidad de retroceso". La Epoca, un diario peronista, replicó que uno de los ideales norteamericanos, solemnemente expresado por uno de los presidentes de los Estados Unidos, era ver a la bandera de la barra y estrellas flamante en toda la extensión que va desde el río San Laureanda hasta el Cabo de Hornos, y que a esto no lo lograrían en parte porque los diarios apedreadas dirigidos por traidores vendepatria estaban siendo neutralizados... [49]  

Fue un gran alboroto, sin duda, para la clausura y expropiación de un diario, si consideramos el contexto en el que estaba teniendo lugar, de gruesas violaciones cotidianas de los derechos humanos, e incluso de clausura de muchos otros diarios menores, que pasaron casi totalmente desapercibidas. Según las palabras de un memorándum de embajada preparado para informar al nuevo embajador, el Sr. Bunker sobre la situación:  

"La represión de las libertades cívicas y las restricciones a la libertad de prensa que tienen lugar en la Argentina de 1943, en sí misma escandalosas desviaciones de los principios políticos de la civilización occidental en nuestros tiempos, se encuentran hoy entre los más serios problemas que afectan las relaciones argentino-norteamericanas(...) Dado nuestro esfuerzo por obtener la colaboración argentina en el sistema interamericano, (estas transgresiones) causan embarazo moral y político a nuestro gobierno frente al mundo libre (...) Se encarcela a los hombres sin someterlos a juicio, y se los tortura hasta la locura para que confiesen crímenes que pueden no haber cometido. La oposición periódicamente lee una larga lista de supuestos asesinatos políticos. Diarios y Revistas han sido clausurados incluyendo publicaciones no sólo comunistas, socialistas e independientes, sino también uno de los grandes diarios del mundo, La Prensa, que ha sido perseguido y suprimido. Hace ya mucho que no se permite la entrada de Time y Newsweek. Todos los programas de radio se censuran  en busca de su contenido político. Ciudadanos norteamericanos-incluyendo corresponsales de prensa-han sido encarcelados por acusaciones falsas. El gobierno ha censurado informes de corresponsales extranjeros, y algunos corresponsales han sido expulsados. Escribir o hablar en forma poco respetuosa de funcionarios públicos es un delito (llamado desacato) que está sujeto a una pena de tres años. Representantes de la oposición han sido expulsados han sido expulsados del Congreso  argentino por faltarle el respeto al presidente Perón. A veces el derecho de asamblea se niega a grupos de la oposición (...). Jueces antiperonistas han sido removidos, las líneas telefónicas son espiadas. Todos los maestros deben propagar la fe peronista o arriesgarse a un despido casi seguro (...) Cuando los ataques a las libertades cívicas son claramente una cuestión interna argentina, nosotros no intervenimos. Cuando están involucrados intereses o ciudadanos de los Estados Unidos, intentamos proteger a las personas y defender los derechos existentes bajo la ley municipal y la práctica internacional (...) [50] . (el subrayado es mío)  

¿Por qué, entonces, tanto lío con La Prensa, si violaciones tanto más graves de los derechos individuales estaban produciéndose" La cuestión es muy simple. La Prensa ("uno de los grandes diarios del mundo") era el cliente extranjero más importante de la United Press-y, según una afirmación hecha por Perón al embajador Nufer que aún no he podido verificar, sus dueños estaban entre los principales accionistas  de la agencia de noticias. Dos años después de la expropiación de La Prensa, el embajador Alfred F. Nufer envió un despacho al Departamento de Estado en el que cuenta de una conferencia de prensa en la debió enfrentar a Thomas Curran, vice presidente de la United Press y corresponsal de esa agencia en América del Sur. Curran le preguntó al embajador si Perón  se había quejado acerca de la actitud de la prensa norteamericana a su persona y gobierno. El embajador le contestó que podía llegar a sus propias conclusiones, y Curran replicó que el embajador le haría un favor a Perón si le dijera que la única manera de en que podía esperar ser mejor tratado por la prensa en los EE.UU. era si antes permitía que los juzgados locales tomaran medidas acerca del caso de La Prensa y si como consecuencia este diario era restituido a sus dueños legítimos. Más aún predijo o amenazó con que si Perón alguna vez visitaba los EE.UU. sería crucificado por la prensa, como lo sería también cualquiera que tuviera que ver con la organización del viaje. Nufer quedó consternado ante la perspectiva de que un acercamiento argentino-norteamericano pudiera verse frustrado por este factor [51] . Por otra parte, Nufer le reconoció al mismo Perón que otros dictadores, como Franco y Tito, eran mucho mejor tratados por la prensa norteamericana, aunque atribuyó este hecho a que el pueblo de los Estados Unidos se había convencido de que esos gobiernos eran sólidos aliados  de los estados Unidos contra la agresión comunista, y habían dado amplias muestras de que deseaban ser amigos de los EE.UU. Si el pueblo de los EE.UU. había aceptado a España y Yugoslavia, dijo el embajador, sin duda estaría igualmente dispuesto a aceptar a la Argentina: lo que se necesitaba era una demostración directa y vi a esta vigorosa de parte del gobierno argentino respecto de que no sólo se oponía fuertemente al comunismo, sino que se alineaba  con el mismo entusiasmo con los EE.UU. [52]  

Es así que un interés material muy específico y un grupo de presión muy poderoso subyacía  a esta insistencia en una cuestión aparentemente ideológica que se centraba en el caso de La Prensa: la retórica sobre las libertades cívicas y los principios de la civilización occidental-proclamados en un contexto en el que se perpetraban violaciones mucho más graves que desde el punto de vista  de las relaciones argentino-norteamericanas pasaban desapercibidas -era más fachada que otra cosa, y lo que verdaderamente motivaba las limitadas reacciones oficiales norteamericanas era el hecho de que, en casos como el de La Prensa, a ellos se les creaba un problema interno. Aunque en un grado menor, lo mismo era cierto respecto del único otro asunto vinculado  a los derechos cívicos que ingresó a la agenda norteamericana desde el punto de vista de sus objetivos frente a la Argentina, que era el dominio que Perón ejercía sobre el movimiento sindical.  

El interés del Departamento de Estado por este asunto se despertó a raíz del amargo antagonismo que se había desarrollado entre el sindicalismo norteamericano y el argentino. Sindicatos norteamericanos habían creado con éxito una federación interamericana del trabajo, la ORIT para neutralizar a la federación comunista latinoamericana (la OTAL) dirigida por Lombardo Toledano, de México. La Argentina no se asoció a ninguna de estas organizaciones, sino que se dedicó a hacer proselitismo con el objetivo de crear una tercera una tercera federación de orientación peronista, la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS), finalmente creada en México en 1952 [53] . La posición del sindicalismo norteamericano era que Perón, como el dictador de un estado totalitario, representaba todo lo opuesto que las democracias; que el trabajo organizado en la Argentina estaba completamente dominado por el gobierno; que las libertades democráticas del sindicalismo habían sido arrasadas y que los derechos cívicos en general habían sido suprimidos. Los sindicatos norteamericanos habían impedido con éxito la asociación argentina en la ORIT y a su predecesora, la CIT, que había sido organizada en Lima en 1948. La Argentina había contraatacado condenando a la CIT y a la ORIT como instrumentos del "imperialismo de Wall Street". Había organizado un cuerpo de agregados laborales asignados a sus embajadas y los usaba para diseminar propaganda peronista, y había tenido cierto éxito  limitado en la creación de grupos de orientación peronista en varios países, que el sindicalismo norteamericano consideraba peligrosos. [54]  

La guerra subsiguiente no podía sino tener un fuerte impacto sobre el Departamento de Estado: este segundo y último asunto vinculado a los derechos cívicos que sistemáticamente se incluía en las listas del Departamento de Estado como un objetivo de su política hacia la Argentina (liberar el movimiento sindical de la interferencia y el dominio gubernamental, restaurando las libertades sindicales) también estaba ligado a un poderoso grupo de presión norteamericano, al igual que en el caso de la libertad de prensa y el affaire específico del diario La Prensa. Más aún, el caso del sindicalismo estaba vinculado directamente a los intereses políticos de los EE.UU en esta parte del mundo, en tanto los mismos agregados laborales argentinos se dedicaban activamente a la propagación de propaganda anti norteamericana en todo el hemisferio y aún en Europa y el Medio Oriente.  

Por lo tanto, ni uno sólo de los asuntos vinculados a la violación de los derechos y libertades cívicas  en la Argentina que entraron en la Agenda de las relaciones bilaterales era "puro" o desinteresado. Fueron más un instrumento ideológico que se usaba para apuntalar intereses materiales en el contexto de una política que era en esencia pragmática, o la inevitable reacción a grupos de presión (lo que se conoce con el nombre, ya universalizado, de lobbies), que hacían sentir su peso sobre el gobierno de los EE.UU.que los verdaderos objetivos en sí mismos de ese gobierno.  

El cambio de política de 1952  

Fue el carácter tercamente anti norteamericano de la política de Perón, que era irracional en tanto ese anti nortemericanismo no generaba beneficios para la Argentina, lo que llevó al deterioro de las relaciones y a un cambio en la política norteamericana de apaciguamiento de Perón, hacia 1952. Ya en 1951 había señales de conflictos burocráticos, algunos de los cuales fueron registrados arriba. Un memorándum del secretario asistente Miller, por ejemplo, criticaba a un borrador de pronunciamiento político hacia la Argentina porque daba la impresión de que el Departamento estaba haciendo la apología de Perón. El alto funcionario propuso que los EE.UU. le hicieran menos la corte a la Argentina que hasta ese momento, y que adoptaran actitudes que hicieran comprender a los argentinos que la Argentina necesitaba más a los EE.UU. que éstos a la Argentina [55] . Esta idea fue adoptada en el Pronunciamiento (secreto) del 26 de octubre de 1951. Hasta aquí los cambios de política frente al pronunciamiento de 1950 eran menores: era una diferencia de énfasis y matices. Y por otro lado, el nuevo Pronunciamiento decía explícitamente que "ha sido demostrado en forma bastante terminante que la democracia no pude ser  exportada"(...) [56]  

Sin embargo, a medida que los ataques de Perón contra los Estados Unidos se intensificaron, la opinión de la embajada y el Departamento comenzó a evolucionar  hacia un cambio moderado  de su política hacia nuestro país. El 11 de marzo de 1952 se elaboró un memorándum que proponía algunos cambios [57] . El 5 de mayo, John C. Pool envió un despacho al Departamento  sobre el tema "El elemento de respeto en nuestras relaciones con las Argentina", sugiriendo reacciones norteamericanas a los ataques peronistas:  

"Cuando uno trata con gente decente existe cierta ventaja en pasar por alto sus exentricidades y en ponerse por encima de sus aberraciones respecto de las normas de conducta normales y aceptables. Pero esto no se aplica al régimen de Perón, que en su inmensa mayoría está compuesto por individuos que serían totalmente incapaces de elevarse a posiciones de autoridad y actuación pública sobre la base del mérito. Esto no se dice con espíritu inamistoso. Es un hecho. Estas son gentes pequeñas . No comprenden uno podría tener una reacción diferente que la que tiene, e interpretan la magnanimidad con una señal de debilidad." [58]

Pool no sugería una política agresiva ni recurso coercitivo alguno, sino tan sólo mostrar señales tangibles de desagrado frente a las agresiones peronistas. Finalmente, el 23 de junio de 1952 tuvo lugar una reunión en el Departamento de Estado para informar al recién nombrado embajador, Alfred Nufer, y señalarle los cambios aceptados frente al Pronunciamiento de política hacia la Argentina de octubre de 1951. En esta reunión se estudió el previamente nombrado memorándum del 11 de marzo. El cambio de política aceptado fue, como se dijo, moderado: no implicaba un regreso a la coerción previa a 1947. No era, sin embargo, un cambio insignificante. Se decidió continuar con una política"en términos generales, correcta" hacia la Argentina, pero al mismo tiempo usar todas las oportunidades disponibles para contrarrestar la propaganda anti norteamericana de ese país y frenar "la penetración política argentina" en América Latina. Se señaló que debía intentarse despertar el interés de los otros países latinoamericanos respecto del "peligro a ellos mismos y a la unidad latinoamericana" representado por la Argentina, y que "cada país debía ser alentado a adoptar sus propias medidas para oponerse a la penetración argentina". No debía haber actividades encubiertas dentro de la Argentina, pero fuera de ella, por el contrario, la propaganda anti argentina debía realizarse de manera encubierta y/o privada. En otras palabras no se regresaba a la política coercitiva, sí se volvía a la actitud imperante antes de 1947, de discretamente enfatizar a los líderes de otros países  que la "penetración argentina" era peligrosa para América Latina. Tanto en ese memorándum de conversación como en el documento de marzo que se estudió durante esta reunión  hay un punto misterioso, el noveno y último, que era para presentación verbal únicamente: esto es, en el contexto de una lista de cambios de política sugeridos, el punto nueve dice textualmente "para presentación verbal al embajador únicamente" y no aclara nada. Es posible que este punto se haya referido a la posibilidad de sanciones económicas secretas como un último recurso porque en el memorándum de conversación, éste es el tema de la siguiente pregunta del embajador. [59]  

ATLAS era el principal ejemplo de penetración argentina. Otro caso importante eran las uniones económicas con países vecinos  proyectadas por Perón. Seguramente no es ninguna coincidencia que no mucho después de la adopción de los cambios en la línea política del Departamento de Estado que aquí comentamos, en ocasión de la firma del "Acta de Santiago" entre Chile y Argentina, el canciller brasileño declaró que dicha Acta era una amenaza a la unidad hemisférica, a pesar del hecho que Perón había enrolado previamente a Vargas en su proyecto integrativo, en el que deseaba incluir a Brasil [60] : el canciller brasileño usó el mismísimo concepto y casi las mismas palabras  que el Departamento de Estado había utilizado  respecto del peligro de la penetración argentina.  

Por cierto, el 26 de agosto de 1952 el Departamento envió instrucciones precisas a sus diplomáticos en las otras repúblicas americanas, con la línea argumental que debía adoptarse en conversaciones con nativos de los países  en que estaban destinados. Este fascinante documento atribuye los ataques norteamericanos de Perón a su necesidad de construir una "máquina de ficciones" para ocultar su fracaso económico tanto en la Argentina como en el extranjero, y aconseja a los diplomáticos recalcar sutilmente el carácter ridículo de los alardes y delirios argentinos (" la Argentina es, ciertamente, mucho menos importante económica, política y militarmente de lo que su ego le permite creer"), señalando que mientras ese país  objetaba todos los proyectos cooperativos nacidos de la iniciativa de otros, nunca tenía nada verdadero para ofrecer en su reemplazo, y que nada había salido de su grandilocuente propuesta de lanzar un Plan Marshall propio para América Latina. La línea argumental que debían emplear los diplomáticos norteamericanos quedaba así definida en términos precisos:  

"La prioridad dada a los EE.UU. como blanco de sus insultos puede oscurecer el hecho de que la propaganda peronista es un problema para los países que está penetrando. No es en los EE.UU. donde Perón se está presentando como un redentor del pueblo, ni son los trabajadores norteamericanos quienes están siendo organizados por agregados laborales argentinos".  

Así los diplomáticos de los EE.UU.  debían señalar como, uno a uno, los gobiernos de la región se encontraban ante la necesidad de reaccionar contra el peronismo: un gobierno (Ecuador) recientemente había declarado  al embajador argentino persona non grata por interferir en asuntos internos ; otro (Panamá) había forzado el retiro del agregado laboral; y otros aún habían puesto a los diplomáticos argentinos bajo vigilancia.  

En este contexto, parte de la línea sugerida contra la Argentina consistía en enfatizar los principios democráticos, especialmente la libertad de prensa: "Es imperativo para los hombres libres - y especialmente para editores y periodista, ya que su supervivencia está directamente involucrada - defender las bases de la libertad de información, repudiando la falsificación de noticias y denunciando a sus autores". La diseminación de noticias falsas, el uso fraudulento de fuentes de noticias, el subsidio a la inescrupulosa agencia de noticias, Agencia Latina, que difundía mentiras por todo el continente, eran según  esta línea argumental una amenaza más grave que la censura y la persecución de hombres de prensa, porque socavaban la ética del periodismo, y así "refuerzan en nuestras playas el ataque librado desde el otro lado de la Cortina de Hierro contra nuestra gran institución occidental de la libertad de prensa". [61]  

Claramente pues, en esta instancia, los principios estaban al servicio de una política norteamericana cuya inspiración era pragmática :el discurso ideológico, de defensa de la democracia y las libertades y derechos cívicos, habían sido activados una vez más porque el Departamento de Estado estaba perdiendo esperanzas de conseguir la cooperación de Perón y, más aún, había llegado a la conclusión de que éste seguiría dedicado activamente a atacar esos objetivos. Aquellos principios (la democracia, las libertades, los derechos humanos) no  eran el verdadero objetivo, sino básicamente un instrumento al servicio  de fines más interesados.  En 1950 los principios habían sido sacrificados en aras de la ratificación  del TIAR y un intento de acercamiento diplomático general. Pero ese acercamiento había fracasado debido a los caprichos y estados anímicos variables del dictador. Como consecuencia, se adoptó una política para frustrar a la "penetración argentina" de América Latina, y en este contexto los principios fueron introducidos nuevamente en el discurso, como parte de una estrategia pragmática.  

La seducción final del dictador  

Lo que ocurrió casi inmediatamente después es algo que ningún "cientista social" hubiera predecido jamás, pero que quizás podría haber sido vislumbrado por un sabio y anticuado conocedor de hombres. El general Dwight Eisenhower fue elegido presidente de los EE.UU. Perón según la percepción registrada de la mayor parte de los diplomáticos extranjeros que lo trataron, era un hombre muy sensible  que se ofendía con mucha facilidad, tomaba todo en forma personal y confundía su función de gobernante  con sus asuntos personales [62] . Perón aún no se había sentido ofendido por Eisenhower, y mientras este fuera el caso todo era posible. Y Eisenhower decidió halagarlo.  

Primero hubo un mensaje para Perón del nuevo Secretario de Estado, John Foster Dulles. Era una declaración rutinaria con una frase clave: "La Argentina y los EE.UU. son ambos líderes reconocidos de la comunidad americana" [63] . Perón se derritió. Según el memorándum de conversación de Nufer, le resultó imposible ocultar su agrado: "Se ruborizó de orgullo, se volvió hacia (el canciller)Remorino y le comentó `¡Mire lo que piensan de nosotros!' [64] . Y tres meses más tarde, Eisenhower envió a su hermano Milton en un viaje de buena voluntad  por América Latina. Juan y Milton se hicieron amigotes. Y esta fue la clausura de la enemistad de Perón con los EE.UU. y de sus políticas anti norteamericanas. El memorándum de conversación de Nufer inmediatamente posterior a la visita de Milton Eisenhower nos dice:  

"Comprendí que el motivo principal por el que Perón me quería ver era el de rememorar la visita del Dr. EIsenhower. Todavía estaba bajo el hechizo de la personalidad del Dr. Eisenhower , y literalmente burbujeante de buena voluntad y entusiasmo. Preguntó reiteradamente si al Dr. Eisenhower le había agradado la visita, y dejó muy en claro que él personalmente estaba encantado de que todo hubiera salido tan bien, sin nada que empañara la estadía.  

"Dijo que ahora tenía, por primera vez, la impresión definida de que el gobierno de los EE.UU. no estaba mal dispuesto hacia el suyo y que existía por ende, una verdadera oportunidad para mejorar las relaciones (...) Dijo que comprendía que no podía haber un cambio drástico e inmediato en la actitud de la prensa  norteamericana, pero que ésto ya no era importante porque él estaba convencido de que el gobierno de los EE.UU. compartía su creencia en que el mejoramiento de las relaciones entre la Argentina y los EE.UU. era altamente deseable". [65]  

Para el Departamento de Estado, no hubiera podido haber mejores noticias provenientes de la Argentina. Ya con aquel primer mensaje de Dulles a Perón se habían incluido instrucciones para el embajador en el que los obstáculos a las relaciones amistosas entre los EE.UU. y la Argentina habían sido enumerados como:1. La neutralidad de la Argentina (tercera posición); 2. los ataques oficiales u oficialmente inspirados del peronismo a los EE.UU; 3. la aprensión de otros países latinoamericanos de que un eventual acercamiento entre los EE.UU. y la Argentina pueda afectar a sus propias relaciones con los EE.UU.; 4. Medidas peronistas contra la libertad de prensa y de radio; 5. control gubernamental del sindicalismo en la Argentina. Pero el telegrama decía claramente que los puntos (4) y (5) eran cuestiones internas de la Argentina y que los EE.UU. no estaban en condiciones de insistir  en que haya cambios al respecto como la base  para un acercamiento oficial [66] . Similarmente un despacho de la embajada fechado el 31 de julio de 1953 declara que " el sistema de gobierno de la Argentina es de importancia secundaria para nuestros objetivos". El despacho iba más allá, describiendo el carácter de Perón después de la visita del Dr. Eisenhower parece confirmar el diagnóstico que la Embajada realizara de su personalidad. Ansía reconocimiento". Sin embargo el éxito de la seducción de Perón todavía no podía ser garantizado. Algunos riesgos para el rapprochement, señalaba el despacho aún permanecían:  

"Aunque  no fuese tan sensible como es, esta aproximación hacia nosotros pondría a Perón en una posición de vulnerabilidad. Tanto en la Argentina como en el extranjero, un rechazo por parte de la opinión pública norteamericana heriría su orgullo; en la Argentina se expone una pérdida de prestigio entre su propia gente. Su abierto y no disimulado entusiasmo es el producto de un sentimiento que ha sido liberado por la perspectiva de realización  de un largamente deseo de reconocimiento. Su emoción en esta situación es más fuerte que su juicio político".  

Según el punto de vista de la embajada, existía el riesgo de que la continuación de los ataques a Perón  de la prensa norteamericana favorecían a los grupos antinorteamericanos  que operaban en la Argentina. Para frustrar sus designios, se dijo, los EE.UU.  deberían retener la confianza de Perón en los deseos de mejores relaciones por parte del gobierno, de manera de:  

"(...) superar la etapa de peligro que comenzó cuando expuso sus intenciones amistosas y terminará sólo cuando la opinión pública norteamericana acepte a la Argentina del mismo en que aceptó a Franco o Trujillo, y por la misma razón : la cooperación contra el enemigo común, el comunismo". [67]  

De esta manera, está claro una vez más que la existencia de una dictadura era un asunto secundario, y no solamente respecto de la Argentina sino en el mundo en general. Además la actitud del gobierno norteamericano bajo el gobierno de Truman y bajo el de Eisenhower (el primero demócrata y el segundo republicano) fue básicamente la misma, aunque la táctica de Eisenhower haya sido más exitosa. La retórica referente a la democracia y a las libertades y derechos cívicos, en relación a las relaciones norteamericanas con otros países, eran fundamentalmente un arma usada en la consecución pragmática del interés norteamericano. La exportación de la democracia y/o de los derechos humanos era con seguridad un ideal honesto, pero no era un verdadero objetivo político que pudiera soportar, ni siquiera mínimamente, la prueba de objetivos más materiales que entraban en competencia con él. Debido a la remota posición geográfica de la Argentina y la ausencia de una verdadera amenaza comunista en el país, estos tan cacareados principios podrían haber sido una base para la política norteamericana a muy bajo costo: la economía argentina estaba en ruinas , y contrarrestar la tan temida "penetración argentina" en otros países hubiese sido relativamente simple.  Pero el gobierno norteamericano no quería correr riesgo alguno, y por ende no existía un lugar verdadero para la imposición de principios en su política exterior. En un período anterior, desde 1943 hasta 1947, el gobierno norteamericano había tomado una actitud  diferente respecto de la Argentina: había elegido una política no pragmática basada en sus principios, aunque no sin contradicciones, ya que había sido parcialmente responsable del golpe de 1943, que celebró pragmáticamente como un éxito propio (aunque su cruzada contra el nazismo podría justificar esta actitud desde el punto de vista de los principios, siempre y cuando se haga abstracción del neutralismo norteamericano de 1939-41 y del rechazo de la propuesta argentina de abril de 1940). Si la política norteamericana hacia la Argentina sacrificó al pragmatismo entre 1943 y 1947, sin embargo, sólo fue porque podía darse el lujo de hacerlo frente a un país tan remoto y estratégicamente relevante como éste: no era el caso de España e Irlanda, donde el neutralismo (y en el primer caso, la dictadura) era benignamente tolerado. Pero los sectores pragmáticos siempre competían con los grupos ideologistas en el seno del gobierno norteamericano, y fue por ello que los EE.UU. no pudieron ser coherentes en su política de exportación de la democracia, ni siquiera en el caso de un país relativamente irrelevante para sus intereses directos, y ciertamente remoto, como la Argentina.  

El gobierno norteamericano tuvo éxito en su afán de mantener la confianza de Perón respecto de su deseo de mejores relaciones, y el 5 de octubre de 1953, Perón ofreció una conferencia de prensa en Asunción donde declaró:"¡Gracias a Dios tenemos un Eisenhower!". En esa ocasión, negó que intentara formar un bloque sudamericano y dijo que quería la unidad de polo a polo: ya era hora de pensar en una nacionalidad hemisférica. Esperaba que para el año 2000 fuéramos todos conciudadanos [68] . Y dos días más tarde, se enviaron instrucciones a los diplomáticos norteamericanos en los países latinoamericanos:  

"En primer lugar, ciertamente deseamos hacer todo lo apropiado y prudentemente posible para reforzar la idea de Perón de que el gobierno de los EE.UU. ya no le es inamistoso. No le somos inamistosos. Deseamos cooperar con él. Creemos en la solidaridad hemisférica, y la solidaridad es imposible sin la inclusión de la Argentina: es parte de nuestro interés inmediato tener buenas relaciones con ese país. Respecto de los asuntos internos de la Argentina, no corresponde que nos interesemos por ellos, así que independientemente de lo que pensemos respecto de algunos de los métodos de Perón, debemos mantener un discreto silencio al respecto. (el subrayado es mío).  

"Por otra parte, no deseamos construir nuestra política de amistad con la Argentina a costa de amigos probados y tradicionales... Ninguno de ellos debe tener la impresión de que vamos a privarlos de favores para tirárselos a Perón". [69]  

Esta fue, en mi opinión, la traición definitiva de los principios de la política norteamericana frente a Perón. Y no es entonces extraño que pronto hayan surgido voces de protesta. Por ejemplo el Secretario general de la Asociación Interamericana para la Democracia y la Libertad le escribió al secretario asistente John M. Cabot, expresando:  

"Esta nueva actitud aparente de conciliación ya está produciendo mucha desconfianza hacia nuestro país entre todos los elementos democráticos de América Latina, que creen que hemos traicionado la causa de los derechos humanos en esta nueva movida para comprar a uno de los más implacables dictadores del hemisfério". [70]  

Los derechos humanos y/o cívicos fueron ciertamente traicionados. Hacia el 17 de agosto de 1954, en momentos en que la situación de las libertados y los derechos cívicos en la Argentina en todo caso empeoraba, una lista secreta de objetivos norteamericanos frente  a la Argentina ya ni siquiera mencionaba el deseo de una mejora en este terreno [71] . Y en un despacho previo firmado por el embajador Nufer, de mayo de 1954, se decía que era esencial hacer comprender al público norteamericano la deseabilidad de mantener buenas relaciones con la Argentina de Perón. Agregaba:  

"Perón ha dado a lo largo del último año clara evidencia  de su deseo de trabajar con los EE.UU. Ha mantenido su política a pesar de una fuerte oposición, incluso alguna dentro de su propio partido, y con pocas respuestas concretas de los EE.UU. Por cierto, aún lleva las cicatrices, y de origen reciente, de medidas norteamericanas contrarias a los intereses económicos de

su país (...) Perón puede ser atado a los EE.UU. de una manera segura y con alguna promesa de permanencia sólo a través de pruebas convincentes de que es un socio aceptando que opera con nosotros sobre la base, si no de igualdad, por lo menos de reciprocidad. Esto puede alcanzarse sólo si hacemos de la cooperación con los EE.UU. una cuestión de satisfacción emocional para él, como también de provecho para su programa. Adecuadamente manejada, una fachada de prestigio personal y de aceptación por parte de nuestro gobierno puede hacer mucho para mantener a Perón (con nosotros) aún en la ausencia de compensaciones más tangibles".  

Nufer pasa entonces a sugerir que los líderes del sindicalismo norteamericano debieran ser adoctrinados con los puntos de vista del Departamento de Estado respecto de las realidades argentinas frente a los objetivos de los Estados Unidos, como un primer paso hacia la formación de una opinión pública más favorable hacia ese país.[72] De allí en adelante, las relaciones entre Perón y los EE.UU. entraron en una larga luna de miel, hasta su lamentado derrocamiento en septiembre de 1955.  

Por cierto, según el "Informe Anual de 1955" del 13 de enero de 1956, firmado por el embajador británico, Sir Francis B.Evans:

"Con los EE.UU. las relaciones habían llegado a un alto nivel de cordialidad antes del final del difunto régimen. Visitantes norteamericanos distinguidos habían sido recibidos con gran ceremonia, y a su vez dispensaron grandes halagos sobre Perón sus logros. El embajador de los EE.UU. tenía algunos motivos para felicitarse a sí mismo por haber tenido éxito en la generación de relaciones provechosas con Perón: se había alcanzado un acuerdo con la Standard Oil de California para la explotación petrolera en el interior y se habían prometido créditos norteamericanos para cierto trabajo y la amistad argentino-norteamericano ha sido enfriada por sospechas de penetración norteamericana."(el subrayado es mío)[73]  

Bastante antes de que se escribieran estas líneas y poco antes de la caída del régimen. The New York Times dijo, el 4 de abril de 1955:" Probablemente no haya ninguna dimensión de la política norteamericana hacia América Latina que haya generado tanta controversia como la actitud abierta y fuertemente pro peronista  del Departamento de Estado y la embajada norteamericana en Buenos Aires". El 10 de marzo de 1955, el Exim Bank había autorizado un crédito de U$S 60 millones para una acería en San Nicolás; el 25 de abril se había firmado el mencionado contrato con la California, y el 7 de junio se había firmado el acuerdo de "Atomos para la paz" entre la Argentina y los Estados Unidos. Pero tan sólo una quincena después de la caída de Perón, el 30 de septiembre de 1955, el contrato con la California era declarado nulo e inválido por el gobierno provisional de la Argentina. Asi que el Departamento de Estado tenía motivos para lamentar la caída del hombre que dos años y medio antes había sido su peor antagonista en América Latina. Y menos de un mes antes de Septiembre, el partido radical acusaba a Perón de ser un títere de los EE.UU., y acusaba a naves norteamericanas de hacer un seguimiento de la flota argentina para evitar acciones contra Perón.[74] A tal punto se había invertido la situación. Más aún: en el lago despacho del 26 de septiembre  en que la embajada cuenta los detalles del golpe, hay un dejo de melancolía. Hablando de las celebraciones posteriores a la victoria, un subtítulo encabezado "El 23 de septiembre- Día de la victoria, día de derrota", el funcionario nos dice:  

"Pero no fue un día de victoria para todos los argentinos. Para muchos fue un día de la más amarga derrota; un día de desilusión y miedo; un día para preguntarse con preocupación qué es lo que le depararía el futuro. Cuáles son las cifras, cuántos se encuentran en cada bando, es algo que nadie puede decir con precisión. Pero se sabe que el peronismo dividió a la Argentina en torno a clases sociales; las clases bajas estaban  con él; las clases altas y medias contra él. Aún considerando la posibilidad de excepciones, el mero hecho de que hay más de población en las clases bajas es testimonio de que quienes se sentían derrotados con los sucesos del día, o al menos los observaban con gran desconfianza, constituyen un número formidable. Esto puede aceptarse sin necesidad de recurrir a los recientes resultados electorales, que demuestran que dos de cada tres votantes argentinos es peronista".[75]  

No puede negarse que lo que la embajada decía era objetivo. Pero el tono, observable también en algunos otros documentos, muestra que se había peronizado. Pocas dudas caben pues que, en toda justicia, los yanquis se hubieran merecido un Perón.  

Conclusiones  

Como se dijo los derechos humanos fueron traicionados. Después de establecidas las bases para una relación cooperativa -y por cierto, decía el embajador británico, desde el punto de vista norteamericano, provechosa- en 1953, Perón siguió violando alegremente los derechos y libertades cívicas, sin que esto preocupara a los norteamericanos siquiera en el nivel de expresiones de deseo en documentos secretos. Sin embargo, cuando uno considera cuál era la alternativa, uno no puede sino preguntarse qué era preferible. Cuando los EE.UU. habían adoptado una política de inspiración ideológica hacia la Argentina, lo habían hecho con una retórica gruesamente exagerada acerca de la amenaza argentina, generando una justificación pseudo pragmática para el boicot a la Argentina, basada en la suposición de que la Tercera Guerra Mundial podía eventualmente provenir de este país si se cotemporarizaba con su régimen. Aunque es posible suponer que los autores de estas exageraciones necesitaban recurrir a ellas para imponer sus políticas "idealistas" frente a los pragmáticos que competían con ellos, el daño que así le hicieron a la Argentina fue tan grande que es difícil escapar a la conclusión (intencionalmente naive) de que hombres como Braden y (antes que él) Hull, pretendidamente principistas, eran muy malos, mientras hombres como Messersmith y (antes que él) Nelson Rockefeller, confesadamente pragmáticos, eran mucho más generosos. Los primeros tenían cierto parecido con Perón en tanto permitían que factores muy personales los obnubilaran  con respecto a sus políticas: uno termina con la sensación de que el derrocamiento de un dictador por ellos odiado se había transformado en una suerte de deporte personal, y que cualquier mentira era válida si los ayudaba a convencer a sus superiores, y cualquier medida, no importa cuán contraproducente en términos de sus objetivos profesados, era legítima. Así (y tal como se documenta en La declinación Argentina), durante el período 1942-45 la Argentina fue empujada, por obra y gracia de medidas ofensivas del Departamento de Estado y la Junta de Guerra Económica, a una actitud cada vez menos amistosa hacia los Aliados, y ésto es algo que parecía no importarles: les daba la oportunidad para lanzar más exabruptos y alardes belicosos. Después de todo, y aunque su retórica pretendía lo contrario, la racionalidad en su política hacia la Argentina  estaba muy lejos de ser vitalmente importante para los intereses de los EE.UU. Es así que medidas desestabilizadoras de Hull primero reforzaron los factores conducentes  al golpe de 1943, luego condujeron a la expulsión de miembros pro aliados del gabinete de Ramírez, que fue reemplazado por el dúo Farrel-Perón, que era aún menos cooperativo.[76] De la misma manera, en 1946 la descarada intervención de Braden en los asuntos internos de la Argentina aumentó la popularidad de Perón y probablemente hizo la diferencia que lo catapultó a la presidencia. Por su torpeza, Braden fue recompensado con un ascenso.[77] Braden actuaba en nombre de los principios (aunque, como se observó, también los disfrazaba con justificaciones pseudo pragmáticas que exageraban enormemente el poder argentino). Messersmith actuaba en nombre del interés pragmático de los EE.UU. Pero cuando uno se encuentra con las amargas y sinceras quejas de Messersmith respecto de las políticas de Braden, yo por lo menos prefiero a Messersmith:  

"Estamos intentando aplicar un criterio especial respecto del cumplimiento (de los compromisos interamericanos) al caso de Argentina, diferente del que aplicamos con las otras repúblicas americanas. Esto es injusto, impropio e imposible y contrario a todos los principios de nuestro pueblo y gobierno. Estamos destruyendo toda posibilidad de componer la situación"[78]   (el subrayado es mío).  

Braden mentía tanto y parecía haber tanto odio en sus actitudes que uno termina preguntándose dónde estaban los "verdaderos" principios. Lo mismo ocurre cuando se analizan las actitudes de los funcionarios de la ECA que se regodeaban en declarar que

" harían arrodillarse a la Argentina":[79]  parecen ser no menos odiosos del dictador que  detestaban. Más adelante en el proceso- y ya en ls años de que trata este artículo- uno simpatiza con funcionarios norteamericanos bien intencionados que hacían lo posible por que un dictador despreciable y megalómano fuera razonablemente cooperativo. Pero respecto de los cruzados y  fanáticos queda la impresión que, aunque sus ideales proclamados eran muy superiores a los del tirano, lo que de hecho fueron sus actos y actitudes y las bajas pasiones que parecen haberlos motivado a un nivel inconsciente no eran mejores que los del dictador que combatían (y permítanme aquí reiterar la esclarecedora afirmación de Summer Wells respecto de que el prejuicio anti argentino de Cordell Hull era casi psicopático). Naturalmente, que éste no era necesariamente el destino del impulso norteamericano hacia la exportación de la democracia y los derechos humanos: es solamente lo que ocurrió con la Argentina entre 1942 y 1955. Pero si ese impulso ha de ser creíble, si es que va a estar dotado de algún grado de autoridad moral y efectividad, entonces estas muy humanas perversiones deben ser controladas y neutralizadas y ésto requería la sistematización de la intervención norteamericana en el nombre de la democracia y/o los derechos humanos, a través del establecimiento de un claro conjunto de reglas y reglamentos internos para el diseño de este tipo de política. Esta es una dimensión de la política exterior norteamericana que no debiera quedar librada, para su resolución, al juego de una salvaje competencia burocrática, al menos si esperan que la respetemos.  

En general, creo que está claro que, durante el período 1942-55, el impulso norteamericano para exportar la democracia y los derechos humanos fue, frente a la Argentina, básicamente contraproducente para su objetivo profesado. Destruyó cualquier resto de estabilidad que pudiera quedar en el sistema político argentino, y a tal punto polarizó la sociedad que, para el momento en que una política pragmática, finalmente adoptada en 1950, logró su objetivo de seducir a Perón en 1953, la caída eventual de este ya era casi inevitable, de manera que, paradójicamente, el gobierno que tan apasionadamente había desestabilizado al dictador terminó apoyándolo cuando éste fue derrocado, en lo que resulta el paroxismo de la contradicción.  

Aunque no lo puedo demostrar, tengo la impresión de que, después de tal proceso amigarse con el dictador también agregó inestabilidad: debemos tener en cuenta las consecuencias destructivas de la agonía de un régimen, una agonía que es el producto de dosis erráticas de medidas desestabilizantes y su combinación con fuerzas políticas locales. Y hay casos en que el régimen sobrevive a esa agonía, con una sociedad dolorosamente dividida, y entonces el gobierno norteamericano, desesperado de derrocar al dictador, intenta amigarse con él: este fue el caso de la Argentina desde 1950, aunque los norteamericanos necesitaron tres años para finalmente seducir a Perón. If you can't beat him, join him" dice el proverbio inglés ("Si no puedes ganarle únetele a él"): esto puede ser una excelente política exterior norteamericana, pero sus defectos sobre América Latina no podrán ser más perversos: es un sano pragmatismo que no puede presumir de idealismo. Lo que la hace más perversa aún no es que se hayan unido a él, sino que lo hayan hecho después de todos los esfuerzos desestabilizadores, y es esta peculiar combinación  de idealismo y pragmatismo en etapas sucesivas lo que es más destructivo y menos "idealista" en el mejor sentido del término.  

En el caso argentino, este último cambio de política causó gran confusión . La Argentina frecuentemente ha sido descrita como un país "impredecible", pero en el caso bajo estudio, la política norteamericana hacia la Argentina no fue menos impredecible.¿Cómo y por qué pudo Nelson Rockefeller revertir la política norteamericana hacia la Argentina durante tres cortos meses en 1945" ¿Por qué es que su contraparte directa , Spruille Braden , fue nombrado embajador en Buenos Aires, neutralizando las políticas de Rockefeller como secretario asistente para asuntos latinoamericanos? ¿por qué fue Messersmith nombrado embajador en el mismo momento en que Braden era ascendido a secretario asistente y reemplazaba a Rockefeller? Casi parece una política diseñada para la generación de conflicto interno en la Argentina. ¿ Y por qué es que la ECA se salió con la suya en su boicot contra la Argentina, cuando las relaciones con este país habían sido normalizadas cuando Messersmith neutralizó a Braden? Todas estas acciones y reacciones fueron absolutamente impredecibles, jamás podrían ser explicadas desde la perspectiva  de un modelo de actor racional y, por cierto, reflejan un grado mucho mayor de conflicto burocrático  en el gobierno de los EE.UU.  del que sería admisible en el diseño de su política hacia algún país de importancia vital para sus intereses estratégicos: subrayan lo que en La declinación Argentina llamo el "síndrome de irrelevancia de la racionalidad" en los procesos de toma de decisión de la política exterior norteamericana.[80]  El impacto de políticas tan contradictorias y e impredecibles jamás  puede ser positivo.  Tampoco puede alentar a la democracia ni nutrir la estabilidad, aunque se haga en su nombre. Por cierto, sería milagroso si la estabilidad y la democracia sobrevivieran a pesar de un impulso tan perverso proveniente de una fuente tan poderosa.  

En mi opinión un impacto generador de estabilidad puede ser alcanzado por la política norteamericana ya sea absteniéndose de intervenir en los asuntos internos de los estados latinoamericanos  y dejándolos construir cualquier sistema político que surja de su propia y espontánea dinámica política, o mediante una intervención sistemática con señales muy claras e inequívocas. Por ejemplo los EE.UU. podrían decidir intervenir sólo cuando sus intereses de seguridad están de por medio, y hacer esto muy claro para todo el mundo. O los Estados Unidos  podrían decidir intervenir  sólo cuando se derroca a  la democracia o se violan los derechos humanos, y esta regla también debería quedar bien clara. Finalmente, las reglas de juego podrían especificar la intervención cuando surge cualquiera de los problemas precedentes, y más aún, criterios diferentes podrían aplicarse  a países diferentes en función del grado de su significación para los intereses vitales de los EE.UU. Pero las reglas tienen que ser muy precisas y explícitas si el impacto de la intervención norteamericana ha de ser constructiva en el largo plazo- esto es, si verdaderamente va a generar una democracia en vez de simplemente producir la inevitable inestabilidad que surge cuando un gobierno democrático es desestabilizado en forma encubierta y no confesa, porque sus políticas se consideran peligrosas para los intereses económicos o de seguridad de los EE.UU., y luego su secuela dictatorial es desestabilizada  porque no es democrática, como ocurrió con la Argentina durante la década del `40 y con Chile durante la década del `70.  

Ahora bien, si las reglas que desencadenan la intervención han de ser explícitas, entonces la intervención ha de ser abiertamente reconocida y, al menos dentro de los círculos del establishment norteamericano de exterior, considerada legítima, de la misma manera que lo es en la Unión Soviética respecto de sus satélites. No pretendo que esto sea fácil y ni siquiera posible: indudablemente, hay infinidad de razones psicológicas que hacen que a la hipocresía más fácil que soportar que el cinismo. Sólo afirmo que únicamente con un tal sistema puede la intervención norteamericana puede tener un efecto estabilizador y por lo tanto positivo en el largo plazo. De cierto modo, la URSS ha sido más benévola con sus satélites que los Estados Unidos con los suyos, al menos en la región latinoamericana, porque los Estados Unidos han rehusado reconocer que tienen satélites, y esto ha llevado a la intervención encubierta en vez de intervención abierta, y a la ambigüedad de las reglas de juego, lo que en muchos casos ha conducido a la inestabilidad permanente, lo que no es ciertamente un problema en la Europa oriental: la URSS ha garantizado un sistema de gobierno en sus satélites (que pueda no gustarnos es otra cuestión), mientras los EE.UU. sólo han vetado ciertas situaciones, destrozado al sistema político existente y después, con la amenaza neutralizada, los han abandonado a que se ayuden a sí mismos.[81][82]  

En realidad, la democracia, sólo ha sido eficientemente promovida por la política norteamericana cuando este interés ideológico ha convergido directamente  con sus intereses políticos de la guerra fría: los casos "milagrosos" de Alemania, Italia y Japón cuentan la historia bien. Estos son países que nunca fueron democráticos hasta la ocupación norteamericana. La democracia no era parte de la tradición de sus pueblos; no era en absoluto una inclinación "natural". Pero porque se adecuaba al interés político y económico de los EE.UU., fue apuntalada por nada menos que el Plan Marshall, abundantes recursos adicionales para la reconstrucción y la defensa (que a su vez, tenían un cierto efecto de reactivación económica) y tácticas diplomáticas y políticas sutiles. Una comparación académica de la intervención norteamericana en las elecciones italianas de 1948 (que fue sutil, generosa en dólares y eficiente) con la intervención norteamericana en las elecciones argentinas de 1946 (que fue grosera, ofensiva y absolutamente contraproducente en términos  de los objetivos profesados por los EE.UU.), sólo puede conducir a las más pesimistas conclusiones. Estos no son accidentes, sino el producto de procesos estructurales que no pueden modificarse con voluntarismo.  

Hablando en general, puede decirse que los EE.UU. nunca promovieron realmente  la democracia en América latina. Sólo la promovieron en Europa y en Japón. Independientemente de los sinceros y generosos impulsos de incontables liberales norteamericanos, lo que los EE.UU. realmente han promovido en América Latina es inestabilidad: éste no era el objetivo de nadie, sino el producto inevitable de objetivos norteamericanos que eran contradictorios entre sí,  en el contexto de una región que era y sigue siendo de importancia muy secundaria en términos de los intereses estratégicos de los EE.UU. (situación  que se agrava en el caso argentino). Seguramente no es ninguna coincidencia que el único país latinoamericano de relevancia estratégica substancial para los EE.UU. es uno respecto del cual el gobierno (y la prensa) norteamericanos han estado dispuestos a hacer una guiñada cómplice frente al autoritarismo, promoviendo la estabilidad al costo de la democracia (al menos hasta muy recientemente, cuando comenzó a ser percibido como una amenaza narcótica). Me refiero, por supuesto, a México, un país cuyo sistema político hasta ha sido considerado democrático en forma oficial por los EE.UU., a los efectos de salvar la cara y hacer más dirigible este sacrificio de principios para la conciencia norteamericana. Pero países remotos como la Argentina o Chile, Bolivia o Perú se convierten en las víctimas de las contradicciones que necesariamente plagan al proceso de toma de decisiones de la política exterior norteamericana, porque son relativamente irrelevantes para los intereses vitales de los EE.UU. O para expresarlo en palabras más precisa, los nuestros son países que no son importantes en términos de resultados  positivos a ser alcanzados (como por ejemplo la reconstrucción Europea en la temprana posguerra) sino tan sólo en términos de escenarios negativos que han de ser evitados o vetados. Casi sin darse cuenta, los liberales, y los conservadores se turnan, disparando contra su villano favorito y promoviendo su causa preferida en estos países que, debido a su relativa irrelevancia para los intereses vitales de los EE.UU., se convierten en algo así como el juguete de un gigante.  

En este contexto, es decir, desde el punto de vista de una definición e implementación positiva del impulso norteamericano hacia la exportación de la democracia y los derechos humanos, podría ser constructivo si los esfuerzos norteamericanos se concentrasen de aquí en más en dar apoyo  real y tangible a gobiernos democráticos como el de Alfonsín y se concentrasen menos en desestabilizar dictaduras ya antiguas, como la de Pinochet (ofreciendo, a su vez, disuasivos muy creíbles frente a los aspirantes dictadores que puedan asomarse al horizonte político de las democracias actuales). De lo contrario, lo mejor que se podrá decir de esta misión auto impuesta que a lo largo del último siglo se ha convertido en una dimensión tan importante de la política exterior norteamericana es que los EE.UU. sólo dañan a quienes se dañan a sí mismos.



[1] .. J. S. Tulchin, The Argentine Proposal for Non-Belligerency, April 1940" Journalof inter-American Studies,  1969 (4), y S.E. Hilton "Argentine Neutralism, September 191939-June 1940: a re-examinationÑ, The Americas Enoro de 1966.

[2] .. Para el impacto de la educación nacionalista sobre política exterior, veáse el último ensayo de mi Patología del Nacionalismo: el caso argentino,Ed. Tesis Di Tella, Buenos Aires 1988.

[3] .. Los trabajos sobre este tema incluyen:C. Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la Declinación Argentina, 1942-1949, Ed. de Belgrano, Buenos Aires 1983 ; M.L. Francis, The Limits of Hegemony: United States relations with Argentina and Chile during World War II, Notre Dame 1977; Gary Frank, Struggle for hegemony: Argentina, Brazil and the Second World War, Miami 1979 y Juan Perón vs. Braden, Lanham 1980; R.A. Giacalone, From Bad Neighbours to Reluctant Partners: Argentina and the United States 1946-1950, tesis doctoral de la Universidad de Indiana 1977; R. Humphreys, Latin America and the Second World War (dos volúmenes), Londres 1982; C.A. Mac Donald, "The Politics of intervention: the United States and Argentina, 1941-1946" Journal of Latin American Studies, 12 (2), 1980 y "The US, the Cold War and Perón" en C.Abel y C. Lewis (comp.), Latin America, Economic Imperialism and the State: the political economy of the external connection from independance to the present, Londres 1985; R.C.Newton, "The United States, the German-Argentines and the Myth of the Fourth Reich, Hispanic American Historical Review, 64 (1), 1984; M. Rapoport, Gran Bretaña, Estados Unidos y las Clases Dirigentes Argentinas, 1941-1945, Buenos Aires 1980 y B. Wood The dismantling of the Good Neighbor Policy, Austin 1985; R.B.Wood, The Roosvelt  Foreign Policy  Establishment  and the "Good neighbour: The United States and Argentina 1941-1945,Kansas 1979.

[4] .. Según una minuta del Foreign Office británico con conceptos muy similares a los presentados por Sir David Kelly más adelante en el texto: "Para ser coherente, el gobierno de los Estados Unidos debiera aplicar una presión similar a otros transgresores en América Latina (...) pero hay que enfrentar el hecho de que su política hacia la Argentina es una cosa aparte; su oposición al actual régimen argentino sólo difiere  su oposición al régimen constitucional previo en que el tipo dictatorial del gobierno actual lo hace más propenso al ataque.  Los militares sólo pudieron derrocar al gobierno constitucional porque éste último había sido socavado por 18 meses de oposición pública y privada de los Hull Summer y Welles, y la revolución fue en principio bienvenida por la embajada de los Estados Unidos como su propia victoria. Cuando se desilusionaron aplicaron una presión similar, que resultó en la eliminación, primero, del almirante Storni y otros miembros respetables del gobierno argentino, y luego de los Generales Ramírez y Gilbert. Esta presión aplicada intermitentemente, mantiene al país en un fermento continuo, imposible al regreso a condiciones normales, y si el gobierno de los EE.UU.  va a insistir en que cualquier gobierno que suceda al régimen actual agache la cabeza y siga en general las directivas norteamericanas, las dificultades actuales puden perpetuarse durante años." (el encomillado es mío) (AS 3412/12/2, FO 371/44687, archivos británicos, de aquí en más PRO)

[5] .. D. Kelly, 8/e ruling few, Hollis and Carter, London n.d.

p.297.

[6] .. R.B. Woods, op. cit. p.X

[7] .. Ibid, pp.97-98.

[8] .. J.M.Blum, The price of Vision: The Diary of Henry Wallace, 1942-1946, Boston 1973, pp 67-68,77,91,99,100.

[9] .. New York Times, 18 August 1948, y 835.00/2-2645, RG59,DOS,NA.

[10] .. Dawson a Duggan, 5 de junio 1943, Memoranda Argentina, RG 59, Departamento de Estado (aquí en más DOS), archivos nacionales de los EE.UU (de aquí en más, NA). Para el optimismo desplegado por la prensa norteamericana frente a las "buenas noticias" del golpe., veáse The New York Time, 5 de junio 1943.

[11] .. 711.35/7-3146, RG 59, DOS,NA.

[12] ..  711.35/ 1 ¿¿47, RG 59, DOS, NA . Este memo también se envió al General  George Marshall algo más tarde, el 25 de Enero 1947, y yo lo encontré archivado en esa fecha.

[13] ..  711.35/6-2446, RG 59, DOS, NA p. 10-11 del memorándum de conversación que acompaña la carta.

[14] ..  711.35/6-2546, RG 59, DOS, NA.

[15] ..  711.35/6-2347, RG 59, DOS, NA. Minuta  correspondiente al 23 June 1947 (archivada junto con las minutas previas).

[16] .. 840.50 Recovery/1-2549, RG 59, DOS, NA.

[17] ..  711.35/11-1948, RG 59, DOS, NA. (Bruce a Truman, 17 noviembre 1848). Este episodio recibe el primer y más exhaustivo tratamiento en C. Escudé, op. cit.1983. Para un tratamiento del lado británico europeo continental  del boicot de la ECA, veáse mi trabajo posterior . La Argentina vs. las Grandes Potencias: el precio del desafío, Ed. de Belgrano, Buenos Aires 1986, primer ensayo.

[18] ..  611.35/6-2352, RG 59, DOS, NA. Memorándum de conversación, 23 de junio 1952. Después de que el gobierno de los Estados Unidos había sido exasperado por la propaganda anti nortemaericana del régimen de Perón, tuvo lugar una reunión en el Departamento de Estado para informar al nuevo embajador sobre algunos cambios en la política norteamericana, de uqe se trata más adelante en este texto. Después de haberse discutido todos los temas de la agenda, el embajador tuvo necesidad de hacer una pregunta explícita respecto de si había tomado la decisión de aplicar "sanciones ecnómicas secretas" contra la Argentina. La respuesta fue "no".

[19] ..711.35/1-548, RG 59, DOS, NA, p.4.

[20] .. Ibid, p.8.

[21] .. 711.35/12-948, RG 59, DOS NA.

[22] .. Ibid.

[23] .. 711.35/12-1648, RG 59, DOS NA.

[24] .. 711.35/2-1049, RG 59, DOS NA.

[25] .. 611.35/3-215, RG 59, DOS, NA, Policy Statement-Argentina, March 21 1950, p.1.

[26] ..Ibidp.7-8.

[27] .. C. Escudé, Crómicas de ña Tercera Posición: la ratificación Argentina del Tiar en junio de 1950", y Todo es Historia, Noviembre de 1988.

[28] .. Gary Frank, op. cit.1979.

[29] .. C. Escudé, op.cit, 1988.

[30] .. 611.35/5-250, RG 59, DOS NA.

[31] .. Ibid, Miller to J.S. Potofsky.

[32] .. 735.00/4-650, RG 59, DOS, NA, Memorándum Miller to Webb.

[33] .. 611.35/5-950, RG 59, DOS, NA despacho "comments on our relations with Argentina.

[34] .. 611.35/4-2750, RG 59, DOS, NA.

[35] .. 611.35/8-2952, RG 59, DOS, NA.

[36] .. 611.35/2-1351, Rg 59, DOS, NA, agregado 3 al despacho 1184, memo fechado 3 de febrero 1952.

[37] ..  735.00/3-652, RG 59, DOS, NA, resumen Mensual de la embajada de febrero 1952.

[38] .. Historical Statistics of the United States, Colonial Times to 1970, Bicentinneal edition, series U-75-186. Sobre ayuda al extranjero. Un crédito fue anunciadoa principios de 1955, pero Perón fue derrocado antes de que fuera desembolsado.

[39] .. CCS 381 Western Hemisphere (3-22-48) (Sec. 18 and 19), RG 218, Rama Militar, NA, Report by Strategic Plans Committee, 12 May 1954.

[40] .. 611.35/2-1451, RG 59, DOS, NA.

[41] ..  611.35/2-251, RG 59, DOS, NA.

[42] ..  611.35/3-651, RG 59, DOS, NA, agregado No 1 al despacho 1320.

[43] .. 611.35/3-151, RG 59, DOS, NA, Discussion Meeting Report, "Argentina Today", Tercera Reunión de Enero 1951, Council on Foreign Relations.

[44] ..  611.35/2-1551, RG 59, DOS, NA, memo de conversación de la cuarta reunión del Grupo de Discusión  sobre Argentina del Council on Foreign Relations, del 15 de febrero de 1951 sobre lo que se informa. Clarence E. Birgfield del Departamento de Estado.

[45] ..  611.35/3-2151, RG 59, DOS, NA.

[46] .. Summer Wells, Where are we Heading?, Harper and Brothers, New York, 1946, p.186.

[47] .. C. Escudé, op.cit. 1983, especialmente el caítulo 4.

[48] .. 611.35/3-2151, RG 59, DOS, NA, Mann a Martin fechado  Marzo 29.

[49] .. 735.00/3-1251, Rg 59, DOS, NA, Monthly Summery No 29.

[50] .. 611.35/3 2151, RG 59, DOS, NA, agregado 1 al despacho 1438.

[51] .. 611.35/5-351, RG 59, DOS, NA, embassy memo on US Argentine relations.

[52] .. 611.35/3-1953, RG 59, DOS, NA, despacho 1165 de Marzo 13, "Attitude of the US press towards the Argentine goverment.

[53] ..  611.35/3-1653, RG 59, DOS, NA. Reunión del embajador Nufer con Perón del 13 de marzo, agregado 1, pag.6, al despacho 1165 del 16 de marzo. Nufer reconoció lo mismo durante una conversación previa con Perón del 3 de febrero, en la que también se afirmó que la prensa norteamericana no hacía comentarios adversos sobre Somoza o Trujillo (611.35/2-553, RG 59, DOS, NA, agregado 1, pag. 12 del despacho 1003).

[54] .. J.T. Deiner, ATLAS: A labor instrument of Argentine expansionism under Perón, Rutgers Ph.D dissertation 1969.

[55] .. Documento citado en nota(52), p.6.

[56] ..  611.35/4-3051, RG 59, DOS, NA, Miller a Dearborn, pronunciamiento político.

[57] .. 61135/10-2651, RG 59, DOS, NA, Pronunciamiento político.

[58] ..  611.35/5-1252, RG 59, DOS, NA, el documento mencionado está agregado a un memorándum de conversación sostenida en el Departamento el 15 de mayo.

[59] ..  611.35/5-552, RG 59, DOS, NA, despatch 1634.

[60] .. Ibid (59).

[61] .. J. A Lanús, De Chapultepec al Beagle, Emecé Buenos Aires 1984, p.51-52.

[62] .. 735.00/8-2652, RG 59, DOS, NA, "Propaganda Campaign of the Argentine Goverment", enviada a diplomáticos de los EE.UU. en las otras repúblicas americanas.

[63] .. Ver por ejemplo, 61135/1-2953, RG 59, DOS, NA, memo de conversación con el canciller Remorino del 27 de enero, por el embajador Nufer, agregado al despacho 970, p.2

[64] .. 611.35/3-353, RG 59, DOS, NA, telegrama Dulles a Nufer.

[65] .. 611.35/3-1653, RG 59, DOS, NA, agregado 1 al despacho de Nufer con memorándum de conversación, Marzo 13, p.2.

[66] ..  611.35/7-3153, RG 59, DOS, NA, agregado 1 al despacho 93, memo de conversación Nufer-Perón, sostenido el 24 de julio.

[67] .. Documento citado en nota (64).

[68] ..  611.35/7-3153, Rg 59, DOS, A, despacho 103 firmado por el Primer Secretario, R.C. Martidale.

[69] .. 611.35/10-553, RG 59, DOS, NA, telegrama embajada de los EE.UU.  en Asunción  al Departamento.

[70] ..  611.35/10-753, RG 59, DOS, NA, "Instructions on US-Argentina relations to all  ARA diplomatic amd consular posts (...)."

[71] .611.35/10-2053, RG 59, DOS, NA, carta Francis. R. Grant a Cabot.

[72]   611.35/8-1754, RG 59, DOS, NA, "Balance Sheet: Us-Argetine relations".

[73]   61.35/5-1954,RG 59, DOS, NA, despacho 007, "Security sigificance of improved US-Argentine relations".

[74]  AA 1011/1, FO 371/119862, PRO, p.16.

[75]  FO 371/114019, PRO, Cacillería de la embajada britáica e Bueos Aires al departamento  Americano del Foreig office, 18 de agosto de 1955. AL contrario de los EE.UU., los britáicos se alegraron del derrocamiento de Perón. Un comentarios manuscrito (de funcionario superior) agregado al márgen de un documento del Foreign Office decía: "No puedo comprender por qué los argentinos no mataron a este hombre peligroso". (Cancillería  de la embajada británica en Rio de Janeiro al Foreign office, 8 de noviembre de 1955, FO 371/114025, PRO)

[76] 735.00/9-2658, "Perón Falls-The End of an era", memorándum de la embajada norteamricana del 26 de septiembre, sobre la caída de Perón. (RG 59, DOS, NA).

[77] R.B. Woods, op. cit, más muchos documentos británicos como el citado en la nota (4) y asimismo en Escudé, op.cit. 1983.

[78] C. Escudé, op.cit. 1983, especialmente capítulo 3.

[79] 711.35/1-2447, RG 59, DOS, NA, memo Messersmith a Marshall.

[80]  711.35/11-1948, RG 59, DOS, NA, Bruce a Truman, 17 de noviembre de 1948.

[81] C. Escudé, op cit, 1983, especiialmente capítulo 4.

[82]  Esto no quiere decir que yo personalmente prefiera el tipo de sistema político que la Unión Soviética impone a sus satélites. Pera indeseabilidad del comunismo no debiera oscurecer el hecho de que los EE.UU. ha sembrado la inestabilidad en América Latina, y que desde este punto de vista ( y, quizás solamente desde este punto de vista), La URSS ha sido una potecia hegemónica más benigna frente a sus propios satélites que los EE.UU. con respecto a América Latina (y, no, por ejemlo, respecto de Japón o Europa occidental adonde los EE.UU ejercieron  una hegemonía extraordinariamente benévola durante la inmediata posguerra, y dónde, en parte, como consecuencia de ello, ya no tiene satélites sino aliados, que son otra cosa).

 


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