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Después de hacer sapo dos veces en dos
semanas, la Ceana está en la cuerda floja. Curioso sobreviviente de
la era menemista, la Comisión de Esclarecimiento de las Actividades
Nazis en Argentina nació hace siete años con elenco internacional,
oficinas en Cancillería y el mandato de revelar de una buena vez la
trama de complicidades argentinas con los nazis. Este miércoles, en
la ceremonia en que se derogó simbólicamente una orden ministerial
de 1938 que prohibió dar visas a judíos y perseguidos políticos, el
ministro del Interior, Aníbal Fernández, confió a Página/12 que la
existencia de la Ceana será revisada. La pregunta del Gobierno es
estricta: quieren saber para qué sirve la comisión. La Ceana fue
una idea del canciller Guido Di Tella que permitió recuperar la
iniciativa en un tema y un momento delicados para el gobierno de
Carlos Menem. En 1998 se habían cumplido cuatro años del atentado a
la AMIA que dejó 86 muertos y ya no quedaba prácticamente nadie que
confiara en que el menemismo iba a resolver el caso. Para peor, ser
escenario del peor atentado antisemita cometido desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial dio pie para que reflotara como nunca el
viejo tema de Argentina, hogar de nazis. Menem intentó contrarrestar
esta imagen anunciando con bombos y platillos la apertura de los
archivos sobre nazis del Ministerio del Interior. La cosa salió mal
porque esos “archivos” consistían en recortes de diarios y notas sin
mayor importancia. Las carpetas habían sido purgadas o simplemente
nunca habían contenido nada de importancia. Di Tella le dio a su
jefe político una idea ambiciosa en lo intelectual, la de crear una
comisión de notables que, desde el mismo Estado, investigara
ampliamente –y sobre todo visiblemente– los secretos sucios de la
llegada de nazis al país. La jugada fue brillante y complementaba la
asidua relación con instituciones judías norteamericanas e Israel y
gestos como la extradición del criminal de guerra croata Dinko
Sakic. Di Tella creó una comisión estelar, con académicos
comprometidos más o menos formalmente de la talla de Robert Potash,
Ronald Newton, Pierre Vidal Nacquet, Carlota Jackish y Holger
Mehding, entre muchos otros. También figuraban las principales
instituciones comunitarias de EE.UU. y trabajaban a pleno
investigadores como Beatriz Gurevich. Al frente del lado académico
de la comisión fue nombrado el encuestador y sociólogo Manuel Mora y
Araujo. El coordinador académico era Ignacio Klich, que había
trabajado en Nueva York con la Anti Defamation League de la B’nai
B’rith. La Ceana fue presentada en sociedad el 16 de noviembre de
1998, con una sesión plenaria en la que Menem llamó a imitar el
ejemplo de “Simón Rosenthal”, seguramente pensando en el “cazador de
nazis” Simon Wiesenthal. La inauguración tuvo al subsecretario para
Asuntos Económicos de EE.UU. Stuart Eizenstat y al ministro de
Comercio sueco Leif Pagrotsky como invitados, y ambos coincidieron
en que tocar ciertos temas fortalecía y no debilitaba al país.
Marcando el rumbo, Di Tella explicó que “lo mejor que podemos hacer
es reconocer los errores del pasado para que no se repitan nunca
más”. Sin que nadie lo dijera, en el ambiente flotaba el mérito de
que un gobierno peronista fuera el que abriera este temario. En
los debates académicos se discutieron las relaciones con el Reich,
la cantidad real de criminales de guerra que llegaron al país y si
el rol de Juan Perón en su llegada fue un hecho histórico o un mito
fogoneado por EE.UU. y Gran Bretaña. En los primeros días de 1999,
la comisión volvió a reunirse, recorrió el mismo territorio y
anunció que existían indicios de que los criminales de guerra fueron
150, cifra posteriormente revisada a 180. Fue la última vez que la
Ceana se reunió, al menos públicamente. Entre ambas reuniones
comenzaron a pasar cosas más discretas que indican cuál era
realmente la prioridad número uno de esta institución del menemismo.
Beatriz Gurevich vivió semanas de desgaste que terminaron en su
renuncia como investigadora de la comisión al filo de la segunda
reunión.Gurevich denunció que las trabas a su trabajo se
multiplicaban y que, pese a que trabajaba para una entidad estatal,
el mismo Estado cerraba puertas, daba excusas o negaba poseer
papeles. Gurevich era conocida por sus publicaciones demostrando que
la llegada de nazis al país no había sido casual o pasiva, sino
resultado de una activa política del primer Estado peronista desde
la Dirección de Migraciones y la Cancillería, y su presencia en la
Ceana resultó en parte de las críticas a la comisión por convocar a
investigadores que se inclinaban más vale al “no fue para
tanto”. Gurevich renunció luego de que Migraciones y la Policía
Federal se negaran de plano a dejarla ver sus archivos, pero la
comisión le propuso que recorriera consulados argentinos en Europa
para ver sus archivos. Gurevich renunció al volver, no sin antes
señalar que varios de esos archivos habían sido revisados y purgados
antes de su llegada, lo que no consideró nada casual. Su salida
provocó una batería de declaraciones de Mora y Araujo y de Klich,
que negaron públicamente que hubiera barreras. A partir de entonces
la Ceana pasó a tener una vida de tan bajo perfil que se hizo
invisible. Su rincón en la página web de Cancillería subía y bajaba
papers muy sólidos, académicos y en absoluto polémicos de firmas de
renombre, que hasta se publicaron en castellano en una editorial
norteamericana. La entidad cumplía pacíficamente su función de base:
existir, como para señalar que Argentina no tiene nada que ocultar.
Esta placidez mental le permitió sobrevivir de gobierno en gobierno
sin mayores alteraciones. En el camino, la Ceana –o mejor dicho,
su coordinador académico y a esta altura verdadero jefe, Ignacio
Klich– tuvo algunas iniciativas que traerían cola. Una fue tomar una
investigación del Centro de Estudios Sociales de la DAIA que, sin
argumentos demasiado convincentes, identificó en 2000 a tres
diplomáticos argentinos que durante la existencia del Tercer Reich
habrían ayudado a judíos argentinos y en un caso a italianos. Klich
tomó la idea, la amplió a once nombres y para 2001 embarcaba al
canciller de Fernando de la Rúa, Adalberto Rodríguez Giavarini, en
un homenaje que resultaría en la famosa “placa” del hall del
ministerio. Sólidamente instalada en la ciencia ficción, la placa
contenía el nombre de Luis H. Irigoyen, encargado de negocios
argentino en Berlín, antisemita notable y un argentino que se las
arregló para participar en el Holocausto aunque no era alemán. La
historia es sencilla y terrible e involucra a cien argentinos judíos
que se encontraron en Europa con el estallido de la campaña nazi de
conquista. La mayoría estaba en Salónica, hoy una oscura ciudad
industrial griega, pero en aquel entonces hogar de una comunidad
judía vieja de cinco siglos y abrumadoramente descendiente de
sefaradíes. Los nazis conquistaron Grecia en abril de 1941 e
instalaron un gobierno títere que declaró que no existía “la
cuestión judía en el país”. Por un par de años, los judíos sufrieron
humillaciones y controles, pero en enero de 1943 Adolf Eichmann
–luego emigrante ilustre a nuestro país– envió a su equipo a
estudiar la situación. Los nazis hicieron rápido su trabajo y en
marzo de 1943 embarcaron a los 45.000 judíos de la ciudad rumbo a
Auschwitz. En cosa de días, de los judíos de Salónica quedaba un
puñado trabajando como esclavos con el extraño sobrenombre
concentracionario de mohamedaner, mahometanos. En la ciudad ahora
vaciada quedó otro puñado, los que mostraron sus pasaportes
argentinos. La SS consultó al Ministerio de Relaciones Exteriores,
que ordenó que nadie los tocara, tan valiosas eran para el Reich las
relaciones con Argentina. Pero el canciller Von Ribentropp, que
sería nazi, pero pensaba que un país amigo se ofende si le matan a
sus ciudadanos, se encontró peleando en dos frentes. Por un lado
estaba el hambre de víctimas de los einzatsgruppen, y por el otro la
pétrea indiferencia del gobierno militar argentino ante la suerte de
estos compatriotas en particular. El diplomático Irigoyen se lució
al transmitir esa indiferencia y Ribentropp terminó citándolo a su
despacho en una Berlín ya bombardeada para presentarle una carpeta
con los nombres de los argentinos y exigirle que los evacuara de una
buena vez. Irigoyen hojeó el documento –que él ni se había molestado
en compilar– y, según la minuta alemana, dijo que seguramente ésos
no eran argentinos y que su gobierno no tenía ningún interés en
ellos. Poco después, nuestros compatriotas morían en los campos
nazis. La siguiente ocupación de Klich consistió en desprestigiar
y combatir a cualquiera que cuestionara a la Ceana o tuviera el
atrevimiento de sacar a luz eventos o papeles incómodos para la
imagen argentina en el exterior. Por ejemplo, la Circular 11, la
orden secreta firmada por el canciller José María Cantilo en 1938
prohibiendo terminantemente a los cónsules extender visas a
cualquier persona que fuera un indeseable o hubiera sido expulsada
de su país por cualquier razón. En la Europa que veía la guerra
inminente, esto quería decir judíos y perseguidos políticos, cosa
que Cantilo sabía perfectamente. Gurevich había encontrado lo que
hasta ahora es la única copia existente de la circular en nuestro
archivo consular de Estocolmo y la había entregado a la Ceana, donde
dormía en un cajón. La circular, la historia de Irigoyen y la
crónica de la formidable estructura armada por Perón para salvar a
nazis y colaboracionistas y traerlos al país terminaron publicadas
por el periodista Uki Goñi en su libro La auténtica Odessa. La obra,
y la repercusión que tuvo, disparó una furiosa campaña de mails de
Klich, que armó un verdadero guión sobre cómo tratar la historia y
las crecientes presiones para que se abrieran de verdad los
archivos. El agónico gobierno de De la Rúa y el transicional de
Eduardo Duhalde, con nada menos que Carlos Ruckauf como canciller,
pasaron sin que se hiciera nada desde el gobierno y con el tema
apareciendo hasta en el New York Times y el Congreso
norteamericano. En 2003, con Néstor Kirchner en la Rosada,
Migraciones comenzó a buscar los papeles. La cosa fue simple: el
ministro del Interior, Aníbal Fernández, dio la orden; los papeles
aparecieron y para fin de año Página/12 publicaba el monumental
do-ssier que permitió la entrada de miles de croatas fascistas al
país, una migración que incluyó a más de cien criminales de guerra
identificados. No hizo falta ninguna comisión especializada ni
milagros académicos, simplemente la voluntad política de dejar de
tapar ciertas cosas. Para fines de mayo de este año, el Gobierno
decidía atender los pedidos de la Fundación Wallenberg y del Centro
Simon Wiesenthal y retiraba la placa, pese a la abierta resistencia
“de la casa” a deshomenajear a diplomáticos. Este miércoles se dio
el segundo evento en que la comisión quedó mal, cuando el mismo
Kirchner se sentó a la mesa junto a su canciller Rafael Bielsa, a
Fernández, Gurevich, Goñi y Natalio Wengrower, vicepresidente de la
Wallenberg, para la ceremonia en que se derogó simbólicamente la
Circular 11. Al terminar, Fernández confirmó a Página/12 que Klich
deja la comisión el 30 de este mes, cuando vence su contrato. Y que
el futuro de la Ceana, una entidad que resultó útil para investigar
lo que no molesta y ocultar lo que sí, será revisado. A nadie le
extrañó que en una función oficial atendida por el Presidente y
centrada en un tema nazi, no hubiera nadie de la Ceana
invitado.
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