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  Proliferación de ejércitos en el tercer mundo
 
 
 Prologo  

El siguiente trabajo está basado casi exclusivamente en investigaciones conducidas a través de internet. Se ha utilizado principalmente (1) la biblioteca de publicaciones Dow Jones, accesible a través de la versión interactiva del Wall Street Journal. Dicha biblioteca pone a disposición del usuario un banco de información integrado por 5000 publicaciones periódicas de diversas partes del mundo, con artículos de hasta catorce años de antigüedad. Posee un poderoso motor de búsqueda que permite encontrar los artículos de cualquiera de las 5000 publicaciones que, a lo largo de los años para los que cada publicación está disponible, incluyen las palabras claves que el usuario elige.
    Por ejemplo, si en el motor de búsqueda se escribe "London and mercenaries" (Londres y mercenarios), éste identifica los artículos de diversas fuentes en cuyo texto figuran estas dos palabras, y pone hasta un máximo de 200 de ellos a disposición del lector, que puede abrirlos instantáneamente e imprimirlos. La búsqueda se puede refinar hasta el infinito, modificando las palabras.
    Esta es una tarea que hace pocos años ni la CIA podía realizar. Un investigador que trabajara en la Biblioteca del Congreso de Washington DC, con acceso a todas las publicaciones incluidas en la biblioteca interactiva de Dow Jones, hubiera requerido meses para relevar los artículos publicados a lo largo de 14 años de un sólo periódico. Ahora, desde una casa de familia se puede realizar esta operación, no para una sino para cinco mil publicaciones, en apenas diez segundos. De tal modo, una poderosa arma de inteligencia se pone a disposición del público común.
    Gracias al uso de medios similares, Lord Avebury (conocido como el lord del internet) destapó la escandalosa complicidad del gobierno laborista británico con los mercenarios que colaboraron con un contragolpe en Sierra Leona, restituyendo un presidente depuesto (2). Y gracias también a este portento tecnológico, se presenta a continuación una masa de datos que, unidos unos con otros como en un rompecabezas que permite ir más allá de la anécdota de una noticia puntual, incrimina gravemente las prácticas políticas informales de Europa y Estados Unidos en el Tercer Mundo. ¿Por cuanto tiempo estará a nuestra disposición esta posibilidad, sin censuras? No se sabe. Pero conviene apurarse a utilizarla.
    Este trabajo tiene una intención teórica y normativa. La enorme masa de datos sobre el uso de mercenarios en el Tercer Mundo de parte de varios de los principales Estados del planeta nos permite conocer mucho mejor el funcionamiento del sistema internacional y su estructura.
    Específicamente, en mi libro El Realismo de los Estados Débiles (Buenos Aires: GEL, 1995), argüí que existen tres tipos de Estados con funciones diferentes: los que mandan -porque tienen el poder para establecer las reglas del juego (3)-, los que obedecen -porque carecen de ese poder-, y los que sin tener el poder para sentar las reglas del juego, se niegan a obedecer -son los Estados paria que se revelan contra el orden, pagando un altísimo costo en términos de marginación y pobreza-. El sistema es básicamente jerárquico, aunque no lo es para el pequeño número de grandes potencias ni para los Estados paria.
    Los nuevos datos me permiten enriquecer este diagnóstico. Además de tres tipos de Estado, en el sistema internacional tienen vigencia por lo menos tres conjuntos de reglas de juego, para tres diferentes conjuntos de países (que no se corresponden totalmente con la clasificación anterior). Las grandes potencias que implícitamente establecen esas reglas integran el primer conjunto. Además, con la creación de la Unión Europea (un incipiente super-Estado) aun los países pequeños de Europa occidental, sin peso político o militar propio, pasan a formar parte de ese conjunto.
    El segundo está constituido por aquellos países en que, debido a un relativo orden interno, la riqueza no es botín de guerra. Aunque no se lo reconozca explícitamente, este es el limitado conjunto de países para los cuales conceptos como el de los derechos humanos universales se consideran relevantes, especialmente después del fin de la Guerra Fría. Es frente a ellos que, a veces, se intenta aplicar un criterio extraterritorial de justicia euro-céntrica, como en el caso del esfuerzo anglo-español por enjuiciar al ex-dictador chileno Augusto Pinochet en Europa.
    Finalmente, hay un tercer conjunto de países en los que, debido a la anarquía interna, la riqueza es botín de guerra. En estos países, la política de las grandes potencias consiste prioritariamente en no auto excluirse de una participación en el botín. Para ello, a veces resulta perentorio acudir al uso de mercenarios para apoyar a la parte de un conflicto que más beneficia a sus intereses. En este proceso, los mercenarios y todas las partes involucradas violan derechos humanos masivamente, mientras las potencias miran para otro lado.
    Para ilustrar las diferencias, volvamos al caso Pinochet. Respecto de su pedido de extradición a España, en Londres se alegó que si se aceptara el principio de inmunidad de jefes de Estado, éste tendría vigencia sólo a partir del momento en que el eventual mandatario de facto fue reconocido internacionalmente. Según este argumento, Pinochet sería imputable por los delitos de terrorismo de Estado cometidos en el breve lapso que medió entre su toma del poder y su reconocimiento de parte de los Estados que aspiran a juzgarlo en sus propios territorios (4).
    Pero he aquí que (como se verá en este trabajo) casi todos los mandatarios del África sub-saharana fueron alguna vez rebeldes que se levantaron contra el poder establecido y lucharon, a veces durante años, con la complicidad de Estados europeos, Estados Unidos, y sus mercenarios, violando derechos humanos masivamente. En esa parte del mundo, los derechos humanos se violan antes y después de llegar al poder, con la complicidad de las grandes potencias.
    Laurent Desiré Kabila, el sanguinario dictador del Congo, es un caso paradigmático. ¿Porqué se lo tolera? Como veremos abajo con amplia documentación, porque en el Congo la abundante riqueza minera es botín de guerra, y las grandes potencias no están dispuestas a sacrificar su participación en ese botín en aras de sus principios. En su asalto al poder, Kabila fue apoyado por los norteamericanos a la vez que los franceses apoyaban al dictador eventualmente depuesto, Mobutu Sese Seko, con abundantes mercenarios. No obstante, Kabila puede visitar París sin temer ser detenido por crímenes de lesa humanidad, y no tanto porque sea un jefe de Estado en funciones, sino porque detenerlo significaría perder el acceso al oro y los diamantes congoleños. Por cierto, detenerlo no significaría nada bueno tampoco: sólo incrementaría la anarquía de su país, y con seguridad que no sería reemplazado por alguien mejor.
    Las reglas del juego impuestas por las grandes potencias son diferentes, sin embargo, en aquellos Estados periféricos suficientemente civilizados como para que la riqueza no sea botín de guerra, y donde además el bienestar de la ciudadanía es demasiado importante políticamente, como para que pueda ser sacrificado apelando a medidas confiscatorias contra las grandes potencias, que a su vez marginen y arruinen al país. Es el caso de Chile. Si se apresa a Kabila se pierden los diamantes, que en el Congo pertenecen de hecho al dictador de turno. Pero si se apresa a Pinochet no se confiscará una sola empresa británica o española, porque ello tendría efectos muy serios sobre el bienestar de los chilenos, y la ciudadanía es políticamente importante en Chile.
    ¿Cómo se explica, si no, no sólo que numerosos dictadores depuestos deambulen ostentosamente por Europa, sino que sus propios mercenarios jubilados sean apañados por sus Estados? Véase por caso al mítico "coronel" Bob Denard, bordelés de origen, por largo tiempo radicado en Sudáfrica y siempre protegido por los franceses. Denard manejó la política de las Islas Comores (un archipiélago que enfrenta la costa índica africana) durante mucho tiempo. En 1975 derrocó al presidente Ahmed Abdallah y lo reemplazó con un joven revolucionario, Alí Solih. Cuando en 1978 éste entregó el gobierno a adolescentes armados, Denard lo derrocó, mató, y restituyó a Abdallah, convirtiéndose en su "protector" a través de la guardia presidencial que comandaba, y que estaba financiada por el gobierno sudafricano del apartheid. En 1989, cuando Abdallah quiso liberarse de la tutela de Denard, fue muerto en un "intento de golpe" sofocado por Denard. Nadie creyó en esta fabricación, y menos la población local. Fuerzas francesas rescataron al mercenario, que se retiró en una flotilla llegada para restituir el orden desde la cercana isla de Mayotte (la única de las Comores en que la población votó a favor de la continuación de la soberanía francesa). Denard se refugió en Sudáfrica, que lealmente retribuyó los favores recibidos cuando desde las Comores, permitió que el régimen del apartheid estableciera allí una estación para el control del tráfico naval, y para espiar electrónicamente las comunicaciones de los campos de entrenamiento de Tanzania del African National Congress (el partido sudafricano de Nelson Mandela, entonces preso). En 1993, en las vísperas de la caída del régimen del apartheid que lo amparaba, negoció su regreso a Francia, donde estaba acusado de intentar un golpe de Estado en Benin en 1977. Fue juzgado en París y declarado culpable, pero beneficiado por una sentencia de cinco años en suspenso, de modo que se estableció en Bordeaux, cerca de la residencia de varias de sus siete ex-mujeres. Allí estableció una empresa de seguridad, y en 1995 intentó su último golpe en las Comores, localmente exitoso pero luego desbaratado por la intervención francesa. Fue apresado por sus compatriotas, pero en julio de 1996 una corte de apelaciones francesa le devolvió la libertad, junto con la de sus dos lugartenientes. La decisión judicial (ejemplo de la lealtad francesa hacia franceses leales) era una retribución por la discreción de Denard respecto de la infinidad de intervenciones francesas que conocía en detalle (5).
    ¿Globalización de la justicia? Una lección que emerge de las pruebas que se consignan a continuación es que no hay tal cosa. Se trata más bien de una expansión extraterritorial selectiva de la justicia de los países centrales, que intentan asaltar jurídicamente a algunos de los países periféricos en los que la riqueza no es botín de guerra. Allí dónde la riqueza sí es botín, los países centrales no sólo son cómplices de las violaciones de derechos humanos, sino que sus mercenarios participan de esas violaciones con el guiño de sus gobiernos.
    Decir que, así las cosas, las grandes potencias carecen de autoridad moral, vale pero es una inocentada. Por otra parte, rebelarse contra este nuevo imperialismo de las justicias centrales sería auto-destructivo. Si Chile confiscara bienes británicos en represalia, se encaminaría hacia la patética situación del Congo, por el círculo vicioso de las sanciones británicas que seguirían, en una escalada en la que el más débil sólo puede perder.
    Pero la prudencia pragmática frente a lo inicuo no excluye un juicio moral. En este trabajo demostraremos, entre otras cosas, que los lores británicos que pretenden ser guardianes de los derechos humanos en Chile son cómplices de sus violadores en el África. Para colmo (Avebury por testigo) los lores lo saben. Poner en el banquillo al terrorista de Estado Augusto Pinochet para su enjuiciamiento en Europa, no ha sido sino una manera de encubrir la complicidad europea con crímenes aún más abyectos. Quien lea este trabajo no puede pensar otra cosa.

  • NOTAS
  1. También se utilizaron los motores de búsqueda de las ediciones interactivas de algunos diarios y revistas específicos, como el Excelsior de México y el Weekly Mail and Guardian de Johanesburgo.

  2. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  3. Obsérvese que incluso las Naciones Unidas son el producto de una victoria que dio derechos, en la Segunda Guerra Mundial.

  4. También se alegó que la tortura no es jamás una función legítima de un jefe de Estado, por lo que supuestamente Pinochet siempre sería pasible de enjuiciamiento por este delito. Nadie recordó, sin embargo, que la tortura es legal y está reglamentada en Israel, no obstante lo cual si un ex-ministro de justicia de ese país viaja a Londres, no será detenido por orden de un juez español.

  5. Weekly Mail and Guardian (Johanesburgo), 6 de octubre de 1995 y 26 de julio de 1996.

 

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