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Por cierto, como lo informara la prestigiosa revista
Forbes, poderosas fuerzas comenzaron a apoyar a Laurent Kabila
meses antes de su victoria. Por entonces irrumpió en la escena un
misterioso personaje, Jean-Raymond Boulle, quien en la década de
1980 se había dedicado infructuosamente a buscar diamantes en Arkansas,
para lo cual se había juntado con James Blair, el abogado que ayudó
a Hillary Clinton a convertir mil dólares en commodities evaluadas
en cien mil. En 1984 Blair presentó a Boulle al entonces gobernador
William Jefferson Clinton, quien aprobó los proyectos de Boulle
y hacia 1987 firmó las leyes estaduales necesarias para impulsarlos.
Jean-Raymond Boulle fue invitado de Clinton en las ceremonias y
festejos de su primera inauguración presidencial. Aunque no hay
evidencia de que Clinton conociera las posteriores aventuras africanas
de Boulle, su trayectoria demuestra la fecundidad de sus vínculos
con el partido demócrata de los Estados Unidos. Sus empresas han
recibido cuantiosas inversiones de capitalistas norteamericanos
que se encuentran entre los principales contribuyentes a las campañas
demócratas (1).
Fue este afrancesado personaje cercano al círculo
de Clinton quien, junto con un socio, Joseph Martin, le prestó una
poderosa ayuda al futuro dictador Kabila comprando diamantes de
territorios congoleños capturados por el jefe rebelde, llegando
a su cuartel general de Goma en un avión a reacción Challenger 601R
piloteado por un aviador turco. La recompensa fue dos valiosas propiedades
mineras, adjudicadas a la empresa de Boulle, America Mineral Fields,
Inc. (AMF).
Boulle no se detuvo allí sin embargo, sino que
puso su Learjet a disposición de Kabila, y le adelantó un millón
de dólares en concepto de "impuestos" de minería y honorarios,
obteniendo a cambio un contrato para rehabilitar las minas de zinc
y cobre de Kipushi, y otro para desarrollar los residuos de cobre
y cobalto de Kolwezi (evaluados en 16.000 millones de dólares).
Y una semana antes de que la capital congoleña de Kinshasa cayera
en manos de Kabila, AMF, la empresa principal de Boulle, llevó de
paseo a poderosos inversores y analistas a entrevistarse con el
jefe rebelde en el seno del territorio que éste controlaba. Entre
los convidados de Boulle en este viaje se contaron la congresista
demócrata por Georgia, Cynthia McKinney, y un funcionario de la
Casa Blanca, el director de Asuntos Africanos del Consejo Nacional
de Seguridad, Robin Sanders. Después de oír los grandilocuentes
discursos de Kabila acerca de la importancia de la democracia y
el progreso económico para los congoleños, el banquero de inversiones
de Wall Street, Robert Bisotti, también huésped de Boulle, comentó
que oír al jefe rebelde era como oír a George Washington.
El 17 de mayo de 1997 Kabila, que ya estaba instalado
en el poder en Kinshasa, fue visitado oficialmente por George Moose,
secretario asistente de Estado para Asuntos Africanos. A partir
de esa visita, los Estados Unidos reconocieron formalmente al nuevo
gobierno de la "república democrática". No es posible
demostrar cabalmente que Boulle sabía que el gobierno norteamericano
pensaba cambiar de bando y apoyar a los rebeldes, pero todo apunta
en esa dirección.
Cuando Kabila se afianzó en el Congo, mostró
poca disposición a respetar los acuerdos con Boulle. El contrato
con AMF se rescindió en diciembre de 1997, y Kabila estuvo a punto
de dárselo a un enorme conglomerado sudafricano, Anglo American
Corp. of South Africa Ltd. Pero Boulle contraatacó amenazando con
acusar a Anglo American de violar leyes anti-monopolio frente a
los tribunales de Dallas, y exigiendo una indemnización de U$S 3000
millones. Como una acusación de este tenor en tribunales norteamericanos
representaba un gravísimo riesgo para el conglomerado sudafricano,
Anglo-American le ofreció a Boulle un 50% del negocio congoleño
de Kolwezi, con la ventaja de contar ahora con los recursos financieros
del conglomerado para el desarrollo del multimillonario proyecto.
De tal modo, Boulle está aún más firmemente instalado en el Congo
que antes. El trato entre Boulle y Anglo American fue negociado
por Merrill Lynch (2).
Desde entonces, Kabila ha demostrado una inclinación
a favorecer empresas canadienses, ya que parece desconfiar de las
francesas, británicas y belgas, con sede en antiguas potencias coloniales.
Su ministro de minería se ha rodeado de un círculo íntimo de asesores
canadienses que incluye a Joe Clark, un ex-primer ministro del Canadá.
Muchas empresas de esa nacionalidad han ganado importantes licencias
(3). Pero nada es seguro en ese contexto, como lo demostró la sublevación
militar del 2 de agosto de 1998 y la nueva guerra civil e interestatal
congoleña entonces desatada.
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Por ejemplo, la Robertson Stephens Investment
Management Co. de San Francisco, cuya fundación para huérfanos
invirtió sus capitales en empresas de Boulle. En 1994 Boulle
acompañó a uno de los co-fundadores de aquella empresa, Paul
Stephens, en periplos africanos, presentándolo al presidente
de Namibia. El otro co-fundador, Sanford Robertson, quien donó
cientos de miles de dólares a diversas causas del Partido Demócrata,
viajó a la China junto con la comitiva oficial de Clinton en
1994, y en cartas al entonces secretario de Comercio de los
Estados Unidos, Ron Brown, y al propio presidente Clinton, reconoció
lo lucrativos que habían sido sus contactos allí, ganando contratos
en China, Hong Kong y Japón. Forbes, 10 de agosto de
1998.
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Forbes, 10 de agosto de 1998.
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Christian Science Monitor, 25 de marzo
de 1998.
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