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 La nueva guerra del Congo: hacia la destrucción de un continente  

Pero regresemos ahora a la situación en el Congo. Por desgracia para Kabila y también para la paz y estabilidad de esa parte del mundo, cuando el nuevo dictador se hizo cargo del gobierno en Kinshasa se encontró con arcas completamente vaciadas de recursos líquidos. Los acólitos de Mobutu se habían asegurado de llevarse hasta la última divisa. El nuevo embajador del Congo en Sudáfrica encontró la residencia de su país desprovista incluso de objetos, mientras los generales exiliados mobutuístas vivían en el mayor lujo que Sudáfrica puede ofrecer, en complejos de alta seguridad situados en los suburbios residenciales más chic del país, a veces a razón de un complejo por cada una de las cinco mujeres de un ex-personaje público, con comunicaciones satelitales y emblemáticos Mercedes Benz (1). Cuando la situación política de Kabila comenzó a deteriorarse, estos recursos se pusieron inmediatamente al servicio de su derrocamiento.
    Las dificultades de Kabila no tardaron en manifestarse. Poco después de hacerse cargo del gobierno comprendió que sus cercanos vínculos con tutsi congoleños y ruandeses lo harían muy impopular entre la mayoría de los congoleños, que siempre consideraron a los tutsi como forasteros. Cuando el nuevo dictador tomó distancia de quienes habían hecho posible su triunfo, los gobiernos de Ruanda, Uganda y Burundi se enfurecieron. Los ejércitos de Ruanda y Burundi están dominados por tutsi, a la vez que Uganda tiene fuertes vínculos con estos dos Estados (2).
    Simultáneamente, las relaciones del nuevo gobierno congoleño con los Estados Unidos comenzaron a agriarse (3). Cuando Kabila amenazó con privar a los tutsi congoleños de sus derechos de ciudadanía, sus viejos aliados los banyamulenges quedaron totalmente enajenados, generando el terreno propicio para la rebelión militar que se produjo el 2 de agosto de 1998, cuando una serie de regimientos liderados por el jefe de las Fuerzas Armadas Congoleñas (FAC) se alzaron contra Kabila y estuvieron a punto de tomar la capital de Kinshasa. Las fuerzas rebeldes incluyeron a ex-oficiales mobutuístas que habían sido cooptados por Kabila (4). Simultáneamente, ministros y ex-ministros de Kabila de origen munyamulenge (tutsi congoleños) se pasaron a las filas rebeldes. Entre ellos estaba el ex-ministro de relaciones exteriores Bizima Karaha, amigo personal del general Paul Kagame, ahora vice-presidente de Ruanda (5).
    La captura de Kinshasa de parte de los rebeldes pudo evitarse gracias a la intervención de tropas y aviones de Zimbabue y Angola, que hicieron posible también la recuperación de la base aérea atlántica de Kitona. Pero con esta intervención, la guerra del Congo inmediatamente se transformó en un conflicto que abarca a gran parte del África sub-saharana. Angola, Zimbabue, Namibia y Chad participan activamente del lado de Kabila, a la vez que la República Centro-Africana le da apoyo logístico. Del lado contrario, los militares rebeldes tienen el apoyo activo de las tribus tutsi congoleñas y de las fuerzas regulares de Uganda, Ruanda y Burundi, además de los exiliados mobutuístas, que aportan sus recursos comprando el servicio de mercenarios (6). No hay que olvidar además que esta violencia se produce en un contexto en el que varios países tienen sus propias guerras civiles. El caso de Angola y la lucha entre su gobierno y el UNITA, ahora agravada por el aporte financiero de los exiliados mobutuístas a los rebeldes, es conocido por nuestros lectores (7).
    Para colmo de males, en septiembre de 1997 Kabila se encontró con Omar el-Beshir, el presidente del Sudán, para gestionar su apoyo, a la vez que del lado opuesto Ruanda y Uganda intentaban obtener ayuda de Moammar Gadaffi, el presidente libio. Frente a la posibilidad de una intervención musulmana, Estados Unidos no tiene más remedio que intentar mediar de una u otra manera. Ya está en los papeles la intervención de una fuerza internacional de unos 30.000 soldados, con la participación de 18.000 de la Organización de Unidad Africana, 2000 británicos, 5000 franceses y 6000 norteamericanos, entre otros. En las negociaciones para el envío de esta "fuerza de emergencia", el presidente sudafricano Nelson Mandela y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, tuvieron un papel importante. A la vez, el Consejo de Seguridad denunció tanto a los rebeldes como a las fuerzas de países vecinos que defienden a ambos bandos (8).
    La gran guerra interestatal que está germinando es una excepción en la permanente historia de violencia armada de estos países africanos desde su independencia en la década de 1960. Hasta ahora estaba más o menos establecido que un país africano no invadía a otro, y que las artificiales fronteras heredadas del régimen colonial eran sagradas (9).
    Pero el colapso del Estado congoleño, más el genocidio de ida y vuelta entre tutsi y hutu, ha generado el deseo en Ruanda y Uganda de asegurarse para sí porciones importantes de su territorio. A principios de 1999 el Congo ya está dividido en dos, quizá de manera permanente. Kabila y sus aliados –Zimbabue, Angola, Namibia y Chad– controlan los dos tercios occidentales, mientras los rebeldes y sus principales aliados –Uganda y Ruanda– controlan un tercio creciente en el este (10).
    Los expertos opinan que el Congo –un país artificial en el que conviven más de 200 grupos étnicos– es especialmente fácil de dividir, porque las tropas de Estados vecinos que ya lo ocupan se pasean por territorios ricos en oro, diamantes, cobalto, petróleo y leña. Cada uno de estos Estados ya tiene intereses en el Congo, hecho que ha sido favorecido por la bancarrota dejada por Mobutu. La pérdida del control sobre el propio país es ya casi total. El jefe de los rebeldes, por ejemplo, tuvo que volar a Uganda para saber qué se había decidido en una reunión internacional en Paris realizada sin su concurso. Las noticias sobre la guerra se emiten con tanta frecuencia desde Harare, la capital de Zimbabue, como desde Kinshasa. Las principales ciudades del país están invadidas por tropas de países vecinos que se alojan gratuitamente en los mejores hoteles. En el Intercontinental de Kinshasa, los militares de Zimbabue se alojan en un piso, los de Angola en otro, y los de Namibia en otro aún. Tanto el gobierno como los rebeldes dependen casi exclusivamente de sus apoyos externos (11).
    Por otra parte, el nuevo presidente de la empresa minera estatal del Congo es un empresario de Zimbabue. El hermano del presidente ugandés Yoweri Museveni aparentemente posee intereses en la minería de oro del este del Congo. Angola tiene una participación en la empresa petrolera estatal de ese país. Y el presidente de Zimbabue tiene intereses mineros en el sur (12). De modo que en este nuevo capítulo no son sólo intereses occidentales los que se disputan el dominio de los yacimientos de un país africano, sino también sus vecinos.
    Simultáneamente, en la reunión del Movimiento de No Alineados de septiembre de 1998, llevada a cabo en la ciudad sudafricana de Durban y donde la cuestión del Congo tuvo una importancia prioritaria, hizo su sorpresiva y locuaz aparición un misterioso grupo político titulado Consejo de la República Democrática Federal del Congo. El "asesor" del "consejo" era un empleado de America Mineral Fields, la empresa de nuestro conocido Jean-Raymond Boulle, que tan involucrado estuvo tanto en la minería del Congo como con las empresas de mercenarios (13).

  • NOTAS
  1. Weekly Mail and Guardian, 19 de septiembre de 1997.

  2. New York Times, 15 de octubre de 1998.

  3. New York Times, 12 de enero de 1999.

  4. Weekly Mail and Guardian, 11 de septiembre de 1998.

  5. Las fuerzas rebeldes rápidamente reconocieron al Rally for Congolese Democracy (RCD) como su brazo político. El RCD está dirigido por Ernest Wamba dia Wamba, un profesor de historia de la Universidad Dar es Salaam de Tanzania que había sido opositor de Mobutu, a pesar de que el movimiento comenzó a organizarse en Europa a mediados de 1997, mucho antes de la rebelión militar, por mobutuístas. Weekly Mail and Guardian, 11 de septiembre de 1998.

  6. New York Times, 24 de agosto y 15 de octubre de 1998.

  7. Weekly Mail and Guardian, 17 de octubre de 1997.

  8. Weekly Mail and Guardian, 4 de septiembre de 1998.

  9. Estas fronteras fueron heredadas de un acuerdo alcanzado en Berlín por las potencias coloniales en 1885. Cuando en 1963 los nuevos Estados independientes formaron la Organización de Unidad Africana, sacralizaron las fronteras de Berlín en sus estatutos. A pesar de los inconvenientes de estas fronteras artificiales, que ignoraban las divisiones tribales ancestrales, se pensó que mantenerlas como la jurisdicción territorial legítima y preexistente de los aparatos estatales heredados, era más práctico y menos peligroso que cambiarlas.

  10. New York Times 12 de enero de 1999.

  11. New York Times, 12 de enero de 1999.

  12. New York Times, 12 de enero de 1999.

  13. Weekly Mail and Guardian, 4 de septiembre de 1998.

 

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