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Por cierto, los mercenarios entraron en escena en
cuanto estalló la nueva rebelión en agosto de 1998. En su impulso
inicial por tomar Kinshasa, los rebeldes, con apoyo ruandés, se
apoderaron del dique Inga, que provee electricidad a la capital.
Para expulsarlos estaban los rambos de Executive Outcomes, que no
sólo tenían una pequeña pero poderosa fuerza aérea a su disposición,
sino que convocaron al periodismo a volar gratis desde Johanesburgo
hasta Kinshasa para informar sobre la restauración de la energía
eléctrica, usando uno de los vuelos regulares que la empresa ofrece
entre las dos ciudades (1). Posteriormente se informó sobre problemas
contractuales entre EO y Kabila, y debido al carácter siempre fragmentario
de estas informaciones, nos resulta difícil saber hasta donde llegó
la cooperación (2).
Pero los vínculos entre EO y las fuerzas que
apoyan al gobierno no se limitan a Kabila, con quien estaban en
tratativas desde 1997, sino especialmente con los angoleños, que
tienen más recursos que el gobierno del Congo y para quienes EO
también suministra apoyo aéreo (aviones de reconocimiento, cazas
a reacción y helicópteros de combate) para mantener en raya a los
rebeldes del UNITA. Por otra parte, en sus tratos con Luanda la
divisoria entre EO y sus empresas asociadas en Londres se hace muy
tenue (los angoleños negocian con ejecutivos establecidos en esa
ciudad, que ya no figuran como empleados de EO), de manera que esta
cooperación continuará aunque EO deje de operar formalmente como
tal en 1999 (3).
Pero no sólo EO está involucrada en el apoyo
mercenario a las fuerzas que sostienen al gobierno. Otro consorcio
de empresas militares, aéreas y de transporte que opera desde un
suburbio de Johanesburgo y desde Namibia, con acceso a aeropuertos
en Caprivi, el norte de Mozambique, Zambia, Angola y Malaui, suministra
apoyo logístico a las ciudades capitales, a las bases militares
del Congo y a los aliados de su gobierno. Y además, también se avistaron
tropas blancas franco-parlantes en las inmediaciones de la capital
minera de Lubumbashi, uno de los reductos de Kabila. En agosto de
1998 Kabila visitó Johanesburgo, se aseguró aportes financieros
de parte de empresarios de Sudáfrica y Namibia, y llevó a cabo un
reclutamiento militar (4).
Por su parte, la coalición de rebeldes tutsi,
militares mobutuístas, y sus aliados ruandeses y ugandeses también
reciben apoyo de empresas mercenarias sudafricanas, vinculadas antaño
(al igual que EO) a las Fuerzas de Defensa del régimen del apartheid.
Una figura clave en estos tratos es Johan Niemöller, un rico empresario
y agricultor que hizo su fortuna vendiendo equipos a las Fuerzas
de Defensa durante la década de 1980 y que ha sido asociado a algunos
asesinatos perpetrados por la ultra-derecha. A principios de 1998
Niemöller comenzó a reclutar ex-militares para apoyar a los rebeldes
del UNITA (que por ser enemigos del gobierno de Angola, son amigos
de sus enemigos), y a tropas comandadas por militares congoleños
mobutuístas exiliados en Sudáfrica después de la toma del poder
perpetrada por Kabila. Los exiliados le han pagado grandes sumas
para el reclutamiento y la compra de armas. Se conocen además los
estrechos vínculos entre Niemöller y el gobierno de Uganda (5).
Frente a las noticias, la reflexión del Guardian es que el
gobierno sudafricano no tiene el poder necesario para controlar
a los mercenarios de ese origen (6). En ese contexto, la cacareada
auto-disolución de EO parece ciertamente una cortina de humo.
Los exiliados tienen un papel central en el financiamiento
de los rebeldes. Entre ellos una figura clave es el ex-jefe de la
policía de seguridad de Mobutu, el inmensamente rico general Kpama
Baramoto. Baramoto y otros exiliados congoleños poderosos se desplazan
de país en país negociando aspectos diversos de la rebelión con
pasaportes falsos ya que en principio tienen sus movimientos
limitados por su status de refugiados sin que el gobierno
de Mandela haya podido hacer gran cosa por impedirlo (fueron arrestados
una vez, sin consecuencias). Este militar esá a su vez vinculado
a Stabilco, otra empresa mercenaria sudafricana, manejada por Mauritz
le Roux, ex-operador de EO. Esta empresa y su asociada británica
Safenet a su vez estuvo involucrada en un intento desesperado
por salvar al régimen de Mobutu de la arremetida de Kabila, que
no llegó a instrumentarse por la bancarrota de aquel, y porque el
apoyo tutsi y ruandés que Kabila entonces tenía inhibió a otras
fuentes de financiación mobutuístas (7).
Los rebeldes cuentan pues no sólo con el apoyo
de tres gobiernos establecidos (dos de los cuales aportan tropas,
equipos y dinero), y con los recursos provenientes de las regiones
del Congo que dominan, sino también con los fondos de la famosa
"cleptocracia" mobutuísta, y con la complicidad de rebeldes
de otros países, como el UNITA angoleño, que comercializa sus propios
diamantes. Esta coalición se presta perfectamente a la operación
de empresas mercenarias normalmente indispuestas a apoyar rebeldes
(porque ello puede excluirlas del favor de las grandes potencias,
que son los principales contratistas y una garantía de que no serán
perseguidas). Con el concurso de gobiernos legales como los de Ruanda
y Uganda, las empresas tienen las espaldas cubiertas (al menos formalmente).
Con las contribuciones financieras de los mobutuístas se aseguran
un buen negocio. En este contexto, y con los buenos negocios de
la coalición que apoya a Kabila también asegurados, la guerra permanente
es un emergente natural, casi matemático. La balcanización del Congo
y la internacionalización de la guerra son desenlaces muy probables.
La intervención de países musulmanes (regímenes fundamentalistas
de un lado, dictaduras seculares del otro) podría darle un ingrediente
explosivo, con consecuencias planetarias.
Mientras tanto, otros países africanos vecinos
pero ajenos aún al conflicto congoleño continúan con sus propias
guerras, en las que el aporte de las empresas mercenarias no es
menor. Visitaremos ahora la vecina Sierra Leona, escenario de un
escandaloso caso que involucró en forma directa al Foreign Office
y a los servicios de inteligencia británicos, e indirectamente al
Departamento de Estado norteamericano.
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Weekly Mail and Guardian, 28 de agosto
de 1998.
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The Economist, 16 de enero de 1999.
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Weekly Mail and Guardian, 28 de agosto
de 1998.
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Weekly Mail and Guardian, 28 de agosto
de 1998.
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Weekly Mail and Guardian, 28 de agosto
de 1998.
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Guardian, 28 de agosto de 1998.
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Weekly Mail and Guardian 18 de julio y
19 de septiembre de 1997, y 28 de agosto de 1998.
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