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 La guerra en Sierra Leona II: los mercenarios de Sandline International y la complicidad británica (1)  

Aquí comenzó el doloroso proceso, repleto de intrigas, para restituir a Kabbah en el poder. Este fundó un gobierno en el exilio desde la habitación de su hotel en Conakry. Peter Penfold, el alto comisionado británico en Sierra Leona, se mudó también a ese hotel, abandonando su puesto en Freetown para seguir al presidente en el exilio. En numerosas ocasiones, Penfold y Kabbah fueron vistos juntos en Guinea. Penfold era un viejo veterano de asuntos africanos que había servido al Reino Unido a través de dos golpes de Estado en Uganda y una guerra civil en Nigeria. Luego había sido gobernador-general en las Islas Vírgenes Británicas, y posteriormente, ya en Sierra Leona, se había convertido en el "héroe de la evacuación de Freetown" durante el golpe de Estado, cosechando las entusiastas felicitaciones públicas del ministro de Relaciones Exteriores laborista, Robin Cook (2). El funcionario británico no sólo se encontró con Kabbah, sino también con el teniente coronel Tim Spicer, nuestro héroe de Malvinas y ejecutivo de Sandline International, la consultora militar británica asociada a los mercenarios de Executive Outcomes, que ya poseía intereses en Sierra Leona (3).
    Por cierto, excluyendo una impensable intervención directa del Reino Unido, había sólo dos maneras de recuperar el poder para Kabbah: con ayuda de mercenarios, o con ayuda nigeriana. Por entonces, tanto para los británicos como para los norteamericanos lo segundo era peor que nada. Desde el establecimiento del gobierno de Sierra Leona en el exilio los gobiernos de Gran Bretaña y los Estados Unidos habían competido con el de Nigeria, la potencia local, por ejercer influencia sobre Kabbah. La dictadura nigeriana había sido expulsada del Commonwealth por violaciones de derechos humanos. Una de las principales funciones de la organización mercenaria de Spicer era precisamente evitar la influencia nigeriana sobre Sierra Leona. Para ello, debía armar y continuar con el entrenamiento de la milicia de 40.000 cazadores de aldea kamajors, para que hiciera frente no sólo al RUF sino también al ECOMOG (Economic Community of West Africa Monitoring Groups), una fuerza de intervención principalmente nigeriana avalada por otros países del África occidental (4). Los kamajors, en su mayoría leales al gobierno depuesto, tienen creencias mágicas sobre ciertas camisas que bloquean las balas y los hacen invulnerables a las minas anti-personales.
    Siendo esa la situación estratégica, no extraña que hacia julio de 1997 dos hombres de EO en misión encubierta fueran arrestados en Sierra Leona. La empresa negó que fueran empleados suyos, pero los dos mercenarios fueron amenazados con la ejecución (5). No tenemos datos sobre su suerte. Pero si el uso de mercenarios estuvo rápidamente resuelto por las partes occidentales involucradas en el conflicto, faltaba aún resolver la cuestión de su financiación. Esto no era difícil, sin embargo, ya que el golpe de Estado no sólo había dañado importantes intereses financieros británicos en Sierra Leona (por ejemplo, los bancos Barclays y Standard Chartered, que representaban el 80% del sistema bancario local), sino que también había detenido otra vez el desarrollo minero. Con las matanzas, los empleados de las minas huyeron despavoridos. Representantes de la gran multinacional De Beers, muy influyente con el gobierno del Reino Unido porque factura unos U$S 4500 millones en Londres, expresaron su preocupación al alto comisionado Penfold (6). Por este y otros motivos, ciertos intereses mineros estuvieron dispuestos a apoyar al gobierno en el exilio, a la vez que buscaban asegurarse favores futuros del mismo. Para ello, se juntaron en Vancouver para complotar:

-un ministro del gobierno de Sierra Leona en el exilio,
-un financista indio-tailandés, y
- nuestro conocido Tim Spicer,

El financista era Rakesh Saxena, cabeza de Tidewater Management Corporation, ciudadano indio y ex-banquero tailandés con residencia en Canadá que luchaba contra una extradición a Tailandia (7). En Canadá estaba en libertad bajo fianza, ya que había sido arrestado por viajar usando el pasaporte de un yugoslavo muerto (8). Se lo acusaba de un fraude de U$S 65 millones contra el Bangkok Bank of Commerce, en complicidad con ejecutivos del banco y con el magnate saudita Adnan Khashoggi. Saxena, que ya tenía intereses en Liberia y el Congo, quería expandir sus operaciones al África occidental, donde ya poseía una concesión de bauxita. En un documento obtenido por The Globe and Mail de Toronto, Momodu Koroma, ministro de asuntos presidenciales del gobierno en el exilio de Sierra Leona, comunicaba a Saxena lo que se esperaba de la empresa de Spicer: como sabemos, entrenar a los kamajors para que derrocaran al gobierno de facto. Mientras tanto, Sierra Leona estaba en el caos y enfrentaba una aguda escasez de alimentos. El presidente depuesto, Kabbah, negaba la contratación de mercenarios y decía tener el apoyo de Nigeria, lo que presuntamente hacía innecesaria la participación de soldados de fortuna (9). A la vez, Saxena llegaba a un acuerdo con Spicer para proveer U$S 10 millones en tres cuotas para equipar y entrenar a los kamajors (10).
    En una carta a Spicer también obtenida por The Globe and Mail, Saxena dijo que representaba a un grupo de empresas con inversiones en dos propiedades de Sierra Leona. A su vez, los accionistas de Sandline International también tenían un interés financiero en Sierra Leona a través de Diamond Works, la empresa asociada al promotor minero Robert Friedland y a al empresario británico Tony Buckingham (11).
    El interés del grupo mercenario por la situación de Sierra Leona era comprensible. Sus operaciones allí representaban mucho más que un trabajo más. Después del golpe del 25 de mayo la mina Koidu del distrito Kono, legendaria por la calidad de sus piedras y por los 200.000 quilates capaz de producir anualmente, había cerrado por la violencia. Diamond Works evacuó a su personal, dejando la mina en manos de su subsidiaria, Lifeguard Ltd. Diamond Works había adquirido su interés en la mina Koidu por medio de la compra de Branch Energy Ltd. Según The Globe and Mail, Branch Energy había adquirido a su vez esos derechos durante la vigencia del gobierno militar anterior a Kabbah en Sierra Leona, como parte de pago de trabajos realizados por EO.
    Pero después del golpe militar de 1997, Saxena, de Tidewater Management Corporation, puso sus ojos en las propiedaes de Diamond Works, aumentando así el número de interesados en resolver la situación. En una carta a su representante en África occidental, Samir Patel, obtenida también por The Globe and Mail, Saxena decía que Diamond Works estaría dispuesta a vender sus intereses en la región, con la posible excepción de Kono, y que aun allí era posible negociar (12). Las esperanzas de Saxena no eran sorprendentes, ya que el nuevo gobierno de Sierra Leona representaba en parte a los rebeldes que habían sido atacados militarmente durante años por la empresa mercenaria asociada a Diamond Works, Executive Outcomes, motivo por el cual era muy probable que los títulos de Diamond Works fueran cuestionados por el gobierno de facto, que podría incluso dar precedencia a empresas mineras con títulos previos, como Sunshine Mining de Boise, Idaho, dispuesta a desafiar judicialmente los derechos exclusivos de Diamond Works (13). Tampoco extraña entonces que el grupo Sandline-EO-Diamond Works se involucrara nuevamente en la guerra civil, operando a favor del gobierno en el exilio de Kabbah.
    Ahora bien, Spicer ya había sufrido su debacle política de Papúa Nueva Guinea, y bajo circunstancia alguna quería correr el riesgo de enajenar algún gobierno occidental importante, de modo que se cuidó de mantener permanentemente informados de sus planes al Foreign Office británico y al departamento de Estado norteamericano. Antes de la reunión en Vancouver con Saxena, se encontró con Penfold. A principios de enero de 1998, Spicer y su socio Michael Grunberg comunicaron sus planes al gobierno de los Estados Unidos, y también conversaron sobre el tema con el "mayor Norman", nombre en código del agente secreto británico que actuaba como vínculo para la autorización encubierta de exportaciones prohibidas (por ejemplo, ciertas armas a ciertos lugares). Luego, el 19 de enero, representantes de Sandline fueron a visitar a Craig Murray, el número dos del departamento del África ecuatorial del Foreign Office, donde se reunieron con varios funcionarios, incluidos John Everard (departamento de África del Foreign Office), Lynda St. Cook (jefa de la oficina de Sierra Leona en el Foreign Office) y Tim Andrews (departamento de África del Foreign Office). También se informó a funcionarios del ministerio de Defensa británico, entre ellos el teniente coronel Peter Hicks y el coronel Andrew Gale. Y el 28 de enero, el alto comisionado británico en Sierra Leona, Peter Penfold, visitó las oficinas londinenses de Sandline, en el edificio de Chelsea que Sandline comparte con Diamond Works (14).
    A lo largo de este proceso, Sandline tuvo la máxima aprobación informal del gobierno británico y norteamericano que puede esperar una organización mercenaria para llevar a cabo un operativo político-militar de tanta envergadura: la restitución de un presidente depuesto al poder. Se trata, como es obvio, de un nivel de aprobación de estratos bajos y medios de estos gobiernos, que siempre puede ser negado o desautorizado por los mismos gobiernos si algo sale mal, pero que inmuniza a los mercenarios contra una persecución criminal de parte de esos gobiernos, especialmente si las cosas salen bien. El juego tiene su dosis de riesgo, pero las operaciones mercenarias son, por definición, muy riesgosas, y es por ello que se pagan tan bien.
    Pero la mano venía mal barajada. En primer lugar, fue cuando comenzaba la confabulación para la restitución de Kabbah al poder que cambió el gobierno en Gran Bretaña. Robin Cook, el secretario de exteriores del gobierno laborista, no estaba interesado en los detalles de su gestión sino en sus aspectos macro, y no estaba dispuesto a informarse sobre cuestiones operativas como las de la conspiración de Sierra Leona (15).
    Por otra parte, Cook quiso darle a su gestión un sello ético, pretendiendo que el Reino Unido actuara en el exterior con un sentido de misión, y no simplemente a partir de su propio interés. Desde la oposición había torturado al gobierno conservador por el involucramiento británico en violaciones al embargo de armas de las Naciones Unidas contra Irak (16).
    El objetivo era demasiado ambicioso, y no sólo porque políticas como la del involucramiento de mercenarios en Sierra Leona tenían una inercia burocrática inevitable. ¿Cuál era la prioridad ética al tratar con los usurpadores de Sierra Leona? ¿Dedía derramarse sangre para intentar restaurar a un presidente electo? Si así fuera, ¿debía la tarea dejarse a cargo de los nigerianos, famosos por sus violaciones de derechos humano? ¿O a mercenarios? ¿Abiertamente? ¿Secretamente? ¿Y quién debía pagar? Cuando se desató el escándalo, el Sunday Times castigó a Cook diciendo que nunca desde los días de John Major había sido la política exterior británica en tal medida un "rehén de la virtud (17)" .
    Por otra parte, la cuestión de la inercia burocrática respecto de la política exterior no era secundaria, especialmente con un canciller que no estaba interesado en conocer los aspectos operativos de su propia política africana. Los miembros más antiguos del departamento de África del Foreign Office se habían acostumbrado a la gestión de once años de la baronesa Chalker como ministro a cargo de ese continente. La baronesa alentaba a diplomáticos intervencionistas dispuestos a tomar iniciativas. Bajo su mandato, Gran Bretaña permanentemente apoyó las soluciones militares al vicioso ciclo de rebeliones rurales que acosaba a su ex-colonia de Sierra Leona. Para ello, había apoyado a sucesivos regímenes militares corruptos con armas y entrenamiento, desalentando las negociaciones entre el gobierno y los rebeldes. Desmontar procesos comenzados por ella y desalojar del ministerio las actitudes conducentes a tales políticas no era algo que pudiera hacerse en piloto automático (18).
    El Foreign Office de Cook intentó consumar su política ética aislando al régimen militar de Sierra Leona. Primero suspendió toda ayuda británica a ese país. Luego, en septiembre de 1997, suspendió su membrecía en el Commonwealth. En octubre auspició exitosamente una resolución de las Naciones Unidas imponiendo un embargo de armas y petróleo. Finalmente, se suspendió toda ayuda multilateral al régimen de facto. A la vez, Tony Blair invitaba al presidente en el exilio, Kabbah, a una conferencia de jefes de gobierno del Commonwealth realizada en octubre en Edimburgo. También invitó a Kabbah a una conferencia en el Royal Overseas Club de Londres, organizada por el Foreign Office, titulada "Restaurando la democracia en Sierra Leona" (a la que asistieron dos representantes de Tony Buckingham, uno de ellos ex-diplomático británico). Tony Lloyd, el vicecanciller británico, le prometió ayuda a Kabbah una vez que regresara al poder, aconsejó a la junta militar a dimitir mientras pudiera hacerlo pacíficamente, y aleccionó sobre la postura moral de la política exterior de su país. Aparentemente, estos altos funcionarios no tenían ni idea de lo que se llevaba a cabo por debajo de ellos (19).
    Mientras ellos se engolosinaban con su principista retórica, se montaba la operación encubierta a cargo de Sandline International. "Consultores militares" trabajaban en Sierra Leona y Tim Spicer volaba en numerosas misiones a ese país, proveyendo un helicóptero a las fuerzas alzadas contra el gobierno militar. Un par de días antes de la Navidad de 1997, Kabbah le pidió armas ligeras, artillería, helicópteros, y personal entrenado para el manejo de estas armas. Es por ello que en enero, Spicer se aseguró las bendiciones oficiales, estableciendo los contactos mencionados en el Reino Unido y los Estados Unidos (20).
    Spicer procedió entonces a comprar rifles de asalto AK-47 en Bulgaria, donde las armas son baratas y se obtienen fácilmente, y planificó su envío a Sierra Leona a través de Nigeria. Cuando sus proveedores expresaron dudas sobre los riesgos de violar el embargo de armas, Spicer informó al departamento de Estado y al Foreign Office, suministrando incluso los datos sobre el avión y el trámite de permiso búlgaro (21).
    El desastre político se produjo precisamente cuando logró vencer estos obstáculos, y envió un cargamento de 35 toneladas de armas en un avión de Sky Air Cargo Services al aeropuerto Lungi de Sierra Leona. Pocos días antes se había quebrado el equilibrio de poder entre los kamajors y la fuerza de intervención nigeriana ECOMOG, de manera que las armas de Spicer fueron descargadas por tropas nigerianas, precisamente el bando que tanto el gobierno del Reino Unido como el de los Estados Unidos consideraban el peor de todos, y que siempre había intentado conquistar a Kabbah y ponerlo de su lado. El contragolpe, que derrocó al gobierno de facto e impuso nuevamente al democráticamente electo presidente Kabbah, ya estaba consumado, pero cuando el 10 de marzo de 1997 éste marchó triunfalmente a su capital de Freetown, lo hizo escoltado por el entonces dictador nigeriano, general Sani Abacha (22). Las armas no habían servido para restablecer a Kabbah sino para fortalecer a los nigerianos, y habían llegado allí violando la resolución de las Naciones Unidas que habían auspiciado los mismos británicos (23).
    Según la versión de un importante diplomático norteamericano, el golpe de Estado había eliminado a la junta militar pero había instalado a un régimen títere de Nigeria (24). Aunque poco tiempo después el gobierno de los Estados Unidos cambiaría de opinión respecto de la intervención nigeriana, a la que daría su apoyo incluso financiero (25), en el momento se consideró al resultado como un revés estratégico.
    Precisamente entonces, cuando el operativo culminaba del modo más contraproducente, la tormenta política se desataba en Londres. Como se dijo en el Prólogo, el ex-miembro del parlamento por el Partido Liberal Eric Lubbock y ahora Lord Avebury, desde siempre interesado en Sierra Leona y sus violaciones de derechos humanos, había descubierto por internet informes de The Globe and Mail de Toronto acerca de la conspiración de Saxena y Spicer. El 5 de febrero de 1998 le había escrito a Ann Grant, jefa del departamento de África ecuatorial del Foreign Office, para decirle que semejante operativo violaría el embargo de armas a Sierra Leona resuelto por las Naciones Unidas. No obtuvo respuesta inmediata. Pero funcionarios del Foreign Office que aparentemente quisieron cubrirse las espaldas ordenaron una investigación al servicio nacional de investigaciones de la casa de la aduana -Customs House (26)-.
    Poco después, el mismo día en que Kabbah era restituido al poder, dicho servicio descubría que el cargamento ilegal era del más completo conocimiento del Foreign Office, que estaba informado respecto del "plan táctico y estratégico" de Sandline, como así también de su "concepto operativo". Los documentos incluían una descripción vívida de cómo Sandline pensaba armar y entrenar a los kamajors para derrocar a Koroma. El 3 de abril procedieron a requisar las oficinas de Sandline y la casa de Spicer, y descubrieron el contrato de U$S 10 millones entre éste y Kabbah. Cuando el vicecanciller Tony Lloyd fue convocado por la comisión de relaciones exteriores de la Cámara de los Comunes, no pudo repetir las furibundas desmentidas que había emitido sólo dos meses antes respecto de supuestos encuentros entre el alto comisionado Penford y mercenarios, y debió contentarse con decir que no podía confirmar la naturaleza de esas reuniones. Tampoco pudo negar que Sandline hubiera obtenido una licencia de exportación para enviar armas a los aliados de Kabbah, sino tan solo que la empresa mercenaria no había recibido aprobación directa y explícita para llevar a cabo el operativo en el que estaba presuntamente involucrada. Para colmo de males, se supo que por lo menos el servicio secreto estaba enterado de las actividades de Sandline en Sierra Leona, a las que seguía de cerca desde 1997 (27).
    Y en mayo de 1998 el Sunday Times obtuvo evidencia fotográfica de que la marina británica había estado involucrada en el golpe de Sierra Leona, reparando un helicóptero Mi-17 de origen soviético usado por los mercenarios para llevar tropas y equipos a la zona de combate. El vicecanciller Tony Lloyd quedó a un paso de la renuncia, ya que había declarado al parlamento que el helicóptero había sido muy valioso para llevar alimentos y medicinas, sin mencionar su vínculo con los mercenarios. También se supo que Sandline había dado un detallado informe de sus planes al personal de inteligencia para la defensa de Whitehall, que aconseja al gobierno sobre exportaciones sensibles y responde a George Robertson, el secretario de defensa (28).
    Tampoco quedó bien parado el departamento de Estado de los Estados Unidos, cuyo funcionario a cargo de la oficina de Sierra Leona, Michael Thomas, negó con vehemencia que su gobierno estuviera enterado del envío de armas a Sierra Leona, a la vez que reconoció haber tenido contactos con Sandline y saber que había un cargamento de equipos de 35 toneladas para el país africano. Fuentes norteamericanas comentaron que cualquier funcionario experimentado se hubiera dado cuenta inmediatamente de que allí había gato encerrado (29). Más aún, según declaró Spicer a la comisión parlamentaria británica, cuando él consultó al Foreign Office sobre cómo facilitar el envío de las armas, éste le aconsejó que mintiera y las hiciera pasar como equipos para la minería (30).
    Además, la evidencia suministrada por Sandline en el juicio mostró que el embajador de los Estados Unidos en Sierra Leona, John Hirsch, había sido permanentemente informado por la empresa sobre sus planes, y que funcionarios del departamento de Defensa norteamericano también habían sido informados. Más aún, un alto funcionario del gobierno de los Estados Unidos confirmó al New York Times, bajo la condición de anonimato, que la administración conocía bien lo que acontecía. Dijo que a medida que, después del golpe de 1997, los militares de Sierra Leona se volvían más y más sanguinarios, Washington desesperaba por encontrar una solución, y que sólo Sandline estaba disponible para instrumentarla. Por lo tanto, en el caso norteamericano también, la ambigüedad y el dejar pasar fueron parte de una política que alentaba la intervención mercenaria pero dejaba abierta la puerta a la posibilidad de negar toda aprobación en el caso de que las cosas salieran mal (31).
    De cualquier modo, y a pesar de que quedó ensartado con enormes incobrables, ya que ni Saxena (32) ni Kabbah (33) le pagaron, a Tim Spicer no le fue tan mal. Por un lado, lo que perdió en Sierra Leona le fue compensado por la decisión de un tribunal internacional que decidió que el gobierno de Papúa Nueva Guinea debía pagarle U$S 30 millones (adicionales a los U$S 18 millones del anticipo) por la frustrada operación en ese país, instigada por dicho gobierno (34). Además, el Customs and Excise que lo investigaba por violación del embargo de las Naciones Unidas decidió no procesarlo. La decisión fue apoyada por el fiscal general, John Morris, debido a que las consultas del dirigente mercenario con el Foreign Office habían sido demasiado intensas como para despejar las dudas acerca de un involucramiento oficial (35).
    Este era un argumento inapelable después que el alto comisionado Penfold reconoció que Spicer pudo haber interpretado que recibía una autorización para actuar, durante un almuerzo con el primero en South Kensington el 23 de diciembre de 1997 (36). Además, en octubre de 1998 se supo que el MI-6 había alentado las actividades de los mercenarios británicos en el contragolpe de Kabbah (37). Y finalmente, en enero de 1999, una investigación del Times reveló que Penfold había tenido un canal de acceso secreto a Robin Cook desde Freetown, por medio de equipos codificados de la embajada alemana que se pusieron a disposición de los británicos. De tal modo, no sólo se conocía el asunto en las más altas esferas de Londres sino también en Bonn. Estaban enterados asimismo los servicios secretos de ambos países (38). Está demás decir que el suceso no desencadenó renuncia alguna en el gabinete británico.
    Por otra parte, el ex-guardia escocés, héroe de Malvinas, veterano del Golfo y voluntario en Bosnia, teniente coronel Tim Spicer, siempre fue bastante bien tratado por la prensa británica. Ya había recibido una suerte de cuasi indulto por sus aventuras en Papúa Nueva Guinea, descriptas como la torpeza aventurera de un grandulón idealista. En general, se reconoció que jamás actuó intencionalmente en contra de los intereses del gobierno de Su Majestad. Y en junio de 1998, el Sunday Times le publicó una entrevista esencialmente simpática, ya con referencia al affair de Sierra Leona (39). Hubo, sí, furiosos funcionarios que, defendiéndose a sí mismos, acusaron a Spicer de tenderles una trampa -el caso del segundo jefe del departamento de África del Foreign Office, Craig Murray (40)-, frente a lo cual el aventurero grandulón lamentaba la falta de honorabilidad de los funcionarios de Whitehall, que a él le sorprendía porque aún creía en la honorabilidad de la gente (41).
    Pero lo más sorprendente es que el Foreign Office siguió usando los conocimientos y contactos de Spicer. A mediados de noviembre de 1998 se informaba que funcionarios del Foreign Office le habían pedido asesoramiento para resolver una crisis en Angola suscitada a principios de ese mes, cuando un británico había sido tomado como rehén y otros dos habían sido muertos. También había sido consultado respecto de mercaderes de armas en la ex-Yugoslavia. Cuando Sir John Kerr, el más antiguo diplomático del Foreign Office, reveló estos datos a una comisión parlamentaria, suscitó la ira de Spicer y de la familia del británico secuestrado en Angola, cuya suerte se hacía peligrar por la difusión de noticias inoportunas. Frente a la acusación de Spicer de violación de confidencialidad, Kerr contestó que había habido demasiada falta de transparencia en las relaciones entre el Foreign Office y los mercenarios. En la misma audiencia, Sir John les dijo a los parlamentarios que se estudiaba la derogación de una ley británica de 1870, que penalizaba la participación de británicos en ejércitos con base en el exterior (42).
    Sin lugar a dudas, se está preparando el terreno, tanto desde el Reino Unido como desde los Estados Unidos, para el uso más generalizado de ejércitos privados. Ya en mayo de 1998, The Times titulaba una nota: "Ejércitos secretos: una fuerza a ser tenida en cuenta", dónde reconocía que el uso de los mismos era en tan alto grado parte de la política del Reino Unido que la princesa de Gales, Diana, había sido protegida en Angola por mercenarios británicos, a quienes ella suponía representantes de las Naciones Unidas, y con quienes posó para fotografías. La empresa en cuestión era, en ese caso, Defense Systems Ltd., fundada en 1981 por un ex-oficial de la SAS, Richard Bethell (43). Ésta tiene, como tantas, otras el bajo perfil que Sandline y Executive Outcomes perdieron por los escándalos políticos asociados a sus operaciones.

  • NOTAS
  1. El escándalo suscitado por la complicidad del gobierno laborista británico con la operación mercenaria de Sierra Leona fue desatado por las averiguaciones de Lord Avebury en internet, y por un periódico especializado del Reino Unido llamado Africa Confidential.

  2. The Economist, 16 de mayo de 1998.

  3. Sunday Times, 10 de mayo de 1998.

  4. Sunday Times, 10 de mayo de 1998. Dichos países están agrupados en la ECOWAS, Economic Community of West African States.

  5. Sunday Times, 27 de julio de 1997.

  6. Daily Telegraph, 10 de mayo de 1998.

  7. Globe and Mail, 1 de agosto de 1997.

  8. Sunday Times, 10 de mayo de 1998.

  9. Globe and Mail, 1 de agosto de 1997.

  10. Sunday Times, 10 de mayo de 1998.

  11. Camberra Times, 14 de abril de 1997.

  12. Globe and Mail, 1 de agosto de 1997.

  13. Globe and Mail, 27 de noviembre de 1997.

  14. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  15. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  16. The Economist, 16 de mayo de 1998.

  17. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  18. The Economist, 16 de mayo de 1998.

  19. Sunday Times, "Diamond dogs of war",10 de mayo de 1998, y The Independent, 13 de mayo de 1998.

  20. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  21. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  22. Abacha falleció a mediados de 1998 y fue reemplazado por el general Abdusalami Abubakar, quien prometió elecciones democráticas. Hacia enero de 1999, el proceso de democratización se estaba llevando a cabo exitosamente, habiendose llevado a cabo elecciones de gobernadores y legisladores.

  23. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  24. Sunday Times, "First proof of Navy role in coup", 10 de mayo de 1998.

  25. En 1998 Washington dio casi U$S 4 millones de ayuda a ECOMOG, y en 1999 piensa dar 1,3 millones. Washington Post, 3 de enero de 1999.

  26. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  27. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998, y The Economist, 16 de mayo de 1998.

  28. Sunday Times, "First proof of Navy role in Coup", 10 de mayo de 1998.

  29. Sunday Times, "Diamond dogs of war", 10 de mayo de 1998.

  30. The Independent, 4 de noviembre de 1998.

  31. New York Times, 13 de mayo de 1998.

  32. Saxena fue internado en un centro de detención en Canadá debido al pedido de extradición tailandés.

  33. Kabbah desconoció la deuda.

  34. The Independent, 18 de octubre de 1998.

  35. Daily Telegraph, 19 de mayo de 1998.

  36. Daily Telegraph, 28 de julio de 1998.

  37. The Independent, 5 de octubre de 1998.

  38. Times, 13 de enero de 1999.

  39. Sunday Times, 28 de junio de 1998.

  40. The Guardian, 11 de noviembre de 1998.

  41. Daily Telegraph, 20 de mayo de 1998. Interesa observar que buena parte de los británicos que viven vidas peligrosas en África, dedicados a actividades mercenarias o a la intermediación de diamantes (para empresas como De Beers), tienen un origen similar al de Spicer: buena familia, educación en colegios privados (public schools), antecedentes militares de cierta distinción, además de una sed de aventuras que se cotiza socialmente en Londres. Son la encarnación de la ilusión de que el Imperio sigue vivo. Sunday Times, 15 de noviembre de 1998.

  42. The Guardian, 18 de noviembre de 1998.

  43. The Times, 9 de mayo de 1998.

 

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