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Saludo Conmemorativo: Resolución 181 de Naciones Unidas Imprimir E-Mail

Carlos Escudé, director del Centro de Estudios Internacionales, UCEMA, pronunciado en la apertura del acto del 29 de noviembre de 2007
Para el Centro de Estudios Internacionales y de Educación para la Globalización, nuestro CEIEG, y para la Universidad del CEMA en su conjunto, es un verdadero honor ser anfitriones de la conmemoración de una fecha clave de la historia contemporánea.
Hoy se cumplen sesenta años de la promulgación de la Resolución 181 de la Organización de las Naciones Unidas, que dispuso la partición del Mandato Británico de Palestina en un Estado árabe y otro judío. Gracias a esa Resolución fundacional, el 14 de mayo de 1948 David ben Gurion declaró la creación del Estado de Israel.
Como la mayor parte de ustedes sabe, el Mandato Británico de Palestina al que se refiere la Resolución había nacido en 1922, después de la derrota de los turcos otomanos en la Primera Guerra Mundial.
La decisión de poner bajo administración británica este territorio cuyo nombre latino, Palestina, nos remite a tiempos romanos, se basó en lo que entonces se percibía como una buena disposición, por parte de Londres, para la eventual creación de una entidad estatal o cuasi-estatal nacional-judía.
Por cierto, la eventual creación de un Estado judío estuvo claramente presente desde el nacimiento mismo del Mandato post-otomano de Palestina. No fue, como muchos piensan, una improvisación surgida de la Segunda Guerra Mundial y la Shoah. No fue el emergente de un sentimiento de culpa. La creación del Estado de Israel representó la materialización de una intención previa, muy anterior a la Segunda Guerra Mundial, que respondía a criterios racionales acerca de cómo debía dividirse aquella región multi-étnica que antes fuera dominada por los turcos.
Por cierto, el texto de la Liga de las Naciones por el cual se creó el Mandato estipulaba que:
“El Mandato (…) asegurará el establecimiento de un hogar nacional judío, tal como se establece en el Preámbulo, y el desarrollo de instituciones de auto-gobierno, y también de protección de los derechos cívicos y religiosos de los habitantes de Palestina, independientemente de su raza o religión.”
Aunque los británicos eventualmente traicionaron este mandato de la Liga de las Naciones, y llegaron a oponerse a la emigración a Palestina de los judíos perseguidos por el régimen nazi, el territorio palestino les fue confiado en 1922 porque se esperaba de ellos una actitud por lo menos humanitaria hacia los judíos, incluyendo la proclividad a crear un Estado o cuasi-estado nacional judío. Fue el posterior cambio de actitud de Londres lo que desencadenó la lucha armada de militantes judíos contra las fuerzas británicas en Palestina, que paradójicamente estuvieron entre los primeros enemigos del embrionario proto-estado de Israel.
Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, esta conflictiva situación impulsó a Gran Bretaña a delegar la cuestión palestina a la Organización de las Naciones Unidas. Como sabemos, el 15 de mayo de 1947 éstas nombraron una comisión, llamada UNSCOP, compuesta de representantes de once Estados que debían hacer recomendaciones sobre Palestina. Intencionalmente se excluyó a las grandes potencias.
Después de tres meses de deliberaciones, en agosto de 1947, siete miembros de UNSCOP, entre ellos Guatemala y nuestra muy hermana República Oriental del Uruguay, se pronunciaron a favor de la creación de dos Estados independientes, uno judío y el otro árabe. La minoría de tres proponía la creación de un solo Estado federal.
Es así como llegamos a la significativa fecha que hoy conmemoramos. El 29 de noviembre de 1947, las Naciones Unidas finalmente aprobaron su Resolución 181. Con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, la Resolución resolvía la partición de Palestina en un Estado árabe y otro judío.
Lo demás es historia conocida aunque siempre mal contada y peor interpretada. Los judíos obedecieron la consigna de las Naciones Unidas y en 1948 fundaron su Estado. Los árabes rechazaron la resolución de las Naciones Unidas, y en vez de crear su Estado palestino árabe, como correspondía, dedicaron sus energías a intentar destruir el incipiente Estado judío, cuya creación fue obra de la legalidad internacional.
Desafortunadamente, en la votación del 29 de noviembre de 1947, el gobierno argentino optó por abstenerse. No sorprende, considerando los antecedentes de nuestro Estado en relación al régimen nazi y la persecución de los judíos. No voy a entrar en ese tema, pero sí mencionar que mi co-directora en el CEIEG, Beatriz Gurevich, ha realizado precursoras investigaciones sobre la cuestión, llegando incluso a desenterrar la infame orden de 1938, por la cual la cancillería argentina ordenaba a sus diplomáticos a no adjudicar visas a judíos que huían de la persecución.
Debido a esa perversión ideológica, en 1947 nosotros no estuvimos a la altura de las circunstancias, pero—como también en otras ocasiones—nuestros hermanos uruguayos sí votaron a favor de la partición. Su ejemplo nos brinda un modesto consuelo en el conocimiento de que no todo el Río de la Plata estuvo del lado ambiguo o equivocado, en aquella circunstancia histórica.
Señoras y señores, dejo abierto este acto de conmemoración, dejando constancia de nuestra más afectuosa adhesión, y con mis más sinceras congratulaciones por estos sesenta años tan bien luchados y tan bien vividos.
Muchas gracias.
 

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